miércoles, 30 septiembre, 2020
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Existen equipos que han quedado incorporados en el imaginario colectivo debido a alguna particularidad. Bien pudo ser por alguna jugada puntual (como le pasó a Zaire en el Mundial de 1974, aunque eso es material para otra historia), por la originalidad de alguna camiseta (como las que usaba el portero mexicano Jorge Campos) o porque simplemente fueron simpáticos y lograron, a su vez, una gesta impensada. A la cabeza se me vienen los ejemplos de Camerún y Senegal, aunque en el día de hoy nos abocaremos a un seleccionado que nunca había sido relevante hasta que decidió dejar su orgullo de lado y cuyos dividendos fueron extraordinarios. Hablamos de la República de Irlanda y de cuando por fin pudo arribar a los grandes torneos.

Para empezar, debemos decir que el fútbol en la isla de Irlanda comenzó prácticamente a la par que en toda Gran Bretaña, iniciándose primero en el Ulster y diseminándose luego en la década de 1880. Por ende, estuvieron desde el inicio del fútbol organizado, disputando partidos a nivel internacional, ya que formaron parte del Home Championship, un torneo que jugaban junto a Inglaterra, Escocia y Gales, siendo este el primer certamen de selecciones de la historia. El nivel de Irlanda, sin embargo, lejos estaba de igualar al de los dos colosos británicos, por lo que casi siempre terminaban disputándose el tercer lugar ante los Dragones galeses. Pasarían años hasta que pudieron alcanzar su primer trofeo. Curiosamente, sería en la temporada 1913-1914, la última antes del inicio de la Primera Guerra Mundial. En esta edición se dieron, incluso, el lujo de destrozar a domicilio a la poderosa Inglaterra por 0-3, con tantos de Billy Gillespie más un doblete de Bill Lacey.

Este título tomaría mayor relevancia con el paso de los años, ya que sería el único obtenido por una Irlanda que seguía siendo justamente eso, una. Los pies de Gillespie (leyenda del Sheffield United, con los cuales jugó desde 1912 hasta 1933, ganando la FA Cup en 1925) fueron claves para dicha hazaña. Sin embargo, el final del conflicto bélico más grande que el mundo había visto hasta la fecha no trajo la paz a Irlanda. Y es que entre 1919 y 1921 se dio inicio a lo que se llamó como la Guerra de la Independencia, en donde la isla se dividió del Reino Unido, aunque al finalizar se firmó un tratado que daba a la parte norte la posibilidad de volver a ser británica, cosa que eligieron.

Aquello derivó en una más que dolorosa Guerra Civil, cuyo desenlace sería el que todos conocemos: actualmente tenemos a la República de Irlanda, un país independiente; y a su par del norte, que es una parte más del Reino Unido. Ya como nación independiente, el equipo del Trébol disputó los Juegos Olímpicos de París en 1924, donde derrotó a Bulgaria con gol de Paddy Duncan que sería, a la postre, el primer gol internacional de esta nueva nación. En los cuartos de final, el esfuerzo ofrecido no alcanzó para evitar caer en tiempo suplementario ante los Países Bajos (1-2).

Sin embargo, el nivel de la selección fue bastante bajo desde entonces, disputando como torneo importante solo los Juegos Olímpicos de 1948 en Londres (derrota en la fase eliminatoria ante los tulipanes). En 1972, fueron invitados a la Copa de la Independencia de Brasil, un certamen que también tiene una buena historia para contarse en otro momento. Pero lejos, muy lejos, estaban de soñar con ir a los Mundiales o a las más cercanas Eurocopas. Esto se debía, en parte, al fuerte nacionalismo irlandés. Muchos hijos o nietos de estos vivían en Inglaterra o Escocia, pero no se los dejaba participar del seleccionado, mientras que la liga local no se acercaba, siquiera, a un segundo escalón continental.

