domingo, 24 octubre, 2021
Banner Top

El torneo de básquetbol de los Juegos Olímpicos de Seúl significó, por varios motivos, un punto de inflexión. Fue el último en el que coincidieron Estados Unidos, Yugoslavia y la Unión Soviética (de hecho, fue la última vez que Yugoslavia y la URSS fueron olímpicas), el primero en el que se incluyó el lanzamiento de tres puntos y también la última vez que la Unión Soviética se paró en lo más alto del podio antes de su disolución, lo que terminó desencadenando que la USA Basketball empezara a enviar jugadores profesionales, principalmente NBA, a las competencias FIBA. 

Además de las tres principales potencias, participaron otros grandes equipos como el Brasil campeón panamericano en Indianápolis 1987, la España medalla de plata en los JJOO de Los Angeles 1984 y otros como Australia, Puerto Rico y Canadá. Muchas eran las estrellas sobre las que iban las miradas: Dražen Petrović, Andrew Gaze, Óscar Schmidt, Toni Kukoč, Šarūnas Marčiulionis, David Robinson entre las principales. Y también estaba un hombre que encarnaba el ideal que el Kremlin mostraba con orgullo en su propaganda como el prototipo de deportista alto, fuerte y destacado. Arvydas Sabonis, al que era tentador apodar “El Zar” por ser quien, desde sus 2.21 de altura, comandaba a la selección de un conglomerado de repúblicas nacido en 1922 y que no había participado de torneos internacionales de básquetbol hasta 1947. Fueron menos de 50 años los que le llevó a la URSS dominar Europa y ganarle medallas de oro a Estados Unidos, la de 1972 y justamente la de 1988.  

En Seúl, el poderoso equipo soviético estaba conformado por dos rusos, tres ucranianos, un estonio, un letón, un uzbeko y cuatro lituanos. Tres de ellos – Sabonis, Marčiulionis y Kurtinaitis- fueron determinantes en la semifinal ante un Estados Unidos conformado por universitarios con el Almirante Robinson a la cabeza y en la final frente a la icónica Yugoslavia de Dražen Petrović. Esos mismos lituanos veían a los rusos como “el enemigo” y querían la independencia de su país, algo sabido como un secreto a voces por los mismos jugadores soviéticos. Esto puede dar la pauta de cuánto podía agradarle a Arvydas el apodo de “Zar”, con quienes lo único que tenía en común era su poder absoluto. Dentro de la cancha, el pívot nacido en Kaunas era un autócrata que podía hacer lo que quería. Era más alto, más rápido y más fuerte que el resto, y además dominaba todos los fundamentos del juego. Nunca se había visto un jugador así.

 

Una carrera en peligro

Mucho antes de llegar a la NBA en 1995, la carrera de Sabonis fue frenada por una serie de misteriosas lesiones que él mismo achacó al exceso de entrenamiento y competencia al que eran sometidos los deportistas soviéticos. En 1986, pese a sus jóvenes 21 años, ya había jugado dos mundiales y dos europeos, ya era una referencia mundial sobre la que giraba todo el juego de la URSS. La llegada de Mijaíl Gorbachov prometía cambios en la burocracia soviética, el único obstáculo que parecía interponerse en su llegada a la NBA.

Nadie imaginaba que el verano de 1986 iba a ser el último en el que se lo vería en plenitud. Dos roturas de tendón de Aquiles y varias dolencias en talones, tobillos y rodillas fueron el saldo con el que su cuerpo avisó que estaba siendo forzado por encima de sus posibilidades físicas. Durante el resto de 1986 y 1987, jugó muy disminuido y de forma salteada en medio de diversos tratamientos que no daban resultado. Solo cuando su carrera realmente estaba en peligro, la Unión Soviética autorizó su viaje a Portland (franquicia que lo había elegido en el Draft de 1986), donde lo operaron del tendón de Aquiles -con trasplante de fibras musculares de sus propios gemelos incluido- y le colocaron una prótesis que lo acompañaría de por vida. 

