miércoles, 19 febrero, 2020
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Se suele decir que cuando algo va mal, por muy terrible que sea, siempre hay dos vías que seguir. Hacia arriba, hacia la salida de la oscuridad, la luz. O hacia abajo, un fondo opaco que no se ve ni a centímetros pero que, sin duda alguna, te absorbe sin piedad. Y él se vio, a mitad del camino, cayendo en un pozo interminable de forma irremediable, a mayor velocidad que la que jamás tuvieron sus galopadas por los céspedes que una vez lo hicieron feliz. Todo, según se cuenta, había sido una concatenación de acontecimientos inesperados. Una serie de catastróficas desdichas. El amor, la amistad, el trabajo… la pasión, todo lo había abandonado.

Aunque suene baladí, a cliché, y menos cierto que un cuento interpretado a medianoche para no-dormir a tus criaturas, todo le afectó. Y tocó fondo. Todo lo que había a su alrededor eran míseras apariencias, marcadas por el año en el que se encontraba inmerso. Un año de decepciones, de desesperaciones, de depresión. Y así tocó fondo. Envuelto en rumores de traspaso constantes que él no hacía más que desmentir y rechazar, en una dinámica personal y social compleja de entender y que, a día de hoy, todavía no tiene una explicación más lógica más allá de los fantasmas que le ocuparon durante más tiempo de lo que quiso admitir. Sus hábitos cambiaron. Sus costumbres profesionales cambiaron. Y hasta su localización e importancia en el engranaje del equipo variaron también.

De tal manera que, en lo que dura la caída desde la cima del mundo -más rápida de lo que se suele admitir- pasó de encadenar de 90′ en 90′ sobre el tapete verde que tanto le adoraba a hacerlo en gradas y “boxes” oficiales del estadio y tardes delante del televisor, viendo a sus compañeros jugar como nunca -y perder como siempre- en cualquier punto de la Península.

Hasta que un día llegó a ver la luz al final del túnel. Porque siempre se ha dicho que cuando algo va mal, debes volver a donde una vez fuiste feliz. Es por ello que cada año salen artistas “archiconocidos” que hacen un remasterizado de ese álbum que les catapultó a la fama, películas que viven remakes interminables o series que vuelven a ser puestas en antena. Y es por ello que cuando algo nos va mal, acudimos a ese momento que nos hizo sentir vivos, a ese lugar que conocemos como hogar, y a esas personas que conocemos como familia. Y, a veces, lo hacemos sin querer darnos cuenta de ello. Precisamente, lo que le sucedió a Pione Sisto. Volvió al fútbol de salón. O, mejor dicho. El fútbol de salón volvió a llamar a su puerta.

 

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La alegría que maravilló al mundo

El danés llevaba un año y medio enganchado a una dinámica de negatividad constante, y aun cuando jugaba, lo hacía con la mosca detrás de la oreja, pues era posible que el siguiente partido, por bien que lo hiciera, desapareciera de la rotación. Fuera de la convocatoria. Pione necesitaba regularidad, paciencia y confianza. Lo que le habían brindado dos años atrás, es decir, nuestro punto de partida.

Y es que después de vivir triunfado durante dos años consecutivos en Europa, siendo parte varias veces del 11 de la jornada -uno de los 11 mejores jugadores de los que participaban en la Europa League-, y haber anotado goles y repartido asistencias semana sí y semana también, sufrió la primera pérdida dolorosa. El “Toto” Berizzo se fue, y Pione Sisto se quedó sin su “padre” celeste, que lo había acogido y hecho rendir en cuestión de milésimas. Pero llegó Juan Carlos Unzué. Escuela Barça, enamorado del fútbol de posesión, y con un esquema táctico muy similar al de su predecesor. Un esquema en el que Pione iba a ser uno de los argumentos más importantes.

 

 

Pisar el Everest y el Sáhara en menos de un año

Y así empezó el curso 17/18 como la bala más precisa del mundo. Jugando todo lo jugable, pasando todo lo pasable, y regateando todo lo regateable. El jefe había cambiado, pero Pione seguía entregando informes de excelencia. Y así llegó al final de la primera vuelta con 4 goles y 9 asistencias en su poder, siendo durante momentos el jugador de las cinco grandes ligas con más asistencias repartidas. Ni De Bruyne, ni Leo Messi, ni Mesut Ozil, no. Pione Sisto. Pero, de repente, algo cambió. JCU dejó de confiar en él. Y Sisto fue intercambiando, como si de una partida de tenis se tratara, minutos de titularidad, resquicios de la basura en los finales de partido y encuentros vistos desde el frío del banquillo sin solución. Y tal y como se perdió la confianza en él, él dejó también de creer en sí mismo.

De esta manera, habiendo iniciado un bucle eterno que no parecía tener solución -y que la dinámica del equipo no ayudaba a romper-, acabó la temporada habiendo anotado un tanto más en las jornadas finales, en las que volvió a ser sorprendentemente titular. Pues el entrenador no sabía qué hacer para cambiar el funcionar del conjunto, y le dio a Pione en abril y mayo el doble de los minutos que había jugado desde diciembre, aunque lo acabó sacando del equipo para los dos últimos encuentros. Es decir, un auténtico sinsentido. Y así llegamos al verano de 2018. El momento en que todo se acabó rompiendo definitivamente.

