martes, 20 octubre, 2020
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Grecia es una nación sumamente pasional en cuanto a fútbol se refiere. Sus clubes convocan grandes multitudes y el calor que allí se vive hace que muchos de sus rivales europeos sufran cada vez que deben viajar hasta aquel país. Sin embargo, esto no pudo condecirse en los grandes escenarios. El Panathinaikos, en la temporada 1970-1971 (con Ferenc Puskas al mando), fue el único club finalista en una competición del Viejo Continente (ni más ni menos que la Liga de Campeones), mientras que, a nivel selección, los helénicos solo contaban, hasta el 2004, con dos clasificaciones para algún certamen: la Euro de 1980 y el Mundial de 1994, siendo en ambas ocasiones la peor selección.

Tras aquel viaje a los Estados Unidos, la Ethniki (la Nacional) intentó por todos los medios volver a una gran cita, aunque no tuvieron mucho éxito. Rumbo a la Euro 1996 arrancaron con todo, sumando cuatro triunfos al hilo, aunque luego perderían más de lo que ganaron para quedar por detrás de Rusia y Escocia. En las eliminatorias para Francia 1998 otra vez sería la misma historia: dos triunfos ante Bosnia, uno ante Eslovenia y una igualdad ante Croacia (un grupo impensado unos pocos años atrás) auguraban cosas buenas. Y, de hecho, llegó a la última fecha con posibilidades reales de entrar en la Copa del Mundo. Jugaban en el Estadio Olímpico de Atenas ante la Dinamarca de Schmeichel, Helveg, Heintze y Brian Laudrup. En el once dispuesto aquel día por Kostas Polychroniou (una ex leyenda del Olympiakos y antiguo jugador de la Selección entre los 50´ y los 60´) comenzaban a divisarse nombres que harían historia pocos años más tarde, como Nikos Dabizas o Theo Zagorakis. Era la gran final, ya que Grecia llegaba con 13 unidades a este encuentro y Dinamarca con 16, teniendo a la Croacia de Suker como el perseguidor con 12, aunque ellos se medirían a la más débil de aquella zona, Eslovenia.

El ambiente estaba sumamente caldeado. Atenas era una olla de presión y así ambos conjuntos salieron a la cancha. Este clima terminaría siendo contraproducente, ya que incluso se tuvo que frenar el duelo varios minutos debido a las bengalas que caían sobre el terreno de juego. Los locales  contaron con varias ocasiones clarísimas para ponerse adelante en el marcador, pero el portero del Manchester United estuvo imparable durante toda la noche. Al final el cero no se movería en ninguno de los dos arcos, por lo que los daneses festejarían su pase a Francia, mientras que los griegos llorarían amargamente. Y es que estuvieron adentro del Mundial (o hasta del playoff) durante todo el transcurso de las eliminatorias, quedándose afuera solo en la última jornada. Zeús los había abandonado. 

Para la Euro 2000 el dolor sería incluso mayor, ya que se quedaron afuera de manera inexplicable. El grupo clasificatorio contaba con una selección potente: la Noruega de Tore André Flo y Solskjaer. Pero en la previa Grecia era más que sus otros rivales, los cuales eran Albania, Georgia, Letonia y Eslovenia. Pero, pese a un buen comienzo (cinco puntos en las primeras tres jornadas, por lo que iban apenas detrás de un sorprendente conjunto letón), otra vez se pincharon y se quedaron sin opciones tras una dolorosa caída en casa ante ese mismo conjunto, el cuál acabaría cuarto. Los eslovenos, que solo habían sumado una unidad en las clasificatorias anteriores, manifestarían un crecimiento estratosférico poco tiempo después, alcanzando la Euro tras quedar segunda (dos puntos por delante de los griegos) y eliminar a Ucrania en el repechaje y luego yendo al Mundial de Corea y Japón. El entrenador del ciclo sería el rumano Anghel Iordanescu, quién ganaría 6 de los 9 partidos en los que estuvo al mando, aunque terminaría cesado tras la eliminación.

