sábado, 19 junio, 2021
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Si de algo se puede jactar Gustavo Kuerten es de haber tenido una de las carreras más intensas que se recuerdan en el mundo del tenis. Nacido en la hermosa y costera Florianópolis, Guga se empezó a interesar en el “deporte blanco” jugando con sus padres, Aldo y Alice, a la tierna edad de seis años y al poco tiempo comenzaría a destacarse tanto en las pistas de su país como en las de Sudamérica, ganando varios certámenes importantes y logrando convertirse en profesional en la temporada 1993, cuando apareció por primera vez en el ranking.

El brasileño, si de algo estaba seguro, era que prefería jugar en las canchas de polvo de ladrillo antes que en las de otra superficie (ante todo odiaba el césped, porque sentía que cortaba su temporada), ya que así podía explotar mejor su juego, como se pudo ver, por ejemplo, en la Copa Davis de 1996, cuando ya se había convertido en el número dos de su país (por detrás de Fernando Meligeni) y ayudó a los suyos a ascender al Grupo Mundial luego de vencer tanto a la Chile de Marcelo Ríos (allí solo jugó el dobles junto a Jaime Oncins, y lo ganó) como a la Venezuela de Nicolás Pereira, para luego lograr el ascenso al vencer en la clasificatoria a la Austria del temible Thomas Munster en carpeta -no en clay, ya que el austríaco era, por aquel entonces, uno de los mejores jugadores en la arcilla y no se podía darle tal ventaja-.

Pero, más allá de ser una joven promesa, no había demostrado ser por ese entonces un objeto de atención dentro del circuito en sus primeras campañas como profesional. De hecho, apenas si había podido clasificar a dos Grand Slams, perdiendo en la primera ronda del Abierto de Francia de 1996 ante el sudafricano Wayne Ferreira (décimo clasificado) y llegando a la segunda en el torneo de Australia en el inicio de la temporada 1997, eliminando al sueco Mikael Tillstrom en primera ronda, pero cayendo luego ante otro sudafricano, Neville Godwin.

No había, por aquellos días, un claro dominador en Roland Garros, ya que luego del dominio de hombres como Bjorn Borg e Ivan Lendl, los ganadores se irían sucediendo uno tras otro, aunque serían los españoles los que mejor se adaptarían a la superficie parisina (todavía no era tiempo de la aclamada Legión Argentina). Álex Corretja, Carlos Moyá, Félix Mantilla, Albert Costa, Alberto Berasategui y Sergi Brugera (ganador de los torneos de 1993 y 1994) eran un equipo sólido y que infringía terror en las anaranjadas pistas.

Pero, a su vez, había otros jugadores que tranquilamente podían optar por ese título, como el austríaco Munster, los estadounidenses Pete Sampras y Michael Chang, el ruso Yevgeny Kafelnikov o incluso el creciente Chino Ríos. Sin embargo, de entre todas estas leyendas surgiría una de las mayores sorpresas de la historia del tenis.

El brasileño arribaba a la cita francesa en el puesto 66 del ranking de la ATP, con apenas experiencia en torneos grandes y sin ningún título importante, aunque ya se había consagrado en varios Challengers. Encuadrado en la sección cuatro del cuadro principal, Guga no tuvo piedad para con el checo Slava Dodosel, a quien derrotó 6-0, 7-6 y 6-1. En segunda ronda su rival sería el duro sueco Jonas Bjorkman, con quien sufriría más, pero lo terminaría sacando del torneo gracias a un 6-4, 6-2, 4-6 y 7-5. Esta victoria hizo que la gente comenzara a prestarle un poco más de atención, dado que Bjorkman ya era un jugador experimentado en el circuito, con cuatro títulos ATP en su haber. Pero se suponía que la andadura del enrulado sudamericano acabaría en la tercera ronda, donde la bestia Munster lo estaba esperando.

 

El matagigantes

El austríaco, que jugaba torneos de Grand Slam desde hacía ya once años, sabía lo que era ganar en París (se quedó con la edición de 1995) y hasta había logrado ser nada menos que número uno del ranking el año anterior, convirtiéndose en uno de los mejores deportistas de su país de todos los tiempos. Munster, además, era considerado ya uno de los grandes tenistas en polvo de ladrillo de la historia, dado que hasta ese encuentro había obtenido hasta 40 títulos individuales en tierra batida. Era, para el bueno de Guga, una misión imposible, un “hasta aquí llegué”. Pero, si algo bueno tienen los deportes es su imprevisibilidad, esa constante lucha entre Davides y Golliats en donde por lo general el titán gana, pero siempre puede terminar con un piedrazo en el rostro.

Kuerten, con aquel estilo noventoso (pañuelo para sostener su largo cabello enrulado, una camiseta amarilla y azul que se entremezclaba con pequeñas rayas verticales y unos pantalones cortos azulados para completar un look “brasileño”), hizo su mejor partido hasta ese entonces, nada menos que ante el quinto sembrado. En la pista mostró un repertorio que dejó boquiabierto a los espectadores: juego de fondo -muy firme-, un revés teledirigido y una subida a la red que terminaba siendo letal, ya que prácticamente dejaba muerta la pelota del lado de su adversario. El 6-7, 6-1, 6-3, 3-6 y 6-4 dejó en claro dos cosas: que aquel muchacho de apenas 21 años sabía jugar -y de qué manera-, pero, también, pelear cada punto. Su cabeza ya era la de todo un campeón y así se mantendría hasta el final.

