lunes, 28 septiembre, 2020
Banner Top

“Entre las tempestades, el Sol de la libertad nos alentó”, reza uno de los versos del himno soviético. Lejos quedan ya los tiempos donde el comunismo era la potencia más temida del mundo. Sin embargo, el pueblo ruso sigue recordando algunas gestas de las que sus abuelos tomaron parte. La historia que hoy nos atañe reúne todos los ingredientes de una película que puede conmocionar a Spielberg. Una Guerra Mundial, una ciudad sitiada y arrasada, una población al borde del colapso, una aguerrida resistencia y, cómo no, un equipo de fútbol.

A día de hoy consideramos al Zenit de San Petersburgo como uno de los grandes referentes del fútbol ruso. De hecho, si nos atenemos a los datos que ofrece la web Transfermarkt, podemos afirmar que el equipo zenitchiki es el que más presupuesto maneja y el que cuenta con el valor de mercado más alto de todo el país. Desde que la poderosa empresa Gazprom (propiedad del Estado Ruso) se hiciera con la mayoría de las acciones del club en 2005, el Zenit ha sido el gran dominador del país. Tres de los últimos cinco campeonatos ligueros son suyos y lograron quedarse con la primera edición de la Europa League en 2008 para meses después hacerse con la Supercopa de Europa.

Sin embargo, durante el pasado siglo, la historia del Zenit no fue tan feliz. Para que el lector se haga una idea, el equipo empezó a participar en campeonatos profesionales en 1939 y, para 1991 (52 años después, con la caída de URSS ya consumada), sólo había ganado dos títulos: una Liga en 1984 y una Copa en 1944. Es esta última competición en la que nos centraremos en esta historia.

Pongámonos en situación. Antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial, la ciudad de San Petersburgo no existía como tal. Se llamaba Leningrado, y allí el fútbol creció en los mismos lugares donde se forjó la Revolución de Octubre: las fábricas y los barrios obreros. Es por ello que la historia del Zenit siempre va a estar ligada con la de su ciudad. En aquel entonces, los equipos de fútbol eran completamente amateurs y estaban formados por los trabajadores de cada fábrica. Al término de la jornada laboral, los obreros jugaban entre ellos como quien juega hoy en día con su grupo de amigos, y esa dinámica se mantuvo en la ciudad durante años.

Lógicamente, cuando la empresa o fábrica en cuestión cambiaba de dueño o de nombre, también lo hacía su equipo. Así pues, los antecesores del Zenit son varios equipos de los barrios de Leningrado donde se trabajaba el acero. La poderosa familia Obukhovski creó de esta manera el Murzinka en 1914 y más adelante lo refundó con el nombre de Bolshevik, en  1924. La primera gran hazaña de la empresa y del equipo fue, sin duda, sobrevivir. El equipo y su estadio resistieron a la Primera Guerra Mundial, la Revolución Bolchevique y la Guerra Civil Rusa.

Un año más tarde, en 1925, la empresa Leningradsky Metallichesky Zavod (una de las más influyentes de la ciudad) crea en los despachos de sus fábricas metalúrgicas su propio equipo, el Stalinets. No, el nombre no era un homenaje al conocido líder soviético, sino que deriva de la palabra rusa stal (traducida como acero). Aunque los primeros años compitieron por separado, Stalinets y Bolshevik se unieron en 1939 para crear el equipo que hoy en día conocemos como el Zenit.

Justo en ese mismo año, el lector ya sabrá que se inicia la Segunda Guerra Mundial. Un año y medio después del inicio del conflicto, la Alemania de Hitler le declara la guerra a la Unión Soviética y los nazis empiezan a ejecutar la Operación Barbarroja. El nazismo tenía dos ciudades marcadas con una equis en el mapa: Moscú y Leningrado; y con un avance casi imparable llegaron a las puertas de la ciudad moscovita en invierno de 1941 y desde septiembre ya tuvieron sitiada la ciudad ahora conocida como San Petersburgo.

Ya se podrá imaginar lo que tuvo haber vivido aquella ciudad, antaño capital del imperio de los zares. Durante cerca de 900 días, Leningrado estuvo bajo asedio. Miles de personas fallecieron durante que aquel tiempo, cientos de edificios se vieron reducidos a escombros y aquellos trabajadores que en sus ratos libres jugaban al fútbol se vieron obligados a empuñar rifles y fusiles para defender a sus familias.

No fue hasta enero de 1944 que la ciudad fue finalmente liberada del ataque nazi y Leningrado pudo respirar aliviada. Poco a poco, sus habitantes volvieron a la normalidad y las autoridades soviéticas decretaron que el fútbol volvería al país durante los meses de verano. Para empezar, se retomaría la Copa Rusa, cuya última edición se había celebrado en el 39′ (siendo vencedor el Spartak de Moscú). La URSS invitó a los equipos más populares del país a participar, así como a clubes de ciudades que habían sido recientemente liberadas, como el Dinamo de Kiev ucraniano.

