miércoles, 30 septiembre, 2020
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Vladimir Putin llegó a su primer ciclo de la presidencia rusa en el 2000 y desde eso el fútbol profesional, la expansión económica mediante patrocinios deportivos e inversiones exorbitantes en competencias de la más alta calidad han sido unas de sus premisas. Y es que al día de hoy las ligas europeas, además de contar con numerosas contrataciones provenientes de Latinoamérica, están controladas por el dinero ruso de gigantescas petroleras ya presentes desde años atrás de la elección de Rusia como sede de la Copa Mundial de 2018, mismo evento que fue realidad gracias a la inversión mixta que hoy se ve como el futuro indicado para el balompié global. No obstante, es importante aclarar que la liga local de Rusia va en crecimiento y eso se ve de manifiesto con el flujo de jóvenes y veteranos por los equipos moscovitas, carentes aún de más protagonismo.

Hay que empezar recordando entonces el momento en el que el Chelsea de la Premier League inglesa se convirtió en el primer equipo rico de la nueva generación, cuando en 2003 Roman Abramovich (Rusia) lo adquirió por medio de su petrolera Sibneft, ahora llamada Gazprom Neft. Este multimillonario de la industria mineral puso sobre la mesa casi 1.200 millones de euros para invertir en el club inglés en un lapso de 10 años, cerrando un ciclo exitoso con tres títulos ligueros, la Champions League y la Europa League, además de convertir al equipo azul de Fulham en un recurrente animador de las competencias más importantes.

No es casualidad, pues, que un año después de que Rusia ganara la sede de la Copa Mundial de 2018 (2010) y generara más escepticismo e intriga entre la opinión pública, el AS Mónaco se convirtió en propiedad del magnate Dmitri Rybolévlev, personaje que goza de una fortuna superior a los 8.500 millones de dólares según Forbes. Con un buen gusto también por los futbolistas del momento; en 2013 contrató a Radamel Falcao y a James Rodríguez, entre otros, para afrontar la Ligue 1 y superar la inversión catarí del PSG en 2016-17, ganándole el pulso en la liga local y avanzando además hasta semifinal de la Champions League con una nómina que hoy conforma la base del fútbol europeo; Kylian Mbappé, Bernardo Silva, Fabinho y el mismo Thomas Lemar.

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Aun así, el premio mayor se lo lleva la petrolera Gazprom, que con protagonismo del sector público siendo una empresa de esencia privada se ha convertido en el cíclope económico para que Rusia, como país, esté presente en todo el fútbol europeo y se expanda más allá de su territorio de 17 millones de kilómetros cuadrados. Lo vemos en el Chelsea con las acciones de nuestro buen amigo Abramovich, con acciones en el Schalke 04 de la Bundesliga, acciones en el Estrella Roja de Belgrado y lo vemos en Gazprom siendo dueña absoluta del Zenit de San Petersburgo en la Premier League rusa. Ah, otra cosa más: la empresa es patrocinador oficial de la Champions League desde 2012. En definitiva, es el dueño y señor de la diplomacia deportiva, aventajándose sobre otras potencias como Estados Unidos y China, que aunque invierten, se quedan muy lejos de los ex soviéticos por el momento.

 

Alexey Miller, presidente de Gazprom, junto a Vladimir Putin.

 

Y es que una empresa con ganancias anuales superiores a los 164.000 millones de dólares y por lo menos medio millón de empleados en el mundo no se puede quedar sin participar en el lucrativo negocio del balompié, y menos sin impregnar su logotipo en las casacas y anuncios televisivos, saludando de por medio a los competidores asiáticos y norteamericanos. Si la carrera geopolítica se gana por medio del fútbol, pónganle sus fichas a Rusia y sus temperaturas friolentas que llegarán sí o sí al cielo futbolero, tan rápido como se expanden los derrames de petróleo en el mar.

La expresión perfecta de poner a funcionar el motor capitalista del fútbol.

 

Un fútbol local próspero

No hay mejor manera de ganar que jugando de local. Eso fue lo que hizo y planificó a la perfección la organización rusa en esta carrera deportiva. Y si bien ya había tomado terreno en espacios ajenos, con la adjudicación de equipos en ligas mayores y escarbando piedra por piedra para construir un castillo soviético, el poder albergar un campeonato tan masivo como la Copa Mundial de la FIFA fue la mejor jugada dentro de todo el sistema. Es claro, y lo ha dicho la historia, que recibir un campeonato del tal magnitud es de riesgos constantes, más cuando la liga local no soporta estadios gigantescos (y caros) y una infraestructura salida de proporciones; pasó con Sudáfrica e incluso con Brasil.

