jueves, 21 noviembre, 2019
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Es muy probable que para usted, lector de cualquier rincón del mundo, el Córdoba Club de Fútbol le resulte una entidad anónima. Uno de tantos equipos que nunca serán mundialmente relevantes porque no tendrán grandes estrellas en sus filas ni conquistarán ligas, copas o mundiales inventados.

Pero el Córdoba es mi equipo. Y voy a intentar vendérselo ahora que cuesta muy poco.

No nacimos ayer, aunque tampoco tenemos la solera de los británicos. Aunque desde los años 20′ se jugara al fútbol en la única ciudad del mundo con cuatro Patrimonios de la Humanidad (sí, la mía, la nuestra: Córdoba), no fue hasta el 54′ cuando se gestó el actual Córdoba C.F. por la fusión del Real Club Deportivo Córdoba -que estaba castigado por las deudas y que había surgido en 1928- y el más saneado y joven Club Deportivo San Álvaro.

Cuando nos tocó disfrutar de verdad del fútbol de la élite, yo no había nacido. Fue entre los sesenta y setenta. Ocho temporadas en Primera. Un memorable -para quienes lo vivieran, claro- quinto puesto en la 64-65. Unas semifinales de Copa en las que el Athletic Club nos robó la ilusión. Años en los que teníamos porterazos como Miguel Reina, centrales internacionales con la selección como Mingorance o leyendas modestas como el centrocampista Juanín. Tratando de recuperar la grandeza, nuestro Presidente de Honor, Rafael Campanero, se fue a Buenos Aires y se trajo al goleador de River Daniel Onega tras verle posar junto a Dominichi en la portada de una edición de la revista El Gráfico. Onega nunca nos pudo devolver a Primera, pero se transformó en una de nuestras leyendas eternas.

42 años tardamos en volver a la máxima categoría del fútbol español. Lo conseguimos de manera in extremis, como casi todo lo que hemos logrado. En Las Palmas, en el minuto 94 de un partido que tuvo que ser suspendido temporalmente por invasión de campo y tras una Liga regular en la que únicamente pudimos ser séptimos y en la que hubo hasta manifestaciones contra la gestión de la propiedad. 

Parafraseando a los Monty Python: “nadie espera al Córdoba Club de Fútbol”. Tampoco esperamos mucho nosotros mismos, por lo que no nos extrañó que batiésemos todos los registros en nuestra novena temporada en Primera. Negativos, claro. En toda la segunda vuelta no ganamos ningún partido y, naturalmente, bajamos con mucha antelación y con estrépito tras un 0-8 del Barcelona de todas las estrellas.

Afortunadamente, el Córdoba C.F. es mucho más que sus resultados deportivos. En su estadio, El Arcángel, se reza antes de cada partido uno de los himnos más bonitos del fútbol mundial -y no estoy exagerando-. Una costumbre enraizada en la última década y que epata a quienes visitan un campo horroroso por fuera, pero muy bonito y caluroso por dentro. Caben 21.000 personas. No se llena casi nunca, pero porque casi nunca acompaña el equipo. Eso sí, estando en Segunda B -lo que equivale a una tercera categoría- contamos con once mil abonados. 

En los últimos tiempos de blanco y verde han jugado peloteros con nombres ilustres como Javi Moreno, Oleg Salenko, José Antonio Reyes, Nico Olivera, Dennis Serban, Paco Jémez, Rafa Berges, Florin Andone… 

Y, a pesar de todo lo que les estoy explicando, el Córdoba Club de Fútbol puede estar viviendo sus últimos días. Lastrado por una gestión presuntamente delictiva de su teórico propietario Jesús León (investigado por cuatro delitos societarios) y por la incompetencia o negligencia de sus antecesores, actualmente acumula una deuda neta de más de diez millones de euros. Sus futbolistas, alguno de ellos como De las Cuevas con pasado en Champions League, llevan ya dos meses sin cobrar y si no cobran el siguiente podrían marcharse libremente atendiendo a la legislación deportiva española.

En los últimos tiempos, los administradores judiciales que velan por la frágil salud del club se enfrascaron, con la autorización de un Juzgado, en una vía inédita en este país. Separaron lo que se conoce como “unidad productiva” (es decir: el club de fútbol como tal) de la “Sociedad Anónima Deportiva” (el capital) para vendérsela a un fondo de inversión de Bahréin por apenas tres millones. Es una solución desesperada que puede facilitar que el club se mantenga en una especie de coma inducido mientras llegan mejores tiempos. O puede que no sirva para nada y ni terminemos la temporada. Siempre nos quedará el recuerdo de lo que fuimos. Y el aliento de lo mucho que nos queda por hacer. Por ejemplo: que nos conozcan ustedes que nos leen desde cualquier punto. Como decimos por aquí: “¡Forza Córdoba! Y sobre el campo, la verdad”.

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Toni Cruz

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