sábado, 8 junio, 2019
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Cuando la República Democrática Alemana se fundó en 1949 luego del desastre que dejó la Segunda Guerra Mundial, comenzó un largo camino que separaría ideológica y geográficamente a dos sectores de un mismo país. Con el correr del tiempo, las tensiones de la Guerra Fría llevarían a Alemania del Este a levantar el Muro de Berlín para protegerse de la inminente amenaza capitalista que el aparato de propaganda de la RDA se encargó de instalar en el día a día de la población.

Años después de la creación del Muro, además de la propaganda y el control que el Estado ejercía sobre los ciudadanos, el deporte comenzó a ser visto por el Gobierno de aquel país como una oportunidad de promover la imagen del mismo. Los continuos avances tecnológicos brindaron nuevas herramientas de difusión como la televisión a color, con una imagen mucho más nítida y atractiva, y el interés por eventos como los Juegos Olímpicos aumentaba considerablemente durante aquellos años.

En un contexto semejante, marcado por el nerviosismo, la incertidumbre y el hecho de que cualquier mensaje que emanaba desde un Estado estaba cargado de una enorme significación, la cúpula gobernante de la RDA, de manera similar a como procedía la Unión Soviética, encontró en el deporte la ventana perfecta para demostrar ante una audiencia cada vez más global que el ideal de nación que pregonaban era superior a los demás.

Al igual que lo que sucedía con la carrera espacial entre Estados Unidos y la URSS y los conflictos previos entre los americanos y Cuba, el terreno deportivo cobró una importancia determinante en aquella época. El premio máximo que ofrecían las citas competitivas era el de tener el derecho de reclamar la victoria por sobre las otras naciones participantes, de que la bandera de un determinado país flamee más alto que la de su adversario, y eso, en el contexto ya mencionado, era algo que los Gobiernos no dejaron de lado.   

Los atletas ejercieron como embajadores indirectos de aquel mensaje, en el que cada medalla era una victoria de un sistema sobre otro. Comenzando en 1968, con Erich Honecker, Presidente de la RDA, Manfred Zebal como Ministro de Deportes y el médico deportivo Manfred Hoeppner, se dió inicio al Plan 14.25, mediante el cual se determinó la creación de un sistema de preparación y entrenamiento de atletas, que desde una edad muy temprana eran colocados en determinados internados en los que se dedicaban a entrenar y a prepararse para representar al país de manera internacional.

Ser elegido para el programa estatal de deportes era el sueño de muchos. La oportunidad de viajar, destacarse entre la juventud y representar a su país era algo que llamaba enormemente la atención a aquellos que vivían en una sociedad recluida y sin gran conexión con el afuera.

Los clubes deportivos eran las sedes que ejercían como academias preparatorias de aquellos atletas del futuro. Entre los clubes más importantes, destacaban el Dynamo Dresden, el Carl Zeiss Jena y el Dynamo de Berlín, cuyo Presidente Honorario, Erich Mielke, era el jefe del Ministerio para la Seguridad del Estado, conocido como la Stasi.

Los niños y jóvenes eran sometidos a jornadas agotadoras, que incluían programas de entrenamiento que en numerosas ocasiones sobrepasaban los límites físicos y médicamente aceptables que el cuerpo humano puede soportar.

Debido a la importancia que el Gobierno le daba a la imagen y al éxito deportivo, el Plan 14.25 contemplaba cualquier recurso posible que hiciera que los atletas tuvieran un rendimiento no solo competitivo, sino un rendimiento que garantizara el éxito, con la Stasi siendo el órgano supervisor que controlaba el cumplimiento del plan.

Según declaraciones del profesor y doctor Werner Franke, un personaje que trabajó arduamente por el reconocimiento del programa estatal de dopaje desde la caída del Muro en 1989, la empresa farmacéutica Jenapharm situada en Jena, una ciudad del centro-este alemán y sus trabajadores, formaron parte de aquel programa junto con la Stasi, la policía secreta de la República.

La empresa farmacéutica fue la que, entre los años 60′ y 1989, desarrolló y produjo la droga llamada Oral-Turinabol, una hormona sexual masculina que promueve el desarrollo de la musculatura y un aumento en la agresividad, además de un crecimiento excesivo de vello, cáncer y problemas renales.

Los atletas debían ingerir ciertas pastillas que, de acuerdo con lo que los entrenadores decían, se trataba de vitaminas, de sustancias de apoyo, como las llamaban en aquel entonces. Los entrenadores comenzaron a suministrar esas sustancias a sus pupilos en edades de preadolescencia, detectando previamente a aquellos quienes tuvieran las mejores cualidades físicas para poder desarrollarse y convertirse en atletas de élite.

Uno de los casos que ejemplifican la gravedad de lo ocurrido es el de la plusmarquista y triple campeona Olímpica en los Juegos de Moscú en 1980 Rica Reinisch, quien sufrió abortos involuntarios y la aparición de quistes en los ovarios tiempo después de su retiro.

Tristemente, el caso de Reinisch queda opacado por uno aún más grave, el sufrido por Heidi Krieger, ex participante en las pruebas de lanzamiento de peso, a quien a los 16 comenzaron a suministrarle las hormonas masculinas. Krieger, nacida en Berlín en el año 1966, destacaba por su altura y su capacidad atlética, y sus entrenadores habían visto cualidades más que suficientes en ella como para llegar a desarrollarse exitosamente en su especialidad.

