jueves, 1 octubre, 2020
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Por Enrique Roldán.

Se me ocurren pocos lugares más pacíficos que Enschede, una pequeña localidad del noreste de los Países Bajos. La ciudad en sí misma es un remanso de paz, tiene una plaza típica holandesa custodiada por una iglesia protestantemente simplona, varias zonas peatonales donde rubios de dos metros devoran papas fritas con mayonesa, y alguna que otra zona verde donde echar las pocas tardes de sol que Flandes ofrece a lo largo del año.

De hecho, diría que lo más peligroso de Enschede son las bandadas de gansos que te persiguen si pasas muy cerca con la bicicleta, algo que ocurrió alguna que otra vez cuando viví allí hace ya unos diez años. En definitiva, un lugar tan idóneo para vivir en paz que cuando el equipo de la ciudad, el Twente FC, ganó la liga hace once temporadas, los aficionados celebraron el título guardando una distancia social que antes no era necesaria y que ahora marca las pautas del día a día. Celebraciones y abrazos sí, pero los justos, que son del norte.

Sin embargo, algo cambió en 1992 cuando unos 500 vecinos cruzaron la frontera alemana e hicieron destrozos en Gronau, el pueblecillo teutón que les quedaba más cerca. ¿Qué ocurrió para que aquellos pacíficos ciudadanos dejaran de lado su tranquilidad holandesa y decidieran romper los escaparates de un par de supermercados y tiendas? Ocurrió el fútbol. No porque el balompié sea un deporte que genere violencia de forma natural, sino porque este bendito juego funciona como un reflejo de los problemas políticos, sociales, históricos o culturales (podríamos seguir con la enumeración) de un país. La invasión alemana de los Países Bajos durante la II Guerra Mundial provocó una herida difícil de cerrar, y a pesar del transcurrir de los años, era fácil que el recuerdo del horror terminara saliendo a flote e impregnara nuevamente la sociedad holandesa.

El 10 de mayo de 1940, en una maniobra que buscaba facilitar la invasión de Francia, el III Reich comenzó su incursión en los Países Bajos. Una semana más tarde la reina Guillermina había huido a Reino Unido, Rotterdam había sido convertida en un solar tras un bombardeo que ahogó la ciudad en llamas, y los holandeses comenzaron a temblar al ser conscientes del terror que les esperaba. Tras cinco largos años de pavor, muerte y servidumbre, los Países Bajos fueron liberados, sus ciudadanos pudieron recuperar sus bicicletas (una de las primeras medidas del ejército alemán fue la confiscación de todas las bicicletas del país) y la vida comenzó a retomar, muy lentamente, la tranquilidad previa a la guerra. 

Los años pasaron, Europa se lamió las heridas y supo renacer de sus cenizas poco después del genocidio más terrible de la época contemporánea. Pero llegó el fútbol. El 7 de julio de 1974 se enfrentaron Países Bajos y Alemania Federal en la final del Mundial celebrado en tierras germanas, y aunque Alemania siempre fue candidata al título, aquella Naranja Mecánica sentaba cátedra cada vez que jugaba con un Cruyff tan aficionado al tabaco como a dejar rivales en el camino.

Todo se puso de cara para los Oranje tras un gol de Neeskens en el minuto dos, pero Breitner y Müller consiguieron darle la vuelta al marcador antes de que acabara la primera parte. El partido terminó y el título mundial se quedó en Múnich. ¿De veras los escasos treinta años que habían transcurrido entre la conclusión de la guerra y la disputa de esta final fueron suficientes para cerrar heridas? Que se lo pregunten al entonces jugador del Feyenord Willem van Hanegem, quien días antes de la disputa del encuentro no tuvo reparos en dedicar las siguientes palabras a los compatriotas de Beckenbahuer: “Odio a los alemanes. Lo único que quiero es humillarlos. Mataron a mi padre, mis dos hermanos y mi hermana. Los odio”.

El mundial de Argentina 78, celebrado bajo el oscuro manto de la dictadura de Videla, sirvió para que Alemania Federal y los Países Bajos volvieran a enfrentarse. No obstante, un empate a 2 en un partido muy descafeinado de la fase de grupos no tuvo mucha trascendencia para los holandeses, quienes siguieron esperando para alcanzar la verdadera venganza. Tuvieron que hacerlo hasta el año 1988, cuando la ciudad de Hamburgo fue testigo de una semifinal de Eurocopa que volvía a enfrentar a los dos viejos enemigos. Los alemanes se pusieron por delante con un tanto de Matthäus, pero los goles de Koeman y Van Basten consiguieron que los Países Bajos avanzaran a la final, donde vencieron a la URSS y se alzaron con su primera Eurocopa.

