domingo, 5 abril, 2020
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Tras repasar la identidad de los clubes soviéticos y su vínculo con los sectores trabajadores, hoy nos toca abordar otra interesante historia sobre el fútbol – en este caso es una un poco más abarcadora – en la URSS: la construcción y desarrollo del otrora Estadio Central Lenin, hoy estadio Luzhniki, que fuera sede de la última Copa del Mundo en 2018 albergando el partido inaugural, otros cuatro partidos de la fase de grupos, un duelo de octavos de final, una semifinal y nada más ni nada menos que el encuentro que Francia le ganó a Croacia por 4 a 2 para levantar la ansiada copa. 

La decisión de construir un predio que iba mucho más allá de la práctica del fútbol surgió en 1954, a partir de los éxitos conseguidos por los atletas soviéticos en los Juegos Olímpicos de 1952 en Helsinki, donde se quedaron con el segundo lugar del medallero, con apenas cinco medallas menos que Estados Unidos (que lo superó notablemente en oros conseguidos). Desde un comienzo fue pensado para tres usos: un escenario para las principales competiciones internacionales y nacionales, una base de entrenamiento para el equipo nacional y una base para el desarrollo del deporte de masas.

Una de las grandes hazañas que rodean al ex Estadio Central Lenin fue el tiempo que demandó su construcción. La obra estaba a cargo de los arquitectos I.A. Rozhin, N.N. Ullas, A.F. Khryakov y A.V. Vlasov; así como los ingenieros V.N. Nasonov, N.M. Reznikov, V.P. Polikarpov. Luego de 90 días de elaboración del proyecto, iniciado en enero de 1955, fue la primavera del 56′ el momento en que se puso la primera piedra para 450 días después ver consumada la majestuosa obra, que en aquel entonces albergaría a más de 100 mil espectadores. El 31 de julio de 1956, con una victoria de la Unión Soviética sobre China por 1 a 0, quedó inaugurado el estadio, erigido en el barrio de Luzhniki, a unos 10 kilómetros del Kremlin en Moscú.

Se convirtió en un símbolo de los desafíos que se trazaba la URSS en plena Guerra Fría. Constructores voluntarios de todos los rincones del territorio soviético, materiales suministrados desde Leningrado y Armenia, equipos eléctricos y madera de roble para los asientos, muebles de Riga y Kaunas, vidrio de Minsk, cables eléctricos de Podolsk y madera de alerce de Irkutsk conformaron una idea de unidad alrededor de este monumental escenario.

Epicentro de las proezas deportivas soviéticas

A lo largo de los años, el estadio – en cuya entrada se halla una colosal estatua de Lenin – albergó grandes eventos deportivos. En la cotidianeidad fue principalmente usado por el Spartak de Moscú y, en menor medida, por el Torpedo de la misma ciudad. Las Eurocopas del 60′, 64′, 68′ y 72′ – jugadas en otro formato diferente que en la actualidad – tuvieron algunos encuentros, en los que siempre se impuso la URSS, con notables victorias ante Italia en el 64′ y ante Yugoslavia en el 72′.

Pero el evento de mayor dimensión en el cual iba a exhibirse el poderío soviético de esa época, graficado deportivamente en dicho estadio, serían los Juegos Olímpicos de Moscú en 1980, cita en la cual el Estadio Central Lenin albergó la ceremonia de apertura y clausura, así como las competencias de atletismo. Unos Juegos que, fundamentalmente, serían recordados más por el boicot estadounidense – que arrastró a más de 60 países, entre ellos Argentina – más que por la cantidad de récords que se batieron, superior a la cita anterior en Montreal, aún con menos Estados participantes. En Los Ángeles 84′, pasaría lo mismo pero al revés: el boicot sería soviético.

Los argumentos de Estados Unidos fueron que la presencia militar soviética en Afganistán era una invasión y violaba el derecho internacional y, como consecuencia de ello, decidió no asistir a los juegos solo seis meses antes de que comenzaran. Para sumar presión, el presidente estadounidense, Jimmy Carter, amenazó con revocar el pasaporte a cualquier atleta norteamericano que intentara ir.

Escenario de una tragedia

La página más oscura del actual estadio Luzhniki se escribiría dos años después de aquellos Juegos. El 20 de octubre de 1982, apenas 15 mil personas – de 80 mil que podían entrar – disfrutaban del duelo entre el Spartak y el Haarlem de Holanda por los dieciseisavos de la Copa UEFA. El local ganaba 1 a 0 a poco del final cuando varios aficionados comenzaron a retirarse de la cancha. Había una sola puerta abierta dada la dimensión de espectadores presentes. Fue uno de los datos terribles de esa jornada.

En tiempo de descuento el Spartak convirtió el segundo gol a través de Sergei Shvetsov (“Ojalá nunca hubiera anotado ese gol”, dijo en dicha oportunidad) y quienes habían abandonado el estadio intentaron regresar chocando con quienes estaban yéndose. La policía moscovita no permitió el cambio de rumbo de quienes pretendían volver y se generó una estampida de proporciones, causando un saldo oficial de 67 muertos, aunque cifras extraoficiales elevan las víctimas a más de 300. Fueron años de tragedias en el fútbol europeo, como por ejemplo lo acaecido en Heysel (Bélgica) en aquel duelo entre Liverpool y Juventus en 1985 y en Hillsborough cuando los Reds se enfrentaron al Nottingham Forest, en 1989.

En 1990 se inauguró un monolito frente al estadio que recuerda a las víctimas de la tragedia y en 2007 se jugó un partido en homenaje a ellas en el mismo estadio, con las viejas glorias de ambos equipos.

El poderío continúa

Las últimas remodelaciones estructurales fueron entre 1995 y 1997, cuando además de cubrirse todos los asientos se realizó el cambio de nombre al actual. Debido a las condiciones climáticas, la FIFA lo habilitó a la utilización de césped artificial siendo uno de los pocos estadios del mundo de semejante nivel que adquiere esas características.

Si en plena URSS, el estadio Lenin representaba un símbolo de la grandeza soviética, la actualidad le da al estadio Luzhniki el mismo rol de poder pero en una etapa distinta. La ahora Rusia busca disputar en el terreno mundial aunque sin la perspectiva comunista de otrora. Igual, por las dudas, Lenin vigila desde su gigantesca estatua.

También puedes leer:   Crimea, buscando renacer
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Sebastián Tafuro

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