viernes, 3 abril, 2020
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Los grandes momentos tienden a darse luego de alguna situación insospechada. De cómo alguna decisión cambia por completo la historia, como cuando se produjo el primer revés de Silvio Berlusconi al frente de Milan. El club no vivía su mejor época, por lo que solamente un giro caprichoso del destino vaticinaría que el entonces entrenador de Parma, que fue el verdugo rossonero en aquel partido de Coppa, acabaría construyendo uno de los mejores equipos de todos los tiempos. El fútbol como la vida misma, maravilloso, impensado y cambiante.

El entrenador del club parmesano se llamaba Arrigo Sacchi. Con un pasado nada deslumbrante (no jugó fútbol profesional y apenas había dado pinitos como entrenador en equipos menores), sorprendió el hecho de que se le encomendara la misión de liderar un proyecto necesitado de gloria, que poco antes había caído a Segunda División y que estaba siendo relegado por equipos como Juventus y Roma, grandes dominadores del fútbol italiano en los ochenta. Parecía historia contada.

El equipo, que contaba con nombres como Baresi, Tassoti, Gullit, Van Basten, Rijkaard, Donadoni, Galli, Colombo, Virdis, Evani, Maldini, Costacurta o Ancelotti, asumía el reto con entereza. No resultaba fácil adivinar el impacto de un hombre que traía un modelo tan peculiar como atrevido. Bien dicen que la pelota siempre llama dos veces. Con sus logros, demostró que se podía ganar sin necesidad de apostar obligatoriamente al catenaccio, con todo lo que eso implicaba. Surgidos de un contexto cultural adverso, se levantaban pensando en fútbol y se acostaban pensando en fútbol. Sacchi generó un cambio de paradigma en el Calcio y poco a poco fue mostrando el camino.

Más allá de los títulos obtenidos, en el recuerdo permanece un fútbol de alta escuela, con conceptos que le proporcionaron una herramienta más a este deporte, y superando las metas establecidas de forma notoria. Completa a la par que atractiva, hablamos de una filosofía de vida llevada al terreno de juego. Fascinante resultaba la notable transición de la ruina económica y deportiva a la estabilidad y el éxito. El equipo brillaba en esos días en los que el fútbol era rojo y negro. La inercia ganadora favoreció a Fabio Capello, que continuó logrando títulos a pesar de todo, aunque este es otro equipo del que se puede hablar en una ocasión diferente.

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Al final de esa etapa quedaba claro que Sacchi creía que el que ganaba era él. Que los jugadores podían ser prescindibles en su idea, apenas peones en un sistema superior. Su trayectoria dio tumbos a partir de allí, intentando llevar su idiosincrasia a donde iba.

Tuvo pasos poco notables por Atlético de Madrid, Parma y un retorno amargo a ‘su’ Milan. Aquellos días en Estados Unidos, donde una aburrida final fue definida en tanda de penaltis, no estuvieron acompañados de ese juego vibrante. La lección fue aprendida, ya que en muchas ocasiones los jugadores terminan condicionando y dando sentido a un estilo, con una mezcla de trabajo que termina moldeando el éxito.

Sacchi terminó maltratado por la crítica, cosa que generalmente caracteriza a una sociedad que opone férrea resistencia a los innovadores. Pese a todo esto él sigue siendo un mito, el padre de esa preciosa criatura. Si al chico que ayudaba en el oficio de zapatero a su padre, mientras daba sus primeros pasos en el amateurismo, le hubieran sugerido que sería parte de la historia del fútbol, seguramente se reiría hasta la extenuación ante tal afirmación. Casi sin quererlo trascendió.

Juan Manuel Lillo comentó hace un tiempo que “hay equipos que quedan en la memoria y otros en la historia. El Brasil del 82 quedó en la memoria e Italia, la campeona, en la historia. No siempre van unidas. El Ajax de Cruyff, Milan de Sacchi y el Barça de Guardiola aúnan la memoria y la historia”. Honor a quien honor merece.

 

Fuentes: UEFA.com, Diario Marca

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Juan Zavala
Venezolano del 96. Literatura, geopolítica y deportes. Contando aquellas historias que tanto nos apasionan desde otro punto de vista.

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