lunes, 18 octubre, 2021
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La Corona Británica es una de las instituciones más reconocidas de la humanidad a lo largo y ancho del planeta. Cualquier persona sabe algo sobre ella, por más mínimo que sea, su historia, sus integrantes, sus mitos, etc. Pero si hay un aspecto con el que no está muy ligada de acuerdo a la percepción pública es con los deportes convencionales, debido a que en ese ambiente sólo se frecuenta la caza y el polo. Es por esto que la historia de la Princesa Anna de Windsor y su círculo íntimo rompió, en parte, con el molde preestablecido en el cual nacieron.

Si algo dejó claro la serie de Netflix “The Crown” es que la vida de la realeza no es nada sencilla: compromisos, infinitos protocolos, imparcialidad pública totalmente forzada y las peleas internas por la línea sucesoria entre otros aspectos. Y la Princesa Anna no fue la excepción: desde su nacimiento en 1950, y pese a no ser la heredera al trono, estuvo en el centro de la opinión pública por ser la única hija de la Reina Isabel y la más parecida a su padre, el príncipe Felipe de Edimburgo, en cuanto a carácter. Siempre se dijo que una de las pocas cosas que compartía con su madre era el amor y el fanatismo por los caballos, detalle que sería clave en el desenvolvimiento de la vida de nuestra protagonista.

Ya de pequeña empezó a montar y aprender las nociones básicas del mundo ecuestre hasta que, impulsada por la determinación que heredó de su padre, decidió dedicarse casi a tiempo completo a la equitación. En 1968 conoció al capitán Mark Phillips, por entonces teniente 2° del regimiento de caballería llamado Queen Dragoon Guards, en una exposición de caballos. Él, además de su trabajo en “la Caballería Galesa”, practicaba equitación y conformaba el equipo de saltos ecuestres británico.

Fue junto a Phillips que Anna mejoró sustancialmente su desempeño en las performances a tal punto que en 1971 terminó ganando el Circuito Europeo de Salto, lo que la llevó a quedarse con el premio a Personalidad Deportiva del año que otorga la BBC. Al año siguiente fue el turno de su pareja, que se quedó con un galardón al conquistar la medalla de oro en la prueba de Concurso Completo en los Juegos Olímpicos de Munich.

El éxito de Phillips le hizo considerar la importancia de su carrera deportiva, lo que la llevó a tomarse los siguientes cuatro años con el objetivo de integrar el equipo ecuestre de Gran Bretaña para los Juegos de Montreal. En ese periodo ganó algunas pruebas europeas individuales y superó el corte para representar al Reino Unido tal como lo había hecho su pareja en la rama masculina.

Pero Anna no fue la única integrante de la realeza que dijo presente en Montreal 1976. La familia se dividió a la mitad para llegar a Canadá, ya que la Reina, Felipe y el príncipe Andrew previamente estuvieron en Estados Unidos en los actos conmemorativos por el bicentenario de la independencia de los norteamericanos, mientras que Charles y Edward viajaron por su cuenta y sin escalas. Era la novena visita de Isabel al pueblo canadiense que, en los días previos a su llegada, manifestó su rechazo a la visita de Su Majestad con un 70% de repudio en las encuestas realizadas por los medios de comunicación. Lo cierto es que, una vez que arribó a Montreal, los números no se materializaron ya que el público que asistió a la ceremonia de inauguración y al evento de Ecuestre no mostró su disconformidad con su presencia.

La actuación de la Princesa Anna tuvo lugar en el segundo de los tres días de la prueba de Concurso Completo y su desempeño dejó mucho que desear: le costó 3.75 puntos a su equipo por exceso de tiempo y, además, sufrió una caída en el final del trayecto. Ella salió ilesa pero su caballo Goodwill, nacido y criado en el establo de la Reina, sufrió una lesión que, sumada a la de otro de los caballos del equipo, obligaba al Team GB a darse de baja de la competencia. Como si del destino se tratase, el podio fue una correlación del viaje histórico de Su Majestad en la previa de los Juegos ya que Estados Unidos se terminó llevando el oro y Australia, integrante de la Commonwealth, se quedó con el bronce.

Ese fue el final prematuro de la carrera deportiva de la Princesa Anna, que quedó muy disconforme con su actuación. El biógrafo de la familia real James Whitaker afirma que en los meses posteriores su padre intentó convencerla de manera infructuosa para que retomara la actividad. La decisión estaba tomada aunque eso no significaba que el legado familiar en el mundo ecuestre había finalizado. Años más tarde Phillips volvería a competir en los Juegos Olímpicos de Seúl 1988, regresando a Inglaterra con otra medalla en su cuello, esta vez de plata.

Ella, por su parte, decidió centrarse en su familia. Un año después de Montreal tuvo a su primer hijo, Peter, y en 1981 llegó Zara, ambos sin títulos nobiliarios por decisión de la Princesa. En 1992 Anna y Phillips se divorciaron y ella mantuvo la custodia de sus dos hijos, que iba a derivar en la unión de las tres generaciones femeninas de la familia real. Zara también compartía el amor por los equinos al igual que su madre y su abuela, con quienes pasaba horas en el establo de la familia mientras perfeccionaba sus habilidades como amazona. A principios de siglo empezó a competir de manera oficial usando su apellido para conseguir sponsors, algo que no podría haber hecho si hubiese mantenido el estatus de Alteza ya que en la familia real tienen prohibido lucrar con su imagen y nombre.

En 2003 Zara se separó de su pareja Richard Johnson y se dedicó a pleno a su carrera deportiva, lo opuesto que había hecho su madre. En 2005 continuó el legado familiar al quedarse con medallas individuales en distintas etapas del Circuito Europeo y de los Juegos Ecuestres, y su nivel era tal que integró el equipo británico de Concurso Completo en los Juegos Olímpicos de Beijing 2008, aunque finalmente no pudo competir debido a una lesión de su caballo Toytown.

Ya alejada de las polémicas -un día llegó a un evento familiar con un piercing en la lengua- y de los flashes de los paparazzis, la relación con Johnson estuvo plagada de alcohol y peleas. Zara estaba preparada para volver a afrontar una olimpiada con la esperanza renovada de volver a integrar un equipo olímpico. Y así fue, pero, fiel al estilo de su madre, no iba a tratarse de un camino allanado. A mediados de 2011 contrajo matrimonio con Mike Tindall, integrante de la selección inglesa de rugby campeona del Mundial 2003 pero, un par de meses después, sufrió una caída en un entrenamiento que le produjo una fractura en la clavícula y por el cual su caballo Tsunami II tuvo que ser sacrificado.

Con una recuperación que la mantuvo cuatro semanas alejada de los saltos y con menos de cinco meses netos para ultimar su preparación llegó Zara a los Juegos Olímpicos de Londres 2012. Una edición especial para ella ya que representaba a su país en su tierra natal y ante la mirada de toda su familia, al igual que Anna 36 años atrás en Montreal. Esta vez la historia tuvo un final feliz ya que Zara, para este evento ya portando el apellido Tindall, consiguió la medalla de plata junto a su equipo y vio como su madre le colgaba la presea en el podio por su rol de directora del Comité Organizador de los Juegos.

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Por eso, cuando se habla de los Juegos Olímpicos se dice que allí hay lugar para todo, desde lo más predecible hasta lo menos impensado. Incluida la participación de miembros de la realeza.

 

(AP Photo/David Goldman)

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Me declaro ferviente enemigo del monopolio del fútbol en los medios e impulsor de historias polideportivas. También soy fanático del olimpismo, su espíritu por lo que creo que hay que contarlo y difundirlo todos los días, no cada cuatro años.

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