Sabonis volvió a territorio soviético en 1988 dispuesto a prepararse para los Juegos Olímpicos de Seúl, los primeros para su selección en ocho años tras el boicot devuelto a Estados Unidos en 1984. Sin embargo, las dudas sobre su condición eran serias y pocos tenían confianza en que el físico de aquel jugador de apenas 23 años le permitiera ser siquiera una sombra de lo que había sido unos años antes. Se dice que ningún jugador es el mismo luego de lesiones tan importantes como las que había sufrido “Sabas”, a quien la URSS necesitaba en Seúl 1988 para vengarse de los Estados Unidos por la derrota en la Final del Mundial de España 1986.  Sabían que podían ganar con él al 100% de sus posibilidades, pero nadie esperaba que estuviera siquiera en un 50%.

 

También puedes leer:   Toni Deion Pressley, gladiadora en el campo y en la vida

El camino a Seúl 88

Agosto de 1987. En tiempos de la Perestroika, un combinado de jugadores soviéticos recibe una invitación desde Estados Unidos para participar de una serie de exhibiciones y entrenamientos junto a un equipo de la NBA: los Atlanta Hawks. Detrás de la iniciativa estaba el magnate mediático Ted Turner, dueño de la franquicia y que además tenía buenas relaciones con las autoridades soviéticas. Junto con esta idea, Turner sugirió la creación en 1987 del torneo Open McDonald ‘s (que contó con la presencia de la URSS en Estados Unidos) y financió con dinero propio los Goodwill Games de 1990 en Seattle.

Aunque la selección de la URSS solía ir de gira por Estados Unidos jugando partidos contra equipos universitarios para testear su potencial, el hecho de que se integraran a la dinámica de un equipo profesional era algo inédito e inimaginable. Esa visita soviética a Atlanta tenía varios objetivos, entre ellos el de destensar las relaciones entre las dos potencias y, claramente, el comercial. Los Hawks eran el mismo equipo que había intentado llevarse a Sabonis en 1985 (lo eligieron en el Draft, pero la selección fue anulada porque tenía menos de 21 años) y había drafteado a Valeri Tikhonenko y Alexander Volkov en 1986, además de ser pioneros en el tema de seleccionar jugadores internacionales desde los años setenta.

Ya en julio de 1988, los propios Hawks abrían otra puerta yendo a una URSS en sus últimos albores y con un futuro por demás incierto. Jugarían tres partidos en territorio soviético, siendo el primer equipo de la NBA en jugar “del otro lado” en plena Guerra Fría. Pese al cambio que auguraba la conducción de Gorbachov y a las buenas relaciones que este tenía con Turner, el viaje a “tierras enemigas” no convencía a los jugadores de los Hawks por el total desconocimiento y la situación entre ambos países. Entre el acercamiento diplomático y las intenciones de la NBA de ir creando la globalidad que tuvo después, los Atlanta Hawks y la selección soviética se enfrentaron en Tiflis (capital de Georgia), Vilnius (capital de Lituania) y Moscú (capital de Rusia). Durante doce días, entrenaron todos juntos y compartieron tiempo fuera de la cancha forjando lazos de amistad sin importar la barrera idiomática y cultural. Los Hawks ganaron el primer partido por 85-84, el segundo por 110-105 en tiempo suplementario y los soviéticos dieron el batacazo ganando el tercero por 132-123. Sabonis no participó de ninguno de los tres partidos por precaución, pero muchas barreras habían sido derribadas.

La participación olímpica del emblema soviético se mantuvo en duda hasta el último momento, pero llegó septiembre y la URSS finalmente viajó a Seúl con él en la delegación. Pese a su presencia, no había ninguna certeza acerca de si jugaría poco o si directamente no podría jugar. Su último partido había sido en la temporada 1986/87, cuando visiblemente mermado consiguió llevar de nuevo al Zalgiris Kaunas al título nacional.

