martes, 23 julio, 2019
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Cuando se piensa en el fútbol -o soccer como lo llaman en Estados Unidos- pensamos que es un deporte que podría ser practicado por cualquiera: desde los niños y niñas de las favelas, canchas de Salto o Rosario, un callejón de Argelia donde recrearon hace unos días la falta tirada por Mahrez que les llevó a la final de la Copa África, o de Betendorp sobre cuyo asfalto jugaba Cruyff, o algún jardín de Escocia donde jugaba Rose Reilly. No pensamos en que para llegar a lo más alto puede haber un precio mucho más caro del esperado en el país de las “oportunidades”, y que esto puede condicionar el color de los miembros de las filas de la selección de la bandera adornada de estrellas. ¿Cómo es posible? En este país, el fútbol es visto y confeccionado de otra manera.

Llama la atención que los equipos de fútbol, especialmente el femenino, apenas cuenten con jugadoras latinas y de raza negra. Echando un vistazo a la plantilla, en el femenino sólo nos encontramos con tres afroamericanas: Crystal Dunn, Adrianna Franch y Jessica McDonald. Y sólo Dunn forma parte del once titular. Ni una latina. En el caso del masculino las cosas cambian en parte: hay unos diez jugadores, habitualmente, de los veintitrés convocados. ¿Representa esto a la población del país?

Si uno echa un vistazo a los datos de la oficina censal del gobierno de Estados Unidos, a fecha de 1 de julio de 2018, el país americano tenía una población estimada de poco más de 327 millones de habitantes, divididos por raza entre los siguientes porcentajes: un 60.4% de blancos sin raíces latinas, y un 40% de otras etnias. Casi la mitad. Este porcentaje restante se divide en: 18.3% de latinos, 13.4% de raza negra o afro americanos, 5.9% de asiáticos, 1.3% de nativos de Estados Unidos, y un 0.2% de nativos procedentes de Hawaii y otras islas del Pacífico, más otro 2,7 % de razas mezcladas.

Al conocer estos datos, llama la atención que en sus equipos nacionales no aparezcan reflejados, especialmente en el femenino, pues en el masculino poco a poco se ha producido un equilibrio. Sobre todo choca el ver tan pocos latinos conociendo la historia del fútbol. En el caso de México, este país  resultó ser el que acogió el segundo Mundial Femenino de la historia,el cuál no fue reconocido por la FIFA, que no organizó uno hasta el 91’ tras el poderoso discurso pidiendo la celebración del mismo, precisamente durante el Mundial masculino de México 86’, por parte de la representante de la federación noruega, Ellen Wille.

Las razones detrás de esta situación las esgrimía en The Guardian Briana Scurry, la única mujer negra del once titular que ganó el Mundial de 1999 con Estados Unidos. Para la famosa portera, el fútbol en su país:

“Sigue siendo visto como un deporte para gente blanca, de familias acomodadas”.

De hecho, la propia Scurry, de niña no pensaba en el fútbol como un deporte en el que hacer carrera. Creciendo en Minneapolis amaba el baloncesto, pero cuando se mudó a una zona con mejores escuelas fue cuando le hablaron de un equipo de fútbol femenino. Desde la clase baja, parece algo impensable.

Los niños o niñas que despuntan en las calles, que prácticamente bailan con una pelota en los pies, que crecen en esos barrios desfavorecidos, no son fichados por nadie, normalmente. Esto es un problema para Scurry, quien mira a Francia e Inglaterra como ejemplos con mayor diversidad, y piensa que:

“Pagas por adquirir una habilidad. Pero hay componentes del juego que no pueden ser comprados”.

A finales de junio publicaba Sport un artículo de opinión de Albert Rogé, titulado: “Fútbol base, ¿niños o robots?”. Esto no es nada nuevo y, nos guste más o menos, es una moda que se está contagiando por los centros de alto rendimiento destinados a sacar futuros deportistas de élite. En Estados Unidos, el fútbol está concebido de esta manera. Scurry hablaba de que el talento no se puede comprar, pero también hablan de esto los entrenadores de fútbol de categorías inferiores.

