miércoles, 30 septiembre, 2020
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Nacido un día de las brujas de 1976, José María Gutiérrez Hernández es de esos futbolistas que, sin ser de los que un hincha puede pagar una entrada para verlo cada domingo, anduvo a la sombra de los que fueron llegando, pero con un atenuante: nunca estuvo por debajo; siempre, siempre daba de qué hablar a como diera lugar.

De la provincia de Torrejón de Ardoz en la comunidad de Madrid, Guti fue creciendo en las categorías infantiles de fútbol de barrio hasta que arribó a los 9 años a la categoría alevín de una de las canteras más exigentes del mundo, la del Real Madrid. Su madre, su cómplice, era la que siempre estaba detrás de él alentándolo a seguir el camino que había escogido y por el cuál en muchas ocasiones lo tildaron con menosprecio precisamente por esta estampa que no tienen los cracks con prensa y mercadeo a favor.

Fue tomando experiencia en el mundo desde abajo como los buenos chavales y no desentonó cada vez que le tocó entrar al campo. Debutó en el primer equipo del Real Madrid un 2 de diciembre de 1995 ante el Sevilla en el Santiago Bernabéu. Empate a un gol en ese partido en el que Jorge Valdano le dio la mano para salir a la cancha a demostrar de qué estaba hecho.

 

Comienza el juego

 

No tardó mucho para hacerse conocer, su estampa de niño rebelde pero no conflictivo, de introvertido y sagaz a la vez, hicieron que sus condiciones no pasaran inadvertidas para ser campeón con la selección española del Europeo sub-18 en 1995 y del sub-21 en 1998, portando además con orgullo la camiseta nacional entre 1999 y 2005; sin embargo, la cuenta pendiente fue disputar un Mundial. 

Había sido frecuentemente convocado en varias ocasiones para las eliminatorias a Corea-Japón en 2002, algunos amistosos también en la preparación para la Euro 2000 y otros tantos más para la de 2004. Guti siempre gozó de un excelente estado físico y de una espléndida visión de juego, es de esos futbolistas que desenredan un partido con una o dos jugadas propias de su estirpe. No perteneció nunca a un círculo asiduo de camaradería y, a lo sumo, presumen algunos especialistas, fue esa una de las varias razones por las cuales, dentro del mundo del madridismo, no se situó jamás en el Olimpo.

Tenía muchas razones por las cuales le veían “raro” y era precisamente por su andamiaje dentro de lo que era considerarse madridista de corazón. Aún él no se explica a ciencia cierta cómo estuvo 15 temporadas con Real Madrid, antes de desembarcar en Estambul en 2010 para fichar por Besiktas. 

Cada vez que se le mira con el rabillo del ojo, pareciera que siempre tiene un conejo debajo del sombrero para sacar a relucir cuando nadie más lo hace. Guti tal vez es de los pocos futbolistas en el mundo que supo hacer cosas que los demás no hacen y siempre ser ovacionado y odiado al mismo tiempo.

 

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Fútbol, soledad y rock n’ roll

 

Llegada la era de los galácticos, la vida deportiva hubo de ponerle una piedra en el zapato. En esos días de los Zidanes y Pavones Guti siempre quedaba en el medio, pero como si fuera una historia que se repite al mejor estilo de Quentin Tarantino, él hallaba la forma para conformar la plantilla del Real Madrid a pesar de los vituperios en las gradas de varios estadios de España. 

Amante del rock, de las noches de fiesta en ocasiones después de los partidos y de su introvertida identidad que poco lo dejaba conocer a priori, Guti jamás se relegó en aquellas épocas en donde el Madrid fichaba cuanta estrella se le pasara por delante.

Llegó Figo y Guti se mantuvo. Luego Zidane y también se mantuvo, pasaron además tipos como Owen, Cassano, Robben, Sneijder, Van Nistelrooy, Robinho, Kaká, Benzema y Cristiano Ronaldo. El resultado en la mayoría de ocasiones era el mismo: se las ingeniaba para buscarse un lugar, hacer lo suyo, recibir aplausos y pasar derecho sin ser uno de ellos.

