martes, 30 noviembre, 2021
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La vida de Ariel Arnaldo Ortega tranquilamente podría ser llevada a la gran pantalla. Cualquier guionista con un poco de imaginación le sacaría jugo a la biografía de uno de los jugadores más queridos en la historia del fútbol argentino. 

El oriundo de Ledesma, Jujuy, integra ese selecto grupo que trascendió las fronteras (no tan) imaginarias que imponen los colores y hoy es reconocido por todos los hinchas, incluso los de Boca. A casi una década de su retiro, es imposible no sonreír cuando se lo ve jugando en el equipo senior de River Plate y, aun con unos kilitos de más, Ortega sigue pareciendo igual de impredecible que cuando llevaba la 10 de la selección en la espalda. Tanto se lo quiere que decidimos enterrar en el pasado aquel cabezazo infantil contra el portero neerlandés Edwin van der Sar en los cuartos de final de Francia 1998.  

Incluso cuando los medios de comunicación se peleaban por comerse las sobras del banquete y exponían en TV sus debilidades en forma de recaídas (cualquier parecido con Maradona no es coincidencia), el hincha –no solo el de River- lo protegía, lo arropaba y lo mimaba. Quizás para los cuarentennials que se criaron a la luz de los éxitos del Muñeco Gallardo, la figura de Ariel Arnaldo haya quedado un poco atrás en el tiempo, pero, por más de una década, Ortega fue la bandera del conjunto millonario.  Gritar “Burrito, burrito” era la mejor manera de gritar “Soy de River”.

Aun así, el año 2008 marcó un antes y un después en la relación entre el ídolo y el club. Quizás porque el Diego Simeone aún era un entrenador novato y no supo manejar una situación que lo excedía, o bien porque el Burrito necesitaba tener encima a una figura paterna que lo cuidara/controlara como lo hizo en su momento Daniel Passarella, los anillos del Monumental comenzaron a ser un hervidero de rumores. El conflicto entre el DT y el futbolista acumulaba varios episodios, pero su capítulo final fue una bomba que estalló en el corazón de la institución. 

Fue un día antes del partido final del Clausura 08, donde River festejaría el título frente a Banfield. En las horas previas comenzó a circular la noticia de que, pese a haber sido confirmado como titular días antes, Ortega no iba a ser de la partida debido a una recaída y una posterior discusión con Simeone y su ayudante Nelson Vivas. Los trascendidos ganaron fuerza con el correr de los minutos y finalmente se confirmaron cuando el campeón salió a la cancha sin su jugador emblema. La hinchada, que siempre miró de reojo al Cholo, dio su veredicto gritando en favor del ídolo ausente. Casi al mismo tiempo, el propio Ortega se encargó de quemar los últimos puentes con el DT al aparecer en televisión y apuntar todos (“No me voy de River porque quiero. A mí me echa Simeone”)

Pese a tener 34 años y un rosario de problemas personales a cuestas, el Burrito se transformó en un objetivo deseado por el mercado, no solo por lo que podría aportar dentro del campo, sino también por su valor simbólico. Aunque el fútbol de Medio Oriente llamó a su puerta con un maletín lleno de petrodólares, él rechazó de entrada la oferta. Los recuerdos de sus tormentosos días en Turquía todavía estaban frescos y no son pocos los que afirman que su problema se transformó en adicción durante esa fatídica época en el Fenerbahçe. 

¿A dónde ir entonces? Para la dirigencia de River, comandada por José Maria Aguilar, tenerlo jugando en cualquier equipo de la primera división argentina resultaba un dolor de cabeza. La posibilidad de que el ídolo pisara el Monumental vistiendo otros colores –algo que no había sucedido siquiera durante su paso por Newell´s Old Boys- despertaba temor en unos directivos atornillados al poder. Fue en ese momento que apareció en horizonte Independiente Rivadavia de Mendoza, equipo de la segunda división argentina.

La contratación del astro riverplatense fue uno de los tantos golpes de efecto que utilizó el empresario de medios y presidente de Independiente, Daniel Vila, para posicionarse como el sucesor de Julio Grondona en el sillón de la AFA (aventura que terminó de la manera más ridícula con una autoproclamada victoria electoral en las escalinatas del edificio de calle Viamonte). El club mendocino pagó nada más ni nada menos que 500,000 dólares para tenerlo al Burrito por nueve meses y en su contrato se estipuló que el jugador se comprometía a asistir a una clínica de rehabilitación en Chile y a estar presente en todos los entrenamientos.

Aunque su llegada despertó la ilusión de los hinchas, la realidad terminó siendo muy distinta. Con Roberto Trotta como entrenador, futbolistas de largo recorrido en primera como Luis Tonelotto, Aldo Paredes, Ariel Seltzer, Osvaldo Barsottini y el futuro arquero de la selección argentina, Nahuel Guzmán, Independiente apostaba de lleno al ascenso a la máxima categoría, pero los resultados lejos estuvieron de igualar las expectativas. 