Los clubes privados del país no permiten que uno aprenda a jugar al fútbol de manera espontánea, con los trucos y la magia que se aprende en la calle. Puede sonar nostálgico, básico, pero al final es parte del descubrimiento del niño, del aprender a utilizar su cuerpo con la pelota, de un contacto que no puede estar dirigido siempre, ni ser parte de una rutina impuesta en un centro, en los que algunos pueden acabar hasta por aborrecerlo.

No hay ojeadores que los capten en la calle. Son pocos los entrenadores que se dediquen a buscar en las conocidas como Ligas Latinas, en California; a ojear niños y niñas que despuntan jugando de forma callejera, en parques donde se reúnen las familias de inmigrantes de América Central y Sudamérica los fines de semana a hacer una barbacoa. Por desgracia, también está el machismo inherente (tanto por parte de familias blancas adineradas, como también de las latinas o afroamericanas) que impide que algunas niñas piensen en vivir de un deporte como el fútbol. A veces ya no por parte de su propia familia, si no en el entorno, parece un sueño que no está diseñado para ellas, en una especie de Mundo Feliz donde esa opción no debe ser contemplada. De ahí la importancia que puede tener que Estados Unidos se haya alzado con el trofeo de Campeonas del Mundo en hasta cuatro oportunidades, siendo ejemplos a seguir para muchas niñas que podrán decir: “quiero ser como ellas, voy a serlo”.

Pero ahí entra la ayuda económica necesaria. Hope Solo (de nuevo una portera en este caso) campeona en el 2015, hizo unas declaraciones que siguen la línea de lo que analizo. Sorprende que algunos medios conservadores la atacaran, escribiendo que exageraba por no querer que saliese a la luz el hecho de que el sistema planteado ahora mismo en Estados Unidos recuerda al que, por ejemplo, se enfrenta alguien que quiere dedicarse al tenis profesional en otros países: pocos clubes con las condiciones de alto rendimiento, pistas o entrenadores a muy alto coste para las familias de clase media baja, que tienen que hacer un gran esfuerzo económico. Las palabras que recogieron todos los medios, que pronunció en una charla pública, fueron las siguientes:

“El fútbol base en Estados Unidos se ha convertido en un deporte para niños ricos y blancos. Hay niñas y niños que quieren jugar, que sienten una gran pasión por este deporte, pero si no tienes dinero suficiente no podrás representar a tu país”.

Algo que según explicó ha empeorado con los años, porque añadió que su familia, conforme ha subido el precio en la actualidad, no se lo habría podido permitir. Algunos centros se están aprovechando del auge del deporte para subir las tasas de matriculación. Tuvo que salir Landon Donovan, referente en la selección masculina (de la que cual se retiró en 2014), a defenderla, diciendo que:

“Sólo la gente con dinero puede jugarlo. Si en tu familia no cobráis más de 30 mil o 40 mil dólares al año, ¿cómo vas a pagar entre 3 mil o 4 mil para apuntar a tu hijo a un club de fútbol?”.

Hay técnicos que tratan de dirigirse a la calle. Sus clubes son más asequibles que los más profesionales, cobrando unos mil trescientos dólares. Pero sigue siendo una cantidad impensable para las familias que viven en el escalafón más bajo. Por ello intentan encontrar gente que proporcione becas. Pero, algunas veces, tampoco son la solución: sólo cubren la plaza en el club. ¿Quién paga el transporte? Hablamos de un país de distancias gigantescas, y estos padres trabajan de sol a sol. No pueden llevar a sus hijos a la clase de fútbol en un club que se encuentra a las afueras de la ciudad.

Aquí surgen problemas para los chicos a los que se enfrentan las chicas en países como el mío, en España. En zonas de pueblos apartados de la capital, te encuentras con que las niñas que forman parte del club, cuando cumplen los 13 años, no pueden seguir como cadetes al año siguiente con los chicos, debido a que tienen que profesionalizarse como mujeres.

