domingo, 20 septiembre, 2020
Banner Top

El fútbol contemporáneo nos ha ido ofreciendo progresivamente, pero sin detenerse, numerosas modificaciones en prácticamente todos los ámbitos que rodean a este deporte. Estudios pormenorizados del rendimiento físico de cada jugador, bases de datos inmensas para analizar cada detalle del juego tanto a nivel grupal como individual, nuevas reglas como la más reciente y polémica instalación del vídeo-arbitraje (VAR). Y, por supuesto, nuevas e imaginativas vías de aumentar los recursos económicos que cada vez marcan más diferencias entre el fútbol de élite y el fútbol modesto.

Y precisamente en este punto entraron los nuevos grandes equipos del panorama europeo, engordados por inversores que vuelcan sobre ellos tanto proyectos deportivos como nuevas formas de publicitarse y extenderse por el mundo. Los principales protagonistas son el Chelsea de Roman Abramovich, el Manchester City de Mansour o el Paris Saint-Germain de Nasser Al-Khelaïfi. Han remodelado las instalaciones, modernizado la gestión y construido plantillas cargadas de talento y sueldos elevados. Sin embargo, hay algo que no han podido cambiar, probablemente por ser lo más difícil de alcanzar, por mucho petróleo que se venda. La hegemonía de los gigantes europeos, grabada a fuego en los nombres de Real Madrid, Juventus de Turin, FC Barcelona o Bayern de Münich, requiere de otras muchas cosas. Historia, victorias y derrotas, la identificación de leyendas del fútbol con sus escudos, aficiones orgullosas. Y otros muchos intangibles difíciles de explicar.

Y en esas anda el Paris Saint-Germain de Thomas Tuchel. El verano del año 2017 realizó el dispendio más grueso que se recuerda en un mercado estival pagando más de 400 millones de euros por Neymar Junior y Kylian Mbappé para que fueran las dos torres que le facilitaran alcanzar la cima del fútbol mundial.

Sin embargo, durante este tiempo, más allá de su esperable dominio en competición nacional, nunca han llegado a estar completamente satisfechos. Porque sabían, y saben, dónde está el verdadero escaparate que conquistar para ser considerado un grande. La UEFA Champions League, así como la antigua Copa de Europa, viene señalando y separando desde hace años a aquellos elegidos que la conocen y disfrutan y a otros que nunca terminan de comprender sus códigos, y van cayendo a sus pies una y otra vez. Es el trofeo más deseado porque, directamente, te coloca en otra dimensión. Y por fin, en esta edición 2019-2020 tan marcada por las circunstancias, ha logrado alcanzar el último escalón en esta gran final ante un rival al que seguro envidia precisamente por su diferente forma de sentirla. El Bayern de Münich, por el contrario, ya ha cenado muchas veces en esta mesa.

También puedes leer:   Fidel Voglino, un coleccionista rojinegro

El favoritismo, de hecho, es para el conjunto alemán. El bloque que ha formado Hans-Dieter Flick en pocos meses funciona con naturalidad y contundencia, como si llevaran jugando así desde hace varias temporadas. Quieren ser los dueños del partido y dominar cada una de sus fases, destacando la fluidez que le dan a cada posesión, la verticalidad de sus feroces atacantes y la inmediata presión tras pérdida que les facilita tener continuidad en el juego. Además, copa el esquema 4-2-3-1 que su técnico dibujó con jugadores preparados mentalmente para ser líderes de un equipo campeón, que aúnan experiencia y calidad para dominar esta competición, y que ya lo han demostrado pasando por encima de Chelsea, FC Barcelona y Olympique Lyonnais. Kimmich y Thiago para domar la pelota y llevar el ritmo del partido, Gnabry para acelerar, Perisic para golpear y Lewandowski para intimidar. Y, claro, Thomas Müller. Un futbolista hecho para ganar que ha vuelto esta temporada para volver a desplegar toda su grandeza.

En París, sin embargo, tienen a donde agarrarse. Carecen de la experiencia en estas lides y del palmarés a su espalda del que puede presumir el Bayern, pero los síntomas de competitividad y callo que ha venido demostrando en las últimas eliminatorias le acercan a esa sensación de poder equilibrar la balanza. Sobre esta nueva y valiosa adquisición y sobre sus diferenciales piezas debe consolidar su plan. Neymar se encuentra, por supuesto, en el centro de ese plan. Está ante la oportunidad que buscó aquel verano del 2017 de liderar un equipo que pudiera dominar el continente.

Su evolución a un futbolista cada vez más global, sin perder un ápice de determinación a nivel de asistencias y goles, le ha permitido coger el cetro y poder dirigir las operaciones. Intervendrá desde el inicio de la jugada a la aceleración y hasta el remate final. Un remate que se le está escapando por centímetros en cuartos de final y semifinales como dándole a entender que, en el momento definitivo, la pelota sí besará la red.

También puedes leer:   Hungría 1952, aprender a ganar después de la guerra

El brasileño no estará solo en estos 90 minutos, y podrá disponer de tres pilares sobre los que apoyar su extraordinario talento. Mbappé tendrá que castigar la dubitativa espalda de la defensa bávara, Di María será un apoyo fundamental en la pelea del centro del campo y Marquinhos… El central brasileño se enfrenta al mayor reto de su carrera. El rodillo que supone su rival en tres cuartos de campo lo colocan en el epicentro de un terremoto, de tal forma que solo sobreviviendo a tal torbellino podrá dar la oportunidad a Neymar para decidir si la Orejona vuelve a Múnich o se acerca por primera vez a conocer a la emblemática Torre Eiffel.

 

Tags: , , ,
Avatar

Related Article

0 Comments

Leave a Comment

The BreakerLetter

¡Ya salió la The Lines 13!

Consíguela haciendo clic aquí

Wing, el espíritu del fútbol

Mis Marcadores

Nuestras Redes

INSTAGRAM

Archivo