miércoles, 2 diciembre, 2020
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El Club Atlético Tigre es una institución en cuyas memorias más recientes siempre predominaron las categorías de ascenso. Para que tomen conciencia de su realidad, fue fundado el 3 de agosto de 1902 y en sus 116 años de historia estuvo 54 en la Primera División Argentina, alternando las etapas del amateurismo y el profesionalismo.

Sin embargo, esto no minimiza sus hitos. De hecho, todavía comparte con San Lorenzo el récord de asistencia en un partido de la ahora llamada Primera Nacional, segunda categoría del fútbol argentino, cuando en 1982 jugaron su partido en el Monumental de River Plate por la gran demanda de entradas de ambos equipos. En la semana previa, al Superclásico entre River y Boca habían asistido 32 mil personas, mientras que el encuentro entre Tigre y San Lorenzo contó con más de 74 mil fanáticos en las tribunas, cifra que superó la concurrencia de los 71.500 hinchas que estuvieron presentes en la final del Mundial de 1978. Una auténtica locura.

Pero si nos situamos en el 2019, la realidad del Matador de Victoria estaba a punto de dar un giro de 180 grados. No solo porque otra vez peligraba su permanencia en la Superliga después de 12 años consecutivos en la élite del fútbol argentino, sino porque el destino tenía algo especial preparado para ese plantel.

 

La lucha por no descender

 

En pleno verano, las esperanzas no abundaban en el complejo de Don Torcuato, donde el equipo habitualmente entrena. Tigre se encontraba último en la tabla de promedios – la tabla paralela que determina los descensos – a más de diez puntos de la zona segura y el rendimiento del equipo bajo la conducción de Cristian Ledesma y Mariano Echeverría, quien asumió a principios de octubre de 2018 para reemplazar al Lobo, estaba lejos de ser el necesario para pensar en mantener la categoría. La crisis se profundizó cuando, después de las primeras tres fechas luego del receso veraniego, en las que Tigre tampoco pudo ganar, Echeverría renunció dejando al barco sin un capitán que navegara los que parecían ser los últimos meses del club en Primera División.

Con solo siete fechas restantes y mucho margen por recortar, en un momento en el que el Matador se ubicaba 19° con 19 puntos, la dirigencia optó por una cara conocida para buscar el milagro de la salvación: Néstor Gorosito. ¿Por qué una cara conocida? Porque Pipo había tenido un paso por la institución entre 2012 y 2013 luego de la renuncia del Vasco Arruabarrena en la que llevó al club a la final de la Copa Sudamericana, a la fase de grupos de la Copa Libertadores (superando a Deportivo Anzoátegui en la fase previa) y a disputar su primera llave a eliminación directa en este torneo cuando cayó frente a Olimpia en octavos de final.

Si bien el pobre rendimiento en los torneos locales fue lo que precipitó su salida en aquel entonces, la actualidad de Gorosito no era la mejor ya que, al igual que Ledesma y Echeverría, había participado en la Superliga 2018/2019 sin ser capaz de mantener su cargo. Al mando de San Martín de San Juan, otro de los implicados en la pelea por el descenso, no pudo acercar al club verdinegro a los puestos seguros, motivo por el cual no se esperaba mucho en su llegada a Victoria.

En medio de ese panorama, el equipo afrontó el viaje a Rosario para medirse frente a Rosario Central por la 19° fecha de la Superliga. Quedaban 21 puntos en juego y, en ese momento, muy pocos hubiesen acertado cuántos iban a quedarse en manos de los dirigidos por Gorosito.

 

El comienzo de una ilusión

 

Contra todo pronóstico, Tigre volvió de Rosario con los tres puntos en el bolsillo gracias a los goles de Fede González y Lucas Janson, sumados a la excelsa actuación de Walter Montillo. La Ardilla, que había llegado libre en enero de 2018, se había perdido todo el primer semestre de ese año por una rotura de ligamentos cruzados. Cuando volvió a entrenar, no gozaba de muchos minutos con el Lobo Ledesma porque éste lo consideraba un líder negativo y, las pocas veces que lo seleccionaban para estar en el 11 titular, lo ponía por el costado en lugar de enganche, su posición preferida.

