lunes, 23 mayo, 2022
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Por Sergio Nápoli

 

Aquí la historia del Mathare United F.C., el equipo formado en uno de los barrios de emergencia más grandes de África que revolucionó el fútbol de Kenia a principios del siglo XXI con un proyecto basado en la inclusión y la autogestión.

 

En el año 1987 el canadiense Bob Munro llegaba hasta el barrio de Mathare, en las afueras de Nairobi, para buscar a su hija que trabajaba allí como voluntaria. Mientras la esperaba, notó que, en un pequeño espacio abierto entre viviendas precarias y pilas de basura, unos chicos de cuatro o cinco años jugaban al futbol con una pelota de papel atada con un hilo. También advirtió que los chicos discutían permanentemente porque no se ponían de acuerdo acerca de si una jugada había sido falta o no. Entonces, se acercó y decidió arbitrar el partido para poner fin a las controversias. Los chicos inmediatamente lo aceptaron pues, en definitiva, la presencia de un juez le daba un aire de seriedad al encuentro. En ese mismo instante Munro decidió que podía trabajar con esa comunidad y, sin saberlo, comenzaría un proyecto que diez años más tarde impactaría en el futbol profesional de Kenia e, incluso, en la selección nacional del país.

Para entender esta historia hay que aclarar que Mathare no es un barrio cualquiera, sino uno de los barrios de emergencia más grandes y antiguas de África. Ubicada a 4 km del centro de Nairobi, allí viven entre 200.000 y 500.000 personas (según la época y la fuente consultada). Su nombre deriva de la palabra Mathari, que en Kikuyu (una de las lenguas locales) significa “rama” y durante la época colonial, la zona era una cantera en la que se juntaban piedras para la construcción. Un día, un trabajador decidió construir una cabaña allí. Así vivió en soledad hasta que, luego de la independencia, cuando mucha gente pobre del campo decidió mudarse a Nairobi en búsqueda de trabajo, la zona comenzó a poblarse con viviendas precarias de quienes necesitaban un lugar barato y cercano a la capital para poder alojarse. Así, sin un plan y en tan solo 1,5 km2, se formó una urbanización precaria.

En ese reducido espacio, se levantan pequeñas casas de chapa oxidadas y suelo de tierra roja. Los pasillos entre ellas llenos de basura y desechos humanos pues en la zona no sólo no hay servicios públicos, sino que descargan los desagües de barrios más pudientes. Al describir la vida diaria en Mathare, el diario The Standart, señala que “Sobrevivir es una lucha diaria solo reservada para el más fuerte. La subsistencia tiene como telón de fondo pobreza, anarquía, prostitución y falta de los servicios básicos, entre una innumerable cantidad de complejidades sociales… En el barrio no hay agua, refugio, asistencia médica o policía…No hay infraestructura ni calles ni baños, la gente hace sus necesidades en bolsas de polietileno y las deja en la calle”.

En ese contexto, con una población que vivía con menos de un dólar diario y una sola comida por jornada, Bob Munro decidió iniciar un proyecto que, a través del fútbol, permitiera el desarrollo de los niños y jóvenes de la comunidad y su integración social.  Así, en 1987, nació MYSA (Mathare Youth Sports Association), una organización de desarrollo comunitario, en el que los propios habitantes del barrio tenían activa participación en la toma de decisiones.

 

 

El Barrio se llena de fútbol

Entre sus primeras acciones, MYSA organizó una liga de fútbol en el que participaban equipos integrados exclusivamente por jóvenes de Mathare. Para poder competir en los torneos, los jugadores tenían la obligación de hacer servicios para la comunidad. Principalmente recolectar basura, tarea clave en un barrio en el que, al no existir recolección estatal, los desperdicios se acumulaban en las calles y eran fuente de enfermedades como tifus o cólera. Cada equipo tenía la obligación de cumplir esas tareas al menos dos veces por año y ello les permitía sumar puntos para el torneo. Los propios jugadores eran quienes decidían los lugares a limpiar y cuando. Los jóvenes también tenían voz y voto en la organización de la competencia.

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El éxito del primer torneo fue tal que, para su segundo año, la liga ya tenía 21 equipos, árbitros oficiales y, a su conclusión los organizadores entregaban a uno de los chicos del barrio el trofeo. Ese momento fue registrado por los medios de comunicación que, de esta forma, mostraban una buena noticia salida de Mathare, al que siempre vinculaban con drogas, delito y pobreza.

Tres semanas después de la entrega de premios, cuando se abrió la inscripción del nuevo torneo los equipos anotados superaban los 100. Munro señala que el secreto del éxito era “no impedir a ningún equipo anotarse, aunque los chicos vinieran descalzos, con remeras y pantalones rotos”.

Algunos años después MYSA organizaba varias ligas en las que competían 1.927 equipos y más de 28.000 jugadores. A medida que la liga crecía, la FIFA comenzó a interesarse y promocionar el proyecto y comenzaron a aparecer sponsors que permitieron reunir fondos con los que se financiaban cuotas de colegio para los chicos que formaban parte del proyecto.

