miércoles, 30 septiembre, 2020
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Existen personas que se encuentran marcadas por un destino del cual no pueden escapar, aunque esto no sea algo malo necesariamente. Estas no saben aún que hacer con sus vidas hasta que tienen una epifanía, una revelación profunda que viene desde lo alto y que le manifiesta a aquellos corazones inquietos “esto es lo que deberás hacer por el resto de tus días“.

Según cuenta la leyenda, el italiano Dorando Pietri (nacido un 16 de octubre de 1885 en Correggio, aunque desde pequeño vivió en Carpi), siendo un adolescente, estaba trabajando como aprendiz y repartidor de una panadería cuando de repente vio correr a Pericles Pagliani, el mejor atleta de larga distancia del país a principios del nuevo siglo. No se sabe qué fue lo que le llamó la atención del entrenamiento que este se encontraba realizando, pero no lo dudó: se acomodó su delantal y se prendió a él como si fuera su Robin, su sombra, su todo. Su destino lo había venido a buscar y no lo pensó ni por un segundo.

Después de aquel encuentro Pietri comenzaría su trayectoria como corredor, compitiendo unos días después en Bologna en una competencia de 3 kilómetros y terminando en un increíble segundo lugar. Tras esto, el joven de prominente bigote y ojos un tanto tristes armó sus maletas cada vez que el deber lo llamó, viajando hacia los Estados Unidos, Brasil, Canadá, Argentina o Francia para probarse a si mismo.

El crecimiento de Dorando en el atletismo fue bestial. Si bien se entrenaba en el club La Patria, hasta su primera competencia en Bologna nunca había corrido de forma competitiva, pero en apenas tres años se convirtió en la gran esperanza italiana de cara a los Juegos Intercalados de 1906, un torneo realizado en Atenas que tenía como fin organizar un gran evento en tierras griegas en medio de dos Juegos Olímpicos “regulares”, una idea que finalmente no pasó de aquel año, debido sobre todo a los enormes gastos que el torneo conllevaba. Pietri no solo ganó la carrera de clasificación para el evento, sino que llegó a dominar la maratón del mismo; sin embargo, una enfermedad intestinal le obligó a abandonar cuando llevaba una cómoda ventaja. El destino de Dorando era correr, pero a cambio de su don terminaría pagando un precio: no poder llevarse un oro olímpico. En Atenas, y sin saberlo, tuvo una pequeña degustación de lo que le pasaría dos años más tarde.

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Tan cerca, tan lejos

Tras aquella decepción el italiano siguió entrenándose en aras de demostrar que era el mejor. Por lo pronto, lo era puertas adentro, algo que lo dejaba como la gran esperanza del país de la bota de cara a Londres 1908, competencia para la cual Pietri se preparó a conciencia. Sin embargo, ni él ni nadie sabía que esta disciplina cambiaría para siempre en aquel evento.

Hasta entonces, la maratón era una carrera de 40 kilómetros, ya que representaba simbólicamente la gesta de Filípides. Pero, como explica en su libro Luciano Wernicke, “para satisfacer un pedido del rey Enrique VII, la carrera se extendió 2 kilómetros hasta las murallas del Castillo de Windsor, situado al oeste de Londres. El monarca deseaba que su hija María, quién había sido madre horas antes y descansaba en su cuarto, viera la salida de los corredores desde su ventana. La medida volvió a modificarse el mismo día de la carrera, el 24 de julio, mientras los atletas se acercaban al coliseo. Debido a la lluvia que caía sobre la capital inglesa, los responsables del comité olímpico local accedieron a mover la meta media vuelta a la pista (exactamente 195 metros) hasta la base del palco oficial, para que Eduardo VII y el resto de su familia disfrutaran de la resolución de la competencia sin mojarse”. De repente, Pietri y los demás competidores tendrían que sumarle 2 kilómetros y 195 metros más a su ya más que demandante recorrido inicial, algo que, sin dudas, sentirían varios competidores, incluyendo a nuestro protagonista.

Cuando comenzó la carrera, tres maratonistas atacaron la punta en diferentes momentos: los locales Thomas Jack y Frederick Lord (el primero hasta los 8 km y el segundo hasta los 22) y el sudafricano Charles Hefferon, quien luchó férreamente con el italiano hasta el kilómetro 38, cuando perdió terreno al aceptar una copa de champagne proveniente del público. Tras ir por detrás durante prácticamente toda la carrera, ahora parecía que el triunfo de Dorando era posible.

