jueves, 28 mayo, 2020
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Todo monarca debe, en algún momento de su trayectoria, abdicar, ceder su trono. Todos los hombres son mortales y efímeros y, por tal razón, una generación debe darle lugar a otra más joven. El 1º de octubre del 2013 -y pese a una lucha sin trincheras contra su cuerpo- el Rey David decidiría ponerle fin a su majestuoso reinado. Aquel fue un día muy triste para todo el tenis argentino.

Nalbandián ya se había dado cuenta hacía rato, pero no quería admitirlo públicamente. Su hombro lo no le dejaba realizar con éxito el deporte que tanto amaba: lo maltrataba, le recordaba a cada rato que ya no era un pibe de 18 años, sino un hombre de 31, aunque con las batallas de uno de más de 50. Por eso dijo basta. Todo el mundo del tenis lo lamentó, pero a su vez pudo darle el adiós de la manera que se lo merecía: recordando lo mejor que le dio a la raqueta. Porque más allá de sus desavenencias, envidas, enojos y alguna que otra palabra de más, el hombre de Unquillo (Córdoba) dejó tras de sí una enorme carrera. 

Nacido un 1 de enero de 1982, se enamoró de la pelotita amarilla a los cinco años y nunca más largó las canchas de polvo de ladrillo (o las que se le vinieran después). Su talento comenzó a manifestarse desde muy temprana edad, siendo uno de los mejores de la Argentina a nivel juvenil, al punto de comenzar desde adolescente a competir a nivel mundial. Allí dio sus primeros grandes golpes: sería campeón del US Open junior en 1998, al derrotar a Roger Federer, y de Wimbledon en 1999, en dobles junto a Guillermo Coria. Esa temporada finalizaría tercero en singles y sexto en dobles, lo que le daría dar el salto al profesionalismo un año más tarde. 

Su paso entre los mayores fue vertiginoso, logrando entrar al top-50 en el 2001 y para la campaña siguiente ya era el mejor argentino y sudamericano, además de haber alcanzado la final de Wimbledon, algo inédito para un tenista de estas pampas, siendo el primero -y por ahora único- que logró llegar a una final en la Catedral. Su derecha y su revés a dos manos eran algo ya admirados y sus golpes dejaban atónitos a las multitudes que se agolpaban para ver a este pequeño prodigio cordobés.  

En el 2003 daría otro salto de calidad al terminar entre los 10 primeros del ranking junto a otro monstruo como lo era el Mago Coria. Era el momento dorado de la Legión Argentina, donde también se destacaban Gastón Gaudio, José Acasuso, Juan Ignacio Chela, Martin Vasallo Arguello, Agustín Calleri, Mariano Puerta, Lucas Arnold y Guillermo Cañas, entre otros, que volvían a lanzar al país al ámbito internacional tras una década (la de los 90´) en donde los albicelestes dejaron de figurar en los grandes torneos.  

Su ascenso no se detuvo en aquellos años y, de tanto luchar, lograría quedar tercero del ranking ATP, un ahora recordado 20 de marzo del 2006. Aun así, todos esperaban que el Rey David diera ese salto final hacia el número uno, para de alguna manera poder vengar a Guillermo Vilas, el “uno que no fue” por culpa de una mala suma de puntos. Pero, para desgracia de sus admiradores –e incluso de sus detractores- ese nunca fue el objetivo final del unquillense. Él solo se dedicó a jugar, a pasarla bien, e incluso a tomarse sus merecidos descansos, cuando otros solo pensaban en seguir entrenando, poniéndose presiones que el argentino, sin dudas, no sentía.  

Tan cierta es esta historia que todos conocen lo que ocurrió en aquel Masters del 2005: Nalbandián no estaba clasificado para jugar en el torneo que disputaban los ocho mejores de la temporada en China, pero lo llamaron para ir como reserva…mientras él estaba pescando con sus amigos. Después de un momento de duda decidió ir a Asia a ver qué pasaba, total no habría nada para perder. Y lo que pasó fue que Andy Roddick se lesionó, David aprovechó esta circunstancia y, sin querer queriendo, fue superando a varios rivales (Coria, Ljubicic y Davydenko) para arribar a la gran final, teniendo que medirse ante el enorme Federer. Encima, todo lo bueno que había vivido en aquellos días parecía ir llegando a su final luego de haber perdido por 6-7 los dos primeros sets. Sin embargo, y ante el asombro del público, logró recomponerse, dar vuelta el encuentro –barriendo al suizo con un 6-2 y 6-1 en las siguientes mangas y luchando en la última hasta llevárselo por 7-6- y festejar de esta forma el título más importante de su trayectoria, siendo, quizás, una de las hazañas más grandes que haya vivido el deporte, comparable quizás a la gesta de Dinamarca en la Eurocopa de fútbol de Suecia en 1992´. “Estaba montando la bolsa para pescar. Era un viernes y el lunes nos íbamos de pesca. Yo estaba de suplente y no quería ir a China de suplente, porque el viaje es durísimo, es la única época donde puedes descansar, e ir de suplente es no descansar y tampoco poder preparar la pretemporada. Y me dijeron desde la ATP que Roddick se iba a bajar y para allá nos fuimos. Una locura” diría sobre aquel torneo en Punto de Break

