miércoles, 30 septiembre, 2020
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Nuestra historia nos lleva hacia los Países Bajos post-Primera Guerra Mundial. Pese al dolor y escasez que el conflicto había generado, para la familia Koen todo era felicidad y esperanza. Y es que el 26 de abril de 1918 nacía Francina Elsje en Baam, una niña que rápidamente se interesó por el deporte, convirtiéndose en toda una sportwoman durante su niñez y adolescencia. Tenis, gimnasia, patinaje sobre hielo, esgrima, atletismo y natación. Todo lo hacía bien, sobre todo la última disciplina, a la cual le ponía muchísimo entusiasmo.

Pero había un problema: ¿A cuál de todos estos deportes debía ponerle mayor atención? ¿En cuál realmente quería competir? ¿Qué quería para su futuro? En un primer momento, Fanny -como la conocían- buscó dedicarse a la natación, ya que no se le daba para nada mal. Pero uno de sus entrenadores la ayudó a tomar una decisión que la marcaría por el resto de su vida. Este le dijo que, por su físico, podía cosechar mejores logros en el atletismo, explicándole que había demasiadas grandes nadadoras neerlandesas por aquel entonces (Maria-Johanna Braun, Mietje Baron, Willie den Ouden, Dina Willemina Jacoba Senff y Hendrika Mastenbroek eran solo algunos de los grandes nombres de unos años dorados para la natación de aquel país), algo que posiblemente la opacaría.

 

 

En 1935 comenzó entonces como mediofondista, gracias a la recomendación de su entrenador, y con solo 17 años y sin tanto entrenamiento superó el récord nacional de los 800m con una marca de 2.29. Otro hombre clave en su vida fue su nuevo maestro, Jan Blankers, quién había sido un saltador de triple olímpico hasta que una lesión en el tendón de aquiles le privó de conseguir mayores logros. El ex atleta pudo ver más allá del fantástico logro inicial de su pupila, entendiendo que Fanny podría conseguir mejores resultados en otras distancias, por lo que la reconvirtió en velocista y saltadora.

El entrenamiento convirtió a Koen en una de las mejores atletas del país de cara a los Juegos Olímpicos de Berlín, ganando tanto en los 200 metros (26.0) como en el salto en alto (1.53). En tierras germanas compitió en esta última disciplina y en la posta 4×100, llegando a la final en ambas pruebas. Si bien no obtuvo medallas, su futuro era más que prominente, siendo la gran promesa neerlandesa para los Juegos de Helsinki en 1940. Dos años antes participó del primer Campeonato de Europa abierto a las mujeres, el cuál se disputó en Viena. Allí alcanzó sendas medallas de bronce en los 100 y 200 metros, aunque esa misma temporada llegó su primer récord mundial: 11.0 en las 100 yardas. Lamentablemente nunca pudo saber que logros podría haber cosechado en Finlandia, ya que los Juegos quedaron oficialmente cancelados el 2 de mayo de 1940, una semana antes de que los Países Bajos fueran invadidos por el ejército nazi.

 

Madre y recordwoman

 

Unos meses después de la invasión la vida continuaría para Fanny, quién se casó con Jan el 29 de agosto, pasando desde entonces a tener los dos apellidos por los que se haría conocida unos años más adelante. Su entrenador fue sumamente importante en su vida, no solo por el amor que le ofreció a ella y a sus futuros hijos, sino por ser el que siempre confió en ella, incluso cuando era la propia Francine la que no podía con sus nervios. Fue su empuje y su confianza el que la llevó a romper sus límites, consiguiendo logro tras logro en los siguientes años.

