viernes, 7 junio, 2019
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No es nada raro que a mucha gente, al cuestionarla sobre el tema, opte por mencionar que el primer recuerdo feliz que se le viene a la mente sea la imagen de un gol. Este sentimiento forma parte de las vidas de muchos, para bien y para mal. Un momento, una época buena. En mi caso me lleva a otro país, donde éramos felices y no lo sabíamos. Nadie se da cuenta de cuánto valora algo hasta que lo pierde. La cotidianidad se va difuminando en extractos que, aunque no percibamos, marcan diferencia conforme se va recorriendo el camino. Un camino que lo lleva a evolucionar, dado el caso, conforme las circunstancias y el sujeto lo vayan moldeando.

Actualmente es normal olvidar de donde provienen nuestras raíces más profundas, nuestra interpretación de la realidad. El hecho de que los valores que propugnamos son herencia de aquello que antes otros previos a nosotros realizaron. Todo eso se ha convertido en parte de nuestro ADN, lo hemos interiorizado. Alguien tuvo que abrir una senda para que otros después la transitásemos. Dejar un sendero por el que otros pasen sin perder ese norte sería ideal, una marca notable cuanto menos.

El fútbol. Sí, aquella manifestación de fortaleza y competitividad que se libra en terrenos del mundo entero. Soccer, balompié o una denominación que ha tomado vuelo en los últimos años en Alemania, por razones equivocadas, el rasenball. Diferentes términos, mismo sentimiento. Uno que se ha integrado tanto a la sociedad que a veces no podemos, o no queremos, diferenciarlos. Ambos han sufrido los efectos de la discriminación, convivido con la desigualdad social y económica, soportado los horrores de la guerra y siendo observadores del lento pero seguro avance de lo que se conoce como política.

A nada de ello escapa el deporte. Da igual si lees esto en Sudamérica, Europa o el Medio Oriente. La historia así lo demuestra y con razones de sobra. Sirve como pegamento social de una comunidad que se ve rodeada por amenazas constantes desde tiempos inmemoriables. El mismo, a lo largo de la historia, tuvo caras diferentes en cada determinado momento: algunas veces fue música, otras veces religión o en ocasiones eran la ciencia y la tecnología la que sacaban la casta.

Se trata de una posesión para siempre, evocada de inmediato por el abrazo colectivo de chicos que han conquistado la cumbre del planeta. Memoria colectiva y recuerdos personales siguen cruzándose. Por momentos transmite la sensación de una época positiva, de crecimiento social; el hecho de que un compartido sentimiento de optimismo y de que un espíritu juvenil contagie a grandes y chicos por igual.

A través de los ojos de muchos jugadores, que en su afán de mostrar de que manera han sido influenciados por estrellas de antaño, resaltan la necesidad de rescatar los inicios, escarbar las raíces de su todo. De cómo tomaron lo mejor y lo utilizaron como una amalgama de los mejores ingredientes que podían conseguir. Algunos lograron conseguirlo y otros se quedaron en la vía, reflejo de lo que podríamos denominar la “existencia normal”.

“Un artista es alguien capaz de iluminar una habitación oscura. No existen diferencias entre una jugada de Pelé y un poema de Rimbaud. Son dos manifestaciones del hombre capaces de eternizar un mismo sentimiento”, comentó alguna vez Eric Cantona.

El crack francés explicaba la relación, a su forma de ver, entre dos formas de expresión que la sociedad cree haber logrado dominar. Fenómeno tan inexplicable como el mismo ser humano, capaz de lo mejor y de lo peor. En otras palabras, todo se vale en la guerra y el amor… y el fútbol.

Frases que nunca pasan de moda y la que antecede este párrafo. Tres situaciones universales, tan distintas pero que en el fondo se entrelazan. La guerra, aquella forma bestial de mostrar quién manda a quién o, como como la describen ciertos personajes, “ver quién la tiene más grande”.

Visceral pero cierto. Puede que no pueda observarse relación con el amor, pero aquí es donde entra a colación un común denominador entre ambos. Hablamos del deporte y, para más seña, del que nos apasiona. De esta estirpe la historia está llena, hay un poco de ellas en cada uno de los capítulos más significativos que la conforman.

Pasaje hacia la plena madurez, con sus principios, sus valores consolidados, su honestidad, su generosidad y coraje. A lo largo de los años hemos podido comprobar, con nuestros propios ojos, la presencia de los mismos en lugares inesperados, impropios. Las canchas de fútbol no escapan a este fenómeno.

Aunque lo ideal es que todo esto sea impulsado por las familias y escuelas, sabemos el contexto en el que nos manejamos actualmente. Las influencias paternales, la libertad diluida con los años de relación y el mismo crecimiento personal nos señala el camino que, mediante varios factores, determinemos que sea el idóneo. Caótica y presurosa modernidad, sobre todo en las preciadas canteras, donde se van formando jóvenes hombres antes que futbolistas.

Hay muchas personas que se han cansado de todo lo relacionado con el fútbol moderno. Ven el brillo y el glamour de los acuerdos de patrocinio, la hospitalidad corporativa, los estadios modernos sin alma y cada momento capturado un millón de veces en las redes sociales, y sienten que la esencia del deporte está siendo arrancada de sus raíces. Casos hay muchos aunque lo mejor es no generalizar y encender un debate que podría no correspondernos. La pasión no se destruye, sólo se tranforma. Como la energía, como los sentimientos.

El ciclo eterno del fútbol nos lleva hacia los próximos desafíos. Tenemos el chip interno de competitividad que nos hace querer derrotar esos retos venideros. Constantemente es así, no hay tiempo de lamentos. Viene siendo de ese modo desde hace varios millones de años atrás. Nos levantamos y ya hay otro salto que dar.

En el mundo que estamos, y con la agitada existencia que esta especie lleva, es de vida o muerte -casi literal- hacer lo posible por seguirle el ritmo. Desde que los chinos y los aztecas comenzaron a jugar con un balón o los ingleses se hayan encargado de llevarlo a todo el mundo. El fútbol como la vida misma.

 

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Juan Zavala
Venezolano del 96. Literatura, geopolítica y deportes. Contando aquellas historias que tanto nos apasionan desde otro punto de vista.

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