lunes, 25 octubre, 2021
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Si uno se detiene a analizar los primeros Juegos Olímpicos de la modernidad en su totalidad llegará a la conclusión de que, con los parámetros organizacionales actuales, su desarrollo era digno de una competencia regional en lugar de lo que con los años se convertiría el evento deportivo más importante del mundo. Desde dificultades para captar a la audiencia hasta problemas en las inscripciones de atletas, esas primeras ediciones previas a la Primera Guerra Mundial sirvieron como referencia de todo lo que no se debía hacer a partir de Amberes 1920 en adelante.

Por otro lado, esas fallas administrativas y burocráticas trajeron consigo historias curiosas que, un siglo después, cuentan con un tinte humorístico por cómo rozan los límites de lo absurdo. Tal es el caso de Félix de la Caridad Carvajal y Soto, mejor conocido como Felix Carvajal en los libros de historia o Andarín Carvajal en Cuba, y su participación en los Juegos de Saint Louis 1904, que, como evento en sí, fue calificado como una aberración por el propio Pierre de Coubertin.

Nuestro protagonista nació en 1875 en Malecón, aunque cuando era muy pequeño su familia se mudó a San Antonio de los Baños, una localidad ubicada a 35 kilómetros de La Habana, la capital de Cuba. Este dato será de vital importancia para el desarrollo de la historia ya que es el principal factor por el cual Carvajal terminaría representando a su país en unos Juegos Olímpicos. Ya de chico le gustaba pasar el día corriendo por las sierras del municipio y seguirle el ritmo a los carruajes o a los hombres que andaban a caballo, lo que le terminó proporcionando una gran capacidad aeróbica para un pre adolescente. De hecho, esa fue el factor diferencial por el cual ganó su primer mano a mano atlético: fue en 1893 frente al andarín español -en ese entonces no existía el término maratonista- Marcelo Bielza, quien dejó de correr alrededor de la plaza del pueblo tras nueve horas, dos menos que el pequeño Carvajal.

Dos años después puso su resistencia al servicio del país en la Guerra de la Independencia de Cuba realizando labores de cartero llevando noticias y encomiendas de ciudad en ciudad, rememorando la proeza de Filípides en la Antigua Grecia. Su tarea llegó a los oídos de los colonos españoles y, en consecuencia, intentaron apresarlo sin éxito ya que, al enterarse de esto, el cubano se refugió temporalmente en Florida hasta el final de la guerra.

Una vez conseguida la independencia, volvió a su país y retomó su oficio de cartero durante los fines de semana y feriados, ya que en los días hábiles caminaba por su pueblo vestido como anunciante de comercios, trabajo que cambió a sus 18 años por el de portero en el Hotel Inglaterra. Pese a estar empleado, su situación económica no había cambiado: nació en la pobreza y a sus 20 años seguía en una posición similar. Esto, combinado con la insistencia de un amigo de la infancia, lo motivó a participar en los Juegos Olímpicos de Saint Louis en 1904, ya que creía que una medalla de oro en la prueba de maratón podría cambiar su vida luego de ver el impacto rotundo que tuvo el campeonato olímpico en la vida de Spiridon Louis, el ganador de la edición de Atenas 1896.

Pero había un problema: Carvajal era pobre, el gobierno cubano declinó su petición de fondos y, por ende, no tenía cómo viajar a Estados Unidos. Es por esto que durante un par de meses alternó entre caminata y trote en distintas ciudades con una remera en la que se leía el mensaje “coopere con un atleta que quiere participar en las olimpiadas de Saint Louis” para obtener donaciones de sus compatriotas. Increíblemente terminó consiguiendo el dinero pero, ya en Nueva Orleans, se creó un nuevo problema: se gastó todo lo recaudado en apuestas y mujeres estando a 1080 kilómetros de la ciudad anfitriona de los Juegos Olímpicos. Así fue como tuvo que caminar y pedir transporte a extraños que se encontraban en la ruta para llegar justo a tiempo para la ceremonia de apertura.

