lunes, 10 junio, 2019
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Oceanía es un continente que pareciera quedar en los confines mismos de la tierra. Parajes paradisíacos, cálidas olas que rompen playas de arena blanquecina, el verde resplandeciendo por todo el lugar, paisanos siempre sonrientes, pese a que quizás no lo tengan todo. Y paz, mucha paz. Sería el lugar ideal para vivir según muchos sitios turísticos, pero, si te gusta el fútbol, probablemente buscarías viajar hacia algún otro continente (salvo, claro está, que escogieras irte hasta Australia o, en menor medida, hasta la vecina Nueva Zelanda), ya que, para el público común, aquí no hay nivel e incluso el “football” no es el deporte más popular, siendo superado por ese hermano llamado rugby.

La Confederación Oceánica de Fútbol (OFC) nació bastante tarde, un 15 de noviembre de 1966, terminando por convertirse en los sucesivos años en la organización más marginal de la FIFA, dado que esta nunca se fijó en las escuadras del continente para darles un apoyo claro y concreto, más allá de que el programa Forward ha sido de gran ayuda en la construcción de campos de entrenamiento o contratación de entrenadores de nivel. Y es que, pese a que el máximo organismo a nivel global diga que busca contribuir en el crecimiento del fútbol de la región, lo cierto es que nunca les han dado siquiera una plaza directa para un Mundial (lo que contribuiría a una mejora sustancial, dado que uno crece solo en el roce ante mejores conjuntos) e incluso hasta son ninguneados en el Mundial de Clubes, siendo los campeones continentales devenidos del paraíso los únicos en tener que pasar por una ronda previa -siempre ante el local de turno-.

No bastó con hazañas como las de Nueva Zelanda en el Mundial 2010, con una Vanuatu Sub 20 que apenas cayó 2-3 ante México y Alemania en el Mundial de la categoría (2017), con una Fiji que vapuleó a Honduras por 3-0 en los Juegos Olímpicos de Río (2016) o con todo lo que genera el fútbol tahitiano en la última década, siendo dos veces subcampeón mundial en beach soccer o que logró, incluso, clasificarse en el fútbol once para la Copa Confederaciones 2013.

No por nada Australia decidió irse de la OFC, harto de tener que competir ante selecciones que no crecían de nivel y al ver que la FIFA les negaba lo que por derecho propio les correspondía, como lo era meterse en la cita máxima sin tener que pasar por un traumático repechaje.

 

 

Pero, pese a todo este desprecio, los países que conforman la OFC buscan, aunque sea por sus propios medios, seguir dando pasos, buscando que el nivel aumente progresivamente. Entre los torneos que se disputan allí podemos destacar la Champions League continental, un torneo que, si bien es dominado actualmente por los clubes neozelandeses -como antes lo fuera por los australianos-, si que es cierto que esto no impide que compitan en un marco de suma igualdad.

Mientras que en Europa pocas ligas acaparan cada vez más plazas (buscando incluso cerrar más las puertas, en pos de generar una Superliga para pocos) o en Sudamérica la Argentina y Brasil poseen entre ambos 15 cupos, en Oceanía esto es completamente diferente. Si, Nueva Zelanda tiene el dominio casi absoluto del certamen, pero esto no implica que lo haga teniendo apenas dos clubes clasificados para la fase final, algo que comparte con Fiji, Nueva Caledonia, Papúa Nueva Guinea, Tahití, Islas Salomón y Vanuatu, dando un total de 14 plazas para siete selecciones, algo insólito en otras regiones. Y para definir los dos lugares restantes los campeones de las dos Samoas, las Islas Cook y Tonga (los peores del ranking) disputan un cuadrangular en campo de alguno de estos países, lo cuál nos ofrece algunas postales maravillosas: estadios con tribunas casi nulas, reemplazadas por colinas abarrotadas por hinchas, alambrado y verde (que muchas veces es más brillante que el del propio césped), equipos que salen por un pequeño pasillo; y que se sienten importantes gracias al excelente uso de las redes sociales (los duelos pueden verse en plataformas como MyCujoo y son narrados por relatores de habla inglesa que le dan una seña de identidad muy profesional, además de que la web se encuentra cuidada y actualizada, al igual que el canal de Youtube de la Confederación). Todo es muy humilde, pero no por eso deja de ser interesante.

