jueves, 28 mayo, 2020
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El final es incierto. Una frase sencilla, de pocas y cortas palabras, pero que esconde mucho en su interior. Cada final, por muy definitivo que sea, puede ser la llave para un nuevo comienzo. Pero, además, puede no ser todo lo que parece. No estar escrito. O, simplemente, ser indescriptible. A veces irrepetible. Y en muchas ocasiones impredecible.

Y esto es así. Todas las situaciones tienen un final, y nunca sabemos cuándo ese punto y aparte llegará -si es que nos damos cuenta cuando así lo haga. Pero no saber cómo será, ni qué resultado quedará cuando todo pase, genera muchas incertidumbres, mucha tensión, mucho nerviosismo. Algo, por cierto, que se puede aplicar a todo. Al encierro colectivo al que estamos asistiendo, convirtiendo nuestras ventanas en barrotes al “mundo real”, si es que eso sigue existiendo. Al desesperado sufrimiento de todos aquellos que se ven afectados por el mismo, de cualquier manera y forma. Y al deporte, al que queremos en muchas ocasiones desde la distancia pero no podemos vivir sin él.

El final del deporte, esta temporada, es muy incierto. Al igual que lo fue en 1978, en la Bundesliga, cuando el mayor récord de la historia de Alemania se quedó a un portazo de alcanzar la máxima gloria nacional. Por ello, hoy viajaremos en el tiempo al mes de abril de aquel año, desempolvaremos la mejor de las melenas que tengamos en el armario y viviremos uno de los finales más apoteósicos que ha tenido una Liga en la historia del fútbol. La demostración de que, muchas veces, hacer la mayor de las heroicidades no sirve para nada.

 

 

¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

El 1 de abril de 1978 el Borussia Mönchengladbach había logrado vencer en Sarrebruck por 0 a 1 con un gol en la segunda mitad de su ídolo y estrella, Jupp Heynckes. De esta manera, se pudieron aprovechar de la derrota por la mínima que el FC Köln sufrió ante el FC Frankfurt, y se colocaron, a falta de tres jornadas, empatados en lo alto de la clasificación. Con 42 puntos tras 31 partidos, el Gladbach había logrado algo que llevaba persiguiendo mucho tiempo. Alcanzar a uno de sus máximos rivales.

Desde 1974 hasta 1977 “Die Fohlen” se habían proclamado campeones de la Bundesliga de manera consecutiva, haciendo todo lo que se disputaba en Alemania como propio. Todo lo que había en el equipo estaba preparado para arrasar. Las mortíferas internadas en el área de Jupp Heynckes, el histórico talento de Allan Simonsen -que fue Balón de Oro en el 77-, las decisiones técnicas de Udo Lattek, la impasiva seguridad de Kleff y las promesas de Del’Haye. Así habían dominado el país teutón durante tres años y así esperaban hacer esa temporada. La que sería la última campaña del mejor jugador de su historia, Josef “Jupp” Heynckes.

Pero las cosas no comenzaron como les hubiera gustado. Tras los ocho primeros partidos la posición 12º era en la que se hallaban, con siete puntos de 16 posibles. El Colonia, que había acabado las últimas dos temporadas en el 4º lugar, encabezaba la clasificación con cuatro victorias y tres empates. Le sacaba cuatro puntos al Borussia, que no sabía cómo habían podido empezar tan mal la temporada. El resto del año fueron sacando puntos a sus rivales, y acabaron llegando al término de la jornada 31 con 42 puntos en su haber, y una diferencia de 12 goles entre los dos equipos. Y sólo había una opción: apostar a tu caballo ganador, y esperar que el rival se acabase quedando por el camino.

Así fue como “Los Potros” consiguieron endosarle un 2-1 al Schalke en la siguiente jornada, y un 2-6 al Hamburgo en su hogar. Un esfuerzo, de todas formas, insuficiente. Esos cinco goles que habían conseguido acortar se habían visto empequeñecidos por las sendas victorias del Köln 0-1 y 2-1 ante el Düsseldorf y el Stuttgart. La distancia de goles previa a la última jornada había quedado reducida a 10. 10 goles que el Gladbach tenía que lograr superar en tan sólo 90 minutos, ante el tercer clasificado -el Borussia Dortmund-, mientras el “débil” y colista Sankt Pauli recibía a los de Colonia. Una derrota de estos últimos parecía imposible, así que tocaba volver a superarse, volver a esforzarse. Era el turno de la historia.

 

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Los 12 goles que no efectuaron el milagro

El número 12 es un número místico. Casi sagrado. 12 son los dioses del Olimpo, 12 son los apóstoles que tuvo Jesús, 12 son los meses por los que pasamos cada año, y 12 es el número mágico que se da a los aficionados por su importancia. Más aún, es la única camiseta retirada en la historia del Gladbach. Y 12 es la mayor diferencia de goles que se ha conseguido en la historia de la Bundesliga. Un logro que pertenece a ellos. Pero que no les sirvió de nada.

