lunes, 23 septiembre, 2019
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Había una vez un niño nacido en la hermosa Funchal, la capital de la isla de Madeira, una región autónoma de Portugal que queda más cerca de Marruecos que de la propia tierra lusa. Allí, rodeado de casas y el basto Océano Atlántico, al joven Cristiano Ronaldo dos Santos Aveiro solo se le venía una cosa a la cabeza cada vez que despertaba: el fútbol. Su amor por el deporte rey nació casi al mismo momento que él y desde que comenzó a patear balones tuvo en mente lo que quería ser de grande: futbolista, pero el mejor, no uno más. Es por ello que, al cumplir los 14 años de edad, decidió dar un salto de fe para lanzarse a lo desconocido, tomando sus valijas y marchándose a la enorme Lisboa para intentar cumplir su sueño. Ya lo tenía claro: si bien estaba rodeado de belleza, si no salía de su zona de confort lo tendría difícil para que los ojeadores lo pudieran ver.

Estando en el Clube Desportivo Nacional (una de las instituciones más fuertes de Madeira y que ha llegado a disputar varias veces la Europa League en este siglo) decidió probar suerte en el Clube Sporting de Portugal, uno de los pesos pesado del país y en el cual quedó luego de una prueba que duró tres días que parecieron mil. La alegría era enorme para el adolescente Cristiano, dado que no solo estaba dando un verdadero salto en su carrera -sabiendo que, además, de progresar en el Sporting podría ayudar a su pobre familia- sino que había conseguido entrar a la institución donde había comenzado a maravillar un tal Luis Figo, su ídolo de la infancia y aquel ser en el que se veía reflejado. Ronaldo quería ser como Figo y que mejor forma de demostrarlo que comenzando en el mismo equipo.

Pero no todo fue color de rosas para Ronaldo: unos meses después de superar la prueba para ingresar al conjunto lisboeta le detectaron un problema en el corazón que ponía en riesgo su trayectoria. Fue el momento más duro de estos primigenios años, ya que el problema no era jugar o no en un gran club, sino darse cuenta de que podría llegar a dejar incluso los botines, algo que sin dudas no quería hacer dado que el fútbol era su todo. El club se puso en contacto con su madre para ver si le realizaban una operación de corazón -con el riesgo que siempre conllevan- o no, lo cuál también determinaría si Ronaldo podría seguir jugando o debería retirarse. Dolores dos Santos decidió optar por la vía más valiente e incierta, sabiendo lo que le dolería a su hijo el tener que abandonar lo que más amaba. Y al final todo salió bien: la operación terminaría siendo más sencilla de lo esperado y al poco tiempo el ya más fuerte Cristiano podía volver a entrenar y, sobre todo, sentir al balón marcharse y volver a sus pies, como esa amada que se hace rogar pero que al final siempre llega.

La progresión del joven luso fue espectacular: su mágica y potente pegada, unida a su endiablado dribbling, su velocidad supersónica, su precisión quirúrgica y su hambre insaciable lo hicieron llegar al primer equipo en la temporada 2002-2003, donde disputaría nada menos que 31 partidos contando todas las competiciones. Esto hizo que Sir Alex Ferguson no lo dudara ni un segundo cuando le dijeron “compra a ese chico”. El escocés siempre tuvo un buen ojo para las jóvenes promesas y CR7 no lo defraudaría (ya le había demostrado en un amistoso que era capaz de dejar en ridículo a cualquiera, incluso a los propios jugadores del Manchester), marcando una era con los Reds en donde ganaría, entre otras cosas, tres Premier Leagues y la Champions League de la campaña 2007-2008. Y todo habiendo sido nada menos que el heredero de la mítica casaca número 7, aquella que dejaba el Spice Boy David Beckham.

Pero quizás el momento que más lo marcó durante sus primeros años en el mundo grande del fútbol fue perder la Eurocopa del 2004 en casa. Allí había logrado ganarse un lugar junto a su adorado Figo, aunque también esa selección contaba con nombres de la talla de Deco, Ricardo Carvalho, Maniche, Costinha, Rui Costa, Nuno Gomes o Pauleta, entre tantos otros. El de Funchal había convertido el primer tanto de Portugal en aquel torneo (en la caída por 1-2 ante Grecia) y luego ayudaría a los suyos a eliminar a los Países Bajos en semifinales. Eran, sin duda, los grandes favoritos en la definición, donde tendrían que volver a verle las caras a esos malditos piratas griegos. Pero estos, en vez de amedrentarse, se agigantaron y terminaron robándole el premio mayor a aquella enorme generación, una que se terminaría marchando sin poder conseguir ningún torneo grande.

Para Cristiano esta decepción solo lo volvería más fuerte y le demostraría que, para superar a los demás, primero debía vencerse a si mismo. Y lo consiguió a base de entrenamientos titánicos (siempre quedándose fuera de hora) y de ponerse objetivos a vencer, incluso si ello conllevaba tener que derrotar a un tal Lionel Messi. Pero si algo define la carrera de CR7 es su enorme mentalidad, la cuál es más fuerte que cualquier atributo físico o técnico que pueda tener. Esa perseverancia lo llevó a ganar infinidad de títulos (a nivel equipo y personales, como los cinco Balones de Oro y los dos The Best de la FIFA, incluso teniendo revancha en la Euro del 2016), pero, sobre todo, lo dejó en el lugar en el que siempre quiso estar: allí arriba, junto a los mejores. El puesto ya lo podrá cada uno -porque es muy subjetivo- aunque Cristiano Ronaldo siempre pensará que ha sido el mejor. Y si no lo fue por lo menos lo habrá intentado hasta el final de su carrera. A su yo de 14 años le podrá decir, orgullosamente, que lo han hecho, porque nunca dejaron de creer.

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Juan Pablo Gatti
Me estaba por retirar del periodismo -no iba a ser una gran pérdida la verdad- pero TLB apareció para salvarme la vida. Escritor de corazón, podcastero amateur y contador de historias por vocación. Orgulloso del equipo que supimos formar y deseoso por seguir creciendo en este mundo tan competitivo.

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