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Las cuentas parecían ambiciosas cuando comenzó la remodelación generalizada de escenarios deportivos. Rusia invirtió 4.525 millones de dólares, únicamente para la refacción y construcción de los estadios a emplear (solo en el estadio de San Petersburgo invirtió 1.276 millones, con cooperación de Gazprom). Además, la inversión total para la cita orbital superó los 14.000 millones, cantidad que no es concebible en un sistema económico similar al ruso. Pero bueno, las ganancias sobrepasaron los 6.000 millones de dólares, afortunadamente, sin pérdidas ni estadios abandonados y con un plan más allá del certamen de selecciones.

La estrategia que empleó el país de Vladimir Putin fue llamar la atención del fútbol mundial. Si no fue suficiente con los billetes provenientes del petrolero en ligas de larga historia, organizando el campeonato más importante, con la organización del Mundial llegó la manera obvia de posicionar a Rusia como el país más visible durante un tiempo, en temas futbolísticos al menos y empezar a persuadir, tanto a los aficionados como a los mismos jugadores, ofreciendo un objetivo ganador y rentable en el fútbol ruso. Pero no lo hizo en 2018 solamente.

En 2011, el Anzhi Majachkalá pegó el grito y abrió la puerta. Bajo el yugo del petrolero Suleimán Kerímov, este novedoso elenco contrató a los jugadores que quiso generando una gran sorpresa. Primero fue Samuel Eto´o, con un salario anual de 20 millones de euros (el mejor pago del mundo para aquel año), además de figuras brasileras como Roberto Carlos -con un salario de cinco millones de euros anuales ya con 37 años-, incluyendo al joven y talentoso Willian (Chelsea), que llegó a Rusia por casi 40 millones de euros. Otro conocido, Lass Diarra (cinco millones por temporada) y el DT Guus Hiddink se sumaron al proyecto enganchador del poderío ruso.

 

Lass Diarra, Roberto Carlos, Samuel Eto´o y Willian entre 2011 y 2013.

 

“Cuando digo a los escépticos que Moscú es una de las ciudades más bellas del mundo, no pueden creerlo, no lo pueden entender. ¿Por qué? Porque vivimos en una sociedad donde hay demasiados clichés y la televisión impone su cosmovisión”, manifestó Eto´o luego de su salida del Anzhi Majachkalá, como si de un comercial publicitario se tratase; un líder de opinión ya comprometido con la futura Rusia del 2018.

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Su liga local, hoy  

Actualmente, la Premier League rusa ocupa la séptima posición de las ligas más valiosas a nivel europeo, con un valor de 906 millones de euros entre sus 16 equipos de primera división. Sin embargo, y pese a la diversificada inversión petrolera y multimillonaria, solo cuatro clubes sobrepasan los 100 millones de euros: Zenit, CSKA de Moscú, Krasnodar (el nuevo rico) y Spartak de Moscú. Lo curioso es que Rusia parece ser el destino predilecto, por un lado de los jóvenes talentos que quieren abrirse paso en Europa y que escogen Rusia como un trampolín bien remunerado pero también exigente de un buen abrigo, mientras que por otro lado se ha visto una tendencia de jugadores ya de salida, veteranos, que prefieren pasar sus últimos días de profesionalismo en el país que abre la puerta a Oriente.

Nombres como Sebastián Driussi, Emiliano Rigoni, Wilmar Barrios, Malcom, Douglas Santos y el más reciente Adolfo Gaich, recientemente adquirido por el CSKA desde San Lorenzo de Almagro hacen pensar en la gran tarea que viene haciendo la liga, ya cercana a las cinco grandes en cuestión de números financieros. Nota: de 407 jugadores en la liga, 124 son extranjeros, unos ya radicados definitivamente como el portero Guilherme Maritano (Krasnodar), Mario Fernandes (CSKA) o Ari (Krasnodar), que aunque nacieron y debutaron en Brasil prefirieron mudarse definitivamente a Rusia y nacionalizarse con miras a tener más oportunidades en Europa.

Hay que rescatar otros nombres que aún resuenan en el fútbol internacional (unos ya retirados) y que han tomado el fútbol de dicho país como una opción competitiva y económica; Jefferson Farfán (Lokomotiv), Branislav Ivanovic (Zenit), Claudio Marchisio (Zenit), Hulk (Zenit), Benedikt Höwedes (Lokomotiv) y André Schürrle (Spartak), entre tantas figuras pasadas de moda que se dejaron envolver por el ¨cálido¨ clima de Moscú y su ¨cercanía¨ con la gente.

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