Los 10 tantos que tenían que convertir ante uno de sus eternos enemigos -en la región en la que se encuentran hay cuatro grandes del fútbol alemán- fueron el tópico más discutido de el país germano aquella semana. Al igual que el fácil encuentro que iban a disputar sus rivales en la pelea por el título. Todo aquello ocupó páginas, franjas, micrófonos… de todos los medios alemanes. Y hubo muchas polémicas por el medio.

Para comenzar, el que fue el portero titular aquel día por parte del Dortmund, Peter Endrulat, supo la mañana del partido que su contrato con BVB no sería extendido, suponiendo esto que el encuentro ante el Gladbach sería su último partido defendiendo a los de Dortmund. La opción lógica, por tanto, era que no disputase ese partido. Pero su supuesto portero titular, Horst Bertram, estaba lesionado desde hacía semanas, y no había otra opción en la plantilla. Había llegado dos años antes y sólo había jugado cinco partidos con ellos. Y cuando el descanso llegó, ya llevaba seis goles encajados. Pidió no ser sustituído, y acabó recibiendo seis más. Sobre aquel partido, llegó a decir un tiempo después:

“No ser sustituído fue la peor decisión posible. Si lo hubiera hecho, Bertram habría recibido al menos los otros 6. La gente no recuerda que en realidad salvé muchos más disparos de los que acabaron en gol; bueno, al menos salvé a los que era posible llegar.”

También se llegó a rumorear que el Borussia prefería que fuera el Gladbach quien se llevara el título antes que el Colonia, aunque con ambos es un rival encarnizado y ferviente. Y, para acabar de aderezar el partido con expectación y esperanzas, Jupp Heynckes adelantó en el desayuno de aquel 29 de abril que había más posibilidades de que ellos convirtieran una docena de goles a que el Colonia perdiera en Hamburgo -donde se halla el St. Pauli-. Lo que acabó sucediendo.

Tras anotar goles en los minutos 1, 12, 13, 22, 32, 38, 59, 61, 66, 77, 87 y 90, con cinco tantos de Heynckes, dos de Nielsen y Del’Haye y uno de Wiemmer, Lienen y Kulik, todo su esfuerzo había acabado siendo insuficiente. El Colonia había vencido 5 a 0, conquistando el título de la Bundesliga con tan “solo” tres goles de diferencia. Habían tocado el milagro con los dedos, y se les había acabado escapando. 

 

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Las consecuencias de un resultado infructuoso

Como anécdotas de aquel encuentro queda que el Dortmund no realizó ningún cambio, pues ningún jugador quería entrar a jugar para ser parte de aquella humillación, y el gesto que Lattek realizó a sus jugadores tras el gol de Del’Haye en el minuto 66. Iban 9 a 0, y querían saber cuántos goles más necesitaban. El Colonia se encontraba en ese momento 2 a 0, con lo cual tres tantos era lo que le faltaba al Gladbach para obrar lo imposible. Y él hizo el gesto con la mano, a la manera alemana -quien haya visto Inglorious Basterds me entenderá. Y aunque cumplieron con la petición de su técnico -Jupp Heynckes le dijo que “estaba loco”-, se quedaron cortos.

Al día siguiente Otto Rehhagel, entrenador del Borussia Dortmund, fue relegado de su cargo, y tanto el cielo como los infiernos se echaron encima suya. Lo mismo que sufrió Peter Endrulat, enviado al Tennis Borussia Berlin de Segunda División. Y, como cabía esperar, las sospechas de amaño comenzaron a asomar por todas partes, pero dado que los jugadores no realizaron adquisiciones engañosas con el posible dinero del partido y que, en realidad, lo que pasó fue que se “rindieron”, la federación alemana decidió no presentar cargos. 

Eso sí, el fútbol y sus caminos acabaron haciendo justicia. Todos los miembros de la plantilla del Dortmund fueron sancionados por su propio club con una multa que oscilaba entre 2000 y 2500 marcos alemanes, entre 1000 y 1300 euros -sin contar con la inflación-. Es decir, mucho dinero. Y para muchos de los que habían sido partícipes del desastre aquella fue su última experiencia en un equipo de la Bundesliga, acabando en la 2. Bundesliga o en otras ligas de Europa. O retirándose en el club uno o dos años después.

Aquel día, que es uno de los más largos, espectaculares, mágicos y misteriosos de la historia del fútbol alemán, y casi que del fútbol europeo, la historia apareció para ser protagonista, para azotar todo lo que estaba sucediendo, y para dejarlo todo, tal y como estaba. Sin importar que la mayor de las hazañas se hubiera producido.

 

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Fuentes: Die Welt, Footballdatabase.eu, These Football Times, Westdeutsche Zeitung.

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Andrés Weiss
En el 2004 el baloncesto me abrió las puertas de la imaginación, y Manu Ginóbili fue quien se encargó de que nunca más se volvieran a cerrar. La velocidad con la que mis dedos teclean historias nunca ha menguado, y la pasión de revivir relatos de sudor y sacrificio es la motivación mas grande que mueve mi redacción. Soy alemán, español y gallego, sin orden, y desde 2012 vivo ligado al traqueteo de las teclas de mi ordenador.

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