domingo, 11 abril, 2021
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El escritor francés Víctor Hugo dijo una vez que “no hay nada más poderoso que una idea a la que le ha llegado su tiempo”. Como en todos los estamentos de la vida, y pese a lo que comúnmente afirman algunos charlatanes de feria, las ideas no ocurren por generación espontánea. No entra en juego ninguna dinámica de lo impensado. Una idea no es más que una posible solución a la que arribamos después de habernos equivocado varias veces. Para llegar a ella pusimos en marcha un proceso cognitivo que no ocurre por inspiración, sino por un trabajo metódico y repetitivo. 

Pero, cuidado. Método y repetición no quieren decir “en serie”. Cuando nos asombramos de la capacidad de tal o cual jugador para resolver una situación que parecía imposible, no solo hay una cuota (muy necesaria) de talento, también hay una experiencia previa que influye en ese resultado. Si Messi realiza una finta endiablada o una definición que desafía la lógica, no se trata (solamente) de una iluminación divina. Allí hay trabajo. Allí hay errores previos. Allí hay una historia.

Ahora bien, por muy buena que sea una idea, a veces simplemente no funciona porque, como decía Víctor Hugo, todavía no le ha llegado su tiempo. Quizás, el partido que mejor ejemplifique esto último sea la final del Mundial de Clubes 2009 entre el Barcelona y Estudiantes de La Plata.

En los 157 días que pasaron desde que el pincha conquistó la Copa Libertadores hasta el último entrenamiento previo al encuentro contra los catalanes, Alejandro Sabella dedicó al menos una hora de cada sesión para preparar la táctica y estrategia que utilizarían frente al Barca. Durante 157 días el equipo platense probó las mil y una variables posibles para jugarle al que (casi) todos consideran el mejor equipo de las primeras décadas del siglo XXI. Casi seis meses ensayando, modificando, desechando y volviendo a crear. Casi seis meses pensando en solo en 90 minutos

Desde el principio, y así lo tenia claro Sabella, Estudiantes no podía entrar en el golpe por golpe porque los españoles no solo poseían una calidad individual superior, sino que, al jugar constantemente a un primer toque, su desgaste físico sería muchísimo menor. Con solo los laterales haciendo uso constante de su velocidad crucero, el resto de los jugadores del Barcelona conseguía llegar al área rival sin apenas transpirar y, si acaso perdían la pelota, podían presionar en la salida contra rivales mucho más cansados.

El arduo trabajo de laboratorio finalmente dio sus frutos y Sir Alex encontró la fórmula que parecía más adecuada para enfrentar tamaño partido. Una línea de cinco con tres centrales bien definidos, dos laterales un poco más adelantados, un mediocampo con un doble cinco y volantes que pudieran cerrarse y Mauro Boselli bien pegado a Gerard Piqué para que este, siendo el central de mejor pie en Barcelona, no pudiera iniciar las jugadas de ataque con cambios de frente de 70 metros. La clave estaba en nunca quedar en inferioridad numérica en ningún sector del campo y, sobre todo, evitar que Messi rompiera la línea de tres desde la banda hacia el centro.

Obviamente, un plan así exige un gran despliegue físico, pero también un nivel de concentración propio de un francotirador de SWAT (Desábato declaró años más tarde que nunca volvió a mirar el partido porque no le hacía falta. Se acordaba de todo). Estudiantes contaría con pocas oportunidades claras de gol durante los 90 minutos y, si quería lograr la hazaña, no podía perdonar a su rival. 

Pocas veces un equipo que se sabía en inferioridad de condiciones ejecutó tan bien un plan previamente diseñado. Aunque los muchachos de Guardiola tuvieron la pelota durante la mayor parte del encuentro, realmente no supieron qué hacer con ella. Si el Barcelona jugaba a la manera que tocaban los Beatles, ese día los españoles parecían solo una correcta banda tributo. Una mera fotocopia de lo que podían ser. En cambio, Estudiantes jugó como si fuera AC/DC. Simple, directo, efectivo y repitiendo la misma fórmula, una y otra vez. 

El talento del rival y la incapacidad de poder mantener el ritmo frenético durante los 90 minutos hicieron que los argentinos se queden a las puertas de la gloria. A pesar de esto, y pese a que su rival era un equipo que marcó una época en el futbol moderno, en el aire quedó la sensación de que ese partido casi perfecto del Pincha debería haber terminado de manera distinta. 

Quizás al hincha le sirva de consuelo saber que, al siguiente año, el Inter de Mourinho aplicaría la misma estrategia para eliminar a los catalanes en su camino a conquistar la Champions League. Porque ese es el verdadero poder de una idea. Trascender. 

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Juan Manuel D´Angelo
Changarín de la palabra, termo de la A-League. Una vez me insultó toda la comunidad croata de Melbourne.

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