 

 

Crecimiento sostenido

Nueva Caledonia es un archipiélago situado en la Melanesia y que pertenece a Francia -aunque hubo un referéndum en el 2018 para determinar si se convertían en un estado independiente o no, ganando la última opción- y en donde viven alrededor de 240.000 personas. El futbolista más famoso es, sin dudas, Christian Karembeu, quién nació en Lifou en 1970 y dejó la isla en 1988 para sumarse al Nantes. Él sería parte del trienio dorado bleu, ganando el Mundial 1998, la Eurocopa 2000 y la Copa Confederaciones 2001.

El fútbol es un deporte sumamente popular allí. De hecho, la federación se creó en 1928 y la primera liga se disputó en 1933, aunque las intermitencias fueron una constante en el lugar, al punto tal de que el principal torneo se debió refundar en varias oportunidades.

Sin embargo, la selección -denominada “los Kagús, el cuál es un ave típica- siempre fue bastante fuerte en la región, ganando varias medallas doradas en los Juegos del Pacífico y llegando al podio en cinco oportunidades en la Copa de las Naciones de la OFC, siendo incluso subcampeones en 2008 y 2012. Pero, pese a todo, recién serían admitidos en la FIFA luego del 54° Congreso realizado en París en mayo del 2004. El crecimiento es constante, llegando incluso a clasificar al Mundial Sub 17 de la India en el 2017 (empatando sorpresivamente 1-1 con Japón). Actualmente se encuentran en el puesto 155° del ranking, solo por detrás de Nueva Zelanda y las Islas Salomón, aunque llegaron a estar 93°.

Pero no estamos aquí para hablar solo del desarrollo de la selección nacional, sino de lo ocurrido en la Champions League 2018-2019, torneo que acaba de dar un nuevo campeón, aunque lo curioso de la situación sea que ambos finalistas hayan sido, justamente, de Nueva Caledonia.

 

 

El camino hasta una histórica final

El 13 de noviembre del año pasado daba inicio una nueva edición del torneo más importante a nivel de clubes dentro de la OFC. Luego de una liguilla previa disputada en las Islas Cook dio inicio la fase de grupos, en donde los 16 clasificados fueron puestos en cuatro grupos de cuatro equipos, clasificando los dos primeros para los cuartos de final. El formato de disputa del torneo difiere bastante al de los demás continentes ya que, al ser casi todos clubes muy humildes, se juegan todas las llaves a un solo partido, para evitar tantos viajes. Así, cada grupo tiene su sede, en los cuartos de final los líderes se ganan el derecho a ser locales y en las semifinales y en la final se sortea la localía. Con apenas seis partidos uno puede coronarse como el mejor de toda Oceanía. Simple, pero a la vez sumamente atrayente, dado que el certamen se asemeja a un mundial y un error se paga con la eliminación, ya que no hay revanchas.

En el Grupo A el Hieghéne Sport -campeón de la liga- fue local en el Stade Yoshida de Koné. El grupo no fue complicado para ellos, ya que golearon por 5-1 al Malampa Revivors de Vanuatu con un hattrick de Bertrand Kai, quién fuera escogido como Mejor Jugador de Oceanía en el 2011, siendo uno de los dos únicos neocaledonios en obtener este premio (el otro, claro está, fue Karembeu), vencieron luego 1-0 al AS Tefana de Tahití e igualaron 1-1 con el Toti City de Papúa Nueva Guinea, quedándose con el primer lugar del grupo. El Magenta (el dominador del fútbol en Nueva Caledonia), si bien perdió ante el Auckland City de Nueva Zelanda por 2-1, terminaría barriendo a sus rivales para clasificar en la segunda posición: 3-0 a los Solomon Warriors de las Islas Salomón y 10-1 al Tupapa Maraerenga (con cuatro dianas de Yorick Hnautra) para clasificarse en el segundo lugar del Grupo D, disputado en el Lawson Tama Stadium de Honiara, en las Salomón.

