miércoles, 30 septiembre, 2020
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Desde 1960 se han disputado 59 finales de Copa Libertadores de la cuales 34 han tenido por lo menos un club brasilero. Incluso, después de los argentinos, Brasil es el país que más campeones tiene, con un total de 19. Sin embargo, y aunque en el país de la samba ya sea costumbre disputar las instancias decisivas de este torneo, llegar a una final continental no es nada fácil y para algunos resulta una utopía y representa un cuento de ficción contado a un niño de seis años. Así pasó con el São Caetano, una escuadra sin hinchas, sin estadio y sin antecedentes, que sin haber salido campeón ni siquiera en la segunda división de su país, estuvo a 12 metros de ser el triunfador del continente en 2002.

Su historia comenzó en diciembre de 1989, cuando el alcalde de la ciudad de São Caetano ambicionó con crear un club profesional que compitiera de tú a tú en el torneo local. Pero la intención no es suficiente para llegar al éxito, y el Azulão no pudo ver más allá de la cuarta, tercera y segunda división en las que compitió contra equipos de un recorrido mucho mayor. La parte baja de los torneos de ascenso fue el terreno donde este nuevo club se asentó en las primeras temporadas sin imaginar que alcanzar el dos sería más sencillo que alcanzar el uno; en 2000 comenzó el proyecto verdaderamente soñador, gracias al DT Jair Picerni, propio de la zona de São Paulo.

Para comienzos del milenio, Brasil pasaba por una época crítica en su parte política y el fútbol era la única salvación del pueblo. La solución de la CBF fue reunir las cuatro divisiones del fútbol profesional en un solo campeonato llamado Copa João Havelange, y definir en varias etapas los respectivos campeones de una forma atípica. Se dividieron cuatro grupos pertenecientes a cada categoría, para posteriormente escoger los cuatro campeones en tiempo récord; la fase final acogería los dos primeros de cada división y, mediante eliminación directa, consagraría un campeón total del torneo que acabó en enero del año siguiente.

São Caetano se ubicó en el Módulo Amarillo (segunda división) y pese a ser primero en el todos contra todos, terminó siendo subcampeón frente a Paraná. Aun así, se clasificó para la fase final de todo el campeonato y tras eliminar sorpresiva y meritoriamente a Fluminense, Palmeiras y Gremio, los dirigidos por Picerni se colaron en la gran final del fútbol brasilero, algo que no habían planificado ni en el mejor escenario posible. Y se notó el alma de primerizos, pues en la final contra Vasco da Gama también se quedaron con el segundo lugar; subcampeones de segunda y primera en un solo campeonato.

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Pese a haber perdido en ambas definiciones, el club, que apenas superaba la década de existencia, consiguió un cupo en la verdadera primera división, sin formatos con más de 100 equipos y sin enfrentamientos entre clubes de niveles diferentes. 2001 fue el estreno de São Caetano en la liga mayor de Brasil. Pero ojo a esto, porque contra cualquier pronóstico posible el equipo azul fue primero en la tabla liguera y clasificó a los cuartos de final del Brasileirão. Casi que sin saberlo, el Azulão llegó a su segunda final consecutiva de la primera división, considerado por la mayoría como un club de la B, o hasta de la D.

El carácter que había madurado entre sus jugadores no era precisamente ganador, porque dejándose llevar por el realismo de un equipo chico que lucha por no descender, los futbolistas del São Caetano nunca vieron la posibilidad de ser campeones. El límite mental ya establecido, probablemente, los frenó una vez más de cara a lo más grande. Por segundo año seguido, el São Caetano fue subcampeón de Brasil, esta vez enfrentando al Athletico Paranaense. No obstante, aquel escalón de plata les llevó directamente a la Copa Libertadores de 2002, la misma que jugaron en 2001 pero yéndose anónimamente en octavos de final, algo sorpresivo de por sí en un club tan joven y tan flácido; claro que viendo lo hecho previo a la edición venidera, llegar a octavos era un fracaso con F mayúscula.

Sao Caetano Copa Libertadores

(AP Photo/Walter Astrada)

El finalista más inverosímil

 

Las herramientas con las que contaba el São Caetano para aquella época eran realmente limitadas, y durante los 12 años de su presencia en el fútbol profesional, la única gran venta no superó los seis millones de dólares. En 2001, César fue a la Lazio luego de ser figura en un equipo de desconocidos que tomaron Brasil sin previo aviso. Con ese dinero, Jair Picerni conformó un plantel que pudiera igualar lo hecho el año anterior en Copa Libertadores y hacer una digna y respetable presentación, por lo menos clasificando a segunda ronda. Sin embargo, no había nada más allá de un plantel de 25 años de promedio de edad que pudiera argumentar el sueño de la Copa Libertadores.

