miércoles, 22 septiembre, 2021
Banner Top

Por Matías Rodríguez

´El Loco´ brilló en Racing, Boca, la Selección y en el fútbol colombiano, pero en la parábola del ídolo popular volvió al barro luego de acariciar el cielo. Wing derecho ícono de su época, fue comparado con Garrincha, al que emuló hasta en los bares. La historia de un crack irrepetible.  

Orestes Omar Corbatta murió en la cama de un hospital público el 6 de diciembre de 1991. No le quedaba riqueza, estaba alejado de su familia y sobrevivía, mientras se apagaba por el alcoholismo, debajo de una tribuna del Cilindro, una ofrenda que le hizo Racing a una de sus grandes reliquias en el último tramo de su vida, cuando el Loco ya no tenía piernas para jugar en un ignoto club de cualquier ciudad a cambio de una pieza y un plato de comida. 

Empezar por el final es una buena medida para determinar los alcances de Corbatta como ídolo popular. Al igual que otros genios nacionales, el que dicen que fue el mejor wing derecho del fútbol argentino surgió de la nada, coqueteó con la fama y se dejó encandilar, antes de volver al llano convertido en una caricatura del que fue. A cambio heredó para siempre el estatus de mito, y la autoría de gestas que se instalaron sólo en la memoria de quienes lo vieron jugar en vivo y en directo, porque Corbatta, además de ser un gambeteador nato, un especialista en patear penales, un Garrincha argentino y un analfabeto que se paseaba con el diario debajo del brazo para esconder una ignorancia que lo avergonzaba, fue, principalmente, un jugador de radio, diarios y revistas. Su obra es anterior a la televisión y prácticamente no hay huella filmada de su fútbol. 

Nacido en Daireaux el 11 de marzo de 1936, Corbatta recién se inició en el fútbol cuando toda su familia se trasladó a La Plata a comienzos de la década del cuarenta. En ese entonces jugaba descalzo y era tan tímido que sólo hablaba para pedir la pelota. Jugó en Peñarol y después fue campeón en Juverlandia, y entre medio integró las inferiores de Estudiantes, que lo dejó libre al poco tiempo. A los 17 años, a través de un delegado, llegó a Racing. 

Con un aspecto chaplinesco, Corbatta debutó en Primera ante Gimnasia en 1955. Era el Racing posterior al tricampeonato, que había colgado el cuadro de los ídolos e intentaba reinventarse. Los hinchas se sorprendieron con la estirpe del Loco, pero en cuanto empezó a jugar descubrieron el potencial que tenía. Su fortaleza residía en su ingenio: al no poder luchar físicamente se deshacía en gambetas que enredaban defensores y terminaban en grandes jugadas y goles gracias a su pegada. 

Corbatta fue el goleador de Racing en el Campeonato de 1956. La Academia terminó cuarta, pero lo más llamativo es que el wing anotó un gol ante Newell’s similar al que haría tiempo después frente a Chile y que se redondearía como su obra cumbre. Además, ese año el Loco debutó en la Selección. 

En 1957 llegó la consagración. No fue la mejor temporada de Racing, que finalizó tercero, pero a nivel individual el Loco tocó el cielo. Con la Selección fue campeón en el Sudamericano de Lima, con el famoso equipo de Los Carasucias y la delantera que se sigue repitiendo de memoria: Corbatta-Maschio-Angelillo-Sívori-Cruz. Argentina fue una aplanadora y le ganó 8-2 a Colombia, 3-0 a Ecuador, 4-0 a Uruguay, 6-2 a Chile y 3-0 al Brasil que un año más tarde sería campeón del mundo. Además, el quinteto anotó 24 de los 25 goles del equipo y Sívori fue elegido como el mejor jugador del torneo, pero contado por los protagonistas, entre ellos el propio Cabezón, la figura fue Corbatta. Se hizo dueño de la delantera y nunca fue tan feliz en una cancha de fútbol como en ese Sudamericano. Fue el gran compinche de Sívori y bañó de asistencias a Angelillo y a Maschio. Él, por su parte, anotó dos goles. 