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La pareja tuvo a su primer hijo en 1941 (Jan Junior), algo que no le impidió a Fanny seguir entrenándose, contrario a la creencia de la prensa, que creía que su carrera, tras esto, estaba acabada. Y es que los prejuicios en torno a la mujer y los deportes seguían siendo muy fuertes en la década de los 40´, no solo creyendo que no podían hacer las mismas cosas que los hombres, sino que se decía que las féminas corrían riesgos de lesiones graves y hasta de infertilidad por practicar el alto rendimiento, algo que, por supuesto, es falso. El periodista Francisco Javier Ascorbe cuenta que: “Tras el año de su embarazo y maternidad reapareció en 1942 mejorando sus marcas personales en 100m, altura y longitud pero sobre todo en 80m con vallas, al batir en Ámsterdam el récord del mundo con una marca de 11.3; era su segunda plusmarca universal”. ¿Quién dijo que ser madre era impedimento para seguir siendo una excelsa atleta?

 

 

En los siguientes años Blankers-Koen seguiría dando que hablar, alcanzando distintas marcas mundiales, como en salto de altura (1.71) y en longitud (6.25), manteniéndose activa incluso con el nacimiento de Fanneke en 1945, aunque en este caso reguló su actividad debido no solo al cuidado de sus niños, sino también al desabastecimiento que se vivía en su patria, a pesar de la alegría que causaba ver como la Segunda Guerra Mundial llegaba a su fin.

La neerlandesa pudo volver a salir de su país en 1946, con motivo del Europeo a disputarse en Oslo, Noruega. Tenía ya 28 años y muchas ansias de demostrar que sus logros puertas adentro no habían sido casualidad. El primer día de competencia fue decepcionante para ella, ya que una caída en las semifinales de los 100 metros le impidió alcanzar una final que tenía al alcance de las manos, a la vez que mentalmente esto le impidió rendir al 100% en salto en alto, donde finalizó cuarta, sabiendo que podía dar mucho más. Sin embargo, en el segundo día se recuperó y logró sus primeros títulos internacionales, venciendo tanto en los 80 metros vallas y en la posta 4×100. El certamen continental le sirvió para darse cuenta de que podía hacer historia en los Juegos Olímpicos. Tenía dos años para prepararse a conciencia.

 

Oros ante los prejuicios

 

Llegamos a 1948. Londres se prepara para recibir a distintos atletas venidos de casi todo el mundo (Alemania y Japón no fueron invitados y la Unión Soviética todavía no se creía lista para participar del magno evento). Tenían el deber de preparar un certamen lleno de paz y armonía tras tantos años de violencia y muerte. Por supuesto, no había tanto presupuesto para construir aquellos recintos monstruosos que conocemos en la actualidad, pero con poco hicieron mucho. No por nada aquellos Juegos fueron denominados con el justo mote de austeros.

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Fanny Blankers-Koen llegaba como una de las grandes atracciones de la cita, ya que en la previa había logrado dos nuevos récords mundiales, tanto en los 80 metros vallas (11.0) como en los 100 metros (11.5). Sin embargo, una parte de la prensa descreía de la gran campeona debido a su rol de madre y a su edad. Buena parte de estos ataques venían de los medios británicos, en un absurdo intento por mermar su moral. “Un periodista escribió que era demasiado vieja para correr y que debería quedarme en casa para cuidar a mis hijos. Cuando llegué a Londres lo señalé con el dedo y le dije: ‘Te voy a mostrar’” diría años más tarde la atleta a The New York Times.

La neerlandesa se sentía fuerte y dispuesta a ganarlo todo, aunque en la previa solamente la dejaron anotarse en tres competiciones individuales. La planificación hizo que se decantan entonces por las competencias de velocidad (100 y 200 metros lisos y los 80 metros vallas, además de la posta 4×100 metros), dejando de lado los saltos.

La primera prueba fue la de los 100 metros, la cual dominó de principio a fin, ganando las dos eliminatorias y luego la final con una marca de 11.9, derrotando, entre otras, a la australiana Shirley Strickland, una de las mejores velocistas de la década del 50´. La siguiente prueba fue la de las vallas, una en la que se sentía particularmente nerviosa en la previa, aunque se calmó al ver que la otra favorita, la local Maureen Gardner, también lo estaba. Esto le dio nuevos ánimos y lo demostró ya desde el inicio, debido a que en la primera ronda marcó unos sorprendentes 11.3 segundos, récord olímpico. En la final se enfrentó a la propia Gardner y a Strickland, por lo que se presagiaba una carrera de alto impacto. Y así fue: Fanny y Maureen quedarían empatadas en 11.2 (otro récord olímpico), aunque le terminarían dando el triunfo a la neerlandesa, quién recibió un halago -en forma de burla para sus detractores- por parte de su entrenador y marido: “Bien hecho, Fanny; después de todo no pareces tan mayor”.

