viernes, 7 junio, 2019
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Por Facundo Osa (@FacuOsa)

 

Conocido como el equipo más dominante de la historia del hockey femenino, la selección australiana pasó a los libros de historia del deporte por los logros que consiguió en menos de una década y por la abrumadora superioridad que contaba por sobre sus rivales.

Durante más de ocho años, se situó en la cima del ranking mundial en parte gracias a su 11% de derrotas, el más bajo registrado en un período de más de cinco años hasta el momento.

Desde el comienzo de las competiciones oficiales reguladas por la Federación Internacional de Hockey (FIH), Australia no era una de las grandes candidatas ni peleaba por medallas en el plano femenino. Sus mayores logros habían sido un segundo y tercer puesto en los Mundiales de 1983 y 1990, el último celebrado en Sydney, un título y dos subcampeonatos en Champions Trophy y un oro en los Juegos Olímpicos de Seúl en 1988.

Sin embargo, la Federación Australiana de Hockey buscaba mejores resultados por lo que designó a Ric Charlesworth como director técnico de la selección en 1993. Pese a que era su primera experiencia como head coach, Charlesworth tenía vastos conocimientos del deporte luego de haber jugado 17 años con los Kookaburras, la selección masculina. A lo largo de su carrera como jugador, anotó 87 goles y fue convocado a cinco Juegos Olímpicos (aunque solo pudo disputar cuatro por el boicot a Moscú 1980), y se consagró campeón en la Copa del Mundo de Londres 1986, logros que le valieron un lugar entre los mejores de la historia.

Fue en su época como delantero donde aprendió a conocer su cuerpo y distinguir entre estar cansado y sin energía. Este concepto que inculcó en las Hockeyroos fue uno de los tantos que empleó para conseguir el mayor rendimiento individual posible de sus dirigidas, que luego se trasladaría a mejores resultados a nivel grupal. Su motivación de buscar y presionar los límites físicos y psicológicos de las jugadoras fue un arma de doble filo ya que le permitió formar el mejor plantel de hockey de la historia que, al mismo tiempo, terminó dilapidando por la sobre aplicación de nuevos experimentos.

 

 

Una nueva fuerza arrasadora

El ascenso de Australia a la cima del hockey mundial fue resultado de una combinación pocas veces vista hasta ese momento: un entrenador con ideas innovadoras pero, a la vez, estricto y duro a la hora de discutir, un plantel cohesionado que aceptó esa forma de liderazgo, una capitana silenciosa y respetada como Rechelle Hawkes y Alyson Annan, la mejor jugadora del momento y considerada la mejor de la historia. Para cualquier coach hubiera sido un escenario muy favorable y hasta un placer dirigir a un equipo con esas características, pero Charlesworth no se relajó y se encargó de potenciarlo al máximo.

Desde que asumió en 1993, consiguió dos Copas del Mundo al hilo (1994 y 1998), cuatro Champions Trophy consecutivos (1993, 1995, 1997 y 1999) y una medalla dorada en los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996. No solo se trataba de un grupo que en seis años había cosechado más títulos que a lo largo de toda su historia, sino que lo hicieron pulverizando todo tipo de records y estadísticas.

 

 

El experimento que destruyó todo

En 1913, el ingeniero agrícola francés Max Ringelmann investigó sobre un fenómeno, que más tarde se denominó pereza social, a través de un experimento en el cual 14 personas debían tirar de una soga para mover un objeto. Luego, le pidió a cada uno que arrastrara la soga por su cuenta, obteniendo como resultado que empleaban más fuerza cuando lo hacían solos que en conjunto.

A pesar de que en aquel momento Ringelmann atribuyó los resultados a la falta de coordinación, en 1979 un grupo de científicos de la Universidad de Ohio tomó los estudios del francés y perfeccionó su trabajo con una prueba totalmente distinta.

Juntaron a un grupo de voluntarios a los que les pidieron que gritaran lo más fuerte que puedan. Luego repitieron la prueba pero con todos gritando al mismo tiempo y detectaron que los gritos individuales habían sido un 20% más potentes que cuando lo hacían de forma grupal. La conclusión a la que llegaron fue que este fenómeno era algo propio de la naturaleza humana y que, cuanto menos identificable resulta el esfuerzo de una persona, menos se esfuerza.

La pereza social llegó a los oídos de Charlesworth a mediados de los ´90 por intermedio de un psicólogo amigo, que cambió la forma en que el entrenador entendía las relaciones interpersonales dentro de un grupo humano. Es por esto que en 1995 decidió que la capitanía, que entonces ostentaba Rechelle Hawkes, fuera compartida ya que la idea del capitán como líder era un anacronismo y en 1996 implementó un sistema de rotación de la cinta entre cuatro jugadoras.