Su debut ocurrió el 17 de agosto de 2008 en el empate 3 a 3 frente a Defensa y Justicia. Si bien no tuvo un gran partido ese día, el jujeño se dio el lujo de marcar un gol de penal y de paso incendiar aún más la interna millonaria, aunque esta vez de manera involuntaria.  Al mismo tiempo que su equipo estaba jugando contra el Halcón de Varela, en el Monumental River estaba teniendo una tarde para el olvido frente a Rosario Central. En los cuatro rincones del estadio resonó el “Orteeega, Orteega” como grito de protesta.

Pese al promisorio comienzo, los partidos se fueron sucediendo y el fútbol del Burrito apareció sólo a cuentagotas. Para colmo, su estado emocional durante esos agitados días no era el mejor y eso se reflejaba en su comportamiento dentro y fuera de la cancha. En total sería expulsado 3 veces en 25 partidos y, para cuando marcó su cuarto gol para el conjunto mendocino (el único que hizo de jugada), los hinchas de Independiente ya le habían bajado el pulgar hacía rato. Como corolario de su primera experiencia en el ascenso, en su último encuentro vio nuevamente la tarjeta roja.

En su retorno a River se encontró con el club en crisis institucional y deportiva. Simeone ya era parte de la historia, pero la mala racha de resultados que había dejado tras de sí iniciaron el lento pero inexorable camino al descenso. Así y todo, Ariel –que todavía no se había estabilizado emocionalmente y sufría recaídas constantes- regaló algunas actuaciones fenomenales, como contra Vélez en el Clausura 2010, un encuentro que le valió ser convocado por Diego Maradona para integrar la selección local en un amistoso frente a Haití. Con Argentina ya clasificada a Sudáfrica 2010, el Diego utilizaba estos partidos como banco de prueba para terminar de definir lugares en la lista y aprovechó para regalarle al Burrito su última gran ovación vistiendo la albiceleste (aunque con Diego nunca se sabía que podía pasar).  

Pese a esta caricia en el alma que le otorgó Maradona, el torbellino en su vida personal aún no se había detenido. Para colmo, River, que a inicios de 2011 coqueteaba con un descenso que nadie parecía creer que realmente sucedería, le soltó la mano. Daniel Passarella, sucesor de Aguilar en la presidencia y una especie de padre putativo de Ariel durante toda su carrera, decidió separarlo del plantel por considerar que su presencia era “tóxica”. Más Kaiser que nunca, el mandamás dejó al club sin su último gran ídolo en su hora más difícil. 

Es cierto que estaba muy lejos de su mejor versión, pero a nadie le quedaban dudas de que su presencia podría haber sido de gran ayuda en la dura batalla que se avecinaba. Finalmente se marchó a All Boys con la certeza de que nunca más vestiría la camiseta del cuadro de sus amores. No hubo aplauso cerrado ni ovación de todo el estadio. No hubo plaqueta ni reconocimiento de la dirigencia. No hubo nada. Pese a que llegó al club de Floresta con cartel de gran refuerzo y una presentación acorde a su currículum, sus días allí fueron grises, sin goles ni buenos rendimientos. 

La última parada de su carrera lo encontró en Defensores de Belgrano, a tan solo unas pocas cuadras del club que lo vio nacer futbolísticamente. Si bien Matías Almeyda lo llamó para integrarse a su cuerpo técnico y juntos sacar a River del abismo del Nacional B, Ortega declinó el ofrecimiento y se sumó al Dragón para quemar los últimos cartuchos como jugador en la tercera categoría de Argentina. Su debut ocurrió el 24 de agosto, en el empate 1 a 1 como local ante Morón y ese día el jujeño marcó de penal el único tanto de su equipo. Como sucedió en Independiente de Mendoza y All Boys, las expectativas que generó su llegada a Defe fueron desmedidas, pero así y todo su presencia en la categoría no pasó desapercibida. En una divisional donde lo que sobran son obreros del fútbol y lo que faltan son lujos, tener a un jugador de élite como lo fue el Burrito era un privilegio, aun en su estado menguante. Cada vez que jugaba Defensores de Belgrano, la noticia pasaba por saber cómo le había ido al jujeño.

Sus números durante la última temporada de su carrera profesional no fueron para nada impresionantes (apenas 4 goles en 23 partidos), pero, como suele suceder en las historias de amor que duran para toda la vida, el destino tenía guardado un último y sorpresivo quiebre de cintura. El 7 de diciembre de 2011, solo unos días después de que River sufriera una vergonzante derrota en la decimoséptima fecha de la B Nacional frente Boca Unidos (no por el resultado, sino por lo simbólico) el conjunto millonario debió jugar los 32avos de final de la Copa Argentina contra Defensores de Belgrano. 

Aquellos que suelen regodearse en el morbo plantearon miles de hipótesis sobre como los hinchas millonarios recibirían a uno de sus máximos ídolos. Después de todo, se había ido del club por la puerta de atrás y, cuando Almeyda lo llamó para sumarse a su equipo de trabajo, dijo “No, gracias”. La respuesta la tuvieron los miles de hinchas que coparon el Estadio San Juan del Bicentenario y corearon su nombre apenas lo vieron. Una vez más, gritar “Orteeega, Orteega” era la mejor manera de gritar “Soy de River”.

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Changarín de la palabra, termo de la A-League. Una vez me insultó toda la comunidad croata de Melbourne.

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