Los dos oros le parecieron gesta suficiente, por lo que le pidió a Jan volverse a su patria (“soy campeona olímpica y no quiero correr más, ya alcancé mi meta” le dijo, añadiendo que extrababa mucho a sus hijos), aunque este la animó a competir hasta el final, ya que sabía que todavía podía dar más de si. Fue entonces que salió a la pista de ceniza para competir en los 200 metros, y aquí arrasó en todas las rondas, incluyendo la última, donde se llevaría su tercer oro con un nuevo récord olímpico (24.4), dejando bastante por detrás a la británica Audrey Williamson. En la previa Blankers había sido contundente con su mujer: “Puede irse a casa si lo deseas, pero con el tiempo lo lamentarás. Solo sal y trata de llegar a la final, será suficiente”. Koen, que siempre había sufrido de una estima baja, sintió el apoyo y lo demostró con creces: ya tenía tres oros colgando de su cuello, y todavía quedaba una prueba más.

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El 4×100 fue una competencia muy dura. Si bien ella y sus compañeras (Xenia Stad-de Jong, Gerda van der Kade-Koudijs y Netti Witziers-Timmer) habían superado con facilidad la primera ronda, en la final todo se complicaría a la hora de la última posta. Fanny recibió de Gerda la misma estando en la cuarta posición, pero su sprint final fue tan maravilloso que se quedaron con la medalla dorada con un tiempo de 47.5, apenas una décima de segundo menos que las australianas. Blankers-Koen lo había logrado: le había demostrado al mundo que no hay edad para competir ni mucho menos que ser madre te hace menos atleta. Además, había igualado el registro de Jesse Owens en Berlín 1936, dejándola como una de las mejores deportistas de la historia. Tan importante fue lo que hizo -en la pista y fuera de ella-, que la “ama de casa voladora” fue escogida como la mejor Atleta Femenina del Siglo por la IAAF.

 

“Cuando pienso en todas las grandes atletas de este siglo y en la gente joven que lo está haciendo tan bien, debo decir que estoy sorprendida, pero muy halagada también por este premio”

Fanny Blankers-Koen, tras recibir el premio a la Mejor Atleta del Siglo XX

 

A la neerlandesa aún le dio tiempo para seguir cosechando triunfos, ganando tres oros en el Europeo de Bruselas, Bélgica (en los 100, 200 y 80 vallas, además de la plata en la posta 4×100). Se presentó con 34 años en los Juegos de Helsinki, pero unos furúnculos le impidieron competir de buena forma. Se retiraría un par de años más tarde, pero eso no ecitó que consiguiera algunos logros más en su país. Tras su retiro se dedicó a acompañar al equipo neerlandés durante 10 años y, tras esto, si que se despidió de las pistas para llevar una vida mucho más tranquila hasta el día de su muerte, acontecido un 25 de enero del 2004.

En 1949 le preguntaron acerca de las críticas que había recibido un año antes. Ella contestó lo siguiente: “La mejor respuesta es que las cuatro componentes del relevo holandés que se proclamó el año pasado campeón de 4×100 metros somos madres de los niños más sanos que usted pueda encontrar en toda Holanda”.

 

 

Fuentes: Revista de la Real Federación Española de Atletismo, The Guardian, El País, Familias en Ruta, El Independiente.

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Juan Pablo Gatti
Me estaba por retirar del periodismo -no iba a ser una gran pérdida la verdad- pero TLB apareció para salvarme la vida. Escritor de corazón, podcastero amateur y contador de historias por vocación. Orgulloso del equipo que supimos formar y deseoso por seguir creciendo en este mundo tan competitivo.

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