jueves, 1 octubre, 2020
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25 de octubre de 1997. El Monumental de Núñez espera, abarrotado para una nueva edición del superclásico del fútbol argentino. Aparece River y el coloso estalla. Una lluvia de papeles inunda el campo mientras abajo, en los aledaños del verde césped, desde la manga se escuchaban los gritos del capitán de Boca. ¡¡Huevos, vamos!! gritaba efusivamente Diego Armando Maradona. Mucho se había hablado de su posible ausencia en aquel partido. Perseguido por acusaciones de doping y por una lesión que lo venía maltratando desde hacía un mes, se especulaba con que el diez finalmente no iba a poder estar. Pero estuvo.

El árbitro Horacio Elizondo, que debutaba en un superclásico, ya tenía que arrancar haciéndose cargo de inconvenientes externos, urgiendo a los reporteros que se abarrotaban indebidamente en las inmediaciones del terreno de juego a ocupar sus lugares correspondientes. El partido no dio comienzo sin antes homenajear al reportero gráfico José Luis Cabezas, a nueve meses de su asesinato, acompañado por el silencio del estadio.

En los primeros instantes del partido, el Muñeco Gallardo, actual entrenador del conjunto de Núñez, desprendió los primeros ¨Oooole¨ que bajaban desde las tribunas con sus permanentes sprints. El mediocampo era su sala de juegos y el exquisito mediocampista derrochó toda su calidad a placer. Promediando la primera etapa, River, sin Enzo Francescoli, confirmaba el análisis previo y se mostraba como un equipo más aceitado y preparado para desarrollar un fútbol de ataque. Conexiones entre líneas, desmarques y velocidad, todo fluía para el local. El momento de River se sustentaba a base de la velocidad de Rambert y del Diablo Monserrat, y la claridad de Gallardo, pero el colombiano Óscar Córdoba resultaba ser la carta defensiva más eficiente de los de La Boca, con un sólido primer tiempo.

Sin embargo, pese a la superioridad millonaria, la diferencia entre Maradona y el resto era palpable, incluso cuando su zona de influencia y sus pases no generaban un peligro directo. El diez pensaba antes de actuar, con una calidad que, a sus 36 años, seguía tan firme como la adoración que el público argentino tenía sobre su figura. Sus pases contenían un esteticismo difícil de obviar. Con el correr de los minutos, el dominio de River se hacía cada vez más evidente y la hinchada comenzó a acompañar cada pase con los ¨Ooole¨ característicos de una goleada. Los de Boca, contragolpeando en ese secundario partido que se juega desde las tribunas, replicaban los cánticos al mínimo contacto de uno de los suyos con la pelota, por más efímero que fuese.

Con el primer capítulo agonizando, una gran combinación entre Salas y Berti que partió desde la derecha con Rambert le dio a los millonarios el primer gol del partido a los 40 minutos. Berti, que venía realizando un buen encuentro, aprovechó la gran asistencia de cabeza del chileno y empujó la pelota suavemente con el interior de su pie al palo izquierdo de un Córdoba que esta vez solo pudo mirar. Los últimos 15 minutos de aquella primera parte continuaron su curso con un dominio constante de La Banda. Cuando la pelota no estuvo al mando de los locales, los inútiles intentos de Boca por llevar al cuero a los pies del mejor jugador de la cancha hicieron del partido un monólogo. Pelota larga o intercepción, y balón para River…una y otra vez. 

Pero Maradona se tornó lentamente infructuoso. Con algo más de 15 minutos por jugar, poco fue quedando de aquel efusivo capitán que dio a los gritos la charla mientras los jugadores se amontonaban en esa manga inflable tan característica del fútbol argentino. Tampoco era el mismo que saludó a puño cerrado a aquella multitud que (habría que verlo hoy) llenó las dos bandejas visitantes que daban a uno de los arcos. Mucho menos de aquel Diego que se acercó cruzando las vallas de publicidad y esquivando fotógrafos para saludar a Ramón Díaz -con quien no hablaba desde hacía años- y a sus colaboradores para luego volver al terreno sagrado persignándose como siempre lo hizo.