 

 

El nacimiento de Mathare United FC

Con el paso de los años, las primeras generaciones de jóvenes jugadores de MYSA crecía y aquellos que más prometían deportivamente necesitaban un espacio para seguir desarrollándose. Además, MYSA no solo formaba jugadores sino también equipos técnicos y dirigentes deportivos.

Para darles lugar, en 1994 se fundó el Mathare United  F.C., que comenzó a participar en los torneos de oficiales organizados por la Federación de Fútbol de Kenia. Todos los jugadores, DT, cuerpo técnico y dirigentes eran ex MYSA.

La política de compromiso con la comunidad de MYSA se extendió al United, ya que todos los jugadores del club tenían la obligación de cumplir con 20 hs. mensuales de servicio a la comunidad, además debían hacer cursos de prevención de HIV –enfermedad que asolaba (y asola) al continente- y dar charlas en el barrio sobre el tema.

Con un estilo de juego basado en el toque corto y la precisión en los pases el equipo comenzó su camino en las ligas menores de fútbol de Kenia, donde realizaría una campaña sorprendente. En 1996 ganó la Provincial Super League y, para 1998, ya había ascendido a la National Super League, la segunda división del fútbol profesional.

Ese mismo año también ganaría la Moi Golden Cup (la copa de Kenia), transformándose en el primer equipo de segunda división en ganar el torneo, el segundo más importante del país. Por si fuera poco, también en 1998, lograría el ascenso a primera división. Y, para cerrar una temporada histórica, se consagraría campeón de la Supercopa de Kenia, venciendo 2-1 al campeón de la liga, el AFC Leopards, uno de los dos equipos más populares y ganadores del país.

De repente, el mundo del fútbol de Kenia descubría a este pequeño equipo de los barrios bajos de Nairobi al que, en una clara muestra de desprecio a sus orígenes, la prensa comenzaría a llamar los “Slum Boys”, algo así como “los chicos de la villa”.

Pese a que, vendrían más éxitos, 1998 fue el momento cumbre del club, el más inspirador para los hinchas del fútbol que veían como una institución recién nacida y autogestionada por gente de un barrio despreciado por la opinión pública irrumpía en la gran escena del fútbol de Kenia.

El sorprendente equipo de 1998 estaba íntegramente conformado por jóvenes proveniente de los torneos de MYSA y de Mathare. Si bien todos eran novatos en el primer nivel, suplían la inexperiencia con el hambre de gloria. La calidad del plantel era tal que, según los especialistas, el DT Jonathan Niva tenía tres jugadores por puesto para elegir a la hora de poner al once en cancha.

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Sin embargo, 1998 sólo era el comienzo de una gran aventura, ya que el United terminó tercero en su primera temporada en primera división, en 2000 volvió a ganar la Copa Moi y en 2001 y 2007 lograría el subcampeonato de la liga. Probablemente nadie en 1994 hubiera pensado que el humilde equipo que representaba a los olvidados y desclasados llegaría a competir y vencer a los gigantes del futbol keniata, como Gor Mahia o AFC Leopards.

Finalmente, en 2008 el objetivo tan buscado se haría realidad. El United se consagraría campeón de la liga en la última fecha al vencer a los Red Berets, con dos goles de Francis Ouma. Ouma era el claro ejemplo del proyecto de Munro. Nacido en Mathare y formado en MYSA, no sólo convertiría los goles del campeonato, sino que también sería el goleador del torneo con 15 goles y se transformaba en la gran esperanza de la selección nacional.

El equipo campeón tenía el sello que caracterizaba al United, un estilo de pases fluidos, juego vistoso y récord de fair play, ya que era el conjunto con menos tarjetas rojas y amarillas del torneo. Al mando estaba el joven DT Francis Kimanzi, de 35 años, formado en la escuela de MYSA y capitán del equipo que ganó la copa de 1998, que sorprendía con tácticas y estrategias innovadoras para el fútbol local.

La superioridad y calidad del plantel era tal que once de sus integrantes formaban parte de la selección nacional de Kenia de 2008, una de las más exitosas de la historia del país. A ello había que sumarle otros jugadores que se habían formado en el club y se desempeñaban en el extranjero y al propio DT Kimanzi, que se hizo cargo de los Harambee Stars.

El proyecto de Munro, iniciado como un simple intento de ayuda para los jóvenes de un barrio marginal y olvidado de Nairobi, no sólo se había convertido en la organización juvenil no gubernamental más grande en África, sino que estaba revolucionando el fútbol profesional de Kenia. Su éxito trascendería las fronteras ya que hasta Sir Bobby Charlton posaría su mirada en el United para señalar que era el más notable club deportivo del mundo.

 

 

 

No todo es para siempre

Sin embargo, cuando todo parecía presagiar el inicio de una larga dinastía, los días de gloria del Mathare United llegarían a su fin. Pese al subcampeonato de 2009 y el tercer puesto de 2010, el equipo transitaría toda la siguiente década como un conjunto de mitad de tabla e incluso en 2019 debería luchar por no descender.