En agosto del 2001, y tras una pésima eliminatoria rumbo al torneo a disputarse en tierras asiáticas (solo sumaron siete unidades, muy lejos de las 17 alcanzadas por Inglaterra y Alemania y las 12 de Finlandia), el entrenador Vassilis Daniil sería despedido y en su lugar aparecería el alemán Otto Rehhagel, un grandioso entrenador, campeón varias veces con clubes tan disimiles como el Fortuna Dusseldorf, el Werder Bremen o el Kaiserslautern. Una nueva era había comenzado.

 

 

Un entrenador para cambiar la dinámica

Tras el fiasco que resultó la clasificación rumbo a Corea y Japón, Rehhagel comenzaría a planificar el camino de cara a la Euro 2004, buscando cortar con la mala racha de los últimos años. Grecia, 26° del ranking FIFA (al momento en el que alemán tomó las riendas), sufriría una catastrófica goleada por 5-1 ante Finlandia por las eliminatorias, aunque luego empatarían a dos con Inglaterra en Old Trafford, algo que casi deja a los ingleses al borde del repechaje de no haber sido por el gol sobre la hora de Beckham. Pero este marcador sería un muy buen augurio. En el Olimpo se habían apiadado de los suyos.

Antes de comenzar este nuevo camino el equipo del alemán conseguiría grandes resultados, como lo fueron los triunfos ante Chipre (3-1), Rumania (0-1) y Bélgica (3-2) y sendos empates ante Suecia y República Checa. En total, disputarían siete amistosos, ganando cuatro, empatando aquellos dos y solo cayendo sorpresivamente ante sus vecinos chipriotas por 1-2.

Cuando los helénicos salieron a la cancha en Atenas para enfrentarse a España, ya por las eliminatorias rumbo a la Euro, el grupo estaba prácticamente conformado. Antonios Nikopolidis, Takis Fyssas, Stelios Giannakapoulos, Vassilios Tsartas, Demis Nikolaidis, Angelos Charisteas, Traianos Dellas, Giorgios Karagounis, Angelos Basinas y los antes mencionados Dabizas y Zagorakis jugaron en aquella caída por 0-2 con tantos de Raúl y Valerón. Ucrania, en el Olímpico de Kiev, también conseguiría el mismo marcador gracias a Vorobey y Voronin, por lo que todo hacía presuponer que sería el final del recorrido para los blanquiazules. Pero lejos aquello estuvo de ser verdad.

Y es que, desde entonces, los griegos conseguirían ganar los seis duelos restantes, marcando ocho tantos sin recibir ninguno como réplica. Nikolaidis marcaría por duplicado para conseguir el primer triunfo, ante Armenia y como local. Tras esto sería Charisteas el que se anotaría un doblete, esta vez ante Irlanda del Norte en Belfast. Al finalizar la primera vuelta España marchaba cómodamente como líder, aunque los griegos habían podido alcanzar a una Ucrania que solo había podido derrotarlos a ellos y luego igualar ante los tres equipos restantes. Armenia, con cuatro unidades, miraba todo expectante.

Las revanchas comenzaron con todo. Primero el equipo de Shevchenko lograría derrotar sobre la hora a los armenios por 4-3 (habían comenzado perdiendo) pero luego los griegos darían el gran golpe ante el puntero en La Romareda de Zaragoza gracias a un bombazo de Giannakopoulos a los 42´, el cuál batió de lleno a Casillas. La (todavía) Furia Roja intentaría romper el cerco puesto por ese genial George Clooney del arco que era Nikopolidis, pero les fue inútil, incluso jugando con uno más tras la expulsión de Stelios Venetidis. Grecia se llevaría un histórico 0-1, pero ahora debían refrendarlo en casa ante Ucrania ya que, de lo contrario, todo quedaría en el olvido. El duelo se marchaba hacia un inexorable empate (algo que igual valía ya que Irlanda del Norte lograría dejar en tablas a los ibéricos), pero Charisteas lograría el tanto a los 86´, haciendo explotar las miles de gargantas que se encontraban ese día en el Estadio Apostolos Nikolaidis.