Hay que remarcar esto ya que en la transición con Echeverría y el tramo final con Gorosito, Montillo fue el cerebro del equipo de mitad de cancha en adelante. Fue tal su influencia que formó una sociedad redituable con Fede González en la que el delantero tuvo su mejor campaña individual, tercer máximo anotador de la Superliga con 11 goles, y gracias a la cual ambos terminaron siendo elegidos en el equipo ideal del torneo.

Los errores de Ledesma y Echeverría también sirvieron para consolidar el equipo que, meses más tarde, pasaría a la historia del fútbol argentino. Luego de un error grosero de Gastón Guruceaga frente a Gimnasia y Esgrima de la Plata, que le costó el partido y, en consecuencia, los tres puntos, Gonzalo Marinelli se adueñó del arco y, como demostraría en los siguientes partidos, fue clave para mantener viva la ilusión.

Al mismo tiempo, los problemas defensivos de la primera mitad del torneo fueron una llamada de atención para la dirigencia que, en el receso de verano, fue a buscar a Gerardo Alcoba, central que había quedado relegado en Santos Laguna y cuya confianza y determinación inspiraron a la última línea del equipo. Su postura de caudillo uruguayo de principios del siglo XX le sirvieron para sentarse como uno de los mejores en su puesto durante el año y para portar la cinta de capitán cuando Martín Galmarini no estaba presente.

Así, la alineación titular se fue consolidando partido a partido y, cuando no había ninguna baja por lesión o sanción, prácticamente salía de memoria con un 4-2-3-1 bien definido. Marinelli en el arco, Matías Pérez Acuña como carrilero derecho, Alcoba y Néstor Moiraghi como dupla de centrales, Lucas Rodríguez como carrilero izquierdo, el doble cinco compuesto por Sebastián Prediger y Lucas Menossi, Diego “Cachete” Morales y Lucas Janson por los costados, Montillo como creador de juego y Fede González como delantero de referencia.

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Otro aspecto que le permitió al equipo mantener el nivel de juego eran sus opciones en el banco de suplentes. Cada vez que había una lesión o una sanción, al que le tocaba ingresar como sustituto rendía de la misma forma que los titulares y, de esa manera, no desentonaba ni era un factor negativo a la hora de mantener rendimiento del equipo. Los mejores ejemplos son los de Ignacio Canuto en la zaga central, Nicolás Colazo como lateral izquierdo, Jorge “el Marciano” Ortiz en el eje central y Juan Ignacio Cavallaro por los costados.

Así fue como Tigre consiguió hilar un invicto de cinco partidos con una sumatoria de cuatro victorias entre el 2-0 frente a Rosario Central, los posteriores 2-1 contra Patronato y Vélez y el 3-1 en Córdoba frente a Talleres, interrumpidos por un empate en dos frente a Unión en el José Dellagiovanna. Esto lo posicionó a tres puntos de Patronato, último equipo en la zona segura, en igualdad de puntos con San Martín de San Juan y uno por encima de Belgrano, los otros protagonistas en la cuádruple lucha por evitar el descenso.

Pero había un problema para el Matador de Victoria: cerraba el torneo recibiendo a Racing, puntero hasta el momento y con opciones de coronarse en su partido en Victoria, y visitando a River en el Monumental que, hasta la anteúltima fecha, seguía peleando con Atlético Tucumán por clasificar directamente a la Copa Libertadores.

Como lo muestra la historia reciente, Racing terminó coronándose campeón de la Superliga 2018/2019 en la cancha de Tigre tras un empate a uno. Un error de Marinelli le dejó servido el gol a Augusto Solari pero, a cinco minutos del final, Lucas Rodríguez anotó de tiro libre para que el José Dellagiovanna explotara y los hinchas pensaran que la salvación todavía era posible.