Justo en esos momentos, la URSS afrontaba -además del proceso modernizador de Gorbachov- la llamada “revolución cantada” (porque en las manifestaciones se cantaban canciones patrióticas estonias) iniciada por los países bálticos en 1987 y que terminaría con la independencia de Lituania, Estonia y Letonia en 1991. Pero en lo deportivo, el equipo nacional soviético se presentaba en el Seúl con un gran potencial, en el que se reunían el joven escolta Šarūnas Marčiulionis (revelación en el Eurobasket de 1987) y su gran estrella Arvydas Sabonis (que llegaba tras 18 meses de inactividad y con muchos signos de interrogación tras su operación). La gran selección que dirigía Alexander Gomelski tenía además mucha altura en sus otros pívots, aleros como Alexander Volkov y Valeri Tikhonenko -que excedían el promedio de altura para su puesto en la época- y grandes tiradores como Serguéi Tarakánov, Valdemaras Homicius y sobre todo Rimas Kurtinaitis. 

 

También puedes leer:   La Argentina y la tranquilidad de saber que la derrota es parte del camino

 “Algo pasó”

El andar del equipo rojo en el torneo fue lento al principio, comenzando incluso con derrota ante Yugoslavia y ganando sin lucir demasiado frente a Puerto Rico, Australia y República Centroafricana. Llegaría Brasil en cuartos de final, un partidazo considerado por muchos como el mejor de los Juegos que se saldó con un 110-105 para Sabonis y los suyos. Hablando de Sabonis, lógicamente se estaba adaptando a sus nuevas posibilidades físicas (con mucha menos movilidad y agilidad) y a recuperar sensaciones tras un año y medio de inactividad, por lo que no estaba arrasando ni se sentía cómodo. Hasta que en semifinales apareció Estados Unidos, partido que tenía el condimento extra de ser la revancha de la controvertida final olímpica de 1972 en la que los árbitros decidieron volver a jugar los últimos 3 segundos (y que los norteamericanos nunca aceptaron como perdida). Sin embargo, no habría desquite, ya que la URSS se impuso por 82-76 y por segunda vez le arrebató el oro a los americanos, con 19 puntos de Marčiulionis y un sólido “doble-doble” de Sabonis (13 puntos y 13 rebotes) en su esperado duelo personal con el pívot norteamericano David Robinson (19 y 12).

Era la derrota más humillante de la historia para Estados Unidos, la que les hizo abrir verdaderamente los ojos sobre la evolución del básquetbol internacional. Ese día, el primero en el que Estados Unidos no iba a jugar por el oro, el básquetbol había cambiado para siempre. Gomelski, el entrenador soviético, dijo después de la hazaña que si Estados Unidos quería recuperar el oro ya no le alcanzaría con sus estrellas universitarias. “La próxima vez, no traigan su defensa mágica. Traigan a Magic Johnson”. Lo que no sabía Gomelski en aquel momento de euforia, era que cuatro años más tarde, Magic Johnson sería campeón olímpico y la URSS ya no existiría. Este cimbronazo fue clave en lo que en Barcelona 1992 el mundo conoció como “Dream Team”, algo que medios como el diario USA Today pidieron categóricamente: “Hay que enviar jugadores NBA a la próxima cita de Barcelona”. Mike Fratello, entrenador de los pioneros Atlanta Hawks, también hablaba de enviar a Barcelona a tres o cuatro buenos jugadores de la NBA mientras que John Thompson, el entrenador derrotado en semifinales por la URSS hacía autocrítica y al mismo tiempo decía: “Si hubiera podido llamar a jugadores como Michael Jordan, Larry Bird o Magic Johnson, lo habría hecho. Pero no pude. No basta con haber inventado el juego para ser los mejores. Los demás también están creciendo”.

Volviendo a Seúl, el rival soviético en la final era la Yugoslavia del “enemigo íntimo” de Sabonis, Dražen Petrović. El oro sería para la URSS con un resultado de 76-63 en el que una vez más destacaron los lituanos Marčiulionis (21 puntos) y Sabonis (20 puntos y 15 rebotes), mientras que Petrović fue el máximo anotador yugoslavo con 24. Vlade Divac, pívot rival (leyenda FIBA y de gran carrera posterior en la NBA) que fue absolutamente dominado por Sabonis, nunca perdió la admiración absoluta por el “Zar” lituano. Años después, ya jugando en Estados Unidos, dijo entre risas al ser consultado sobre quién era mejor entre él y Sabonis: “No hay color. Puedo decir sin miedo que fue mejor jugador que Shaquille O’Neal, Patrick Ewing y Hakeem Olajuwon”.