 

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El inicio del fin

Llegó el Turco Mohamed, que supuso un cambio astronómico con respecto a lo que había sido el Celta, en términos de estilo y forma de jugar, desde inicios de década. Y Pione entró en la atmósfera del argentino al momento. Y su partido ante el Levante -1 gol, 1 asistencia, una defensa completamente desquiciada- fue la muestra de ello. Pero tras un buen inicio, el Celta completó una racha de seis partidos sin ganar, haciéndose con 3 puntos de 18. En los que Pione disputó 136 minutos totales. Lo que se traduce como un 25% de todos los minutos que se habían jugado. Y otro entrenador llegó, lo probó en los entrenamientos, y volvió a quitarle su confianza. Y otro llegó más tarde, y no quiso ni probarlo. Porque lo que le hizo Escribá a Pione Sisto no está escrito. Y por eso lo vamos a hacer nosotros ahora.

En los 24 encuentros que dirigió como técnico del Celta de Vigo, entre el 3 de marzo y el 3 de noviembre -8 meses exactos-, dispuso una alineación inicial que contaba con Sisto en ella en una ocasión. Lo dejó fuera de la convocatoria en siete oportunidades. Y no lo sacó al campo estando en el banquillo en otros cinco partidos, lo que supuso un total de 12 partidos jugados, en los que repartió 261 minutos. Es decir, 20 minutos por partido. Y de esos 13, en cuatro ocasiones lo introdujo en el campo con 10 o menos minutos por jugar, sin darle opción alguna para demostrar nada nuevo.

Y es cierto que Pione no estaba en el mejor nivel de forma, que tuvo escandalosas polémicas con su alimentación -trató de completar un challenge de 1 mes tomando sólo fruta- y que su estabilidad mental se encontraba en mínimos vitales, pero la situación futbolística y su relación con Fran Escribá no ayudó. Así, un jugador que había llegado a tener un valor de mercado -según Transfermarkt- de 15 millones de euros llegó a su debacle definitiva, y pasó a unos muy optimistas seis “kilos”. Llegó a parecer, incluso, un ex-jugador. Por eso, cuando un jugador está así, necesita un nuevo inicio en su vida. Un nuevo inicio que llegó con Óscar García Junyent. Que le dijo “levántate y anda”, y pasó de andar a volar en cuestión de segundos.

 

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El padre que siempre necesitó acogió a su mejor prodigio

Porque Pione Sisto está vuelta. El Pione Sisto de verdad. El que recibe y encara en cuestión de milésimas, y asusta a su defensor como si del terror de los 70 se tratara sólo con levantar la mirada. El que arma la pierna y provoca el mayor escorzo jamás visto por parte del portero para evitar gol. Que se entiende con su lateral sin necesidad de mediar palabra. Y el que ya es, a día de hoy, el mejor socio del mejor delantero nacional, Iago Aspas. Y la primera persona a la que hay que dar méritos es… a su propio esfuerzo. Porque decidió quedarse y apostar por sí mismo cuando nadie lo hacía, luchar cada día por mejorar y, cuando llegó OGJ, aprovechar la primera oportunidad que tuvo por delante. Y así se ha convertido, en cuestión de dos jornadas, en titular indiscutible.

Junyent ha visto el potencial de Pione, sabe qué puede llegar a aportar, y sabe que si lo sienta después de un desacertado partido va a destruir todo lo que quiere construir incluso antes de empezar. Y aunque las estadísticas más básicas no lo muestren así -2 goles en 8 partidos de Liga y Copa- no hay nada más cierto que la verdad. Que Pione es uno de los pocos jugadores que se salva del desastre que está siendo esta campaña del Celta de Vigo. Una verdad que, esta vez sí, otras estadísticas apoyan.

En 7 partidos ha recibido ya 17 faltas, 7º jugador de la plantilla habiendo jugado muchos menos minutos que todos los que tiene por delante; es el jugador con mejor porcentaje en regates conseguidos entre aquellos que han intentado más de 15; es 3º en disparos realizados -lo que demuestra que vuelve a contar con que su tiro pueda funcionar- y es 3º en pases cruzados intentados -y conseguidos por cada 90 minutos jugados-.

El número 11 del club gallego vuelve a maravillar a la hinchada celeste después de mucho tiempo, y cada vez que él sonríe miles de vigueses sonríen a su ritmo. Porque si Pione se divierte, el Celta puede soñar con lo más alto. Aunque, para eso, el oriundo de Kampala no puede tirar sólo de un carro que está a punto de romper. Pero sí que puede hacer lo pos-imposible por evitar que caiga colina abajo.

 

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Andrés Weiss
En el 2004 el baloncesto me abrió las puertas de la imaginación, y Manu Ginóbili fue quien se encargó de que nunca más se volvieran a cerrar. La velocidad con la que mis dedos teclean historias nunca ha menguado, y la pasión de revivir relatos de sudor y sacrificio es la motivación mas grande que mueve mi redacción. Soy alemán, español y gallego, sin orden, y desde 2012 vivo ligado al traqueteo de las teclas de mi ordenador.

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