jueves, 6 junio, 2019
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En ocasiones, los recuerdos se pueden definir como momentos claves de la vida que privan de los detalles del resto de los mismos. A priori, esto es algo que hace nuestro cerebro: archivar, en nuestra memoria, instantes de gran impacto emocional; más contenido que continente. El cerebro es una masa que se usa muy poco para lo que podría dar; tan autosuficiente, que nos priva de recordar cosas traumáticas.

Nos deja, cuál carpeta del ordenador en el escritorio, un archivo al que accedemos en apenas un clic de ratón, al que accedemos para intentar aprender de cualquier experiencia anterior y poder decidir qué hacer –y qué no- una vez llegado el momento de acordarnos. Por ello, tener hipertimesia debe ser una bendición para algunos casos. Sin embargo, para la mayoría de las personas, debe ser más un problema o maldición de la que no se pueden librar.

No obstante, si las ciudades pudiesen tener trastornos psicopatológicos como este, a buen seguro que le darían un buen uso. Pero lejos de tener hipertimesia, se podría hacer una metáfora para situar geográficamente a Magdeburgo. Si el mapa de Alemania fuese una persona, Sajonia-Aanhalt se situaría en el pulmón izquierdo de un individuo que no conocería su identidad real, hasta 1990 años después de la (presunta) existencia de Jesucristo.

Tiene su porqué: durante muchos años, Alemania tuvo dos hemisferios, perteneciendo Magdeburgo al de la izquierda; allí es donde se concentran todas las funciones “mecánicas” o motrices (habla, escritura, numeración, etc.). Esto es algo que, conceptualmente, une a la ciudad de los “Ottos” con su representación a lo largo de la más reciente de las historias: en la República Democrática Alemana, Magdeburgo era el centro neurálgico de la industria del entonces estado socialista. Una ciudad sumamente importante para el funcionamiento de todo “el cuerpo” de la RDA.

También era la urbe que alimentaba ilusiones, sonrisas, lágrimas, decepciones y sorpresas a partes iguales entre los oriundos del lugar. Porque, a diferencia de otros clubes históricos (como el Dynamo Dresden), el FC Magdeburg se creó a mediados del pasado siglo, fruto de las clásicas disoluciones de clubes que se llevaron a cabo cuando la RDA reclamó esas tierras como suyas. Tardaron veinte años más de la cuenta, por aquello de que la República Democrática daba bandazos con el asunto de los clubes: cambios de nombres, disoluciones y uniones un tanto sospechosas, eran el común denominador de la época.

Pese a que el fútbol había llegado a la ciudad en el siglo XIX, la política terminó invadiendo los corazones y pensamientos de todos los habitantes de la ciudad. Hasta el punto de pensar que, todo lo que estaba teledirigido y trampeado desde un inicio, tenía su dosis de imprevisibilidad.

Una mirada al pasado que el veterano Hanno Schmidt comparte cada vez que evoca tiempos pretéritos: “yo hoy soy muy feliz porque las dos repúblicas terminaran uniéndose, pero eso no implica que no recuerde aquellos tiempos en los que el equipo vencía y representaba a esta ciudad con orgullo por toda Europa”. El sentir de Hanno es el reflejo del pensamiento moderno entre los que han vivido toda su vida en Magdeburgo.

“Es mi ciudad, pertenezco a ella”, reclama señalando orgulloso de su vivienda, un piso pequeño situado al lado de su panadería, de la que lleva enamorado desde 1965. Su padre (Luther) le inculcó el artesano arte de los pasteles y panes, casi al mismo tiempo que el “FCM” cobraba vida, es por ello que se siente parte de la ciudad, ergo parte del equipo. “Desde hace unos años, el balonmano ha pasado a ser el deporte más importante. Todos los que nos sentimos orgullosos de la ciudad, lo celebramos. Sin embargo, creo que se respira cierta nostalgia con el fútbol; es nuestra pasión y también un orgullo de haber sido el único equipo del Este que ha ganado un título europeo”.

Por supuesto, Hanno se refiere a aquella mítica final de 1974 disputada en Países Bajos. Mientras cuenta la historia que les cuenta -a su vez- a sus nietos cuando estos le visitan hoy en día para que no olviden sus raíces, destaca una foto firmada con Jürgen Sparwasser en la pared que tiene al fondo del establecimiento. Allí, entre todas las grandes personalidades, guarda con orgullo ese momento, meses antes del gol que daba la victoria de la RDA en el Mundial disputado al otro lado del Muro: “Jürgen siempre fue muy bueno conmigo: venía a por pan cada lunes. Se aprendía mucho de fútbol con él porque jugaba de centrocampista y entendía mucho el juego. Además era más o menos de mi edad (aproximadamente), lo que nos hizo compartir muchos intereses en nuestros hobbies”.

Hans reconoce emocionarse mucho con aquel gol que le dio la victoria sobre la Alemania del “Káiser”: “Pocas cosas nos llegaban del otro lado de la frontera, pero una de ellas fue cómo hablaban los jugadores del Magdeburg sobre Beckenbauer; era como un Dios. Claro que no se podía decir muy en alto, o eso me decía Jürgen”, comenta con una sonrisa cómplice el veterano panadero.