Para ello, como en muchos pueblos no hay clubes femeninos, tienen que desplazarse, por lo menos, unos 20 y 30 kilómetros, con un transporte público que no cubre las necesidades horarias, que las deja en la ciudad lejos del club. ¿Cómo llegan hasta allí? No lo hacen. Hay padres que lo dicen directamente: hicieron el esfuerzo de llevar a la hermana mayor, pero no lo van a hacer por la pequeña, porque ahora ya no disponen de tiempo ni de dinero. Esta realidad, en Estados Unidos, la viven también con el masculino, de ahí que ciertas clases sociales -y por desgracia ciertas etnias- se vean comprometidas a no poder cumplir sus sueños, a no poder hacer carrera en el deporte que sienten, primero como un juego, pero que podría acabar siendo una vocación, una forma de vida.

Ya no sólo está el tema del transporte, también el de la sanidad. En España, por ejemplo, si un jugador o jugadora se lesiona espera poder ir al centro de salud público, que el club tenga un fisioterapeuta, o un centro con el que tenga un convenio. En Estados Unidos esperan que los padres tengan su propio seguro privado, ¿y si no lo tienen? Todos estos problemas son los que afloran y que hacen que el soccer se haya convertido en un deporte de élite.

Se ha hablado mucho de Megan Rapinoe por sus logros futbolísticos, sus declaraciones sobre el gobierno y su orientación sexual, pero conviene recordar que también representa a esas niñas de clase media baja. Sus padres eran trabajadores y su hermano quien era su máximo referente y por quien comenzó a jugar al fútbol en la posición que juega, ha estado entrando y saliendo de centros penitenciarios juveniles desde los 15; hasta en la propia final del Mundial se encontraba en un centro en el que permanece para cumplir la condicional. Para Megan fue una desilusión el rumbo que tomó la vida de su hermano, aunque ahora se ha reformado, porque llegó a unirse a una banda a favor de la Supremacía Blanca – algo que bien mostraba Kurt Sutter en Sons of Anarchy, por ejemplo – para conseguir droga en prisión. Su hermana le pidió que se apartase, que cambiase, y su repudio es tal hacia el racismo que fue la primera deportista blanca que se arrodilló al sonar el himno, en muestra a su apoyo a Colin Kaepernick, en protesta por los tiroteos a ciudadanos afroamericanos.

Es importante ese detalle, porque ese problema de la diversidad, como decíamos, está presente en su profesión. Uno no se encuentra demasiados artículos al respecto, a excepción de algunos como el artículo de opinión de Sierra Fang-Horvath, sobre el problema racial del fútbol femenino en Estados Unidos, en YR Media. Ella destacaba el hecho de que cuando ella jugaba de niña, y adolescente, había presencia de varias razas por encontrarse en California, un estado conocido por su multiculturalidad y su afluencia de inmigrantes.
Pero el problema económico hace que muchas de esas niñas no progresen.

Uno se encuentra con historias de hijas que lo intentan, a las que se da una oportunidad y la posibilidad de obtener una beca, pero que como sus padres o hermanos se encuentran sin papeles, por miedo a que los deporten, acaban teniendo que renunciar para mantener a su familia apartada del foco del gobierno de Estados Unidos, sobre todo ahora con la endurecida política migratoria.

Por eso el artículo de The Guardian de Les Carpenter, donde entrevistaba a Scurry, se titulaba: “Sólo tienen sitio los niños blancos: el problema de la diversidad en el soccer en Estados Unidos”.

Aparte, no podemos olvidar que el soccer, nuestro fútbol, no es el juego por excelencia en el país. Los niños y niñas que crecen en esta cultura, a pesar de sus raíces latinas en algunos casos, ya piensan en jugar a los deportes que más flashes acaparan, que se llevan toda la publicidad. En la final del Mundial no actúa Lady Gaga, Beyoncé o Bruno Mars, actúan en la de la Super Bowl, con cerca de 100 millones de espectadores, sino más, en sus cuotas más bajas. Por eso Scurry soñaba con ser una pequeña Michael Jordan y poco sabía de Maradona o Maldini. El soccer suele ofrecerse en cadenas de pago, algo muy diferente a otros países donde el fútbol está consolidado como el deporte más visto.