 

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Los Juegos que casi acaban con la maratón

Como se mencionó anteriormente, Pierre de Coubertin estuvo totalmente en contra de la forma en que se llevó adelante la tercera edición de los Juegos de la modernidad, motivo por el cual ni siquiera viajó a Estados Unidos para presenciarlos. El enojo del francés estaba más que justificado: a los organizadores les pareció una buena idea hacerlos coincidir con la Feria Mundial para que no se repita la poca cantidad de asistentes que hubo en París cuatro años atrás. Esa decisión era lógica. El problema radicaba en que en esa misma feria se llevaron a cabo “Jornadas Antropológicas” donde participaban deportistas de nacionalidades, etnias y religiones que tenían prohibida la participación en los Juegos y que, lamentablemente, estuvieron marcadas por una notoria discriminación por parte de los organizadores y espectadores.

Como si eso fuese poco, la maratón estuvo marcada por una pésima organización que hasta el día de hoy hacen que se la recuerde como una de las pruebas más bizarras de toda la historia del olimpismo. En resumen: el ganador no fue el que llegó primero a la línea de meta, hubo uso de alcohol, claras de huevo y veneno para ratas como estimulante, la hija del presidente Roosevelt casi corona a un fraude, la mitad de los participantes no finalizaron la carrera y el medallista de oro estuvo una hora tirado en el piso metros después de la llegada.

Parte de esa síntesis, bizarra de por sí, cuenta con el aporte de nuestro protagonista quien, antes de iniciar la prueba, lucía lo único que había llevado a Estados Unidos: unas botas de cuero desgastadas, un pantalón de tela largo, una remera blanca de mangas largas con su número de participante (3) y una boina. Una indumentaria poco ortodoxa e incómoda por lo que el atleta estadounidense Martin Sheridan le cortó el pantalón a la altura de las rodillas para que estuviera un poco más cómodo. Ya estaba pronto para escuchar el disparo del presidente de la Exposición de Louisiana David Francis y emprender 40 kilómetros. Esa edición fue más corta que los 42,195 habituales, los más difíciles de su vida. 

 

 

Como dijimos, menos de la mitad de los inscriptos finalizó la prueba, solo 14 lo consiguieron, y gran parte de eso se debe a la experimentación que unos físicos llevaron a cabo durante la prueba sobre la deshidratación intencionada, para lo que solo se dispuso un punto de agua en el kilómetro 22. De hecho, William García se desplomó antes de llegar a los 10 kilómetros porque la ingesta nasal del polvo que levantaban los atletas cubrió todo su esófago y le provocó una hemorragia en el estómago. Afortunadamente recibió atención médica en pocos minutos y fue trasladado al hospital más cercano ya que, por el cuadro que presentaba, no hubiese sobrevivido más de una hora sin ser intervenido.

La carrera continuó por el trazado dispuesto por la organización, que incluía colinas, caminos de tierra y vías con trenes funcionando normalmente. Lejos estaban de las épocas en donde para los Juegos se cortaban y cercaban calles enteras para que la prueba se desarrollara sin ningún tipo de inconveniente. Tal es así que Carvajal, que a los 15 kilómetros lideraba la prueba por más de 5 km de distancia por sobre su más acérrimo rival, llegó a robar un par de duraznos a una pareja que se encontraba en su auto estacionada al costado de la ruta. El cubano llegó a esa medida desesperada porque desde su llegada a Nueva Orleans habían pasado 40 horas en las que no había ingerido ningún tipo de alimento, por lo que su estómago le pedía combustible para seguir en carrera. Esos duraznos no fueron suficientes para saciar su hambre y robó cinco manzanas de un huerto que estaba al costado del trayecto, una decisión que cambiaría el rumbo de la historia ya que estaban podridas y le cayeron mal. Esto le provocó una fuerte diarrea que lo obligó a parar tres veces para vomitar y una cuarta para tomar una breve siesta que le permitiera completar la prueba. De esa forma perdió toda la ventaja que había acumulado y se vio superado por otros cinco atletas.

El primero de ellos fue Frederick Lorz, uno de los favoritos en la previa, quien había liderado los primeros kilómetros de la prueba hasta que su físico dejó de responderle. Allí se subió a uno de los autos de los acompañantes para que lo lleven hasta el final y no quedar varado en medio del recorrido. Un dato que hay que tener en cuenta para el desenlace de esta historia es que en 1904 los autos más rápidos no pasaban los 20 kilómetros de velocidad mientras que los maratonistas registraban un promedio de 11 kilómetros por hora, por lo que la diferencia entre las ruedas y las piernas no era monumental.