Sin embargo, en 1999 Charlesworth intentó redefinir la idea de la capitanía al no tener una capitana fija, sino que la cinta iría rotando de partido en partido anunciando a la encargada de portarla minutos antes de saltar al césped. La idea era que todas las jugadoras sintieran la responsabilidad de ser la conductora dentro del terreno de juego y que no se relajaran sabiendo que otra tendría que lidiar con eso.

La primera en enterarse de este nuevo sistema fue Hawkes, quien seguía siendo la líder del vestuario por más que dejara de ser oficialmente la capitana. Pese a que ella no protestó (“no hay discusión posible con Ric, en general no escucha lo que dicen los demás. Le dije ‘si eso es lo que quiere, no puedo hacer nada al respecto” explicó en el libro Capitanes de Sam Walker), los medios defenestraron al entrenador, respaldaron a la antigua capitana y hasta seguían mostrando la C junto a su nombre a la hora de anunciar las formaciones de los partidos.

El primer llamado de atención llegó a mediados del 2000, cuando Australia finalizó tercera en el Champions Trophy disputado en Amstelveen y no pudo conseguir su quinto título consecutivo. Fue entonces cuando Charlesworth mostró su cara más combativa frente a las cámaras, culpando a los árbitros y adjudicando que las más jóvenes no pudieron soportar la presión, y en el vestuario, donde llegó a reprochar a Hawkes frente al resto del equipo.

 

 

El broche de oro de una camada histórica

Así llegaron las Hockeyroos a los Juegos Olímpicos de Sydney 2000, en los que iban a ser las anfitrionas y, en consecuencia, las favoritas para quedarse con la medalla dorada a pesar de que los ánimos del equipo no eran los mejores.

Esta competencia también iba a tener un sabor especial ya que era la última de Hawkes, quien había anunciado que se retiraría una vez finalizada su participación. Es por esto por lo que, una vez que Australia llegó a la final, después de ir de menor a mayor en el torneo, todas esperaban que fuera la capitana en la final frente a Argentina.

Aunque a ella no le gustaba ser el centro de atención, sabía que aquel 29 de septiembre todas las cámaras iban a apuntarla, todos los periodistas iban a hablar sobre el final de su carrera y que los espectadores la iban a animar más de lo normal. Era su día y todos lo sabían.

Sin embargo, en la mañana del 29 de septiembre Charlesworth anunció que Renita Garard iba a llevar la cinta de capitana. Todas, incluida ella misma, esperaban que Hawkes fuera la portadora a modo de homenaje y agradecimiento por todo lo que había hecho por la camiseta y el equipo. Fue un golpe muy duro para ella, por más que no lo externalizara, y para el grupo, que lo tomó casi como una falta de respeto.

Por más tenso que estuviera el ambiente en el vestuario, en la cancha las Hockeyroos no dejaron dudas y vencieron a Argentina (que luego de esos Juegos empezarían a hacerse conocer como Las Leonas) por 3 a 1. En las estadísticas, Garard fue la capitana pero Hawkes fue la líder en el transcurso del juego y tuvo influencia directa en dos goles. En el primero asistió a Alyson Annan y en el segundo ejecutó un corner corto que rebotó en el palo y cuyo rebote aprovechó Juliet Haslam para poner el 2 a 0 parcial.

Sin embargo, con el retiro premeditado de Hawkes, la posterior partida de Annan a Holanda para dedicarse a la competencia de clubes y la renuncia de Charlesworth como head coach, Australia perdió abruptamente su dominio. Finalizó tercera en el Champions Trophy de 2001 y 2002 y cuarta en el Mundial de 2002, donde también fueron locales ya que se celebró en Perth.

Pasaron más de 18 años del final de aquella histórica selección australiana y aún no hubo otra camada estuviera cerca de ser comparada con ellas. En ese periodo de tiempo, Las Leonas irrumpieron en la escena internacional con dos Copas del Mundo, dos medallas plateadas en los Juegos Olímpicos y varios Champions Trophy al igual que Holanda, que cuenta con dos medallas doradas, tres Mundiales y algunos Champions Trophy.

Australia, por su parte, acumuló dos subcampeonatos el mundo (2006 y 2014), y un solo título de Champions Trophy, cifras más cercanas a las generaciones que antecedieron a las Hockeyroos de los 90′.

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