La historia comenzaría a cambiar a partir de 1973 con la llegada de Johnny Giles como jugador/entrenador del conjunto verde. Este había tenido un buen paso por el Manchester United, y alcanzó la gloria con el poderoso Leeds de los 60´ y 70´, con los cuales consiguió infinidad de trofeos, además de un subcampeonato en la Copa de Campeones de Europa en 1975. El nacido en Dublín fue el que se puso como objetivo explotar la denominada “Granny Rule” de la FIFA para llamar a “foráneos” a competir y así hacer más fuerte a la selección. ¿Qué es esta regla? Este es el Artículo 18 de la FIFA, el cual expresa lo siguiente: “Cualquier persona que sea ciudadano naturalizado de un país en virtud de las leyes de ese país será elegible para jugar en un equipo nacional o representativo de ese país”. Como ya se manifestó anteriormente, Irlanda es un país con bastantes emigrantes, muchos de los cuales se encontraban en las cercanas Inglaterra o Escocia, cuyas ligas eran mucho más fuertes.

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El primero en ser elegido bajo esta norma fue Shay Brennan, del Manchester United, quién debutó con la selección en 1965. Giles, bajo la excusa de necesitar a los ¨extranjeros¨ para hacer más fuerte a su combinado, terminó beneficiando a varios jugadores con la posibilidad de jugar a nivel internacional. Nombres como Mark Lawrenson o el propio Michael Robinson, de madre irlandesa de tercera generación y poseedora de la ciudadanía, algo que hizo para que su hijo también pudiera calificar para representar a Irlanda. Una visionaria. De esta forma, una nueva era se abría su paso en la isla de los duendes.

 

Olvidarse del orgullo

 

Sin embargo, el gran cambio llegaría, paradójicamente, con un inglés como entrenador. Y es que Jack Charlton tomó las riendas del equipo tras el desastroso paso de Eoin Hand (apenas 28.2% de victorias) y aprovechó al máximo el Artículo 18, cambiando la historia de la selección para siempre. Curiosamente, el hermano de Bobby también fue una gloria del Leeds de los 60´ y principios de los 70´, y contaba con una buena experiencia en clubes como el Middlesbrough, Sheffield Wednesday y Newcastle. Pero los inicios no fueron agradables, ni mucho menos. Debido a su origen (fue el primer inglés en convertirse en seleccionador de Irlanda), fue objeto del odio de unos fanáticos que no comprendían porque se estaban alejando tanto de sus raíces.

Pese a este rechazo, Charlton llegó con los pies de hierro y se puso firme desde el primer día: “… quieres que compita con los mejores del mundo, entonces tengo que tener la mejor m… del mundo. Y no es aquí, en Irlanda, donde puedo encontrarlo, me tengo que ir a Inglaterra o a Escocia para encontrar la calidad que te hará un equipo que competirá con los mejores del mundo. Ahora, si no quieres hacerlo, dímelo y te daré un maldito equipo hecho en la Liga de Irlanda y no ganaremos nada. Pero dame la libertad de producir resultados y produciré resultados”.

El primer gran evento que sirvió para probar la teoría de Jack fueron las eliminatorias para la Eurocopa de 1988. Y el grupo no era fácil: los rivales fueron Bélgica (semifinalista del Mundial 1986 y con uno de los juegos más lujosos del continente), Bulgaria (con una generación emergente y octavofinalista en México), Escocia (que también disputó el certamen en tierras aztecas) y Luxemburgo. Y de todos solo clasificaba el primero. No era una empresa sencilla.

Las clasificatorias no comenzaron bien para los Paddies, ya que si bien venció a Escocia como visitante por 0-1 (Lawrenson), empataría ante los mismos y con Bélgica, perdiendo a su vez con Bulgaria por 2-1 en Sofa. Pero tras un 0-0 con los belgas, llegarían tres triunfos consecutivos (dos ante la débil Luxemburgo y uno a Bulgaria por 2-0 con dianas de Paul McGrath y Kevin Moran) para, de repente, empezar a creer. Los irlandeses, con estos resultados, llegaron al final de las eliminatorias con 11 puntos. Pero no dependían de ellos mismos, ya que a los búlgaros les quedaba medirse como local ante Escocia, ya eliminada. Si ganaban o empataban iban ellos a la Euro. Pero Gary Mackay se convertiría en el gran héroe de los irlandeses del sur al marcar a los 87′ el único gol del otro encuentro que sirvió para darles una bendecida mano a sus vecinos. Increíble pero real, los muchachos de Charlton, que no entraban en las quinielas previas, lograban una impresionante clasificación para su primer torneo grande.

