lunes, 10 junio, 2019
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El Danubio es uno de los ríos más importantes de Europa, ya que sus 2850 kilómetros unen a diez países y en la Edad Antigua sirvió para darle límites al vastísimo imperio romano. Fue lugar permanente de encuentro, ya que para moverse de una punta a la otra del continente se debía pasar indefectiblemente por allí, por lo que también ha sido una zona cargada de conflictos en varios momentos de la historia. Pero, además, el Danubio se ha convertido en todo un símbolo para el fútbol, ya que a sus pies se gestaría una de las mayores escuelas de todos los tiempos.

Hay un viejo dicho que dice que “los ingleses inventaron el fútbol, pero los escoceses fueron los que lo entendieron”. Y es que serían estos últimos los que generarían la primera revolución en este deporte, ya que introdujeron el passing game frente a ese “football” propuesto por Inglaterra, en donde el jugador debía demostrar su valía luchando cuerpo a cuerpo ante su defensor, casi como si de una especie de rugby con los pies se tratase. Y si bien fueron los ingleses los que anunciaron el evangelio del fútbol al mundo, en muchos lugares se tomó como propio el modo escocés.

De hecho, países como Austria, Hungría o Checoslovaquia serían los que perfeccionarían el juego, al hacerlo más colectivo, estético y preciso. Si un hecho se destacó sobre otros lugares del globo es que en el Danubio serían los intelectuales los que abrazarían rápidamente el fútbol, lo que permitió entender este fenómeno desde una concepción mucho más elevada.

Era un fenómeno urbano en ciudades como Viena, Budapest y Praga, donde la cultura del café estaba en su apogeo. Estos surgieron hacia el final del imperio austrohúngaro y era un lugar donde tanto hombres y mujeres de todas las clases sociales se mezclaban, hecho extraño en otras partes del mundo. Los cafés se convirtieron rápidamente en lugares de charla y debate: el arte, la literatura, la política, el teatro y el fútbol formaban parte de un todo para esa sociedad. Los clubes de la región contaban con sus propios cafés de referencia, en donde se mezclaban no solo los hinchas y los intelectuales, sino también los jugadores, entrenadores y hasta directivos.

La idea era poder debatir entre todos lo que iba aconteciendo en esas crecientes -y ya profesionales- instituciones, aunque la prioridad máxima la tenían los seleccionados. Según el diario Welt am Montag, estos eran “una suerte de parlamento revolucionario de los amigos y los fanáticos del fútbol; no podía prevalecer el interés de un solo club, porque todos los clubes estaban representados”. Sin dudas, para la Escuela del Danubio el más importante sería el Ring Café de Viena. Allí, por ejemplo, se debatió el devenir de Austria en la Copa Dr. Gerö, que era un torneo internacional que duraba 30 meses y en el que también participaban Italia, Suiza, Checoslovaquia y Hungría.

Al ver el mal comienzo del seleccionado el público allí presente comenzó a pedir la convocatoria de Sindelar, un delantero centro muy fino pero alejado de lo que representaba un “nueve” en aquel momento: estos eran jugadores físicamente  poderosos, que arrollaban a sus rivales y que esperaban cualquier oportunidad para convertir. Con “der Papierene” (el hombre de papel) Austria no solo lograría quedar segunda de la primera edición (1927-1930), sino que ganaría la siguiente, demostrando un fútbol excelso por el cuál serían conocidos como Wunderteam (equipo maravilloso).El café había ganado.

 

 

Solo faltó un Mundial

Jimmy Hogan y Hugo Meisl fueron dos de los hombres que hicieron grandes a la Austria de aquellos años. Ellos representaban al fútbol de toque (rápido y dinámico) y de pases al ras del suelo, distinto del “áereo” que practicaban los ingleses. También fueron asiduos a los cafés en su país y representaron el juego que se practicó tan bellamente a la vera del Danubio, junto con Hungría y Checoslovaquia.

No es casualidad que estas naciones hayan pasado por un mismo momento histórico, dado que hasta no hacía mucho compartían lo que se denominó como “imperio austrohúngaro”. Las tres desistieron de viajar a Uruguay para disputar el primer Mundial de la historia, pero si fueron a Italia cuatro años después, aunque para entonces ya había pasado el pico de rendimiento del Wunderteam de Sindelar, Zischek, Schall y Bican, que aún así llegó hasta las semifinales luego de derrotar a Francia y a la Hungría de Sárosi, cayendo finalmente con el local.

Quienes si arribarían hasta la final serían los checos, otro gran equipo que jugaba “a la escocesa” y que en sus filas tenía a figuras de la ta-lla de Planicka, Puc, Svoboda u Oldrich Nejedly, uno de los mejores jugadores de la época.

Nuevamente los italianos saldrían vencedores, y es que si bien se sabían técnicamente inferiores a sus rivales, el técnico Vittorio Pozzo encontraría la manera de contrarrestar la magia de los danubianos haciendo marcación personal a las figuras, algo táctico que no eran tan visto por aquel entonces.

Cuatro años después las cosas serían muy distintas. Meisl había muerto y Austria había sido anexionada por Alemania. Checoslovaquia golearía a Holanda pero caería en cuartos en una feroz batalla con Brasil. Solo Hungría lograría dejar el nombre de Europa Central bien en alto llegando a la final luego de derrotar a Indonesia (Indias Neerlandesas por aquel entonces), Suiza y Suecia.

Pero los Sarosi, Szabo, Titkos o Sas nada pudieron hacer ante una Italia que a esas alturas era la única capaz de encontrar la llave del triunfo ante tan excelsos rivales. Luego de esto no alcanzaría ni todo el café del mundo para consolar a estos pueblos.

 

 

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Juan Pablo Gatti
Me estaba por retirar del periodismo -no iba a ser una gran pérdida la verdad- pero TLB apareció para salvarme la vida. Escritor de corazón, podcastero amateur y contador de historias por vocación. Orgulloso del equipo que supimos formar y deseoso por seguir creciendo en este mundo tan competitivo.

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