Cansado y errático, en esas pocas ocasiones en las que Maradona recibió, el guión del partido no cambió. El primer gran fallo llegó desde un tiro libre a unos diez metros del área. El ex del Nápoli levantó para que sus compañeros la fueran a buscar allá bien al fondo del área, al segundo palo, solo que la pelota se fue directamente tras la línea de cal sin poder conectar con nadie. Luego fueron dos pelotas interceptadas, una por abajo y otra por arriba, sin poder llegar a destino de los dos jugadores boquenses más adelantados, Palermo y Latorre. Así fue la historia de aquel primer tiempo. 

El Bambino Veira, con pasado en el club local, contaba entre sus armas con un niño de apellido Riquelme, que llevaba la número 20 a sus espaldas y que por entonces estaba dando sus primeros pasos en el fútbol profesional. Y fue él quien, tras el receso, fue llamado a cambiar el destino de aquel partido. Pero la cámara se quedó con Claudio Paul Caniggia, que también se disponía a ingresar. El relator mencionaba el primer cambio, Riquelme por Vivas, y ¨también a la cancha el 8, Claudio Paul Caniggia, se retiró el 10, Diego Armando Maradona¨.

En el complemento, goles de Toresani y Palermo dieron vuelta una historia que parecía cantada por lo visto en los primeros 45. Aquella tarde, Olé calificó el aporte de Maradona como ¨lento y previsible. Fue uno menos a la hora de preocupar. Increíble pero real¨.

El final del partido desató la locura de Maradona, que ingresó al campo de juego desde el vestuario para cargar contra los hinchas millonarios. Era la primera vez que Diego conseguía ganar en ese estadio. Y, para finalizar, dejó esa misma noche una de las frases más recordadas de su trayectoria, cuando dijo que “Boca jugó a lo Boca y River jugó a lo River. Ellos hicieron un gran primer tiempo pero en el segundo se les cayó la bombacha”.

Un mes antes, luego de un partido ante Newell´s, había declarado, casi en forma de súplica lo siguiente: ¨lo primero que hice cuando salí de la cancha y que me dolía la pierna fue esperar el sorteo del antidoping; y así no se puede vivir¨. Ante las interminables presencias de controles antidoping que llegaron a hacer peligrar la vida de su padre, decisiones judiciales en espera y la incómoda situación que vivía con ciertos dirigentes del club boquense, sumado a la responsabilidad deportiva de ser el capitán y líder de un Boca que jugaba por debajo de sus posibilidades, aquel cóctel se abalanzó sobre Maradona con una ferocidad tal que ninguna defensa de aquellas a las que se enfrentó durante toda su carrera podría replicar. Pero fueron las versiones del control positivo ante River (a posteriori negativo) y la muerte de su padre las gotas que finalmente terminaron de colmar el vaso que ya estaba lleno.

Cuatro días después del partido ante River, y un día antes de su cumpleaños, Maradona anunciaba al mundo a través de una entrevista radial que se había terminado el jugador de fútbol. El retiro, por sorpresivo que haya parecido tras aquel superclásico, era algo que rondaba con frecuencia en la cabeza de un Diego cansado con las falsas acusaciones de dopaje y la última gran mentira que la prensa le atizó por aquellos días, afirmando erróneamente que su padre había fallecido. 

Supo decir el célebre escritor Eduardo Galeano que Diego jugaba mejor a pesar de la cocaína y no gracias a ella. Al final, ahí, en el ocaso que le llega a todos, incluidos los dioses de las masas, la historia se preguntará lo que hubiera podido ser sin la compañía de aquella sustancia durante gran parte de su carrera. Pregunta que también podríamos hacernos sobre el contexto y la forma de su retiro. El Diez jugador de fútbol se fue así, sitiado por el silencio deportivo y el caos mediático, en la que sea quizás la muestra más humana que hayamos podido ver jamás de un Maradona hundido, una vez más, por el contexto que le rodeaba.

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Enzo Del Llano
Periodista. De Córdoba, Argentina. Hincha del fútbol modesto y del básquetbol en todas sus formas. Convencido de que el deporte es cultura.

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