Tras este triunfo solo les quedaban por disputar a los tres primeros dos jornadas más, pero ahora el que tomaba la delantera era Grecia, que tenía 12 puntos. España venía atrás con 11 y Ucrania era la más retrasada, contando solo con 9. El 6 de septiembre el “Barco Pirata” -quizás el apodo que se hizo más celebre en el mundo- lograría zarpar con un nuevo botín de tierras enemigas. Vryzas le daría el triunfo ante Armenia en Yerevan e Irlanda del Norte les daría una mano enorme al sacarle un empate a los ucranianos. Con esto, los de Rehhagel no solo lograron meterse -como mínimo- en el playoff, sino que, además, dependían de sí mismo en la última jornada. España, con un doblete de Raúl, se mantenía con vida al vencer (y eliminar) a los azul y oro.

En la última jornada los blanquiazules se medirían ante unos norirlandeses que marchaban últimos sin triunfos, pero que habían logrados sacar sendos empates ante españoles y ucranianos, por lo que no eran un rival de fiar. Además, varias veces los griegos se habían autodestruido sobre el final de unas eliminatorias, por lo que los fantasmas sobrevolaban el ambiente. Más aún cuando estos mantenían el empate y España lograba vencer como visitante a Armenia, ya que, de esta forma, solo les terminaba valiendo el ganar para clasificar. Hasta que llegó un penal que Tsartas, con toda la sangre fría del mundo, consiguió convertir para llenar de alegría a su pueblo. Grecia, tras 24 largos años, volvía a competir en la máxima competición continental.

 

 

Romper con los fantasmas

Grecia no solo lograría ganar sus últimos seis partidos por eliminatorias de manera consecutiva, sino que también conseguiría varios triunfos más en amistosos, como lo fueron ante Noruega (1-0), Suecia (1-2), Bulgaria (2-0) o Suiza (1-0). No eran un equipo para deslegitimar (de hecho llegaban a aquel junio del 2004 como la 19° selección a nivel mundial), aunque las derrotas ante los Países Bajos (4-0) y Polonia (1-0) y el grupo que les había tocado en gracia -Portugal, España y Rusia- hacía que no mucha gente se fijase en ellos.

Pero Rehhagel estaba más que preparado para afrontar el reto. No solo había encontrando su equipo base, sino que además sus jugadores seguían firmemente sus ideas. El alemán era un as de la estrategia y podía adaptarse perfectamente a cualquier plantel con el que contaba. “Jugaremos un fútbol excitante cuando tenga a Messi, Kaká, Iniesta o Xavi en el equipo” solía decir cuando se lo acusaba de ser “antifútbol”.

Su idea partía desde la defensa, donde solía utilizar a dos -o hasta a tres, dependiendo de la situación- centrales potentes y con un buen cabezazo, algo clave también a la hora de atacar en los córners. Dellas, por su parte, solía servir como líbero cuando el equipo debía defender con mayor ímpetu. Por otra parte, buscaba atacar siempre por los costados, intentando presionar para poder encontrar mejor al delantero centro, el cuál solía ser alto y corpulento, como pasaba con Vryzas y Charisteas. Al no tener a figuras de talla mundial, se buscó conformar un bloque sólido, animado, en donde todos y cada uno pusieran su granito de arena con tal de ayudar a defender el barco.

Nikopolidis, Seitaridis, Dellas, Kapsis, Fyssas; Karagounis, Zagorakis, Basinas, Giannakopoulos; Vryzas y Charisteas serían los once con los que Rehhagel afrontaría el partido inaugural ante Portugal, que contaba con una plantilla fenomenal: Ricardo, Fernando Couto, Costhina, Maniche, Simao, Deco, Rui Costa, Figo, Pauleta y un jovencísimo Cristiano Ronaldo (entraría en el inicio de la segunda mitad), quienes eran dirigidos por Luiz Felipe Scolari, el técnico campeón del mundo con Brasil dos años atrás. Todo hacía suponer que sería un encuentro fácil para los lusos, pero los griegos no pensarían lo mismo: Karagounis metería un bombazo a los 7´ y Basinas anotaría de penal tras una tonta falta realizada por Ronaldo, quién compensaría tarde ese error, convirtiendo el 2-1 final. El Estadio Do Dragao de Porto se quedó absorto. Nadie podía creer lo que acababan de presenciar: Grecia había derrotado a uno de los favoritos.