Mientras Lorz pedía auxilio, John Lordon abandonó la prueba por vómitos recurrentes, el sudafricano Len Tau, uno de los dos miembros que habían traído de una tribu sudafricana como parte de la exhibición de la Feria Mundial, se desvió dos kilómetros del recorrido porque fue perseguido por perros callejeros, y Sam Mellor, quien había heredado el liderato de Carvajal, redujo su ritmo a una caminata producto de calambres intensos hasta eventualmente abandonar la competencia.

Como si el primer puesto de la prueba estuviese maldito, el ahora líder Thomas Hicks le rogó a dos acompañantes que le dieran un vaso de agua, a lo que ellos respondieron escurriendo una esponja con agua destilada en su boca. Cuando el estadounidense les volvió a pedir agua en el kilómetro 30, ellos esta vez le dieron una mezcla de claras de huevo, brandy y estricnina, un veneno para ratas que, proporcionado en dosis muy pequeñas, funciona como estimulante por los estallidos de actividad que genera en el cuerpo.

Así fue como Hicks iba a llegar a la línea de meta en segundo lugar ya que el primero en arribar al estadio fue Frederick Lorz. Sí, el mismo que había completado 20 kilómetros en un auto que se descompuso en el último tramo del recorrido, por lo que decidió volver a ponerse a correr y finalizar la carrera, según él, a modo de broma. Los espectadores lo aclamaron porque un atleta local se había impuesto en la prueba y Alice Roosevelt, hija del presidente Theodore Roosevelt, lo recibió en el palco para entregarle su medalla de oro. Aquí es donde aparecen dos versiones totalmente distintas sobre lo que pasó antes de que se la colgaran: la primera dice que el rumor de la trampa de Lorz llegó de boca de uno de los aficionados presentes en el estadio mientras que otros esgrimen que fueron los propios acompañantes de Hicks los que dejaron en evidencia la farsa de Lorz, quien, cuando ya sabía que no se iba a librar con la suya, explicó que su entrada triunfal había sido por diversión.

Se mencionó a los acompañantes de Hicks porque, justamente, fueron los que lo llevaron en hombros en los últimos metros ya que el efecto del cóctel que le habían servido kilómetros atrás había pasado y ya casi que no respondía por sí mismo. Quienes estaban presentes en el estadio sostienen que el estadounidense prácticamente pataleaba en el aire mientras era llevado hasta la línea de meta donde, apenas terminó de cruzarla, se tiró al piso y no se levantó por al menos 45 minutos.

Sus compatriotas Albert Corey y Arthur Newton llegaron 2° y 3°, tercero y cuarto en el orden de llegada al estadio aunque con la descalificación de Lorz terminarían completando el podio íntegramente estadounidense, y Felix Carvajal finalizó en la cuarta posición. Muchos historiadores asumen que, de no haber sido por esas famosas manzanas, habría ganado la prueba con facilidad y se hubiese sumado a los esgrimistas Ramón Fonst, Albertson Van Zo Post, Charles Tatham y Manuel Dionisio Díaz como los medallistas cubanos de Saint Louis 1904.

La vida post Juegos Olímpicos pasó sin pena ni gloria para Carvajal: vivió en Estados Unidos hasta 1905, año en el que fue invitado a la primera All Western Marathon, en la que terminaría ganando la medalla de bronce, volvió a Cuba y en 1906 fue invitado por el gobierno griego a los Juegos Panhelénicos, que pretendían hacer de Juegos Intercalados entre las ediciones de 1904 y 1908. Con parte del pasaje subsidiado por el gobierno anfitrión y con una nueva colaboración de los habitantes de La Habana, nuestro protagonista emprendió el viaje pero no se supo más de él cuando llegó a Italia. Regresó en 1907 a Cuba y, hasta la actualidad, su paradero y su actividad durante todo ese año son desconocidos. Continuó compitiendo profesionalmente hasta 1916 y luego se dedicó a la vida en la isla, aunque nunca dejó de correr.

Así pasó sus días con un único reconocimiento en vida: un partido de béisbol en el Estadio del Cerro en el que realizó una carrera de honor para demostrar que a sus 70 años todavía podía correr. Falleció el 27 de enero de 1949 a los 73 años alejado de la vida en la capital pero siempre haciendo lo que más le gustaba y lo que lo llevó a representar a su país con miles de inconvenientes en el camino: correr.

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Me declaro ferviente enemigo del monopolio del fútbol en los medios e impulsor de historias polideportivas. También soy fanático del olimpismo, su espíritu por lo que creo que hay que contarlo y difundirlo todos los días, no cada cuatro años.

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