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La zona que el destino les puso en frente en 1988 para disputar el torneo de Alemania Federal parecía una quimera: Unión Soviética, Países Bajos y la propia tierra de Jack. El plantel estaba prácticamente integrado por jugadores que disputaban la liga inglesa, con algunos agregados de la máxima división de Escocia y el curioso caso de John Byrne, que era parte del Le Havre de Francia. Gracias a la explotación de la Granny Rule, los irlandeses lograron armar un seleccionado muy fuerte, contando con nombres de la talla de Pat Bonner, Chris Morris, Mick McCarthy, Kevin Moran, Chris Hughton, Ray Houghton, Paul McGrath, Ronnie Whelan, John Aldridge o el capitán Frank Stapleton.

 

 

El debut fue el 12 de junio en el Neckarstadion de Stuttgart ante los odiados ingleses de Peter Shilton, Chris Waddle, Bryan Robson, John Barnes y Gary Lineker. Se suponía que los Leones se llevarían un cómodo triunfo, pero los irlandeses dieron el golpe venciendo por 1-0. ¿El gol? Obra Raymond Houghton, nacido en Escocia y que militaba en el Liverpool. El nacionalismo rabioso comenzaba a caer. ¡Los de afuera también sentían la camiseta verde!

Tras ese gran impulso, el segundo partido comenzó con los verdes venciendo a la URSS de Rinat Dasayev, Oleh Protasov o Igor Belanov por 1-0 con tanto de Whelan hasta que Protasov marcó el empate, dejando todo para definirse en la última jornada. El 1-1 despertó mayor entusiasmo, ya que un empate en la última jornada los clasificaría para las semifinales. Sin embargo, el último rival probó ser el más complicado de todos. Los nueva Oranje contaba con unos jugadores asombrosos: Hans van Breukelen, Ronald Koeman, Frank Rijkaard, Arnold Muhren, Ruud Gullit y Marco Van Basten eran solo algunas de las tantas luminarias de la era post Cruyff. El problema era que los soviéticos los habían derrotado en la jornada inaugural, por lo que necesitaban ganar para clasificar, algo que los hacía más peligrosos. Bonner aguantó el cero en su arco hasta los 82´, cuando Wim Kieft anotó el único gol del encuentro. Increíble pero real, los irlandeses estuvieron a solo ocho minutos de hacer historia y de eliminar a los que a la postre terminarían siendo los campeones del torneo.

 

Italia 1990, la gran hazaña

 

La tristeza en el país fue absoluta: habían estado a minutos de eliminar a la enorme Holanda, aunque ya se los volverían a encontrar. De momento, tocaba pensar en clasificar para el primer Mundial de su historia, aprovechando todo lo cosechado en la Euro. A diferencia del certamen continental, esta vez clasificaban los dos mejores de cada grupo al máximo torneo de la FIFA. España, de gran camada era el gran favorito, mientras que Hungría y la emocional tarea de enfrentar Irlanda del Norte parecían ofrecer una oposición algo más accesible. Malta cerraba el grupo.

Pero la historia otra vez, comenzó mal: 0-0 en Belfast, caída 2-0 en Sevilla (Manolo y Butragueño) y 0-0 en Budapest. Dos puntos, 0 goles a favor y 2 en contra en tres juegos. No era un buen augurio para el futuro. Pero había que rescatar algo positivo de todo esto: aquellos duelos se habían disputado en su totalidad como visitantes. Tocaba hacerse fuerte en el mítico Landsdowne Road de Dublín.

Míchel, en propia meta, le daría un inesperado triunfo a Irlanda por 1-0 ante España. Luego llegaron sendos 2-0, uno ante Malta y otro ante Hungría.  Tony Cascarino fue clave en este trayecto. Nacido en Kent (Inglaterra), este había sido otro de los tantos productos del Artículo 18, aunque posteriormente manifestaría en su autobiografía que no era irlandés, ya que su madre, años más tarde, le confesó que era adoptado. Aquella confesión le llevaría a sentirse un fraude.