Ante la insistencia de sus entrenadores, quienes le aseguraron sobre los beneficios de dichas ¨vitaminas¨, Heidi comenzó a consumir los anabólicos que supuestamente le iban a permitir recuperarse más rápidamente de una lesión y evitar enfermedades, creyendo que era lo mejor para poder llegar a cumplir su sueño.

Con el paso del tiempo, Heidi comenzó a notar cambios repentinos en su cuerpo que hicieron que su balance corporal pasara a responder al de un cuerpo masculino. La cantidad de hormonas ingeridas seguían produciendo cambios en su cuerpo y en su mentalidad, haciéndola más agresiva y fuerte, llegando al punto de ser objeto de las miradas de la gente por su aspecto deliberadamente masculino.

Aquellas sustancias cambiaron su cuerpo y su vida para siempre y, en una época en la que ella misma reconocía no tener una noción definitiva sobre su sexualidad, aquella transición hormonal y corporal la obligaría a realizarse una operación para cambiar su sexo, y adoptando una nueva identidad, la de Andreas Krieger. Alrededor de 3.000 miligramos de testosterona en un año fueron las medidas que el cuerpo de Heidi soportó durante aquel tiempo, una cantidad tres veces mayor a la que ingerían, por ejemplo, los atletas masculinos que competían en pruebas de atletismo.

El beneficio político era el fin. Demostrar que el socialismo era el sistema superior fue lo único que el poder tuvo en consideración, e hizo uso de la ciencia para potenciar las cualidades físicas y la resistencia de los atletas a un precio muy alto, con entrenamientos inhumanos, que hombres y mujeres eran capaces de soportar únicamente gracias a las sustancias ingeridas. Todo era planificado desde la cúpula gobernante, que durante 20 años transformó a sus atletas en ratas de laboratorio que posteriormente conseguirían las medallas que serían utilizadas orgullosamente por el poder con motivos políticos al término de cada competencia.

Con la caída del Muro de Berlín primero, y la unificación de Alemania después, los archivos del Plan 14.25 salieron a la luz a principio de los años 90 y se conocieron los detalles de aquella atrocidad. Las sustancias suministradas a los miembros del programa lejos estaban de ser meras vitaminas. Se trataban de sustancias ilegales que los entrenadores y directores del programa utilizaron para dopar los cuerpos de niños y adolescentes causando daños irreversibles.

Los resultados fueron catastróficos para aquellos cuerpos maltratados. Mujeres cuyos huesos y ligamentos sufrieron daños de por vida debido al excesivo entrenamiento para el cual su anatomía no estaba preparada, abortos repentinos producto del desgaste que sufrieron los ovarios de las atletas, y quistes repartidos por el cuerpo de algunos de los más desafortunados.

Ante la pregunta de aquellos quienes detectaban anormalidades y notaban malestares y cambios repentinos en su cuerpo, las desviaciones y las amenazas aparecían automáticamente, con la Stasi ejerciendo como principal arma de intimidación.

Lo único que importaba era la patria, y la imagen de esta ante el mundo. Y vaya que lograron obtener una imagen exitosa en el ámbito deportivo, con una ganancia total de 519 medallas en 11 participaciones en los Juegos de verano e invierno que sitúan hoy en día a la República Democrática de Alemania en el puesto número 10 del medallero Olímpico, tres décadas después de la disolución del país, y quedando segunda en los medalleros de los Juegos de Montreal en 1976, Moscú en 1980 y Seúl en 1988.

Se estima que un total de 15.000 deportistas estuvieron bajo la órbita del plan deportivo estatal, mientras que más de 400 médicos, entrenadores y funcionarios estuvieron implicados en el programa.

Con el juicio de Berlín, en el año 2000, algunas de las heridas pudieron cerrarse luego de que la denuncia de 32 atletas derivara en la sentencia de las dos mentes perpetradoras de aquella barbarie, el Doctor Manfred Hoeppner y el Ministro de Deportes Manfred Ewald, a quienes se les castigó con 22 años y 18 meses de cárcel. También, los doctores Dieter Binus, jefe de la selección femenina del Dynamo de Berlín y Bernd Pansold, quien estaba a cargo del centro de medicina deportiva de Berlín del Este, fueron enjuiciados por administrar las sustancias ilegales que contenían hormonas masculinas a niñas entre 1975 y 1984.

Las dimensiones de lo ocurrido siguieron manifestándose más allá de los cuerpos de aquellos atletas que sufrieron semejante maltrato. La obra denominada como el ¨Milagro deportivo de la RDA¨ no sólo arruinó las vidas de aquellos atletas que fueron sometidos a un régimen atroz durante toda su carrera deportiva, sino que las consecuencias de lo ocurrido también perjudicaron a los hijos de estos, algunos de los cuales presentaron malformaciones en la formación de su cuerpo y particularmente en sus extremidades.

El caso del dopaje en la RDA es uno de los tantos que ejemplifican el uso del deporte con objetivos políticos, en los que los Gobiernos buscan apropiarse de los éxitos y de los beneficios que una competencia internacional de gran relevancia puede ofrecer a la imagen y a la percepción de un país, y remarca la voracidad con la que un Estado puede ejercer el control por sobre sus atletas, obligándolos a poner en peligro sus cuerpos y sus vidas por un objetivo patriótico que buscaba imponer una imagen de superioridad nacionalista.

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Enzo Del Llano
Periodista. De Córdoba, Argentina. Convencido de que el deporte es cultura. Hincha del fútbol modesto y del básquetbol en todas sus formas. Estuve en Canadá y también me enamoré del hockey sobre hielo. Creo que la calidad debe ser más importante que la primicia, ese debe ser el camino.

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