jueves, 3 octubre, 2019
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Si hablamos de Fiji, muy pocos relacionan su nombre con su ubicación geográfica. Y no es un error: a los ojos del mundo lo que pasa en este país del Pacífico es totalmente irrelevante, pero eso no quita que hay un millón de personas que viven en este conjunto de islas y que tienen que atravesar el día a día. Con una superficie de más de 18 mil km2, el territorio de Fiji está compuesto por dos islas centrales y cuatro más pequeñas. Tiene el 90° PBI per cápita del mundo, por lo que las condiciones de vida lejos de la playa y las zonas de turismo lejos están de ser las mejores. La tasa de pobreza a lo largo de esta década fluctuó entre el 45 y el 30%, con un leve descenso con el correr de los años, lo que generó grandes olas de migraciones a Australia, Nueva Zelanda y Estados Unidos.

Pero en ese remoto conjunto de islas hay una esperanza llamada rugby. Más que una esperanza, es el deporte nacional, una forma de vida, casi un culto. Pese a que los datos oficiales indican que el 64% de la población cree en Dios, entre metodistas, cristianos y católicos, el 100% cree en la pelota ovalada. Fue la que más alegrías les trajo a lo largo de su historia, desde las tres apariciones en cuartos de final de la Copa del Mundo en 1987, 1999 y 2007, hasta los Mundiales de la modalidad de seven que conquistaron en 1995 y 2005.

Y es que su cultura del rugby es similar a la del fútbol en Sudamérica. En lugar de ver a los chicos jugando con pelotas redondas hechas de medias en la calle, en Fiji uno puede ver niños y niñas jugando al rugby al costado de la ruta con una pelota o con una botella sin distinción de clases. “El amor sobre toda diferencia social”, decía el cantante de cuarteto Rodrigo, y el amor a la ovalada se lo puede ver en grandes ciudades como Suva y en áreas de menores ingresos como Motusa.

Sin embargo, esta disciplina no es ajena a la realidad que el resto de los ciudadanos. Por el contrario, también la sufre. Mientras equipos como Nueva Zelanda, Australia o Inglaterra se hospedan en hoteles de cinco estrellas y entrenan en canchas en perfecto estado de cara a cualquier torneo, la selección de XV de Fiji recurre a opciones más humildes y menos costosas. Es recurrente ver fotos del equipo entrenando en playas concurridas o en campos llenos de barro antes de una Copa del Mundo o de la Pacific Nations Cup.

Y es por esto que el rugby de esa zona tiene una particularidad. Debido a las condiciones que mencionamos anteriormente, a Fiji se le hace difícil ser competitivo en la modalidad convencional de XV, ya que hay que tener un plantel de 30 hombres que puedan plantarse de igual a igual con los mejores del mundo. Es por esto por lo que se especializaron en la modalidad de seven, en la cual un equipo entero consta de 12 jugadores (siete titulares y cinco suplentes) y, por ende, equilibra la balanza con las grandes potencias.

Pese a que este formato no genera tanto interés como el de XV, Fiji es uno de los grandes animadores del Circuito Mundial de Seven no solo dentro de la cancha sino que también fuera de la misma. Hay un pequeño grupo de fanáticos fijianos que siguen a su selección a lo largo de las diez fechas que dura el circuito, aunque haya miles de kilómetros de distancia entre una y otra. Y, como la mayoría de los isleños, no pasan desapercibidos. Esto no solo se debe a sus rasgos faciales característicos, si no que este grupo se puede identificar a cuadras de distancia por las exuberantes pelucas azules que utilizan, detalle del que deriva su nombre, Blue Wiggers.

Pero, a diferencia de lo que se cree, ninguno de los Wiggers residen en su país de origen. Están distribuidos en Australia, Nueva Zelanda y Estados Unidos y sólo se reúnen en los diez fines de semana que se disputa la competencia de seven.