La mayoría de los jugadores del club eran nacidos entre 1974 y 1977, además de haber nacido todos en Brasil, incluyendo Roger y el recordado Marcos Senna, que luego obtendrían las nacionalidades polaca y española tras un exitoso paso por el fútbol europeo. Esos mismos futbolistas se salieron de su papel de estrellas, y mientras veían el avance en la cita internacional, lo que hicieron fue convocar a hinchadas de otros equipos para que los fueran a apoyar, incluso sin ser aficionados del Azulão. La localía la hicieron durante toda la Copa en el estadio Municipal Anacleto Campanella con capacidad para 30.000 personas, pero llenar todo el aforo era una misión imposible, por lo menos con hinchas reales.

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En primera fase, el club fue primero del Grupo 1, dejando en el camino a Cobreloa, Cerro Porteño y Alianza Lima. Los de Picerni ganaron cuatro partidos y perdieron otros dos, uno de esos en casa ante los paraguayos del Ciclón de Barrio Obrero. Así, junto al Gremio, ambos fueron los únicos equipos de Brasil que se metieron entre los 16 mejores del torneo en contraste con el fracaso rotundo por parte de Flamengo y Athletico Paranaense, quienes fueron últimos en sus respectivos cuadrangulares.

Desde segunda ronda la mejor arma del São Caetano era ir hasta la tanda desde el punto penal. Pero el pez muere por la boca. Era un club atrevido en ataque pero torpe e impreciso en defensa, y en los cobros desde los 12 metros el destino parecía actuar sobre unos jugadores que ya no sentían presión ni miedo del entorno en el que maniobraban casi a la perfección hasta ese momento.

En octavos de final la víctima fue la Universidad Católica de Chile. El resultado global fue un apretado 2-2, pero en muerte súbita los brasileños se llevaron la serie por 5-4. Así pasó también contra Peñarol en cuartos de final, que aunque se hizo respetar el Estadio Centenario (1-0), en Brasil no pudo hacer pie, tal vez pensando en una clasificación anticipada (2-1). En la tanda definitiva, el São Caetano venció de la mano de un Silvio Luiz que se lució en el pórtico y le dio la clasificación a su equipo (3-1 desde los cobros) luego de haber tenido un encuentro de errores puntuales.

El América de México se encontró con un club brasilero envalentonado y con aire en la camiseta. Ni un Estadio Azteca que superó los 90.000 aficionados ni un brillante y ya consagrado Iván Zamorano pudieron derrumbar la confianza y la gallardía que había adquirido el pequeño y pobre club de São Caetano do Sul. La semifinal no fue problema, pero sí lo fue la instancia en la que el Azulão terminó con su energía ganadora, tal como pasó en los dos torneos brasileros de 2000 y 2001, además de la final del Módulo Amarillo ante Paraná años atrás.

Para la final, todo Brasil se unió en son de un solo equipo, el equipo del pueblo, por lo menos en esa serie definitiva. Sin rivalidades directas y sin nada que perder, el club pasó de 350 socios a tener 179 millones de hinchas que se olvidaron de sus clubes por un momento y que hicieron posible que la selección nacional tuviera representación a nivel de clubes, esta vez con el color azul como estampa. Nunca un equipo tan recientemente creado tuvo tantos ojos encima, ni tampoco más apoyo que Santos, Palmeiras o Cruzeiro, que ya habían ganado la Copa Libertadores.

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En la final el rival fue Olimpia, club que ya tenía 100 años de historia, 38 títulos de liga local y otros dos de Libertadores. El club paraguayo en aquel momento pasaba por una crisis interna que lo ponía, por presente, en inferioridad, comparado con el envión anímico y las ganas de victoria que tenía su par brasileño. Pero muchas veces no se tiene miedo de perder, sino de ganar. Y quizás ese miedo se hizo presente cuando en el Defensores del Chaco, los de Brasil se hicieron con la victoria 0-1,  resultado que los ponía a un empate de alzar un trofeo más pesado que su propia historia como club. Eran 90 minutos para gritar campeones. Cerca pero muy lejos.

 

 

Y la presión le pudo a los dirigidos por Jair Picerni, y ante un estadio Pacaembú lleno totalmente por hinchas propios y ajenos, los ya veteranos de Olimpia aprovecharon la inmadurez, la inocencia y la ceguera de sus rivales que no asimilaron el resultado a favor y la victoria continental venidera. Ya la tanda de penales, luego de un empate 2-2, remontado por Olimpia, era una carga y una inseguridad que siempre había estado de su lado. Los hinchas que gritaban ¡Forza São Caetano! Parecían convertirse en rivales, y es que ese empuje era una bestia con la que nunca se encontraron en el camino. Nunca fue un equipo de responsabilidades deportivas, y esa era una responsabilidad grande.

El peso de la camiseta fue determinante, y con un 4-2 desde los 12 metros donde los cobradores locales ya no tenían fuerzas, Olimpia levantó por tercera vez en su historia la Copa Libertadores de América. El equipo paraguayo revalidó la teoría que promulga que no siempre los sueños se cumplen y que el que es grande, grande será, incluso con todo un país en contra, o por lo menos con un Pacaembú encendido en silbatinas. A diferencia de eso, el São Caetano siguió con su tradición desde que llegó a primera división, convirtiéndose por unos años en constante finalista pero sin poder levantar ningún título, estando hoy en su lugar de nacimiento, la cuarta división del fútbol local, olvidado y descartado.

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