jueves, 22 septiembre, 2022
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Organizar un Juego Olímpico no es ninguna nimiedad. Requiere de un grupo de personas calificadas y con una obsesión por el detalle con la que muy pocas cuentan. Y no es para menos: años y años de planificación para poder presentar una candidatura potable y sin puntos débiles ante el Comité Olímpico Internacional (COI) conlleva trabajar con una gran presión en los hombros. Presión porque, en caso de fracasar, puede dilapidar el crecimiento de una ciudad por una década. Presión porque, en caso de tener éxito, hay que llegar al punto más cercano de la omnisciencia para no dejar nada librado a la suerte. Presión porque tu reputación está en juego y porque, principalmente, se está invirtiendo el dinero de los contribuyentes locales.

Pero en el afán de querer asegurarse ser el anfitrión del evento deportivo más grande del mundo se dejan de lado muchas de las características mencionadas. Se puede maquillar el presupuesto estimado para lograr el apoyo de los habitantes, se pueden maquillar algunos datos técnicos de la propuesta para conseguir la aprobación del COI, se pueden maquillar los tiempos estimados de construcción y refacción de las sedes para despejar dudas sobre la viabilidad del proyecto y hasta se pueden obviar cuestiones ecológicas en pos de construir lo prometido. O, directamente, también se puede realizar todo esto, tal como sucedió con la candidatura de Denver para los Juegos Olímpicos de Invierno de 1976.

Ya desde los años 50s en Colorado había un fuerte lobby para llevar un proyecto a una de las sesiones del COI, impulsado especialmente por el sector hotelero, que veía con buenos ojos el movimiento turístico que esto generaría. Sin embargo, tampoco eran muy afines a la idea de que el gobierno gastara millones de dólares de fondos públicos para montar toda la estructura necesaria para los Juegos, aunque a mediados de la década recibieron una importante lección: la edición de 1960 se la terminó llevando Squaw Valley por presentar una oferta que incluía mayores gastos que la de Denver. Si algo les había quedado claro a los grandes hoteleros del área como William Tutt era que no se podía escatimar en las inversiones, ya que la pugna entre distintas ciudades del mundo por celebrar un Juego Olímpico de Invierno tenía cada vez más protagonistas de todas partes del mundo, por lo que una propuesta que rozara lo simple no iba a bastar para hacerse con el premio mayor.

El mensaje fue recibido en Colorado y, ya con los ojos puestos en la próxima década, en 1967 se decidió crear el Comité Organizador de Denver para idear y planificar el proyecto que se iba a presentar en 1970 en la 70° sesión del COI para candidatearse como sede de la edición de 1976. Sus integrantes fueron enviados a los Juegos de México y Grenoble en 1968 para perfeccionar la propuesta y convertirla en la más atractiva de Estados Unidos por sobre las de Nueva York, Lake Placid, Salt Lake City, Utah, Seattle y Washington, por lo que fue la encargada de representar al país en la votación final ante Sion (Suiza), Tampere (Finlandia) y Vancouver (Canadá). El sistema de elección era simple: tres rondas de votación y al final de cada una de ellas la ciudad con menor cantidad de votos quedaba eliminada. Así fue como Vancouver no pasó la primera votación por acumular tan solo 9 votos, destino que sufrió Tampere en la segunda con 12, dejando a Denver y a Sion en un mano a mano final. Pocos se animaban a dar un veredicto antes de la votación final ya que la ciudad estadounidense se había impuesto en la primera ronda por 29 a 18, mientras que en la segunda la suiza remontó con un impresionante 31 a 29. Inexplicablemente, Sion perdería un voto en el último asalto y, junto con los 8 votos que Tampere había recibido en el anterior turno, Denver se imponía 39 a 30 y era elegida la sede de los Juegos Olímpicos de Invierno 1976.

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Pero ¿en qué consistía la propuesta que llevó a esta ciudad de Colorado a ganar los votos necesarios? En términos económicos, fue la única que propuso unos Juegos, valga la redundancia, “económicos”, con un costo estimado de 14 millones de dólares, poco menos de la mitad del presupuesto original que habían presentado los emisarios de Sapporo para 1972, que se iban a dividir en 5 millones de impuestos y 9 de inversores privados. En términos logísticos, sostenían que el tiempo de viaje desde la Villa Olímpica hasta todas las sedes, que estuvieron detalladas en el programa, iba a ser menor a 45 minutos y que contaban con una capacidad de alojamiento para alrededor de 100 mil personas. Todo parecía demasiado perfecto como para no tener ninguna falla, pero, si se tiene en cuenta que el Comité Organizador estuvo elaborando la proposición durante tres años, se podía creer que a más de media década de la ceremonia de apertura tuvieran todo resuelto.