La explicación hay que buscarla en la explosión del hiperprofesionalismo, que permitió a los dos gigantes del futbol de Kenia, Gor Mahia y AFC Leopards, engrosar sus billeteras con recursos provenientes de sponsors y derechos de TV y, por lo tanto, tentar a los mejores jugadores del país con contratos que ningún club, excepto el Tusker F.C. -financiado por la poderosa East African Breweries- podía equiparar.

Por el contrario, Mathare United es un club social que depende de la buena voluntad de los donantes y que, al asumir una neutralidad política y étnica, no cuenta con el respaldo de ningún partido político ni tiene el apoyo incondicional de un grupo étnico, como ocurre con el Gor Mahia -el equipo de los Luo- y el AFC Leopards -el equipo de los Luhya-.

Por todo ello, luego de 2010 comenzó a sufrir una sangría permanente de jugadores. Por ejemplo, en 2012 perdió a veinticuatro de los veintisiete integrantes de su plantel. Si bien es cierto que el proyecto del club es nutrirse de los jóvenes formados en los torneos de MYSA, no lo es menos que con ellos se puede reemplazar el talento, pero no la experiencia de los quienes parten hacia los equipos con mayores recursos y que son sus rivales directos en la competencia local.

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El nuevo contexto obligó a introducir cambios en aspectos centrales de la filosofía que distinguía al club. A partir de 2015 comenzó a reclutar a jugadores de otros equipos y en 2021 contrató un DT ajeno al proyecto, dejando de lado la regla de que todos los miembros del plantel provinieran de MYSA. Esto necesariamente trajo aparejada cierta pérdida de identidad y también de disciplina y compromiso con la institución. A ello se deben sumar a errores dirigenciales, e incluso alguna denuncia de abuso sexual, que han hecho que los últimos años del United resultaran para el olvido. Ni el regreso del mítico Kimanzi al banco de suplentes en 2017 pudo ayudar a cambiar la suerte del equipo.

 

 

Luces y sombras de un proyecto innovador

Al repasar la historia del proyecto iniciado por Munro en los años 80, no pueden dejar de advertirse ciertas contradicciones.

Por un lado, el modelo MYSA, algunos de sus lemas [1] y su concepción del deporte como forma de introducir la disciplina y el respeto de las reglas sociales en los jóvenes de un barrio marginal presenta ciertos paralelismos con la filosofía que movía a los colonizadores de principios del siglo XX que introdujeron al fútbol en África como medio para imponer el respeto a las reglas y los valores morales y culturales europeos a los “salvajes” del otro lado del mediterráneo. Nada mejor para entender este objetivo que las palabras de un misionero inglés que, 1909, al describir un partido de fútbol entre jóvenes keniatas señala: “Creemos que nuestro deporte, adecuadamente controlado, puede ser un poderoso canal a través del cual Dios puede obrar para la elevación de esta raza. Necesitan ser fortalecidos en el ámbito de su naturaleza física, donde Satanás reina con tanta fuerza, y qué mejor que mediante la sustitución de sus propias danzas malvadas por un juego como el fútbol, ​​en el cual se encuentran magníficas cualidades”.

Sin embargo, desde otro ángulo, no es posible ignorar que gracias a MYSA muchos jóvenes del barrio de Mathare, olvidados y abandonados a su suerte por las autoridades locales y nacionales, pudieron acceder al sistema educativo y desarrollarse profesionalmente como nunca antes lo habían hecho. Además, lejos del paternalismo colonial, las estructuras de MYSA y la toma de decisiones están a cargo de los propios vecinos del barrio que se comprometen con el proyecto.  Por otra parte, MYSA y el Mathare United permitieron dar visibilidad al barrio y permitir a sus habitantes, por una vez en su vida, enfrentarse y vencer, al menos en el campo deportivo, a los poderosos.

Al mismo tiempo, al seguir el camino recorrido por el United en sus pocos más de 25 años de vida no pude más que advertirse la nueva realidad que afronta el fútbol profesional en todos los rincones del mundo. La híper profesionalización del deporte sólo ha contribuido a hacer más fuertes a los poderosos, o a aquellos que encuentran un mecenas que los sostenga.  Para el resto, sólo queda sobrevivir en la medianía. Es improbable, luego de la primera década del siglo XXI, que un equipo sin grandes sponsors y con la totalidad de sus jugadores y cuerpo técnico pueda lograr lo que consiguió los muchachos del Mathare entre 1994 y 2008. No obstante su presente, nada podrá quitarle al United el orgullo de ser el equipo que, desde uno de los barrios de emergencia más pobres y grandes de África se enfrentó y venció a los poderosos del fútbol de Kenia y, los que es más importante, les abrió el camino para una vida mejor a la que el destino parecía haberlos condenado.

 

 

 

 

 

 

 

[1] Vos hacés algo, MYSA hace algo. Vos no haces nada, MYSA no hace nada.

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