Sin embargo, el Matador no dependía de sí mismo. Con el punto que rescató frente a la Academia quedó dos puntos por debajo de Patronato, por lo que debía ganar en la última fecha y esperar que el equipo entrerriano no ganara. Si empataban, habría desempate entre ambos, o entre los tres en caso de que San Martín de San Juan también ganara su encuentro, y si perdían y Tigre y San Martín ganaban sus compromisos, desempataban entre ellos. Había muchas combinaciones posibles que de nada sirvieron, ya que El Patrón derrotó 2 a 1 a Argentinos y condenó al resto de los equipos al descenso, pese a las victorias de Tigre frente a River (3-2) y de San Martín ante Talleres (2-1).

La pérdida de categoría estaba consumada, la imagen de Montillo mirando al suelo mientras posaba sus brazos en su cadera circuló en todos los medios deportivos del país y el equipo que con su juego maravilló a la Argentina por dos meses iba a jugar en la Primera Nacional a partir de la siguiente temporada. El hecho desató críticas contra el sistema de promedios ya que, gracias al sprint final de los últimos siete partidos, Tigre había finalizado en puestos de Copa Sudamericana que, debido a las reglamentaciones de Conmebol contra equipos de segunda división, no iba a poder jugar. Esto se potenció ya que, si Superliga hubiese optado por un sistema tradicional de cuatro descensos directos, el equipo de Victoria no hubiese perdido la categoría en ninguno de los tres años que contabilizaban los promedios ya que nunca había finalizado en los últimos cuatro puestos de la tabla general.

 

Descenso consumado y ¿Copa de la Superliga?

 

A raíz de las constantes reestructuraciones y modificaciones que sufrieron los torneos argentinos en la última década, hemos visto numerosos formatos utilizados tanto en la primera división como en las categorías de ascenso. Con el objetivo de reducir el torneo de 30 equipos al original de 20, eliminando dos clubes por temporada con un sistema de cuatro descensos y sólo dos ascensos, la cantidad de fechas de cada competición se fue reduciendo al punto en el que la Superliga 2018/2019 finalizó el 7 de abril.

Para los dueños de los derechos televisivos esto suponía un problema, ya que iban a tener tres meses sin programación hasta el inicio de la temporada 2019/2020 a fines de julio. Es por esto por lo que se decidió crear la Copa de la Superliga, un torneo en el que compiten los 26 equipos de primera división en duelos de eliminación directa con partidos de ida y vuelta. Los cruces se definían por la clasificación final de la Superliga y los primeros seis estaban automáticamente clasificados a octavos de final.

Debido a los 35 puntos que le permitieron finalizar en la 9° posición de la Superliga, Tigre quedó emparejado con Colón (24° con 23 puntos) aunque la principal pregunta era cómo iba a reaccionar el equipo ante el golpe anímico que significó el descenso y sin tener la presión de conseguir resultados para conseguirlos.

El partido de ida fue un empate sin goles en los que, de a tramos, fue doloroso de ver. La resolución iba a ser el domingo de Pascua en Victoria, partido en el que parecía que se terminaba la aventura del equipo en primera división luego de sufrir dos goles y la expulsión de Alexis Niz. Sin embargo, esta fue su primera epopeya en el camino a la gloria ya que sacó a relucir “los huevos de Tigre”, como diría el relator del partido Hernán Feller, al dar vuelta el partido con goles de Janson, Pérez Acuña y el Chino Luna para sellar su clasificación a octavos con un 3 a 2 en el global.