Nada podía estar más alejado de la realidad. El informe indicaba que la Universidad de Denver iba a ser utilizada como Villa Olímpica sin haberse comunicado previamente con ningún directivo del establecimiento y, además, sin tener en cuenta que en febrero la universidad tiene clases con total normalidad, por lo que era imposible que prescindiera del campus y de sus instalaciones. También habían informado que podían albergar casi 100 mil personas y, de esta manera, hacer frente al gran tráfico de personas que trae consigo la celebración de un Juego Olímpico. Lo cierto es que en 1970 la capacidad hotelera de Denver, incluyendo hasta las hosterías de una estrella, sólo tenía capacidad para 35 mil personas.

Esto despertó la atención del legislador Dick Lamm, que unos años atrás había apoyado el discurso del gobernador de Colorado John Love, en el que anunciaba la intención de presentar una oferta ante el COI. Sin embargo, el mal manejo del Comité Organizador durante el primer año de puesta a punto lo hizo cambiar de opinión y, de hecho, fue uno de los primeros en solicitar que Denver diera un paso al costado y cediera la organización de los Juegos lo antes posible temiendo una crisis económica y ecológica en la ciudad. El problema para el Comité era que, de cierta forma, ambas estaban intrínsecamente ligadas, ya que una derivaba en la otra y viceversa. Para abaratar los costos se debía relegar el bienestar medioambiental y para preservar el ecosistema se debían relocalizar cerca de la mitad de las pruebas, lo que tendría como resultado un gasto mayor en traslados y construcción en detrimento de la logística.

En esa encrucijada el Comité optó por la segunda opción, ya que la primera fue boicoteada por organizaciones civiles como Protect Our Mountains Environment (POME), que logró que no se construyera sobre las Montañas Rocallosas, y por los residentes de Evergreen, que manifestaron su disconformidad ante la potencial mudanza de los deportes nórdicos a su área. Esto llevó a que esas disciplinas y sus respectivas construcciones fuesen trasladadas a Vail y Steamboat, complejos ubicados a 100 y 170 kilómetros de la Villa Olímpica respectivamente que, claramente, no cumplían los parámetros de 45 minutos de viaje máximo que se había establecido en la propuesta original.

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Entre 1970 y 1972 todo fue descontrol, desprolijidad y cambios sobre la marcha. Esto no fue del agrado de los lugareños, algo que Lamm, apoyado por su colega Bob Johnson, supo capitalizar al convertirse en la personificación de los reclamos. En marzo de 1971 presentó numerosas objeciones a la realización de los Juegos en una sesión del Comité Legislativo de Colorado por los motivos económicos y ambientales mencionados anteriormente, aunque el Comité las tomó como críticas hacia las sedes y no a los Juegos en sí.

Así fue como se vio obligado a recurrir a los medios tradicionales, donde alegaba que la única respuesta que recibía cada vez que formulaba preguntas sobre el impacto ecológico era “no te preocupes”. El ejemplo más gráfico de esta problemática fue la elección del Monte Sniktau para la prueba de descenso, una formación rocosa que en febrero era más utilizada por montañistas que por esquiadores debido a la poca cantidad de nieve con la que cuenta en esa época del año. Al tener que afrontar la situación, el Comité Organizador llegó a proponer la utilización de nieve artificial durante los días de las pruebas, que fue inmediatamente apelado por POME al conocerse el impacto que tendría el uso de ese material en el monte.

