viernes, 7 agosto, 2020
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Por Sebastián Chittadini (@SebaChittadini)

 

Al Trinche lo saludaban con admiración cuando iba en bicicleta por las calles de Rosario, a Tomás Felipe Carlovich lo mataron a golpes para robarle esa misma bicicleta. No vimos jamás al jugador, pero no nos hizo falta para saber que indiscutiblemente fue uno de los mejores. No conocimos a la persona y tal vez hasta no recordemos su voz, pero la queremos y estamos tristes por su injusta muerte a manos de alguien que apenas lo vio como “un viejo en una bicicleta nueva”. A la leyenda sí la conocemos todos, pero las personas no van por la vida con un cartel que dice “leyenda” en la frente, apenas viven como pueden. 

A la humanidad siempre le gustaron las leyendas porque son como nosotros queremos que sean, ahí radica la gracia del asunto. Narrar hechos sobrenaturales, naturales o una mezcla de los dos y transmitirlo de generación en generación de forma oral o escrita sigue siendo tan lindo como cuando lo hacíamos alrededor del fuego. Entre otras cosas, porque sigue habiendo fuegos alrededor de los que contar historias como la del hijo del plomero yugoslavo que, por esas cosas que tiene el destino, se transformó en abanderado de “los cracks que no llegaron” con un doble caño como marca en el orillo. Hay quienes son leyendas porque no necesitaron llegar a los lugares a los que hay que llegar, simplemente les salió así.

Generalmente, el relato se para a mitad de camino entre el mito y la realidad, como el volante central que maneja la situación desde el medio de la cancha. Y Carlovich, el jugador, jugaba de 5 pero era tan impreciso y falible como cualquier persona. El que verdaderamente logró la singularidad infinita fue el Trinche, pero ya la tenía hace rato. Como toda leyenda, la del Trinche era y será más linda cuando la cuentan otros. A él le incomodaba contarla, le sacaba mística o a veces tenía algún bache en la memoria, esa que al igual que el fútbol es colectiva o no es.

La del gran Trinche es la historia que nos contaron Menotti, Cappa, Fontanarrosa, Bielsa, Valdano y Maradona -testimonios sobrados para que todos sepamos que no habrá otro igual-; pero es también la nuestra y la que están contando hoy en alguna otra parte porque, como todo lo que hacemos los seres humanos, el mito es un producto social que no es de nadie y a la vez es de todos los que lo mantienen vivo y en constante transformación. Así, alrededor de nuevos fuegos; habrá nuevas generaciones que sabrán nuevos detalles del épico baile a la selección argentina, se contarán desconocidas hazañas incomprobables y aparecerán historias inéditas de emisarios que fueron a buscar al crack como lo hicieron desde el Cosmos de Nueva York y el Internazionale de Milán. 

Diversas disciplinas como la lingüística, la psicología, la sociología, la antropología o la semiótica han abordado el estudio de los mitos, porque la curiosidad humana no ha cambiado demasiado a lo largo de la historia. Sin embargo, no han logrado encontrar explicación, tal vez por el origen sobrenatural que los hace existir en la tradición oral, esa tan maleable como la pelota para los que la saben dominar. 

En las diferentes etapas de la humanidad, hemos creado figuras que trascienden nuestro plano. Dependiendo del conjunto de creencias; algunos les han llamado dioses, otros ídolos y otros héroes; pero siempre son depositarios de miedos y de sueños. Por esa mitología que construimos en equipo, trasladamos a esa figura que vive en el imaginario colectivo una serie de poderes que no tienen otro fin que el de intentar darle sentido al mundo o buscarle explicación a lo inexplicable. ¿Por qué era tan bueno el Trinche? Porque nos hace felices sentir que así lo fue, porque lo imaginamos y lo soñamos sin verlo, porque logró lo que pocos logran: trascender y volver a nacer una y mil veces con cada magia. Porque, como Gardel, cada día juega mejor.   

Desde que el mundo es mundo, matar a una persona es relativamente fácil y alcanza con otra persona para lograrlo. Lo que es imposible, es matar a una leyenda. La memoria de Tomás Felipe Carlovich descansa en paz, pero esta noche -como todas las noches- juega el Trinche, el mito de lo que somos y de lo que no somos, de lo que fuimos y de lo que tal vez nunca seremos.

Por Sebastián Chittadini

 

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