La siguiente parada era con el otro equipo de Santa Fe: Unión. Ese mismo Unión que le arrebató un empate en el José Dellagiovanna que, si Tigre hubiese ganado, podría haber significado los dos puntos que le faltaron para la salvación. Y, al igual que en esa ocasión, el Tatengue volvió a ser una piedra en el zapato para los dirigidos por Gorosito. El equipo aprovechó un tramo favorable del partido para ponerse en ventaja con goles de Mazzola y Pittón aunque el Chino Luna volvió a aparecer para poner el 1-2 y viajar al partido de vuelta con un déficit de un solo gol.

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La situación se tornó negra cuando Cuadra adelantó a Unión y, por más que no cambiaba los planes del partido (si los locales convertían Tigre seguía necesitando un mínimo de dos goles para forzar los penales), podía afectar el ánimo del equipo. Eso no pasó y el Matador mostró el temple que había forjado en las últimas fechas de la Superliga y, gracias a los goles de Gómez Andrade en contra, Montillo y Fede González, dio vuelta el resultado, se puso 4 a 3 arriba en el global y consiguió el pasaje a cuartos de final.

Como si de revivir deja vús se tratara, en la siguiente instancia apareció el otro club al que Tigre no había podido superar bajo la dirigencia de Pipo Gorosito: Racing. El flamante campeón de la Superliga volvía al José Dellagiovanna, pero esta vez el resultado iba a ser distinto. Los locales dominaron de principio a final el partido ante una Academia que no parecía la misma que había festejado en los vestuarios de Victoria hace menos de 45 días. Montillo picándosela a Arias en un mano a mano y Fede González, tras una gran jugada de Menossi, decretaron el 2 a 0 del ya denominado “Tigre de los milagros”, ventaja que debían defender en el Cilindro de Avellaneda en el partido de vuelta.

Al igual que con Unión, la ilusión parecía derrumbarse luego de que Lucas Orban (aplicando la ley del ex después de formar parte del plantel subcampeón de la Copa Sudamericana) y Lisandro López pusieran el 2 a 0 que igualaba la serie y, hasta el momento, forzaba la definición por penales. Como si eso fuese poco, el cansancio se convirtió en un factor determinante y Montillo y Alcoba terminaron siendo reemplazados después de sentir molestias físicas.

Cuando todo indicaba que los técnicos iban a tener que preparar las famosas listas en las que definen quién patea cada penal, apareció Matías Pérez Acuña -todavía no se sabe qué hacía el carrilero derecho en el área rival en el minuto 88- para conectar de volea un pase largo de Cachete Morales y reventarle el primer palo a Arias, que nada pudo hacer para contener la violencia de ese zapatazo. Con un festejo alocado en el banco y resistiendo como pudo en los últimos minutos, Tigre eliminaba al campeón del fútbol argentino y se metía entre los cuatro mejores del torneo.

Con la confianza por las nubes, el siguiente desafío era un Atlético Tucumán que venía de eliminar, nada más ni nada menos, que a River, vigente campeón de la Copa Libertadores. Como el elenco tucumano había finalizado la Superliga en una mejor posición que el Matador, el partido de ida se disputaba en el José Dellagiovanna, situación por la cual los hinchas prepararon una gran fiesta ya que se trataba del último partido como local en primera división. Los fuegos artificiales iluminaron la noche de Victoria, las cuatro tribunas estaban desbordadas luego de que la dirigencia decidiera habilitar la popular visitante para los hinchas y el aliento del público se vio reflejado en la actuación del equipo.

Baile, sandunga, goleada, humillación, paliza y tantos otros términos fueron utilizados para describir lo que ocurrió en esos 90 minutos. El Tigre de los milagros prácticamente se metía en la final de la Copa de la Superliga después de meterle cinco goles a un Atlético de Tucumán que solo fue de paseo a Victoria. Cavallaro por duplicado, Menossi, Morales y Colazo fueron los autores de las conquistas de los locales que, de no haber sido por las intervenciones de Luchetti, podrían haber sido más. Lo que resaltó de esta goleada es que en el once titular no estaban Alcoba, Rodríguez, Montillo y Prediger, todos ellos lesionados o con alguna molestia.