Según los datos de la FIFA: en Países Bajos, con 17 millones de habitantes, casi 5 millones y medio vieron la final del Mundial de Francia; en Brasil, país en el que se respira fútbol, sólo 19 millones por un total de 209 millones de habitantes, pero su selección no jugaba. En Reino Unido, algo más de 3 millones y en Suecia se alcanzó un share del 70,5 % para ver competir a su selección por la medalla de bronce. En Italia se alcanzaron casi los 6 millones en algunos partidos, como el de octavos y el de cuartos, en un país con 60 millones de habitantes, y la final fue vista por casi 2 millones. El país que en los 70´ apostó por el fútbol femenino en Europa, mientras otros no lo hacían, ha vuelto a superar machismos, para ponerse frente a la televisión a ver a sus jugadoras y a las de otros países, mientras que en España sólo se sentaron frente a su televisor 488 mil personas para ver la final. En China, nada más que cerca de 5 millones de personas y, por último, repasamos la cifra del país campeón: retransmitido por FOX (cadena de pago) y Telemundo (cadena en idioma español): 15 mil 277 millones de personas vieran a sus compatriotas alzarse con el preciado trofeo.

Si el fútbol en Estados Unidos, a través de sus campeonas, consigue atraer poco a poco a más gente, quizá veamos un cambio, una mayor inversión de más patrocinadores. Sería más factible que pensar en ayudas públicas, que hay alguna, pero en baja medida. Que ese número récord de camisetas vendidas por Nike de la selección, que todos esos datos que nos llegan de lo mucho que se han ilusionado con el fútbol, se refleje en un sistema más equitativo.

¿Se imaginan la de futbolistas de gran calidad que podrían salir en un país de 300 millones de habitantes? Hay un problema intrínseco, que quizá esta victoria y la llegada de grandes estrellas del continente europeo a la MLS puede hacer que vaya cambiando poco a poco: el interés. ¿Podría la victoria en el último mundial cambiar la situación actual, hacer que haya más ingresos, más equipos, más promoción?

No hay que olvidar que sólo hay, en el país de las campeonas del Mundo, nueve equipos femeninos, distribuidos en zonas muy dispares unas de otras. Uno se encuentra por las redes comentarios de los aficionados diciendo que si hubiera un equipo más cerca, podrían seguirlo, ir a verlo al estadio. La comparación entre el mapa de la MLS (Major League Soccer) y el de la NWSL (National Women’s Soccer League) muestra las diferencias.

A pesar de que la selección masculina no consigue los números de la femenina, el fútbol masculino sigue teniendo mucha más presencia por el país. También hay que contar que la MLS lleva desde 1993, y a pesar de aquella histórica victoria del fútbol femenino en el Mundial del 99´, no fue hasta finales de 2012 que se creó la gran liga con estrellas de la que disfrutan ahora (existieron otros intentos pero estos fracasaron).

Muchas de las jugadoras que conforman la plantilla de la selección aprendieron jugando con sus hermanos, algunas porque sus padres ya eran deportistas decidieron ellas también practicar un deporte, pero lo que necesita Estados Unidos es respirar la cultura futbolística, que las niñas y niños vean en estas “heroínas”, a su joven edad, un referente, que se busque que sin importar sus orígenes tengan cabida, y que no tenga que ser como aquello que le dijeron a Malcolm X cuando habló a su profesor de que quería continuar estudiando para ser abogado: los niños negros tienen que dedicarse a cosas manuales. No, los niños y niñas afroamericanos también podían hacer una carrera. Y ahora, la pueden hacer en el fútbol, si así lo desean.

Hay que aspirar a que ese fútbol se abra, a que los niños que muestren un talento innato en los parques tengan la posibilidad de poder llegar a los clubes. De que, cómo ocurre en deportes como el fútbol americano o el baloncesto, puedan llegar a la universidad a jugarlo allí. Para el fútbol femenino los equipos universitarios sirvieron de base, pero falta abrir el acceso desde, justamente, el fútbol base.
Ojalá el reciente Mundial de Francia sea una forma de extender aún más el fútbol dentro del país que, irónicamente, se ha proclamado campeón. Ahora sólo falta que tanto mujeres, como hombres, de la raza o condición social que sean, tengan las mismas posibilidades. Quizá nos estamos perdiendo a alguna gran estrella que dejó de jugar cuando era pequeña, en esos parques de California.

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Maria Valentina Vega

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