Los rusos Andriy Medvedev (5-7, 6-1, 6-2, 1-6 y 7-5) y Yevgeny Kafelnikov, tercer preclasificado (al que derrotó por 6-2, 5-7, 2-6, 6-0 y 6-4) fueron escollos que tuvieron su grado de complejidad, pero que al final también sucumbirían ante la mano de un Kuerten al cuál parecía no pesarle la inexperiencia en las rondas finales de un torneo grande.

 

La honda de David

Según la mitología hebrea, los filisteos parecían seres imbatibles ante los ojos de los israelitas, que observaban con temor a sus soldados de entre los cuales se destacaba el gigante Goliat, del cual se decía que medía unos tres metros de alto y cuyo escudo era del porte de una persona normal. Estuvo 40 días gritando a sus rivales que se animaran a pelear ante él mano a mano, ya que si lo derrotaban, su pueblo se convertiría en esclavo de Israel, mientras en caso de ganar sería al revés.

David, un pequeño pastor, habló con el rey Saúl y le dijo que él se animaría a enfrentar a este demonio cuando nadie se atrevía siquiera a mirarlo a los ojos. Entonces fue hasta el rio, tomó cinco piedras lisas y fue al encuentro de Goliat, quién se mofaba del niño diciendo que lo convertiría en carne para los carroñeros. Pero David, confiado, tomó tranquilamente uno de aquellos proyectiles y se lo lanzó con tanta puntería que lo golpearía de lleno en el cráneo, y así el filisteo orgulloso moriría al instante, hecho que ayudaría, luego, a convertir al pastor en rey. ¿Qué tiene en común esta historia con la del triunfo de Guga Kuerten en Roland Garros 1997, además de ser un épico triunfo del desconocido? Que ambos supieron usar, de manera letal, su arma de combate.

En el caso del brasileño su honda terminaría por ser un arma tan destructiva que incluso cambió la historia misma del tenis. Y es que su cordaje estaba hecho de poliéster (antes se usaba el grafito o la tripa natural), un material que le permitía tener una puntería y certeza nunca vista hasta ese entonces, ya que ayudaba a calibrar cada golpe. Su spin era una maravilla y eso se lo debía a la Luxilon. Muchos se quejaron de aquel material durante el torneo, ya que Kuerten parecía jugar a otro nivel, con golpes tan precisos que parecían salidos de un videojuego más que de la vida real.

Con su arma -y su mente- cada día más afilados, los últimos rivales ya no pudieron hacer nada. En semifinales tocó el belga Filip Dewulf, que venía de la qualy y que ya se había convertido en la gran sorpresa al eliminar al compañero de Kuerten en la Davis, Meligeni, al español Corretja (8) y al sueco Magnus Norman, pero ante la Luxilon de Kuerten solo pudo decir adiós: el 6-1, 3-6, 6-1 y 7-6 no demuestra la diferencia que hubo entre los dos rivales aquel día.

La final iba a medir al pequeño David ante el dos veces campeón de este certamen (y ex número tres del mundo) Sergi Brugera, 16° clasificado de aquel torneo y que también era uno de los pesos pesados en el clay, teniendo en su sala de trofeos hasta 13 títulos en esta superficie. Pero Guga se guardó su piedra más filosa para este último enfrentamiento y despachó con lujo a adversario en menos de dos horas: 6-3, 6-4 y 6-2 sería el sorprendente marcador final. Kuerten, de esta forma, no solo conseguía su primer título ATP, sino que además lo haría en un Grand Slam, un hecho insólito.

El pequeño David se convirtió en todo un hombre de la noche a la mañana y le costaría asumir dicha responsabilidad en un principio, pero entre 1999 y 2001 mostró un tenis de altísimo nivel, ganando dos campeonatos más en Paris, además de un Torneo de Maestros, varios Masters Series y otros tantos certámenes, convirtiéndose inclusive en el mejor jugador del globo en el inicio del siglo XXI.

Las lesiones, lamentablemente, terminarían siendo su gran némesis, obligándolo a retirarse en el 2008. Pero ya para entonces había dejado de ser David para ser uno de los grandes Goliats de la historia del tenis. Tan potente fue su triunfo en aquel lejano 1997 que su honda sería compartida por las siguientes generaciones. Solo su épico triunfo lo hizo posible, aquel que lo convirtió en rey.

 

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Me estaba por retirar del periodismo -no iba a ser una gran pérdida la verdad- pero TLB apareció para salvarme la vida. Escritor de corazón, podcastero amateur y contador de historias por vocación. Orgulloso del equipo que supimos formar y deseoso por seguir creciendo en este mundo tan competitivo.

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