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El italiano entró en el Estadio Olímpico envuelto en una cálida ovación. Las 100 mil almas que allí estaban no paraban de alentar al nuevo héroe olímpico, ese hombre de apenas 160 centímetros que, sin embargo, casi no podía escucharlos debido a que el calor, la deshidratación y el desgaste lógico de una carrera más larga hicieron efecto en él en el peor momento posible. Sir Arthur Conan Doyle, el creador -entre tantas otras obras- del famoso detective Sherlock Holmes, estaba trabajando como periodista aquel día. Desde su visión más poética, diría lo siguiente: “Por fin llegó. ¡Pero qué diferente del exultante vencedor que esperábamos! De la oscura arcada se tambaleó un hombrecillo, con calzoncillos rojos, una criatura diminuta que parecía un niño. Se tambaleó al entrar y se enfrentó al rugido. Luego, débilmente, giró a la izquierda y trotó cansado alrededor de la pista, rodeado de amigos y animadores”.

El italiano estaba tan cansado que había tomado un rumbo contrario hacia la meta, por lo que todo el mundo debió señalarle el camino. Y él, armado con las últimas pizcas de fuerza que le quedaban, intentó correr aquellos metros finales. Pero se cayó una, dos y hasta tres veces. Ya no le quedaba nada. Lo había dado todo pero se estaba muriendo en la orilla. Finalmente se encontró con varias personas (se dice que entre ellas estaba el propio Doyle) que lo ayudaron a dar aquellos pasos definitivos para cruzar la meta en un tiempo de 2:54:46.4, llegando en segundo término el norteamericano Johnny Hayes, que terminó muy cerca de Pietri (2:55:18.4).

“Por supuesto que el premio fue para el estadounidense, ya que su rival había sido ayudado, pero la simpatía de la multitud, y estoy seguro de todos los deportistas estadounidenses presentes, fue para el pequeño italiano. No solo escribí a Dorando, sino que abrí una suscripción para él en el “Daily Mail”, que obtuvo más de 300 libras esterlinas, una fortuna en su pueblo italiano, de modo que pudo abrir una panadería, algo que no podría haber hecho con una medalla olímpica” narraría Sir Arthur, sin dudas conmovido por lo sucedido, igual que todos los espectadores. Dorando Pietri no pudo quedarse con el oro justamente por haber sido ayudado, pero se ganó el respeto de propios y extraños, ya que incluso estuvo cerca de morir tras la gesta. Sin dudas, era el real sucesor de Filípides.

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Cuando despertó, la mismísima reina Alejandra le regaló una enorme copa dorada en agradecimiento. Hasta se llegó a hacer una canción en su honor. Esta carrera, sin dudas, ayudó no solo a darle un real valor a los Juegos Olímpicos -algo que se había perdido un poco en las dos ediciones anteriores-, sino que, además, fue capital para agregarle ese toque místico a las maratones siguientes, siempre tan apasionantes y llenas de historias.

La fama de esta carrera fue tal que se realizó una revancha entre Pietri y Hayes en el mismísimo Madison Square Garden, con un agónico triunfo por parte del italiano. Tras esto, Dorando inició otro tour (como en sus inicios) por el continente, ganando 17 de las 22 carreras que disputó, retirándose en 1911 para dedicarse a los negocios, falleciendo un 7 de febrero de 1942 en San Remo. A veces, ganar un oro no hace mítica a una persona, sino su valor y determinación. Dorando Pietri había nacido para esto.

 

 

Fuentes: Visit Modena, Encyclopaedia Britannica, The Arthur Conan Doyle Encyclopedia, “Historias Insólitas de los Juegos Olímpicos” de Luciano Wernicke

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Juan Pablo Gatti
Me estaba por retirar del periodismo -no iba a ser una gran pérdida la verdad- pero TLB apareció para salvarme la vida. Escritor de corazón, podcastero amateur y contador de historias por vocación. Orgulloso del equipo que supimos formar y deseoso por seguir creciendo en este mundo tan competitivo.

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