jueves, 28 mayo, 2020
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“El mundo entero es un escenario”.

A vuestro gusto, William Shakespeare

 

La nostalgia de los tifos, la hermandad, la belleza de las butacas y unas paredes que encierran recuerdos, júbilo y aflicción. Los gritos han dado paso al silencio. El fútbol de élite recuerda al de formación, escuchamos al cuerpo técnico y el sonido de las botas al golpear el esférico. 

Sports Illustrated informaba de que el regreso de los eventos deportivos con gran número de aficionados no será posible hasta que no haya una vacuna. Los comercios vuelven a abrir. El fútbol en Alemania decide también reanudarse. La pandemia ha dejado los asientos de los estadios vacíos, y está dejando vacíos los sillones de muchas casas. Pero hacía tiempo que el fútbol se alejaba del aficionado. 

Hemos visto los precios de los jugadores subir, como si fueran los caballos frente a los balones de fútbol de Joan Brossa. Crecía su valor en los equipos masculinos, hasta alcanzar cifras desorbitadas, mientras el femenino, con sueldos irrisorios, se dejaba morir.  Los precios de la competición internacional no alcanzaban para una familia numerosa o una persona que cobre menos del salario mínimo interprofesional.

En Alemania, donde ahora observamos el vacío, los aficionados del Bayern de Múnich, en la temporada 2017/2018 cuando se enfrentaron al Paris Saint-Germain, lanzaron al césped billetes falsos de 500 euros y pusieron pancartas en la grada de animación quejándose del elevado valor de las entradas. Uli Hoeness, ex presidente, había estado en prisión por evasión fiscal y se paseaba por la zona VIP a su salida. Su legado como profesional del fútbol se lo permitía. 

La final de la última Europa League se celebró en Bakú, Azerbaiyán. Dos equipos de Londres tenían que recorrer más de 4500 km. Ni el monstruo inspirado en Vlad Tepes de Bram Stoker hizo un viaje tan largo para llegar a Whitby. Hubo bastantes huecos, por lo que durante el partido se decidió dejar entrar a gente sin entrada. 

Pero había otro precedente: la final de la Copa Libertadores en Madrid. Algunos titulares decían que la capital había “salido al rescate”. José de San Martín, Bolívar, José Bonifácio o Bernardo O’Higgins, que le dan su nombre, no sé qué opinarían. 

Pero si esto no era suficiente, Italia decidió jugar su Supercoppa di Lega en Arabia Saudí. España no tardó en unirse. Galeano, en El fútbol a sol y sombra, recogió: “el estadio del rey Fahd tiene palco de mármol y oro y tribunas alfombradas, pero no tiene memoria ni gran cosa que decir”. Ni mujeres que no vayan acompañadas por un hombre. 

A finales de septiembre de 2019 la UEFA aconsejaba a sus miembros que no jugaran en países donde los derechos de las mujeres no fueran respetados. Palabras que se debió de llevar una ligera brisa en el golpeo de Correa, o más tarde en los penaltis de los clubes españoles.  

En 2017 apareció la noticia en el Tehran Times de que el gobierno utilizó un estadio para ejecutar a un asesino. La imagen de un hombre ahorcado obligaba a cerrar la pantalla. La FIFA hizo un comunicado crítico al respecto. En Irán existe una gran pasión por el balompié. Hasta 1979, las mujeres podían acudir a los partidos, con el nuevo régimen ya no. Fue un hecho que el Mundial de Rusia, con la participación de su selección, puso de manifiesto por las reclamaciones a la FIFA de la organización Open Stadiums.

Se celebró tímidamente que las dejaran entrar a un amistoso del combinado nacional el pasado año. Pero, ¿tendrán plenos derechos para hacerlo cuando quieran? La imagen de la reportera con lágrimas en los ojos, cámara en mano, tras la eliminación de Egipto en la Copa de África de 2019, es el reflejo de su amor por este deporte. Las mujeres no podían vivir el fútbol en su país hasta hace unos años. 

El New York Times recogió en 2007 un documental en el que se hablaba de cómo algunos egipcios consideran, al igual que los iraníes, que una mujer no puede jugar al fútbol ni practicar otros deportes. También hay entrenadores y presidentes de clubes que han defendido que sí lo hicieran. 

Cuando Galeano escribió que “no hay nada menos mudo que las gradas sin nadie […] Maracaná sigue llorando la derrota brasileña en el Mundial del 50”, en aquel partido había mujeres en sus asientos. A día de hoy, hay escenarios mudos de voces femeninas en otras partes del planeta.

Pensemos, la próxima vez que entremos en un estadio, en los que no pueden acudir por una normativa arraigada en la segregación y no en la unión que el fútbol debería promover. No hacía falta una pandemia para alejar a los aficionados. Lo hicieron antes gobiernos y federaciones, y algunos clubes. Pidamos que cambie el escenario del mundo a partir de ahora. La triste realidad es que, hace tiempo, por acabar como empecé parafraseando al Bardo: algo olía a podrido en el fútbol.

 

Maria Valentina Vega
Traductora, redactora y entrenadora de fútbol Nivel 1

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