El segundo rival sería la España de Iñaki Saez, ese mismo al que habían mandado a jugársela en el repechaje. Lejos todavía de sus mejores días, contaban igualmente con una plantilla de temer: Casillas, Puyol, Marchena, Raúl, Albelda o Morientes eran algunas de las cartas fuertes de un conjunto que todavía seguía siendo toro y no torero. Un error de la defensa propinaría un recupero de Raúl, quién prontamente metería un excelso taconazo para que el hombre del Mónaco -finalista de la última Champions- metiera el 1-0. Tras un primer tiempo flojo por parte de los dos equipos, en la segunda mitad los griegos comenzarían a crecer de la mano de su capitán, Zagorakis -quién contaba con una pegada excepcional- y de Tsartas, quién entraría en la segunda mitad por Karagounis. Justamente sería el 10 el que lograría dar un pase quirúrgico de derecha a izquierda, encontrando a un Charisteas que logró batir al portero del Real Madrid para dejar una igualdad en el marcador que ya no se movería. Quién diga que los helenos eran solo picapiedras debería ver ese pase una y mil veces…

Increíble pero real, Grecia había afrontado con éxito las dos pruebas más difíciles, sacando cuatro unidades en el camino para ser, incluso, el líder del grupo. El último escollo era la Rusia de Malafeev y Alenichev (había otros grandes nombres, como los de Mostovoi, Smertin o Kerzhakov, aunque ninguno disputaría minutos aquel día), la cuál había perdido sus dos duelos anteriores y ya estaba eliminada. Un empate pondría a los helenos en cuartos de final, un logro que ya era histórico. E incluso hasta podrían llegar a ser líderes dependiendo del resultado del otro partido. Pero justo cuando más se creía en ellos peor les iría. Primero llegaría el rápido gol de Kirichenko (2´) tras una contra y, quince minutos después, Bulykin meterían un gran remate de cabeza para poner un 2-0 que eliminaba a los Piratas por la diferencia de gol con Portugal, que por aquellos minutos igualaba sin tantos ante España. Otra vez tan cerca, otra vez tan lejos. Los fantasmas volvían a hacerse fuertes, pero los guerreros de Rehhagel se encargarían de destruirlos de una vez por todas. Algo había cambiado en este grupo, algo los hacía crecerse ante la adversidad. Y se lo demostrarían al mundo. Tras varios idas y vueltas -los rusos hasta pudieron haberse puesto 3-0- Vryzas aparecería a los 43´ para luchar como un buen nueve y conseguir un descuento que terminaría valiendo oro. Y es Portugal terminaría derrotando a España por 1-0 (Nuno Gomes), por lo que la diferencia de gol terminaría favoreciendo a los griegos, ya que si bien tenían un record de tres goles a favor y tres en contra, los españoles acabarían con un 2-2 en dicha marca. ¿Cuántas veces un solo gol había negado a los helenos de competir a nivel internacional? Ahora era el tiempo de que otros sufrieran la misma tortura.

 

 

Que de la mano de Otto Rehhagel todos la vuelta vamos a dar

Los cuartos de final midieron a los griegos ante la temible Francia de Barthez, Lizarazu, Thuram, Pirés, Makélélé, Henry, Trezeguet y Zidane. La vieja guardia campeona mundial y europea (de hecho, eran los reinantes vencedores de Europa) buscaba en Portugal resarcirse del pésimo torneo disputado en Corea y Japón. No les había sido fácil el camino hasta aquí: a Inglaterra la derrotaron con dos goles de Zidane pasados los 90 minutos, Croacia les dio vuelta el marcador y solo Trezeguet consiguió alcanzar un empate y a Suiza, si bien la vencieron por 3-1, el empate se mantuvo hasta el minuto 76´. Pero, así y todo, contaban con una plantilla sumamente superior, por lo que este duelo debía ser uno más de cara a las semifinales.