Siguiendo con los fracasos de la planificación, la ruta del biatlón estaba diseñada para transitar por las calles y edificios de Evergreen, ya que en febrero había un 0,04% de posibilidades de tener que enfrentar grandes cantidades de nieve, situación ideal para la disciplina. Sin embargo, esta era una mentira más de las que se habían mostrado en la propuesta ante el COI, aunque no iba a haber consecuencias para los ideólogos de esta ya que, en palabras de John Love, habían “mentido un poco” para asegurarse los Juegos. Mientras todo parecía estar avalado por la gobernación, en la práctica, para poder llevar a cabo la ruta del biatlón había que realizar más de 300 pedidos legales a cada uno de los vecinos de Evergreen, ya que necesitaban construir un corredor vallado entre los jardines de los residentes del área. Una prueba más de que el diseño no había sido pensado con bastante premeditación, aunque el escándalo tomó dimensión mundial cuando el presidente de la Federación Internacional de Bobsleigh (FIBT), Amilcare Rotta, reveló que le habían consultado si era posible eliminar la prueba de cuatro deportistas para abaratar costos.

Así continuó la dinámica hasta noviembre de 1972, cuando los habitantes de Denver pusieron la voz en el cielo. La gota que rebalsó el vaso fue el préstamo de 15 millones de dólares que Love solicitó a la Reserva Federal para poder hacerle frente a los nuevos costos que habían aflorado en los dos años anteriores producto del pésimo planeamiento del Comité Organizador. Gran parte del enojo estuvo fomentado por Lamm, quien tomó como ejemplo el devenir económico de Grenoble, que terminó gastando 250 millones de dólares para realizar los Juegos de 1968 y en un período de cuatro años aumentó los impuestos a la propiedad un 125% para recuperarse del derroche de dinero al que se habían visto sometidos.

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Se convocó a un referéndum estatal en el que se aprobó la octava enmienda con más del 60% de los votos que le prohibía al gobierno de Colorado modificar las partidas presupuestarias para seguir financiando el evento con aún más fondos públicos y, además, endeudarse con préstamos nacionales e internacionales de entidades públicas y privadas. Fue el último clavo en el ataúd de los Juegos Olímpicos de Denver 1976: el Comité Organizador le informó al COI que no seguiría adelante con la organización del evento, lo que transformó a la ciudad en la única en haber sido elegida sede de unos Juegos y no haberlos realizado.

Tras la negativa de Sion, que tuvo prioridad por haber perdido en el mano a mano final de la votación original con Denver, ese mismo año el COI abrió el plazo de envío de propuestas para las ciudades que quisieran albergar los Juegos de 1976. Tampere volvió a presentarse, Chamonix hizo lo propio buscando ser la segunda ciudad en ser dos veces sede de un JJOO después de Saint Moritz, Lake Placid oficializó su candidatura por la misma razón, aunque todas perderían en ese orden contra Innsbruck, que contaba con todas las instalaciones que había construido para la albergar la edición de 1964. De esta manera, la ciudad austríaca se convertía en la segunda en repetir como anfitriona de un Juego de Invierno. Además de Innsbruck, el otro gran ganador fue el propio Dick Lamm, cuya campaña basada en el rechazo a la realización de Denver 1976 elevó su imagen pública y lo catapultó a la gobernación de Colorado en 1975. Fue reelecto en dos ocasiones y dejó el cargo en 1987 tras 12 años de gestión.

Por más que parezca un caso totalmente alejado en el tiempo, la situación de Denver se siguió repitiendo en las ediciones venideras, al punto que los últimos tres Juegos Olímpicos no estuvieron ni cerca de cumplir con sus presupuestos originales. En Vancouver se habían estimado gastos por 556 millones de dólares que terminaron ascendiendo a mil millones. Lo mismo ocurrió en Sochi, que de 8 mil millones de dólares terminaron pagando entre 23 mil y 51 mil, según la fuente que se consulte, y en Pyeongchang la historia fue similar: el costo estimado era de 6 mil millones de dólares, que terminaron convirtiéndose en 13 mil.

De hecho, las movilizaciones de la población y de las instituciones civiles han llevado a que ciudades que estaban considerando ofertar para ser sedes de un Juego Olímpico las retiraran antes de llegar a la votación final. Cracovia, por ejemplo, quiso ser uno de los rivales de Beijing para los Juegos de Invierno de 2022 y la presión popular hizo que la oferta inicial no pasara a mayores, caso similar a los de Boston y Budapest para los Juegos Olímpicos de Verano de 2024.

 

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Me declaro ferviente enemigo del monopolio del fútbol en los medios e impulsor de historias polideportivas. También soy fanático del olimpismo, su espíritu por lo que creo que hay que contarlo y difundirlo todos los días, no cada cuatro años.

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