viernes, 10 julio, 2020
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El coronavirus ha originado que el All England Lawn Tennis and Croquet Club de Wimbledon cierre sus puertas por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial (1940 a 1945). El torneo más antiguo y –para muchos- más importante del tenis, no tendrá acción esta temporada y mantendrá al serbio Novak Djokovic y a la rumana Simona Halep como sendos monarcas hasta el 2021. Pero si de historia se trata, en la Catedral aún resuena el nombre de Goran Ivanisevic, el hombre que hizo posible lo imposible y que batalló contra sí mismo para alcanzar la gloria en el ocaso de su carrera. En algunas oportunidades, la tanatofobia (miedo a la muerte) nos hace liberar un espíritu salvaje, batallador y capaz de ponernos en el límite de nuestras posibilidades por mantenernos con vida. Síntomas que experimentó y desarrolló el otrora tenista croata en Londres (1988 a 2004). 

Goran inició su carrera profesional en la ATP en 1988 y rápidamente consiguió su primer título en dobles junto a Rüdiger Haas en Fráncfort. A partir de ese momento, saboreó el éxito y acaparó las principales portadas de los diarios deportivos del mundo, más aún, cuando dejó en el camino al mismísimo Boris Becker en la primera ronda de Roland Garros (1990). Ese mismo año, alcanzó las semifinales de Wimbledon, sin embargo, no pudo repetir la hazaña frente al tenista alemán y cayó en cuatro sets. Una semana después, se proclamó campeón en Stuttgart e integró el equipo de Yugoslavia que conquistó la Copa del Mundo por Equipos.

Tal y como lo había pronosticado Boris Becker, la carrera de Ivanisevic fue en ascenso. En 1991, sumó dos nuevos títulos individuales: se coronó sobre la hierba de Manchester (Gran Bretaña) y sobre la pista dura de Adelaida (Australia). Además, formó dupla con el italiano Omar Camporese y se adjudicaron los torneos de Milán, Roma (Masters Series) y Manchester, mientras que, para finales de año, se juntó con el suizo Marc Rosset y ganaron el dobles en Adelaida. Lastimosamente, la suerte le fue esquiva en los Grand Slams: Australian Open (3ra ronda), Roland Garros (2da ronda), Wimbledon (2da ronda) y US Open (4ta ronda). 

Ivanisevic, considerado como uno de los mejores sacadores de la historia del deporte blanco, poseedor de un revés espléndido e infranqueable cuando defendía cerca de la red, alcanzó por primera vez la final de Wimbledon en 1992 tras deshacerse de Ivan Lendl, Stefan Edberg y Pete Sampras, entre otros. Sin embargo, en el duelo final, no pudo ante el norteamericano Andre Agassi y terminó sucumbiendo en cinco sets (7-6, 4-6, 4-6, 6-1, 4-6) en dos horas y 50 minutos de juego. Una vez finalizado el encuentro, Franjo Tudjman, presidente de Croacia, se comunicó con el tenista balcánico y lo felicitó por haberse convertido en el primer croata en disputar una final en el All England Club después de la Segunda Guerra Mundial. 

En 1994, Goran inició una nueva aventura en Wimbledon y arrancó el torneo como cuarto preclasificado. En la primera ronda, se deshizo fácilmente del brasileño Fernando Meligeni por tres sets a cero. Luego, siguieron sendas victorias ante Alexander Mronz, Amos Mansdorf, Aleksandr Vólkov, Guy Forget y Boris Becker. En el duelo final, Ivanisevic midió fuerzas con Pete Sampras en un partido que no careció de emociones y dramatismo. Tal es así que los dos primeros sets tuvieron que definirse en el tie-break (doble 7-6 a favor del estadounidense). Finalmente, el croata no pudo mantener el ritmo y fue vapuleado en el último parcial (0-6). 

Sin lugar a dudas, los primeros días de julio de 1998 fueron muy especiales para el pueblo croata. Su hijo pródigo, Goran Ivanisevic, alcanzó una nueva final en territorio inglés tras derrotar en un maratónico y dramático juego al neerlandés Richard Krajicek en cinco sets. Un día después, la selección balcánica aplastó (3-0) a Alemania en Lyon gracias a los tantos de Robert Jarni, Goran Vlaovic y Davor Suker y selló su clasificación a las semifinales del Mundial de Francia. Este histórico triunfo despertó los sentimientos nacionalistas y los futbolistas croatas no dudaron en celebrar con la siguiente frase estampada en sus camisetas: «I’m proud to be croat». Pero esa es otra historia. 