La tarde en el Estadio José Alvalade era sumamente agradable. El público francés se mostraba confiado en las tribunas, aunque los pasionales griegos no se quedaban atrás. Si ya habían podido dejar dos veces en el camino a España, si ya habían vencido a la poderosa Portugal, ¿por qué no soñar con dar un nuevo golpe? Era el fuerte y valeroso Hércules ante el despiadado león de Nimea, uno que era impenetrable. Rehhagel decidiría cambiar las tornas y comenzar a jugar 4-2-3-1, buscando aguantar bien en el mediocampo para que ni Zidane ni Pires pudieran desbordar por las bandas y confiando todo a Charisteas, el hombre clave de aquí en más.

La memoria muchas veces es selectiva. La escuadra griega fue catalogada como una sumamente defensiva y rácana, sin ampararse en volver a revisar esos duelos y darse cuenta de que, primero, los helenos contaban con jugadores muy buenos técnicamente (Fyssas, Zagorakis, Karagounis) y que a la contra eran espléndidos, llevando peligro muchas veces al arco rival, por lo que si sus resultados terminaban en apenas un dígito muchas veces fue más por pericia de los porteros o por la mala puntería final que por no atacar nunca. Rehhagel obró maravillas con el limitado plantel con el que contaba. Ante Francia, sin más, el primer tiempo finalizó 0-0, pero los galos apenas patearon una vez al arco resguardado por Nikopolidis, mientras que los griegos llegaron bajo palos hasta en cuatro ocaciones, y en un tiro lejano Fyssas (el lateral que era “local” en esa Euro ya que jugaba en el Benfica) casi convierte un golazo de no haber sido por la pericia de Barthez.

En la segunda mitad los bleus se crecieron, pero no pudieron incomodar al arquero del Panathinaikos. La defensa trabajó de manera dinámica, abortando todos los intentos galos. Cuando un jugador era sobrepasado prontamente aparecían uno, dos o tres. Y el empate duró hasta que la mágica dupla Zagorakis-Charisteas decidió aparecer de lleno en el partido. El 7 del AEK Atenas le metió un centro calculadísimo al 9 del Werder Bremen -hay que destacar también a Katsoraunis, que arrastró las marcas- y este cabeceó lejos del alcance del portero, justo ahí donde duermen las arañas. Era el milagro. Era el 1-0. Era Hércules quitándole la piel al león. Henry tuvo el empate con un cabezazo que salió rosando el palo pero eso sería todo. Francia quizás fue un poco más en cuanto a ataque, pero muy pocas veces generó peligro real como para darlos como “ganadores morales” del duelo. La Ethniki cumplía una nueva tarea, pero la que se venía era aun más compleja.

https://www.youtube.com/watch?v=6qMij7rPlew

En las semifinales esperaba la mejor selección que tuvo jamás la República Checa desde que se separó de Eslovaquia. Solo basta con mirar el once dispuesto por Karel Bruckner aquel 1° de julio del 2004 para corroborarlo: Cech, Grygera, Bolf, Ujfalusi, Jankulovski; Galasek, Rosicky, Poborsky, Nedved; Koller y Baros. Eran, quizás, el gran conjunto de aquel torneo.

Con su fútbol alegre y contundente habían logrado ganar sus cuatro encuentros previos. Y no solo eso: habían manifestado una templanza digna de un maestro zen, ya que en sus tres partidos de grupo habían tenido que dar vuelta el marcador, incluso jugando ante potencias como Países Bajos o Alemania. De hecho, ante los tulipanes conseguirían un resultado de antología, ya que iban perdiendo 0-2 antes de conseguir ganar por 3-2. Y a la Dinamarca de Sorensen, Helveg, Gravesen y Tomasson directamente la habían llevado al borde de un precipicio antes de tirarla al vacío, eliminándola con un 3-0 que se quedó corto. Para el Hércules griego, esta misión se asemejaba a tener que matar a la hidra de Lerna, una criatura a la cuál no bastaba con quitarle las cabezas para vencerla, ya que siempre le aparecía otra más fuerte. Pero ya habían llegado hasta allí, así que no podían amilanarse frente a tamaño rival.

El clima no podía ser mejor en Porto, aunque la historia no pintaba bien para los de Rehhagel desde el principio. La hidra salió furiosa, buscando comerse prontamente a su rival para llegar descansados a una hipotética final ante una Portugal que había logrado deshacerse de una poderosa selección Orange (Van der Sar, Cocú, Reizinger, Davids, Seedorf, Overmars, Van Nilstelrooy, Robben…). El público celebró como un gol la volea de Rosicky que pegó en el larguero. Obviamente, querían a Grecia en la final, a ese “bombón” caído del cielo, y no a una selección checa imparable.

