domingo, 11 abril, 2021
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Por Enrique Roldán

Sos gallego vos, ¿no? Sí maestro, más andaluz que otra cosa, pero para usted soy gallego. Entonces has visto a Messi jugar en tu cancha, ¿a quién preferís? ¿A Messi o a Maradona? 

Creo que nunca tuve una conversación con un taxista argentino que no empezara así. Entre pitos y flautas estuve un año entero trabajando en las tierras por las que Gardel canturreó y, si descubrí algo, fue que Maradona sobrepasaba en importancia al mismísimo Perón. Si el General fue el primer trabajador, Maradona fue y será para siempre el primer futbolista. Así me lo inculcaron todos los taxistas argentinos con independencia de donde vinieran. No importaba que fueran porteños, cordobeses, tucumanos o mendocinos, todos aseguraban que Maradona era mejor que Messi.

Ahora el Diego no está. Una vida muy entretenida se lo ha llevado antes de tiempo, pero creo que, en realidad, nada va a cambiar. Es decir, solemos usar la manida expresión de “se va la persona y queda el mito”, pero Maradona ya era un mito. Ese vídeo en el potrero dando toques al balón, sus primeros regates con los Cebollitas, el debut contra Talleres defendiendo la camiseta de Argentinos Jrs, aquella manera de meterse a La 12 en el bolsillo, las patadas voladoras en la batalla campal contra el Athletic de Bilbao y, por supuesto, la conquista de la ciudad más tunante de toda Italia.

Cada paso que Diego Armando Maradona dio en el mundo del fútbol estuvo encaminado a la construcción de una mitología que llegó a envolverle y sustraerle de la realidad, aunque todavía le quedara balompié en sus botas. Maradona ya era un mito cuando pasó por el Sevilla y le regaló un Rolex al hoy todo poderoso Monchi, cuando se mudó a Rosario para ser leproso durante cinco partidos y cuando regresó a la Bombonera para volver locos a todos los bosteros de bien.

Pero, ¿qué provocó que Maradona fuera venerado en todo el mundo? ¿Qué tiene que hacer una persona para que le monten una iglesia en Rosario? Pues ser humano. Que me perdone el mundo de los futboleros, de la política y de la literatura, pero creo que Eduardo Galeano estaba equivocado. Maradona no fue el más humano de los Dioses, de hecho, no creo que exista ninguna deidad que nos mire desde arriba o desde abajo; Maradona fue el más humano de los humanos, y por eso lo queremos tanto.

El Diego marcó aquella barbaridad de gol a los ingleses y demostró desde el sur de Italia que jugar al fútbol puede ser más artístico que ver bailar al Bolshoi, pero otros muchos jugadores hacen virguerías con la pelota y no nos sentimos tan atraídos por ellos. ¿Genera lo mismo el famoso gol de falta que Maradona le marca a la Juventus y cualquier tiro libre de Messi? La respuesta es no, decimos que el de Messi ha sido un golazo, pero remarcamos que el de Maradona ha sido una barbaridad.

El Pelusa nos gusta tanto porque ha sido un golfo. Vivió como quiso, como solo él sabía, y se ha ido sin que nadie pudiera empatarle. Es indiscutible que dejó momentos inolvidables sobre el verde, pero Maradona nos fascina porque esas jugadas no brotaban de sus botas mientras era tocado por la única mano que le quedaba libre a Dios, sino porque su magia surgía siendo borrachín, mujeriego, pendenciero y un poco drogadicto. 

Al ser humano le encanta emborracharse de cerveza, fernet con coca o lo que le pongan por delante. También llega un momento en la vida, o al menos eso se espera, en el que uno tiene pareja y empieza a ser una persona formal, ¿pero a quién no le gustan las mujeres o los hombres? A todos nos embruja ese placer de flirtear y de sentirse vivo gracias a otra persona. Lo mismo ocurre con las peleas, ¿cuántas veces no llegamos a casa y contamos que nos hemos peleado con un mamón que lleva toda la mañana haciéndonos la vida imposible? Y en cuanto a la droga, ¿quién no se ha fumado (o se fuma) un porro de vez en cuando? ¿Y cuánta gente decide darle un toquecito químico a su vida para ver qué pasa?

Admiramos a Maradona porque bebió, amó, peleó y se drogó mientras demostraba que era el mejor futbolista que ha pisado y pisará la tierra. Por eso se han formado colas desde la Casa Rosada hasta el Obelisco. Por esa razón tantas y tantas personas no han encontrado consuelo en una de las noches más largas que el mundo del fútbol recuerda. Sigamos amándolo como lo hemos hecho hasta el momento, tomémonos una copa a su salud y, sobre todo, sigamos recordándolo por lo que fue: un humano muy humano que, con una pelota en los pies, tuvo más fuerza que cualquier Dios inventado por el hombre.

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