Sin embargo, aquella victoria contra Alemania fue mucho más celebrada por los ciudadanos holandeses que la propia conquista del trofeo. La imagen de Koeman limpiándose el culo con una camiseta alemana dio la vuelta al mundo; en torno al 60% de los ciudadanos holandeses se echaron a la calle para celebrarlo; y la plaza Leidsplein de Amsterdam se llenó de aficionados que tras tantos años de ánimos reprimidos gritaban a los cuatro vientos que les habían ¡devuelto las bicicletas! Para muchos holandeses aquello fue el final de la guerra. Los invasores habían sido expulsados muchos años atrás, pero aquella tarde en Hamburgo se convirtió en la más dulce de las victorias.

Curiosamente, a raíz de aquel partido, el sentimiento anti alemán aumentó entre los holandeses más jóvenes. Hasta poco antes del encuentro, la inquina contra los teutones era algo propio de las generaciones más ancianas, pero todo el ambiente generado en torno a la semifinal provocó que incluso los más jóvenes comenzaran a mirar con rencor al vecino del este. Así las cosas, muchos sintieron que la revancha no había sido completa, y que tal y como había dicho van Hanegem en 1974, los alemanes debían ser humillados.

La historia no tardó en darles otra oportunidad y, en los octavos de final de Italia 90, ambas selecciones volvieron a verse las caras. Aquel partido celebrado en Milán dividió la ciudad en dos, pues Van Basten, Gullit y Rijkaard jugaban en el Milán, mientras que Matthaus, Brehme y Klinsmann hacían lo propio para el Inter. Los Países Bajos, al igual que ocurriera en 1974, partían como favoritos, pero los interistas Klinsmann y Brehme anotaron dos goles que hicieron inservible el penalti convertido por Koeman. Los holandeses habían vuelto a quedar apeados de un Mundial por culpa de los alemanes mientras los escupitajos de Rijkaard y Völler (ambos expulsados) aparecían en todas las televisiones del planeta.  

El varapalo para los Países Bajos fue tremendo. Aquellos que buscaban revancha solo encontraron desazón, y muchos pensaron que quizás ya era la hora de cerrar heridas y dar por buena la victoria en aquellas semifinales de 1988. Pero el fútbol siempre te da una nueva oportunidad. En la Eurocopa celebrada en Suecia en 1992 los Países Bajos y Alemania volvieron a encontrarse en el verde con un italiano (casualidades de la vida) como árbitro. Poco antes de saltar al campo, el seleccionador holandés Rinus Michels dijo a sus jugadores que marcarían tres goles (dos de ellos anotados por centrocampistas) y que los alemanes marcarían un gol o dos. El balón echó a rodar y Rijkaard (centrocampista) marcó un gol poco después del pitido inicial. Rob Witschge, de la misma demarcación, marcó otro gol de libre directo. Klinsmann puso el temor en los corazones holandeses pero un postrero gol de Dennis Bergkamp dejó el resultado final en 3 a 1. Michels había acertado y los ciudadanos holandeses enloquecieron cuando el árbitro decretó el fin del partido.

Tras la derrota en Italia 90 buena parte de la sociedad holandesa perdió el deseo de revancha contra los alemanes, pero aquella nueva victoria en 1992 sirvió como catarsis definitiva para el pequeño país del norte de Europa. Fue a raíz de aquel partido cuando los 500 habitantes de Enschede dejaron atrás la tranquilidad de sus zonas verdes y sus gansos perseguidores de bicicletas para adentrarse en la penumbra alemana y destrozar varios escaparates. Algunos fueron detenidos y otros volvieron a los Países Bajos por su propio pie, pero aquel día comenzó a disiparse el encono que había existido desde 1940 y que se había reforzado en 1988.

Igual que vino se fue, sin ser el fútbol el motor de aquella ira, sino el vehículo. Si el destino no hubiera cruzado a alemanes y holandeses en 1974 y en 1988, cualquier otro asunto podría haber sido el detonante de una tensión que era palpable desde años atrás. Pero el fútbol, lo más importante de las cosas menos importantes, fue el instrumento que sirvió para canalizar aquella tirantez latente y para conseguir, cincuenta años después, que los alemanes devolvieran las bicicletas y la guerra llegara a su fin.

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