Esa noble actitud tal vez le valió para pertenecer al club merengue tantos años y siempre teniendo faenas de recordar. No en vano era de los mejores asistidores de La Liga cuando Zidane y compañía no aparecían. Su mejor temporada, en lo que a números respecta, fue la 2007-2008 bajo el mando del alemán Bernd Schuster en el banquillo. En aquella campaña, el mítico 14 se convirtió en el máximo asistente de La Liga con 18 pases gol y con un partido inolvidable ante el Valladolid en el Bernabéu, en el que marcó dos goles y dio cinco asistencias para un lapidario 7-0. No obstante, en su carrera fueron unas de cal y otras de arena, porque puede pregonar haber ganado tres finales de Champions (1998, 2000 y 2002), pero ni un minuto jugado en ninguna de las tres. 

En una reciente entrevista que le otorgaba a Jorge Valdano, Guti aseveraba que “le gustaba cuando el partido se ponía difícil”. No era amigo de cuando el Real Madrid ganaba a placer y sin incomodidades. Le encantaba que las cosas fueran “mal” para entrar al campo, sacar su magia y poner mano a mano a cualquiera con un toque sutil de esa zurda que lo caracterizaba. Con los Blancos, en 15 temporadas jugó 542 partidos, hizo 77 goles y dio 59 asistencias, nada mal para no ser un titular asiduo.

Capítulo aparte merece una jugada icónica suya. Tal vez la mejor asistencia en años vista en un campo de juego fue el famoso “tacón de Dios”. Un pase de taco estupendo a Benzema para poner el 2-0 del Real Madrid ante el Deportivo en Riazor. Un lujo verlo y saber que Guti tenía ojos hasta en la espalda.

 

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De Guti a José María Gutiérrez

 

Luego de haber decidido dejar el club que amó toda su vida, el 26 de julio se fue al Besiktas “a pasar su última etapa”, porque sentía que le quedaban por lo menos un par de años más de fútbol y sentía que ya había hecho lo que tenía que hacer en Madrid. 

Comentaba que Estambul fue un lugar único del cual se enamoró y del que siempre vuelve cada vez que el tiempo y sus obligaciones se lo permiten. Necesitaba, tal vez, sentirse querido y adoptado por una tierra que no era la suya. En el equipo turco disputó 40 partidos, marcó 12 goles y dio 14 asistencias. Además, ganó una Copa de Turquía en mayo de 2011.

Ya habiendo colgado los botines se dedicó a ser entrenador de las juveniles del Real Madrid, para luego ser nombrado como director técnico de Almería de la Segunda División en noviembre de 2019. Al mando de los rojiblancos ofreció una regular campaña como entrenador del primer equipo tras 21 partidos en los que consiguió nueve victorias, cinco empates y siete derrotas para un total de 32 puntos, pero la dirigencia del club le dio la definitiva destitución luego de caer ante el Alcorcón en la última jornada el pasado 26 de junio.

Con una nueva experiencia como director técnico, comienza otra etapa en la vida del exfutbolista de Torrejón, “ya no quiero que me conozcan más como Guti, soy José María Gutiérrez, ese es mi nombre”, sentenció. El pasar de los años le enseñó a ser genuino, a ser recordado como uno más del Madrid, con ese semblante desapercibido y la rebeldía que caracteriza a los genios. Un genio como Guti que no necesitó ser “galáctico”, y que para el que escribe estas líneas, fue el mejor futbolista que se puso la camiseta del club más importante del mundo.

 

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Comunicador Social y Periodista colombiano. Fanático del deporte en general y apasionado por el fútbol. Amante de las buenas historias que pueden cambiar la vida de las personas.

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ben foster

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