Como última orden, las autoridades dictaminaron que en honor a los héroes de Leningrado, los gobernantes de la ciudad formaran un equipo con los jugadores supervivientes para que también participaran. Los líderes soviéticos sabían que no tendrían ninguna opción; simplemente era un gesto para que el pueblo rindiera homenaje a aquellos que durante años resistieron a los nazis. Su participación sería meramente simbólica.

De todos los equipos que había en la ciudad antes del estallido de la guerra, el Zenit era el que más jugadores supervivientes tenía en plantilla, así que fue el que recibió la invitación. Aun así, también se le unieron futbolistas de otros equipos de la ciudad. Todos ellos bajo las órdenes de Konstantin Lemeshev. Por problemas de salud, este antiguo jugador había dejado la práctica del fútbol hacía años, habiendo jugado en tres equipos de la ciudad. Previo al conflicto bélico ya ejercía como entrenador dirigiendo al Krasnaya, aunque no declinó la oferta de llevar a un club a la Copa Soviética.

La tarea de Lemeshev era toda una utopía. Tenía un poco menos de tres meses para entrenar a un grupo de trabajadores que apenas habían disparado un par de balones en partidillos entre amigos. A pesar de todo, pudo confeccionar algo parecido a una formación con una sola orden: defender con todo para evitar una deshonrosa goleada.

El sorteo de la Copa empeoró aún las cosas. En primera ronda, el Zenit quedó emparejado con el Dínamo de Moscú, para muchos el equipo más poderoso del país. A diferencia de los amateurs de Leningrado, el Dinamo había tenido una preparación mucho más seria para el torneo. Un mes antes fueron invitados a realizar un pequeño tour por Reino Unido y sus buenos partidos habían maravillado al espectador británico.

Sin apenas rodaje y contra el gran favorito, el Zenit viajó a Moscú prácticamente de turismo. Como muchos de sus futbolistas nunca habían estado en la capital, el propio Lemeshev aprovechó los días previos para llevar a sus pupilos a conocer la ciudad y sus lugares más emblemáticos. Para ellos el partido era una anécdota, un pretexto.

Tenemos pocos testimonios fiables de lo que ocurrió en ese partido. Solamente una imagen de ambos conjuntos ingresando en el terreno de juego y muchos rumores de lo que allí pasó. Algunos dicen que los empresarios más ricos de Leningrado pagaron a los jugadores del Dinamo para que se dejaran ganar; otros manifiestan que fueron las autoridades soviéticas las que instaron a los moscovitas a que no fueran tan duros con el Zenit. Lo único a lo que se le puede dar crédito es a lo siguiente: el Zenit aguantó durante 90 minutos las embestidas del Dinamo y en su único acercamiento provocó un gol en propia portería.

Contra todo pronóstico y en un claro ejemplo de que David puede vencer a Goliat, el Zenit eliminaba en primera ronda al favorito al título. Ya con eso los jugadores de Leningrado podían marchase a su ciudad con tranquilidad: habían logrado una gesta nunca antes vista en la URSS. Pero es que la hazaña no se quedó ahí. No existe un equipo más peligroso que aquel que no tiene miedo a perder y, con esa simple táctica de defender con los once jugadores y atacar sólo cuando la situación fuera propicia, el Zenit eliminó en cuartos de final al Dinamo de Bakú por el mismo resultado (1-0) y en semifinales volvió a sorprender a todos al vencer al defensor del título, el Spartak de Moscú (2-0).

Así, sin que nadie lo creyera, un equipo de aficionados se plantaba en el Dinamo Stadium en la gran final. Aun habiendo sido testigos de semejante hazaña, muy pocos apostaban por el Zenit. Su rival en el partido por el título era el equipo del ejército soviético, el CDKA (predecesor del CSKA de Moscú actual). Y sí, otra vez el Zenit entró en la historia. Los goles de Chuchelov y Salnikov dieron la victoria a los fabricantes del metal, el primer título en la historia del club y que tuvo el honor de levantar su capitán Kurenkov (un héroe de guerra condecorado).

La llegada del equipo a Leningrado fue una auténtica locura. Miles de ciudadanos saltaron a las calles para celebrar el primer título de su ciudad. Los jugadores fueron recibidos con honores y fueron declarados héroes nacionales. Desde entonces, la ciudad fue adoptando una cultura futbolística que sería crucial y sentaría las bases del actual éxito del Zenit de San Petersburgo.

Han pasado los años y esta poco conocida historia del fútbol soviético es todavía recordada como una de las mayores gesta del deporte ruso. Un equipo de aficionados, soldados y obreros resistieron y sobrevivieron a una Revolución, una guerra civil, dos guerras mundiales y lograron conquistar un torneo venciendo a profesionales. Sin duda, un trofeo más que merecido para los héroes de Leningrado.

También puedes leer:   Crimea, buscando renacer
Tags: , ,
Nehemías Dorta
21. Nací con una pluma en la mano y un balón bajo el brazo. Analista y especialista en fútbol portugués.

Related Article

0 Comments

Leave a Comment

The BreakerLetter

¡Ya salió la The Lines 13!

Consíguela haciendo clic aquí

Wing, el espíritu del fútbol

Mis Marcadores

Nuestras Redes

INSTAGRAM

Archivo