Aquí es donde volvemos al eje de la cuestión. Hay mucho más en Fiji que camisas floreadas, rituales indígenas y playas paradisíacas; hay pobreza, grupos marginados y niños en situación de calle y los Blue Wiggers están al tanto de esto. Ellos son parte del sector cuyos ingresos les permitieron emigrar, pero no por ello se olvidaron de su país. Es por esto por lo que usan el distintivo de las pelucas azules; para ser captados en las pantallas gigantes de los estadios, dar notas a los medios televisivos que cubren la previa de los torneos y promocionar el turismo en sus islas, que, al fin y al cabo, es una de sus principales industrias.

Con este panorama y todas las cosas que aguantaron los fijianos, el punto más álgido del amor por este deporte llegó el 12 de agosto de 2016, cuando 12 hombres se hicieron gigantes y pusieron a la bandera celeste en lo más alto del podio en el Estadio Deodoro. Fue en Rio de Janeiro cuando la selección de seven vapuleó por 43 a 7 a Gran Bretaña y se quedó con la medalla dorada, la primera presea de Fiji en la historia de los Juegos Olímpicos y la segunda de una isla del Pacífico después de la plateada que obtuvo Tonga en 1996.

 

Ese 12 de agosto no fue cualquier día en las islas. El Estadio Nacional ANZ abrió sus puertas y proyectó el partido definitorio en una pantalla gigante y quienes no pudieron ingresar se reunieron en bares o se amontonaron en la vereda de las casas de electrodomésticos que también tenían sintonizada la transmisión de lo que estaba ocurriendo a diez mil kilómetros de distancia. Las calles se colmaron de gente, los bares se quedaron sin alcohol antes de las tres de la tarde y tuvieron que encargar a sus distribuidores el triple de lo que pedían para una noche de viernes. El primer ministro Frank Bainimarama, que se encontraba en el Estadio Deodoro como un fanático más, decretó que el día que arribara la selección sería feriado nacional y aseguró que esa fecha pasaría a la historia grande de Fiji.

Lejos había quedado aquella edición de Melbourne 1956 donde este pequeño conjunto de islas había hecho su primera aparición en un Juego Olímpico, pero los resultados habían sido siempre los mismos. Ese sueño que arrancó con cinco atletas, dos boxeadores, dos palistas y un lanzador de disco tuvo su primera satisfacción 60 años después.

Y que irónico y retorcido puede ser el destino al darle su primera medalla frente al país que los había colonizado a fines del siglo XIX. Lejos también había quedado la independencia de 1987 a base de un golpe de estado que dejó el país en manos de los nativos y los indios. Y también lejos habían quedado esa nueva ola de golpes de estado de los 2000 de los que participó el propio Bainimarama, que en 2014 sería electo en las primeras elecciones de la historia de Fiji.

Fue irónico que el entrenador que llevó a los isleños a su primera medalla fuera inglés. Ben Ryans, quien admitió que el estilo de vida simple que llevan los fijianos es de su agrado, llevó a un equipo a lo más alto de un podio y a una nación a la alegría más grande que cualquier persona les podría haber otorgado. Y es más que razonable si tenemos en cuenta que en febrero de 2016 el ciclón Winston se había cobrado la vida de 43 personas y había dejado sin casa a decenas de miles, que es un porcentaje significativo en una población que rozaba el millón de habitantes.

No fue hasta después de conseguir el objetivo que Ryans confesó que Bainimarama le había dicho que lo mínimo que podía aceptar el oro, volviendo todo un asunto de Estado. Tres años después y a menos de 12 meses de Tokyo 2020, lo sigue siendo ya que el primer ministro asignó 770 mil euros del presupuesto nacional a la Unión de Rugby de Fiji para mejorar los contratos del staff de Gareth Baber, actual entrenador de seven y del plantel femenino.

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Facundo Osa
¡Buenas gente! Soy Facundo Osa, tengo 20 años y me gusta escribir de todo un poco. Últimamente estoy en una parte más polideportiva de mi escritura ya que me alejé del fútbol porque dejó de atraparme como antes. Así que ya saben, cada vez que vean alguna nota que sea de algún deporte que no frecuentamos tanto en la página, seguro sea mía jajajaja. Ya que están, síganme en Twitter (@FacuOsa) si no se quieren perder de nada del mundo polideportivo (especialmente rugby, básquet y automovilismo).

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