También en 1957 Corbatta hizo el gol más difundido de Argentina hasta que Diego Maradona le marcó el suyo a Inglaterra en el Mundial 1986. Es cierto que los contextos son diferentes, porque el Loco anotó en un amistoso frente a Chile, pero en una Selección que ganaba poco y que tenía nulo rodaje internacional, las obras de arte, aunque fuesen en partidos intrascendentes, valían su peso en oro. El 20 de octubre, en La Bombonera, Corbatta convirtió uno de esos goles que tienen tantas versiones como fuentes consultadas. Sin el reparo de la televisión, ya que el partido se transmitió en directo pero ese fragmento fue cortado y se perdió para siempre, algunos dicen que gambeteó a dos chilenos, otros a siete y otros a diez. Hay quienes sostienen que arrancó desde su propia área, otros desde el costado y los más desde la mitad de la cancha. Lo cierto es que de las reconstrucciones fotográficas se ve que el wing inicia su carrera triunfal desde la derecha y se va cerrando a medida que llega al arco rival, que con un recorte gambetea a dos chilenos y ante la salida desesperada del arquero se toma todo el tiempo del mundo para revolcarlo y acomodar la pelota contra el palo. 

De las fotos no se extrae, como se dijo más adelante, que haya llegado a la línea del arco, haya vuelto al punto del penal y recién ahí haya gambeteado para convertir, pero sí que fue un gol antológico, con muchos jugadores que quedaron en el camino y toda una demostración de la foja de servicios de Corbatta, porque tuvo gambeta, velocidad, precisión y gol. Esa conquista lo llevó a aparecer en las páginas de la revista Life en una edición latinoamericana que la firma editó en español hasta 1969 y que no era muy proclive a dedicarle espacios al fútbol. 

Ese día, en el que el Loco arrancó esa desquiciada carrera hacia el gol de su vida, el que fue el 4-0 de un partido sin equivalencias, también falló un penal, el único que desviaría en la Selección. El dato viene a colación porque Corbatta por entonces ya era un especialista desde los doce pasos, y su fórmula imbatible la reveló en una entrevista con El Gráfico, cuando ya estaba retirado: “Yo miraba las piernas del arquero a la altura de las rodillas y eso me permitía observar, también, los dos palos del arco. Cuando me movía, los arqueros buscaban instintivamente un pie de apoyo. Lógicamente, yo tiraba hacia el otro lado. No tenían tiempo de recuperarse y volver, y si se quedaban quietos le daba fuerte a un rincón. Tampoco llegaban”. Según una estadística que acompañó la nota, Corbatta pateó 45 penales y sólo falló seis, lo que le da una efectividad del 86%

En 1958 el Loco fue campeón con Racing como parte de una recordada delantera compuesta por Corbatta-Pizzuti-Manfredini-Sosa-Belén. Ese equipo goleó a Newell’s, Independiente, Gimnasia, Huracán, Lanús, Tigre y Argentinos, y le ganó a River y a San Lorenzo. Corbatta se disfrazó de asistidor, principalmente de Manfredini, pero también de goleador, ya que marcó diez veces en ese Campeonato. 

Ese año, además, Argentina regresó a los mundiales. Vencido el aislamiento, la Selección se encontró con rivales que no conocía y ante los que no podía competir físicamente. La debacle fue anunciada, y se saldó con una eliminación en primera ronda que incluyó una sola victoria, 3-1 ante Irlanda del Norte, y derrotas 3-1 frente a Alemania y 6-1 contra Checoslovaquia. Corbatta, con 22 años, fue uno de los pocos que se salvó del escarnio por el Desastre de Suecia gracias a que marcó tres goles en aquel Mundial, uno en cada partido del equipo. Ya de regreso en el país, el ídolo popular que había florecido se hizo patente una tarde en la que Racing visitaba a Estudiantes. En vísperas de la elección de un nuevo Papa tras el fallecimiento de Pío XII, el estadio se vino abajo en un griterío ensordecedor a favor del Loco: “La hinchada se estremece, Corbatta Pío XIII”. 

