domingo, 20 septiembre, 2020
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La temporada de 2008 será una de las más recordadas de este siglo sin duda alguna. Especialmente lo será la última carrera del Mundial, el Gran Premio de Brasil. La lucha por el campeonato fue muy reñida entre Felipe Massa y Lewis Hamilton, y el desenlace es por todos conocido. 

En el circuito de Interlagos se decidía el resultado final, con el inglés aventajando al brasileño en siete puntos. Tras dominar Massa toda la carrera, ganarla y ver como virtualmente era campeón, Hamilton adelantó a Glock en el último suspiro para birlarle el Mundial por un mísero punto. Historia del deporte, pero quedará para otra ocasión.

Si bien en sentido estricto Massa “perdió” el título aquel día, se podría decir que lo hizo tres Grandes Premios antes, en Singapur. El escenario era idílico: primera carrera nocturna de la historia del deporte, bajo luz artificial. Y además era el GP 800 de la F1, día redondo. Así pues, el fin de semana no decepcionó. A este circuito llegaba Lewis Hamilton como líder con Massa a sólo un punto, misma diferencia que al final de temporada.

La igualdad se hizo presente en su máximo esplendor, más aún cuando Massa logró la pole y Lewis el segundo lugar. Una pole con una diferencia aplastante: 8 décimas y media. Un auténtico vueltón que demostraba que iba a por todas. En la salida aguantó bien la posición y se mantuvo en primer lugar durante las trece primeras vueltas, marcando el territorio con sus perseguidores y poniendo en dificultades a Hamilton para lograr el título. En esos momentos, Massa era el nuevo líder del Mundial.

 

 

Ya en la vuelta 13, sucedió algo que seguro todos conocemos. Nelsinho Piquet colisionó su coche a propósito, instigado por Flavio Briatore, para beneficiar a su compañero de equipo Fernando Alonso. El español había entrado a boxes en la vuelta anterior, y el choque de Piquet obligó al coche de seguridad a salir a la pista. En esta situación, sin poder entrar los demás coches a boxes, Fernando Alonso se colocaba en una provisional primera plaza que después confirmaría. Y por su parte, Massa cedía el liderato con la esperanza de recuperarlo cuando todos hubiesen parado.

Sus aspiraciones se diluyeron como un azucarillo en un café. Al entrar en boxes y ejecutar la parada, su semáforo se puso en verde antes de tiempo y dio gas sin haber finalizado el repostaje. El resultado fue una de las más icónicas escenas de los últimos años: se llevó por delante la manguera y algún mecánico con ella. Un auténtico esperpento, provocado por un fallo electrónico que hizo el replantearse volver a las piruletas manuales con las que se perdían algunas milésimas, pero se ganaba en seguridad.

Sin embargo la cosa no quedó ahí, pues detuvo el monoplaza y dejó el motor en ralentí durante un tiempo muy prolongado a la espera de que los mecánicos le sacaran de encima el instrumento. Tras el show en el pitlane, Felipe Massa logró volver a pista pero no pudo finalizar más allá del decimotercer lugar. Pasó de liderar con relativa comodidad a ni siquiera puntuar. Y en el lado opuesto, Hamilton veía como un tercer puesto le iba a venir hasta bien con el fallo de Massa. El inglés salía de la urbe cosmopolita de Singapur con seis puntos más de ventaja, siete en total. Fin de semana perfecto.

La de Singapur no fue la única mala actuación del brasileño, pues en las dos primeras fechas abandonó, en Silverstone acabó decimotercero y en Hungaroring decimoséptimo. Pero la de Singapur tiene un cariz especial. Sin ese accidente de Piquet, no se habría dado esa parada y ese grotesco espectáculo no habría ocurrido. Y es especialmente duro sabiendo que no fue un error suyo. La suerte actuó allá donde las manos nada podían hacer. Con un simple punto habría logrado su único Mundial de Fórmula 1, un punto que habrían sido diez en condiciones normales. El destino fue injusto con él aquella noche en el circuito de Marina Bay, y es por eso que el automovilismo siempre le deberá una al bueno de Felipe Massa.

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2001. Iba para geógrafo, luego para político y me tuve que conformar con el fútbol. Amante del fútbol exótico y que trasciende más allá de dar patadas a un balón.

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