Una, dos, tres veces. Nikopolidis comenzó a trabajar como nunca en el torneo -quizás en aquel partido haya realizado sus mejores atajadas-, mientras sus compañeros aguantaban los embates de los centroeuropeos, vigilando no solo a Rosicky y a Nedved, sino también al gigante Koller, que asustaba a todos con sus más de dos metros. El que demostró el mayor espíritu de lucha durante ese primer tiempo agobiante sería Zagorakis, quizás el hombre con mejor pie, pero al cual no le temblaba el pulso a la hora de correr y barrerse como el mejor de los defensores. El Balón de Oro del 2003 -y capitán de aquel barco- cedería varias veces en el duelo físico ante el comandante del AEK Atenas. Derrotado, saldría con dolencias físicas a los 40 minutos, entrando Smicer en su lugar.

Los checos siguieron yendo de manera embravecida durante la segunda mitad, pero sus intentos continuaron chocando una y otra vez con el muro azul y blanco. Los dirigidos por el alemán entendieron que les resultaría muy difícil romper el arco de Cech, por lo que decidieron aprisionarse y luchar con uñas y dientes, confiando en que el rival se desgastaría luego de tanto golpear para así aprovechar una contra o una jugada a balón detenido. De hecho, solo de esta manera los griegos pudieron llevar un poco de peligro a la portería defendida por el arquero del Rennes, uno extraño si vemos que no lleva el casco que debió utilizar hasta su retiro por su lesión craneal, una que casi le cuesta la vida.

Al final el esfuerzo griego (y la mala suerte checa) valdría la pena, ya que el encuentro terminaría yendo a la prórroga. Y allí el equipo se mostró más fresco y con la mente más fría, animándose incluso a atacar más. De hecho Dellas le avisaría a Cech con un buen cabezazo que la cosa, ahora, iría en serio. Y justamente poco después llegaría el gol que sellaría una nueva hazaña. Tsiartas, que había entrado por Vryzas en el suplementario y que había sido el hombre que le había puesto el balón en la cabeza al de la Roma en el tiro libre como si lo hubiera hecho con la mano, repetiría la fórmula desde el córner. Dellas, esta vez, no fallaría, generando una explosión de felicidad difícil de calcular. Y es que su tanto había valido la clasificación de Grecia para la final, ya que corría la regla del gol de plata, el cuál decía que si un equipo lograba irse al descanso con ventaja se convertiría en ganador. Y la Ethniki lo había conseguido a los 16. Hércules cumplió con su misión: eliminó a la hydra quemando todas sus cabezas de una sola vez y ahora le quedaba un último trabajo para aspirar ser parte del Olimpo del fútbol.

https://www.youtube.com/watch?v=AjvbCGghpwM

4 de julio del 2004. Más de 62 mil personas se dieron cita para presenciar la gran final de la Euro en el mítico Estadio Da Luz. Por un lado se encontraba el conjunto local, ese que se había repuesto a la sorpresiva caída en el partido inaugural para eliminar luego a Rusia, España, Inglaterra y los Países Bajos. Por el otro la sorpresa, una Grecia que nunca había dejado de creer y que había superado pruebas durísimas, pero siempre saliendo como vencedor. Eran el underdog, el humilde o incluso el “anti fútbol”, título que les puso buena parte de una prensa que ama a las sorpresas, pero con límites: estos deben llegar lejos, pero no tienen que arruinar la fiesta de los poderosos -ya que los pequeños no venden.

Portugal formaría aquella tarde con Ricardo, Miguel, Jorge Andrade, Ricardo Carvalho, Nuno Valente; Costinha, Maniche, Figo, Deco, Cristiano Ronaldo; Pauleta. Rehhagel, en tanto, seguiría confiando en los mismos legionarios de siempre: Nikopolidis, Seitaridis, Kapsis, Dellas, Fyssas; Katsoraunis, Zagorakis, Basinas; Charisteas, Giannakopoulos y Vryzas. El último trabajo de Hércules era el más difícil de todos: se habían metido en el mismísimo infierno luso y ahora debían sacar a Cerbero para enseñárselo al mundo. Solo si lograban la tarea más dura de todas podrían darse por satisfechos. No habían llegado hasta allí para tener miedo.