Ya sin capacidad de salto, moviéndose con dificultad y con dos rodilleras; el 11 soviético demostró al mundo quién era Arvydas Sabonis, dominando a su antojo ante los mejores oponentes. El Zar volvía a dar una demostración de poder y a infligir el temor en la zona pintada. Sus promedios finales de 13.3 puntos, 11.1 rebotes, 1.7 tapones y 1.7 asistencias no terminan de dar cuenta de lo que hizo en aquellos Juegos Olímpicos. Sin embargo, era plenamente consciente de lo que había propiciado y dijo sonriente tras la consagración: “Creo que algo pasó“. 

 

También puedes leer:   La relación que le ganó tiempo a la muerte

Seúl y después

La postal de un Sabonis serio -incluso en las celebraciones- es la del último gran momento del básquetbol soviético, que dejaba un saldo de 9 medallas olimpicas (2 oros), 8 en campeonatos del mundo (3 oros) y 21 en campeonatos de Europa (14 oros). A la URSS del Zar lituano que no quería ser soviético le quedaba poco, y a la de verdad también. En 1989, un año después de la visita de los Atlanta Hawks a la Unión Soviética y de la consagración olímpica en Seúl, cayó el muro de Berlín. En 1989 disputaron su último campeonato unidos, pero se tuvieron que conformar con el bronce en el Eurobasket de Zagreb que ganaría Yugoslavia.

En marzo de 1990, un Sabonis que ya jugaba en España declaraba al diario El País que no tenía intenciones de jugar más con la URSS y que solo defendería la camiseta de Lituania, de acuerdo con la decisión del Comité Olímpico lituano que había pedido a sus deportistas que no representaran a la Unión Soviética en ninguna competición. Además, agregaba que la independencia de su país era irreversible pese a lo que dijera Gorbachov y que no quería ser mencionado como ruso, sino como lituano. Al igual que Marčiulionis, Kurtinaitis y Chomičius, no iba a participar del mundial de Argentina, anunciando lo que se avecinaba a nivel político. Con un plantel compuesto por rusos y ucranianos, un estonio y un letón; los soviéticos se las arreglarían para conseguir una muy meritoria medalla de plata tras perder la final ante Yugoslavia.

La disolución de la Unión Soviética, en 1991, hizo posible que muchos jugadores pudiesen jugar internacionalmente con sus países de nacimiento. En 1992, Sabonis era feliz representando a Lituania en los JJOO de Barcelona en un torneo en el que maravillaría al mundo el Dream Team que él había ayudado a crear y en el que obtendría un dulce triunfo en el partido por la medalla de bronce ante el Equipo Unificado (integrado por miembros de la caída Unión Soviética). Como en la vida todo da muchas vueltas, llegaría a la NBA en 1995 con Portland –el equipo que gracias a sus médicos le dio la posibilidad de seguir jugando- como destino. 

Fuentes:

NBA Maniacs, Marca, El País. Jotdown, El Confidencial, ESPN, Basketball Reference.

  • ¡Hola! Esperamos que hayas disfrutado del artículo. Antes de que te vayas queremos recordarte que estamos preparando cosas grandes, pero necesitamos la ayuda de nuestros lectores para hacerlas realidad. Por eso, si te gusta lo que hacemos en The Line Breaker, abrimos un canal para que consideres invitarnos a un café y así ayudarnos a mantenernos en pie.
(Visited 431 times, 8 visits today)
Tags: , , , , , , , , ,
Uruguayo, Licenciado en Comunicación, maestrando en Información y Comunicación. A veces soy docente, por lo general escribo y hago radio donde me dejen. Soy autor de dos libros y coautor de otros cuatro, me divierto en http://lacelestedeantes.com

Related Article

The BreakerLetter

Archivos

Nuestras Redes

INSTAGRAM

Mis Marcadores