En los cuartos de final el destino de ambos conjuntos sería bien distinto. Mientras el Magenta vapuleaba al Central Sport de Tahití por 8-0 (con tres de Kevin Nevia), el Hieghéne apenas lograba vencer al Ba de Fiji por 2-1 en el tiempo suplementario, gracias a Gony. En semifinales ambos deberían verse las caras ante las poderosas escuadras neozelandesas. Si bien a los clubes de Nueva Caledonia les tocó en suerte jugar en el Stade Numa-Daly Magenta de Noumea, con capacidad para 16 mil espectadores y del cuál es propietario el propio gobierno neocaledonio, no se esperaba otra cosa que un claro triunfo por parte de las escuadras de Nueva Zelanda, como ocurre habitualmente. Pero, pese a lo que se suponía en la previa, el milagro aconteció por partida doble: el Hienghéne vencería por 2-0 al Team Wellington y el Magenta haría lo propio con el multicampeón Auckland City (2-1), remontando incluso la desventaja inicial. Así, la Champions tendría una definición y un campeón inesperados. Un hecho que, quizás, no vuelva a ocurrir.

 

 

La hazaña más grande

El Hienghéne Sport, fundado en 1997, no es uno de los clubes más populares de Nueva Caledonia. Ni siquiera es el más campeón, habiendo inaugurado su palmarés liguero recién en el 2017 (cuenta, además, con un par de copas), algo de lo que si podía enorgullecerse su rival, máximo ganador de la Superliga y de la copa local, además de haber participado varias veces en la Copa de Francia (donde juegan, además de los equipos del país, los campeones de las demás dependencias, por lo que es un torneo bastante global) y de ser la única institución de la isla en haber llegado hasta una final del antiguo Campeonato de Clubes de Oceanía en el 2005. Las cartas estaban echadas y todo hacía suponer un triunfo del poderoso sobre los Hyehen, aunque Nueva Caledonia igualmente estaría de fiesta, pasara lo que pasase.

Siete mil espectadores se aprestaron a ver un encuentro que quedará en la historia del fútbol mundial. Ese sábado 11 de mayo el sol relucía fulgurante, mostrando ante las cámaras toda la belleza del lugar, en donde las casas se mezclan con las palmeras y los montes, dando un espectáculo maravilloso. Cuando el árbitro neozelandés Matthew Conger dio la señal, ambos se aprestaron a salir por la pequeña manga. El local estaba vestido con una camiseta muy particular, ya que, si bien domina un amarillo flúor, posee dos franjas en “V”que van del cuello hasta el pecho, la primera negra y la segunda gris. Digamos que colores poco usuales y no tan vistosos. La visita, en cambio, iba de albiceleste, con una casaca parecida a la de Atlético Tucumán de la Argentina, aunque con números dorados en la espalda. Si bien el estadio no estaba lleno, tranquilamente la gente, desde sus casas, podían aprestarse a ver el encuentro desde sus balcones, claro está que con algún binocular.

  • Magenta: Ixoéé, Wadriako, Tiaou, Maltrán; Poameno, Simane, Sele; Nemla, Hmaen y Wajoka. DT: Alain Moizan (Senegal)
  • Hienghéne: Nyikeine, Ausu, Dinet, Roy Kayara, Yentao; Sansot, Gony, Miguel Kayara; Dahite, Bertrand Kai y Antony Kai. DT: Felix Tagawa (Tahití)

Los primeros minutos fueron bastante parejos, aunque eso no evitó que el Magenta tuviera chances claras, haciendo que Rocky Nyikeine se tuviera que esforzar bastante para mantener su portería a cero, aunque sus manos evitaron cada situación en contra. Era como si aquel día se hubiera metido sus guantes en pegamento.