El partido de vuelta en Tucumán fue un trámite formal que cumplió el equipo para poder decir que estaba en la final del torneo, aunque igual se impusieron 1 a 0 con gol del uruguayo Silveira y la mayoría del equipo suplente para no arriesgar sin sentido a los titulares.

 

Una final rodeada de controversia

 

Con el pasaje al partido definitorio en Córdoba garantizado, en Victoria empezaron a aparecer dudas y enojos por la situación que rodeaba al equipo. En primer lugar, estaba el interrogante de quiénes se iban a quedar para afrontar la temporada siguiente en la Primera Nacional. Gorosito había puesto como condición que si el grueso del equipo renovaba, él se quedaba. Los jugadores trasladaban esa misma presión al técnico al afirmar que si él se quedaba, ellos se quedaban.

Mientras tanto, el resto de los clubes de la Superliga acechaban como buitres, ya que la situación de Tigre era totalmente distinta a la del resto de los equipos descendidos. Jugadores en un excelente nivel, algunos cuyos contratos finalizaban el 30 de junio de ese año y se podían marchar gratis y varios de menores de 30 años a los cuales les podían ofrecer salarios, torneos y comodidades que no iban a encontrar en la segunda categoría del fútbol argentino.

Por su parte, los fastidios llegaron gracias a la Conmebol. Como la Copa de la Superliga otorgaba un cupo en la Copa Libertadores al campeón y uno en la Copa Sudamericana al perdedor, técnicamente Tigre ya estaba adentro, por lo menos, de la Sudamericana por segunda vez, tras haber finalizado 9° en la Superliga. Pero desde el ente madre del fútbol sudamericano sostenían que, por su condición de descendido, en Victoria no iba a haber ningún partido internacional pese a que eso se contraponía con el logro por mérito deportivo que la propia organización establecía en su distribución de cupos a los torneos.

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Entonces, ¿en qué quedaron? El cuerpo técnico y los jugadores trataban de evitar esas preguntas ya que no tenían las respuestas necesarias, pero para los medios era inevitable hablar de ese tema. Lo cierto es que, por ironías del destino, Tigre tenía experiencia enfrentando a equipos de segunda división en torneos internacionales. Fue en la Libertadores de 2013 cuando compartió grupo con Palmeiras, que había descendido en el Brasileirao de 2012 pero que, por haber logrado la Copa de Brasil, se había ganado un lugar en la máxima competencia de clubes a nivel continental.

Después de un constante tira y afloje, Conmebol cedió y decidió permitirle al elenco de Victoria disputar la competición a la que clasificase como resultado de la final de la Copa de la Superliga. Sin embargo, para evitar tener este problema de nuevo, el ente decidió prohibir la participación de equipos que no se encuentren en la primera división de su país a partir de 2021.

Con ese tema resuelto, el plantel emprendió el viaje a Córdoba al igual que sus fanáticos que, en sus autos o a través de micros que contrataron el propio club, las peñas y privados que se ofrecieron a ayudar, recorrieron los 800 kilómetros que los separaban de la ilusión de conseguir la primera estrella de la institución. ¿El rival? El Boca de Alfaro que, pese a que no desplegaba un juego vistoso, conseguía resultados, concedía pocos goles y tenía un plantel plagado de estrellas.

Si uno lo analiza estrictamente desde lo táctico, ese debe haber sido el peor partido de Tigre en la Copa de la Superliga, ya que casi no tuvo la posesión, pudo haber sufrido una expulsión en los primeros minutos luego de una entrada de Montillo sobre Buffarini y tuvo a la suerte de su lado en varios remates de Benedetto.

