domingo, 20 septiembre, 2020
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El Mundial de Fútbol del 1998, celebrado en Francia, fue uno de los más icónicos que se recuerdan a lo largo de la historia de este deporte. El último Mundial del Siglo XX reunió a un enorme conjunto de estrellas del balón, alumbradas además por un carisma que ensalzaba sus figuras. Gabriel Omar Batistuta, Ronaldo Nazario, Davor Suker o Zinedine Zidane eran la imagen de ese campeonato y los que guiaron a cada uno de los aficionados a seguirlo con interés, pasión e ilusión. Todos, como obviamente ocurre en cada uno de los mundiales celebrados, querían ganarlo, pero por encima de ellos se alzaban los que, a la postre, terminaron por enfrentarse en la gran final del 12 de julio en París. Una final terriblemente desequilibrada sobre el césped en consonancia con algunas circunstancias que marcaron el recorrido de ambos equipos en el campeonato, desde antes de su comienzo hasta incluso a pocas horas del pitido inicial de su partido final.

La selección bleu llegaba a su Mundial como ejemplo y espejo de la sociedad francesa de la época. El reconocido emblema de black-blanc-beur (negro-blanco-árabe) estaba en auge como forma de plantear los conflictos que generaba la multiculturalidad y mezcla racial que copaban las calles del país. Era un momento importante para Francia, en el que tenía que definir su intención de avanzar en la integración de todas sus gentes o dar cobertura a aquellos que dudaban de la conveniencia de identificar como propios a aquellos de otra religión u otro color de piel.

Aquello, como se apuntó, afectaba también a la selección de fútbol. Jugadores como Emmanuel Petit, Didier Deschamps o Frank Leboeuf pertenecían a un extremo; y Lilian Thuram, Marcel Desailly o Zinedine Zidane, al otro. Era fundamental que se aceptaran como un equipo unido, un grupo de franceses dispuesto a luchar por unos colores que no fueran otros que los de su bandera. Y lo lograron. Hicieron un gran campeonato para dar a su país su primer Mundial, algo tremendamente deseado y que se consideraba justo con la historia futbolística de Francia, una tarea que fue encargada a un grupo que contaba con experiencia, calidad, impacto físico e identificación con el objetivo. Aimé Jacquet fue el seleccionador que dirigió a uno de los mejores equipos nacionales franceses de la historia, llevando la esperanza de la afición de menos a más durante el torneo hasta el delirio final del 3-0 de la final bajo la dirección de Zinedine Zidane en el campo.

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Pero su adversario en la final no deseaba menos esa copa. De hecho, probablemente, la ansiaba más. Y de una forma diferente, con unas emociones más cargadas de presión que de ilusión. Brasil, entrenada por Mario Zagallo para este reto, veía el pentacampeonato como una ocasión única de hacer historia y confirmar su dominio en el mundo del fútbol tras haber conquistado también el celebrado cuatro años antes en Estados Unidos. La bandera, eso sí, había cambiado de mano. El ídolo Romario finalmente no fue convocado para viajar a Francia y era Ronaldo Nazario el elegido para llevar a su país a ese quinto entorchado como uno de los mejores jugadores del mundo.

Tras haber demostrado su nivel durante el campeonato, sobre todo en los duelos eliminatorios contra Chile y Holanda, todos los dedos le apuntaban para conseguir doblegar a Francia en su propia casa. Sin embargo, mientras todo el globo terráqueo se preparaba para el choque, acaeció uno de los sucesos más impactantes y enigmáticos de la historia de los mundiales. El astro brasileño sufrió un episodio convulsivo en el hotel donde descansaba antes del traslado al estadio, una situación vivida ademas por varios de sus compañeros y que generó unos efectos profundos y directos a toda la expedición y que mermaron sus opciones a defender a su país en Saint-Denis. Todavía hoy no se ha aclarado el origen de aquellas convulsiones, si fue un evento neurológico o cardíaco, o si fue fuertemente influido por el estrés que sintió el jugador durante el torneo.

Finalmente, y tras muchas dudas incluso en los minutos previos al partido, Zagallo lo alineó. Pero las secuelas de aquellos terribles minutos en su habitación del hotel no tardaron en mostrarse. Ya no solo R9 se vio incapaz de superar a los durísimos defensas franceses, sino que todos sus compañeros reflejaron el miedo y la incertidumbre que aquella tarde había sembrado en sus mentes. La victoria nunca estuvo cerca y la quinta estrella tuvo que posponerse.

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Porque al final llegó. Los finalistas de este Mundial siguieron sumando éxitos en los siguientes años. Francia repitió victoria en la Eurocopa del 2000 celebrada en Bélgica y los Países Bajos con un estilo muy marcado, y Brasil por fin consiguió bordar esa quinta estrella en su escudo en el Mundial de Corea y Japón del 2002, con un Ronaldo estelar que anotó los dos goles de la final para dar carpetazo a aquella pesadilla de cuatro años atrás y cerrar el círculo del pentacampeonato que todavía a día de hoy los brasileños siguen buscando superar, pero para lo que todavía no han encontrado el camino.

 

 

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