El Masters fue uno de los 11 trofeos que terminarían siendo guardados en la estantería del Rey David, aunque lo mejor de su trayectoria se vería en otro certamen.

La debilidad del Rey 

Nalbandián tuvo la dicha de llegar lejos en varios Grand Slams (además de la final en Wimbledon alcanzó las semis en los otros tres grandes), haber ganado dos ATP Masters 1000 (Madrid y Paris 2007) e incluso darse el gusto de vencer a los tres primeros del ranking en la misma semana (Nadal, Djokovic y Federer en el torneo en la capital española), pero nada le fue más satisfactorio, y a la vez esquivo, que la Copa Davis. Ese fue el frente al que el Rey intentó atacar con todas sus fuerzas. Consiguió ganar varias batallas, pero la guerra terminaría siendo infructuosa. 

Su primer partido en la máxima competencia de selecciones fue épico: en el 2002, en las semifinales, el equipo albiceleste viajó a Rusia para enfrentarse con una potencia de la época. Nalbandián daba sus primeros pasos en el circuito y por eso su debut fue en el dobles, otra de sus especialidades. Y allí, en el Palacio Luzhniki de Moscú, se enfrentó (haciendo pareja con Lucas Arnold) ante Yevgeny Kafelnikov y Marat Safin. El resultado fue impresionante: 6-4, 6-4, 5-7, 3-6, 19-17, en más de cinco horas de juego. Primer partido y primera victoria para él. Era una premonición. 

En la Davis obtendría algunas victorias memorables, como ante Nicolay Davydenko, Lleyton Hewitt, Robin SoderlingMarin CilicIvan Ljubicic, Marat Safin, David Ferrer, entre otros. Al final de su trayectoria se podían contabilizar 26 series con un total de 39 triunfos y apenas 11 derrotas. Sin embargo, siempre le fue esquiva la competencia, a veces por el rival y a veces por los boicots internos, como sucedió en la final del 2008 ante España. Pero si hay algo que nunca entró en discusión fueron sus ganas de querer levantar esa Copa. Era capaz de dejar de lado el circuito con tal de prepararse bien para las series. Incluso ha llegado a salir con lesiones a la cancha. Pero siempre lo dejó todo, derrochando talento y dejando extasiados a los que veíamos sus hazañas tanto en los distintos estadios del mundo o por televisión. La Davis llegaría recién en el 2016, gracias al innegable aporte de Juan Martín del Potro, el heredero de la Legión. Pero el Rey mereció, por magia, espíritu y perseverancia, levantar, aunque sea una vez, a su amada Ensaladera.  

Aquellos que tuvimos la posibilidad de verlo en acción siempre lo recordaremos por todo lo que le dio al tenis argentino. Quizás no fue tan ganador como Vilas, Clerc o el propio del Potro, quizás su propio desinterés no le permitió quedarse más tiempo entre los jugadores top, donde sigue siendo recordado por jugadores de la talla de Federer o Nadal. Quizás sus propios enojos y su ego no le permitieran una exitosa alianza con la Torre de Tandil. Pero nadie podrá negar que el Rey pasó y se quedó con el corazón de sus feligreses. En el 2013 se bajó del trono –para dedicarse a otra de sus pasiones como lo es el automovilismo-, pero para muchos seguirá siempre en lo más alto. Entre ellos me incluyo. ¡Larga vida al rey! 

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Juan Pablo Gatti
Me estaba por retirar del periodismo -no iba a ser una gran pérdida la verdad- pero TLB apareció para salvarme la vida. Escritor de corazón, podcastero amateur y contador de historias por vocación. Orgulloso del equipo que supimos formar y deseoso por seguir creciendo en este mundo tan competitivo.

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