Sin embargo, los partidos no se merecen, se ganan. Y mucho más las finales. El dominio de Boca no se trasladó al marcador y, a los 24 minutos, Fede González llegó hasta la línea de fondo, enganchó hacia el medio, amagó a tirar un centro y definió de zurda al primer palo de Andrada, que según lo que habían visto en el análisis de video siempre lo descuidaba, y anotó el 1 a 0 a favor del Matador. La tribuna se volvió loca pero el festejo adentro de la cancha fue mesurado ya que tanto jugadores como cuerpo técnico eran conscientes de que faltaba mucho y que la ventaja era mínima.

La celebración del segundo fue una historia distinta. Solo cinco minutos habían pasado del gol de Fede González para que Tigre aprovechara una contra rápida con un pase largo de Montillo que el propio González controló y de media vuelta le dejó servido el camino a Janson para que defina mano a mano frente a Andrada. Izquierdoz, que lo venía corriendo de atrás, lo tomó del hombro mientras se tiraba a barrer y Pitana no tuvo más remedio que cobrar penal en contra de Boca. Sin dudarlo, Janson agarró la pelota, soportó los silbidos de los hinchas xeneizes y remató fuerte al palo derecho del arquero para cambiar el penal por gol y poner el 2 a 0 definitivo. Los jugadores se soltaron un poco más en el festejo ya que, por más que faltaba una hora de partido, la ventaja era amplia y defendible al mismo tiempo.

Boca intentó por todos los medios descontar, pero, simplemente, no era su noche. Dos palos de Benedetto, incluido un mano a mano con Marinelli y dos atajadas importantes del arquero del Matador fueron suficientes para que Tigre consiguiera el primer título de su historia en primera división con la cuota histórica de conseguirlo habiendo descendido dos meses antes.

La celebración oficial, la entrega del trofeo, el festejo de frente a los hinchas que estaban ubicados en la popular, las miles de fotos de jugadores, cuerpo técnico, familiares y dirigentes con la copa, los gritos hasta bien entrada la madrugada en el hotel fueron parte de las miles de cosas con la que los seguidores del club soñaron por años y que el 2 de junio de 2019 se cumplieron.

Se podría decir que hasta es injusto para aquellos que alentaron al equipo toda su vida y no pudieron verlo campeón o incluso jugar una competencia internacional. También se podría decir que es injusto para algunos ídolos que dejaron la vida por la camiseta y nunca sabrán cuánto pesa el trofeo. También con jugadores que fueron parte importante de la historia reciente de la institución como Diego Castaño, Daniel Islas, Sebastián Rusculleda o el Chimi Blengio, quien lo vivió como parte del staff de entrenadores de las categorías juveniles pero no yendo a trabar o cortando una ocasión clara de gol como en sus mejores días. Ni siquiera con los que formaron parte de los planteles subcampeones del Apertura 2007, 2008, 2012 y de la Copa Sudamericana de ese mismo año.

Pero esta consagración sí fue justa con otros. Con quienes llegaron al club para ayudarlo en una situación extremadamente delicada, con los hinchas que colmaron el José Dellagiovanna en momentos donde el equipo transmitía poco adentro de la cancha y, sobre todo, con los dos máximos ídolos vigentes, y de la historia cuando se retiren, del club: el Pato Galmarini, el jugador que más veces vistió la camiseta de Tigre, y el Chino Luna, el segundo máximo anotador del club hasta el momento de la redacción de esta nota.

Con ellos sí fue justa y por eso el 2 de junio de 2019 se mantendrá como una fecha inolvidable para todos los seguidores del Club Atlético Tigre.

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Facundo Osa
¡Buenas gente! Soy Facundo Osa, tengo 20 años y me gusta escribir de todo un poco. Últimamente estoy en una parte más polideportiva de mi escritura ya que me alejé del fútbol porque dejó de atraparme como antes. Así que ya saben, cada vez que vean alguna nota que sea de algún deporte que no frecuentamos tanto en la página, seguro sea mía jajajaja. Ya que están, síganme en Twitter (@FacuOsa) si no se quieren perder de nada del mundo polideportivo (especialmente rugby, básquet y automovilismo).

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