No era para menos, la exaltación de figuras como Dörner o Streich, intentaban disimular los cantos de sirena que llegaban desde el Oeste. Sin embargo, no había que hacer demasiado para sentirse orgulloso de una selección y un país. Especialmente desde la década de los setenta, donde a pesar de las diferencias existentes con el resto de Europa, los equipos de la extinta república representaban lo mejor que podía a su estado; pese a que luego se descubriría que se dopaban para conseguir resultados, y, por tanto, perderían el respeto del extranjero (cuando se desclasificaron muchos archivos y surgieron muchas denuncias al respecto) en su metodología “sovietizada”.

No obstante, esto no detuvo la era más recordada por Magdeburgo: los setenta. Mientras el mundo se rendía a los pantalones de campana, el funk de los Jackson-Five, el rock rebelde y la guerra americano-vietnamita, por el este alemán la cosa era muy diferente: veían triunfar a un equipo distinto de los que quería el Estado.

De la mano de Heinz Krügel, Magdeburgo vivió una era de esplendor futbolístico. La ciudad se acostumbró a ser representada en la Recopa de Europa, pero también empezó a emular a los grandes de entonces, metiéndose en la pelea por la Oberliga, “molestando” a la dicotomía existente de los equipos “estatales” como el Dynamo Dresden o el Vörwarts Berlín: dos copas nacionales y tres campeonatos de liga nacional, presagiaban e intuían un entorchado europeo en no mucho tiempo. Es más, se venía avisando de ello: antes de la estancia de Krügel, el equipo consiguió llegar a los cuartos de final de una Recopa que terminaría conquistando el Borussia Dortmund.

“Antes de que ganara la Copa, recuerdo que los partidos aquí eran una auténtica encerrona para sus rivales”, recuerda Hanno. “No se permitían las visitas de las aficiones europeas, con lo que los partidos en el Ernst-Grube, casi siempre terminaban con resultado a favor nuestro”, mientras muestra una réplica de los banderines de enfrentamientos con otros rivales europeos. “1974 fue un año glorioso, porque se ganó la Liga y la Recopa; fue algo inolvidable”, rememoraba Hanno con lágrimas en los ojos. Tras eliminar a Nac Breda, Banik Ostrava, Beroe y, especialmente, tras un épico partido contra el Sporting de Portugal, el FC Magdeburg se enfrentaba al Milan de Gianni Rivera.

Los rossoneros ya habían sido campeones de la Copa de Europa y Recopa, aunque no se parecía (ni mucho menos) a aquel equipo que tanto brilló, su camino dejando a equipos de la talla del Borussia Mönchengladbach (uno de los grandes de la época) por medio, le hacían candidato al título. La previa de ese encuentro avisaba de que no iba a ser fácil: el gobierno de la RDA no facilitaba la salida de los hinchas hacia Rotterdam, por miedo a que luego no volvieran a la república. Con lo que el partido se disputó en un ambiente desangelado en las gradas del mítico estadio de Rotterdam.

Un autogol de Lanzi, de los llamados psicológicos por anotarse antes del descanso, y el gol de Seguin, terminó aupando al Magdeburgo, vistiéndose así con la bata reglamentaria en “La Bañera” neerlandesa al término de los noventa minutos. Con la entrada más pobre de toda la historia de finales europeas, Magdeburgo celebró ese triunfo como pocos en su vida. Esa fue era dorada del balompié oriental alemán; en la base de la selección estaban esos jugadores que portaban una camiseta azul ajustada.

Cuarenta y cinco años después, esas sonrisas quedan congeladas en el recuerdo de Hano, un panadero que las genera a través de hacer su oficio artesanal. Quizás ese sea el mayor recuerdo del simpático abuelo que hoy es.

El FC Magdeburg pululaba por las catacumbas del fútbol alemán y han conseguido alcanzar la segunda división, en la cual buscan establecerse con un estadio donde la costumbre fue ver más cemento que gente, y más recuerdos que vivencias presentes. Hoy ese pulmón respira aire puro en segunda división, no sin apuros, con una buena inyección económica del fútbol profesional germano, advierten que no habrá más olvido que recuerdo, que el FCM sueña con mantenerse en el fútbol profesional.

Su estadía en la 2. Liga no ha hecho más que comenzar: tras subir de la Liga Regional, subieron otra categoría más, así, de repente y en 2019 contemplan, primero, establecerse, y luego…a soñar con una categoría en la que nunca han estado desde la reunificación. A buen seguro que las tartas de manzana de Hanno y sus panes artesanales reflejan la felicidad que, en estos momentos, está más cerca de ser una realidad duradera, algo más que un bonito recuerdo.

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Shark Gutiérrez
Canario de corazón y alemán por devoción, cuento historias que no suelen importar a nadie y suelo estar allí donde la pelota corra y la gente vibre. Amante de la Bundesliga y todo lo que le rodea, mi estilo es no tener un estilo determinado o establecido, entendiendo el fútbol como una perenne globalidad y en la que el aprendizaje es continuo. Miro y escucho, ergo analizo. Me encontrarás en el análisis, en el diálogo y en el sosiego. Estaré rondando por este lugar mientras que todo lo que rodeen a las historias que no suelen importan a nadie, importen de verdad.

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