Si bien no había tanta calidad técnica en el juego (más tomando en cuenta que uno pasó la semana anterior viendo encuentros de la Champions europea, lo que lleva a tener ciertos prejuicios que prontamente fueron desterrados), lo cierto es que los dos, si bien salieron con un sistema táctico similar (el 4-2-3-1), intentaron llevar a cabo sus planes: el Magenta siendo un conjunto más ofensivo y de toques cortos, buscando abrir la cancha a través de los pases, y el Hienghéne buscando contragolpear con balones largos o a través de centros, aprovechando la rapidez del capitán y “rastafari” Bertrand Kai, el hombre más determinante dentro del campo.

En la segunda mitad acontecería lo bueno: a los 60´ entraría Antoine Roine por Antony Kai y, cinco minutos después, resultaría ser el hombre dorado de esta historia, al marcar un golazo desde la mitad del campo, sorprendiendo a todos, incluido un Ixoéé que estaba parado casi fuera del área grande.

El público explotó en júbilo, agitando por los aires de aquella hermosa tarde sus camisetas (aunque otros miraban incrédulos o maldecían su suerte) mientras sus jugadores hacían una pila grande, aplastando al autor del tanto. Tan grande fue la locura ocasionada que hasta el propio arquero del Hienghéne se sumó a dicha pila humana, rebosante de felicidad.

El fútbol combinativo del Magenta seguió siendo muy bueno, pero no había caso: Nyeikeine sacaba todo, con sus manos o con sus pies, algunas veces debido a su destreza, pero otras apelando a la señora Fortuna. En el banco de suplentes (y por banco me refiero a algo literal, ya que los entrenadores y jugadores de ambos planteles debían sentarse en pequeñas tribunitas de manera puestas en la pista de atletismo del estadio) el senegales Moizan (quién, entre otros, dirigió a la selección de Nueva Caledonia entre 2012 y 2014) sufría, ya que su equipo siempre estaba cerca, pero nunca les terminaba de salir la última puntada. Aunque estos ataques desguarnecían sus propias defensas, algo que Bertrand o Dahite también supieron aprovechar con su rapidez.

Cuando Conger se puso el silbato en sus labios y decidió que el encuentro había llegado a su final, el estadio volvió a estallar, esta vez para volcarse con el más humilde de los contendientes. El alivio más grande llegó para Bertrand, el capitán de 35 años. Él había perdido la chance con su selección de campeonar continentalmente en el 2012 o de disputar el repechaje continental rumbo a Brasil 2014, por lo que este premio terminaba siendo un gran consuelo para él: el fútbol, que ya le había quitado algunas cosas, le dio la chance de redimirse y no la dejó pasar.

Con el silbatazo final los muchachos de Hienghéne Sport entraron en la historia grande del fútbol, comparándose su hazaña con gestas como las del Porto ganando la Champions en el 2004 o Grecia obteniendo la Eurocopa aquel mismo año ya que, si bien fue a escala menor, poniendo en contexto lo suyo fue verdaderamente épico: ganaron el máximo torneo de clubes de Oceanía viniendo de un país que no es Nueva Zelanda, pero, a su vez, en la final eran el underdog, lo cuál incluso agranda aun más la gesta. Es por momentos como este que sigue valiendo tanto la pena el fútbol, pese a que unos pocos nos lo quieran robar.

 

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Juan Pablo Gatti
Me estaba por retirar del periodismo -no iba a ser una gran pérdida la verdad- pero TLB apareció para salvarme la vida. Escritor de corazón, podcastero amateur y contador de historias por vocación. Orgulloso del equipo que supimos formar y deseoso por seguir creciendo en este mundo tan competitivo.

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