El Loco ya era famoso por su fútbol, pero también por sus problemas. Atormentado por el alcohol, más de una vez llegaba ebrio a los entrenamientos, por lo que lo bañaban, le daban una taza de café y lo tiraban a la cancha. Incluso, en una tarde imposible de precisar, llegó borracho antes de un partido. Tita Mattiussi, vestida de alquimista, repitió el rito: ducha fría, café y a la cancha. “No me pases la pelota porque no la veo”, le avisó Corbatta al Marqués Sosa, que no le hizo caso y en la primera jugada le metió un cambio de frente. “Yo la pelota la veía doble –contó-. Una la bajé de pecho, pero la otra, la de verdad, me pasó a cinco metros, pero después en la jugada siguiente no sé cómo la agarré de nuevo, le tiré un caño a mi marcador y ahí se me pasó todo. Esa tarde hice dos goles, jugué fenómeno”. 

En 1959 volvió a ganar el Sudamericano con la Selección, aunque no tuvo tanta participación porque venía de una lesión. En Racing no tuvo buenas campañas hasta 1961, cuando el equipo volvió a quedarse con el título por amplia ventaja ante San Lorenzo. Corbatta fue una de las grandes figuras, aunque ya estaba en conflicto con los dirigentes, que le buscaban una salida. El salvoconducto llegó en 1963, cuando Boca pagó los doce millones de pesos que pedía la Academia por su pase. 

En Boca Corbatta anduvo –declaró Sanfilippo, que fue compañero suyo en el Xeneize- pero el problema era que Pedernera no se manejaba bien y no le daba seguridad a nadie”. El Loco estuvo dos años y fue bicampeón, pero jugó muy poco y en cuanto pudo, el club se lo sacó de encima ante un emisario del DIM colombiano, que se lo llevó, inexplicablemente, sin poner un peso. 

Corbatta llegó a Colombia generando una revolución. Independiente de Medellín quería emular las hazañas de los tiempos de El Dorado y su bandera era el Loco. Sin embargo, los resultados no fueron los esperados, ya que el DIM sólo fue subcampeón en 1966. En la Libertadores del año siguiente Corbatta se escapó de una concentración en una visita del equipo a Buenos Aires y ese fue el detonante. Siguió en Medellín dos años más y volvió a Argentina en 1970, cuando su esposa lo había abandonado, su alcoholismo se había profundizado y la fortuna amasada en Colombia ya era parte del pasado.  

Ya caído en desgracia jugó un tiempo en San Telmo y luego deambuló por ligas locales y regionales de Río Negro primero y de Buenos Aires después. Una minuciosa investigación que hizo el periodista Alejandro Wall para su libro Corbatta, el wing determinó que el Loco tuvo un destino errante durante sus últimos años de jugador, en los que tristemente cambiaba lo que quedaba de su fútbol por alojamiento y comida. Cuando llegó a Benito Juárez no tenía ni siquiera documento, pero la gente se peleaba por tenerlo aunque sea un ratito en su casa para que cuente sus hazañas. En la vida que llevaba de rockstar venido a menos, Corbatta pasó por media docena de equipos, fue “transferido” de club a club a cambio de un par de pelotas y hasta trabajó de albañil, en un ocaso digno de un cuento de Roberto Fontanarrosa. 

En su necrológica podría leerse que tuvo cuatro esposas y que todas lo abandonaron, que en Medellín fue ídolo y fue feliz hasta que lo echaron y que vivió sus últimos años debajo de una tribuna de la cancha de Racing, antes de morirse sólo y enfermo a los 55 años, pero su gran verdad es la parábola del analfabeto que en una entrevista con Rodolfo Braceli, en tono poeta, dio su veredicto: “Nadie me enseñó nada, nadie le puede enseñar nada al que no nace. Es más lindo jugar en el potrero que en el césped, porque cuando se levanta el polvito de la tierra escondés la pelota y no hay Dios que la encuentre”.

  • ¡Hola! Esperamos que hayas disfrutado del artículo. Antes de que te vayas queremos recordarte que estamos preparando cosas grandes, pero necesitamos la ayuda de nuestros lectores para hacerlas realidad. Por eso, si te gusta lo que hacemos en The Line Breaker, abrimos un canal para que consideres invitarnos a un café y así ayudarnos a mantenernos en pie.
(Visited 102 times, 14 visits today)

The BreakerLetter

Archivos

Nuestras Redes

INSTAGRAM

Mis Marcadores