El 5 de julio, Ivanisevic se volvió a ver las caras con Pete Sampras en la cancha central de Wimbledon y disputó uno de sus mejores partidos sobre la hierba británica. Sin embargo, esto no le alcanzó para obtener su primer Grand Slam y otra vez sucumbió ante el poderío del norteamericano, aunque esta vez, con un ajustado 2-3 (7-6, 6-7, 4-6, 6-3, 2-6). El público inglés apoyó en todo momento al balcánico, que, al no cumplir su objetivo, acabó desconsolado y confesando que fue el peor momento de su carrera. «Me siento muy mal, es el peor momento de mi vida. He vivido otros momentos, pero nada se puede comparar con esto. Será duro volverse a motivar para jugar al tenis. Hoy tuve una gran oportunidad y la perdí», sentenció. 

Tres años más tarde, la vida le tendría preparada una sorpresa al tenista balcánico, quien recibió una invitación para jugar en Wimbledon cuando ocupaba el casillero 125 de la ATP y estaba al borde del retiro. Tras ello, Ivanisevic debutó en Londres con un triple 6-4 sobre el sueco Fredrik Johnsson. Luego, remontó un set y derrotó al español Carlos Moyá con parciales de 6-7, 6-3, 6-4, 6-4. Su siguiente víctima fue Andy Roddick, un especialista sobre la hierba, al que venció con un ajustado 7-6, 7-5, 3-6, 6-3. Posteriormente, el croata no tuvo problemas y despachó al canadiense Greg Rusedski. En la siguiente ronda y contra todo pronóstico, Ivanisevic dejó en el camino al ruso Marat Safin, mientras que, en semifinales, hizo lo propio con el local Tim Henman (7-5, 6-7, 0-6, 7-6, 6-3). 

El lunes 9 de julio de 2001, el All England Club de Wimbledon vivió una de sus jornadas más memorables e irrepetibles. Los que presenciaron la final entre Ivanisevic y Patrick Rafter difícilmente puedan borrar de su mente el ambiente festivo y electrizante -al mismo estilo que la Copa Davis- que se apoderó de todos los asistentes, rompiendo con la tradicional armonía que siempre caracterizó al público de Wimbledon. Sin embargo, este inédito encuentro no solo contó con la presencia de la conservadora masa británica, sino también con muchos fanáticos extranjeros, entre los que destacaban croatas y australianos, quienes le dieron color -pocas veces visto- a todas las tribunas del court central brindando un atronador apoyo hacia sus compatriotas.

El júbilo que se apoderó de Wimbledon no solo fue por ver la ansiada coronación de Goran Ivanisevic después de tres intentos fallidos (1992,1994 y 1998), sino que la final del torneo se volvió a disputar un lunes -por primera vez desde 1922- y porque ese día el cielo de Londres iluminó a un tenista de 29 años que llegó al torneo tras recibir una wild card (invitación especial) y lo vio coronarse campeón siendo 125 del ránking mundial. El natural de Split se terminó quedando con el triunfo tras un 6-3, 3-6, 6-3, 2-6, 9-7 ante el australiano Rafter en un maratónico duelo que duró más de tres horas. Con esta victoria, el croata vengó las tres finales perdidas en la Catedral del Tenis (ante Andre Agassi y Pete Sampras, en dos oportunidades) y así logró su único título de Grand Slam, alcanzando la cima del éxito casi en el ocaso de su carrera.

Cuando la pelota de Rafter quedó atrapada en la red, Ivanisevic se desplomó sobre el césped de Wimbledon, aquel que muchas veces vio enterrar sus sueños de gritar campeón. Después de unos segundos, se puso de pie y se llevó las manos a la cabeza, sorprendido por la situación. Luego, avanzó unos metros, se abrazó con el australiano, saludó al juez principal y se dirigió hacia uno de los palcos para celebrar junto a su padre, quien sufría problemas en el corazón. Tras su gesta, Ivanisevic fue recibido en el puerto de Split por más de 15.000 fanáticos. Para aquella ocasión, lució la camiseta número 3 de los New Jersey Nets de la NBA, dorsal que utilizó su gran amigo Drazen Petrovic, leyenda del baloncesto balcánico, que falleció trágicamente en un accidente automovilístico en 1993 y al que Goran prometió en su entierro conquistar Wimbledon. Así termina la historia del tenista que soñó con ser barrendero y terminó alcanzando la cima del mundo. «De niño siempre quise ser barrendero. No sé por qué, pero era mi sueño con 10 u 11 años».

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