El alemán Markus Merk dio el pitazo inicial y ambos equipos saldrían a buscar el trofeo con sus mejores armas. Unos más líricos y ofensivos. Los otros más defensivos y cerebrales. Pero ambos en igualdad de condiciones. Eran once contra once: las millares de almas solo podían cantar, no jugar.

La primera chance clara la tendría Miguel, el lateral derecho del Benfica. Este sacaría un furibundo remate cruzado que Nikopolidis lograría desviar con la yema de los dedos. Avisaba el local y dejaba en claro que se necesitaría mucho valor para dañar al gran perro infernal. Tras esto, Charisteas tendría la suya gracias a una jugada rápida que lo dejaría casi mano a mano con Ricardo, quién pudo sacar el balón con sus pies. Y luego siguió yendo Portugal a buscarlo, sobre todo con remates de media y larga distancia, ya que se les complicaba entrar al área. Cuando acabó la primera mitad en el ambiente sobrevolaba un cierto dejo de duda: estaban 0-0 y los lusos eran más, pero si no rompían pronto a sus rivales ellos se harían más fuertes. Grecia no había pateado una sola vez bajo palos. Pero su trabajo estaba más que claro: aprovechar esa chance que tuvieran, aunque solo fuera una. Deco, Pauleta, Figo, Ronaldo. Todos iban al ataque, todos usaban su excelsa técnica para avanzar. Y todos chocaban una y otra vez contra aquellos aguerridos guerreros, esos que darían la vida por sus compañeros de armas. Y eso los hacía más peligrosos.

Hasta que llegó el mágico minuto 57. Hubo córner para Grecia. Basinas fue tranquilamente a tomar la pelota, como si en su corazón supiera que aquella era la chance mágica, la que estuvieron esperando durante todo el encuentro. El centro voló a media altura y Angelos Charisteas saltaría como nunca en su vida para vencerlos a todos y meter un cabezazo épico y limpio. ¡Era el gol de todos los tiempos para Grecia! ¡Impensado! Ese tanto hizo que valiera la pena el haber sufrido tanto para llegar hasta allí. Años y años de darse la cabeza contra la pared para que fuera justamente una cabeza la que les ofreciera el éxtasis.

Ronaldo, férreamente marcado en la primera mitad, se creció e intentó desde todos lados conseguir el empate. Pero Nikopolidis volvería a cerrar las puertas de su casa. Incluso hasta los rebotes salían lejos del alcance de los atacantes. Estaba iluminado. Los minutos fueron pasando. Y un paso a la vez, Hércules terminaría por sacar a Cerbero de su cueva. Y el mundo vería con asombro lo ocurrido: la hazaña más grande jamás contada, Grecia era la campeona de Europa. La gesta de Dinamarca quedaría pequeña la lado de este grupo de espartanos que siempre creyó en sus posibilidades.

Tras este título los griegos comenzarían a ser parte regular de los máximos torneos. Irían a dos Mundiales (2010, donde conseguirían su primer triunfo ante Nigeria, y 2014, donde llegaron a octavos, cayendo ante otra Cenicienta como lo fue Costa Rica) y a dos Euros (2008 y 2012, donde llegaron a cuartos) más, y si bien no podrían meterse en los últimos certámenes ahora todos tienen conciencia de que Grecia es uno de esos rivales a los que no te gustaría enfrentar. Algún día, Hércules puede volver a ser requerido para más trabajos.

https://www.youtube.com/watch?v=LHXdmF_aH0c

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Juan Pablo Gatti
Me estaba por retirar del periodismo -no iba a ser una gran pérdida la verdad- pero TLB apareció para salvarme la vida. Escritor de corazón, podcastero amateur y contador de historias por vocación. Orgulloso del equipo que supimos formar y deseoso por seguir creciendo en este mundo tan competitivo.

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