11/10/1989; los capitanes John McClelland (Irlanda del Norte) y Kevin Moran (República de Irlanda) se saludan antes del partido clasificatorio al Mundial de Italia 90 en Lansdowne Road, Dublín (Ray McManus/SPORTSFILE)

 

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El partido clave de aquellas eliminatorias fue, cómo no, el clásico, un duelo siempre cargado de historia y odio. Sin embargo, los norteños no fueron capaces de ofrecer resistencia, cayendo por 3-0 (Whelan, Cascarino y Houghton), desatando una nueva fiesta en toda la nación. El 0-2 en Malta solo sirvió para completar una eliminatoria impresionante. Los niños irlandeses podían, por fin, juntar figuritas con las caras de sus ídolos de la selección. A estas alturas, Charlton había dejado de ser un paria para ser el gran ídolo nacional.

El primer rival fue, nuevamente, Inglaterra, una selección que buscaba sanar la herida provocada dos años atrás. Lineker adelantó a los suyos por delante y todo hacía prever que la historia se contaría de manera invertida esta vez, pero Kevin Sheedy, a los 73′, destrozó cualquier esperanza inglesa y decretó el empate final. ¿Donde había nacido el jugador del Everton? En Builth Wells, Gales.

Egipto era, en la previa, el seleccionado más accesible de la zona, pero al final los Faraones (que le habían sacado un empate a la vigente campeona de Europa) dejaron todo en tablas tras un 0-0 final, generando una última jornada de infarto, con los cuatro equipos igualados en dos unidades.

El último partido era ante los ya conocidos Países Bajos, los cuales eran uno de los grandes favoritos a quedarse con el título. Eran Staunton, Houghton y Aldridge ante Gullit, Rijkaard y Van Basten. Y los Naranjas comenzaron arriba gracias a una temprana diana de Gullit, aunque Niall Quinn lograría el gol de un nuevo empate, uno insólito. Y es que estos dos rivales, tras el triunfo de Inglaterra por 1-0 ante Egipto, quedaron segundos e igualados en todo rubro, por lo que debieron ir a sorteo para ver quién quedaba segundo y quién tercero. Esto era clave, ya que el tercero se mediría ni más ni menos que ante la poderosa Alemania Federal.

Los duendes ayudaron finalmente a Irlanda, que ganó dicho sorteo, evitando a los germanos. En el Luigi Ferraris de Génova los Charlton Boys se midieron ante el poderío de la Rumania de Gheorghe Popescu, Ioan Sabau, Gavril Balint, Florin Raducioiu y Gheorghe Hagi. Al final, la crónica diría que fue un cotejo trabado, y que nadie lograría romper las vallas custodiadas por Bonner y Lung. El 0-0 obligó a definir todo en los penales, donde la leyenda del Celtic le tapó el remate a Timofte para volver a hacer historia. ¡Irlanda estaba en cuartos de final! Aquella pizca de suerte que les había faltado dos años atrás la empezaban a tener ahora.

El país explotó. Irlanda, la eterna relegada, había doblegado su orgullo nacionalista y los frutos seguían viéndose en la cancha. El inglés estaba orgulloso, porque había demostrado dos cosas: que tenía razón con su planteo inicial y que los “foráneos” sentían tanto o más la camiseta que los nacidos en la isla irlandesa. Lamentablemente, esta historia vió su fin en el Olímpico de Roma, con una selección local ganando 1-0 con tanto del ¨Toto¨Schillaci, uno de los grandes nombres de dicho certamen. Pero ya nadie podía quitarles lo bailado. Irlanda, tras esto, comenzó cada eliminatoria creyendo que si podían lograrlo, que no eran una selección más.

Su mejor época continuaría, clasificando a los Mundiales de 1994 y 2002 (octavos de final en ambos, realizando grandes hazañas, como lo fue derrotar a Italia en Estados Unidos o igualando ante la unificada Alemania en Corea y Japón) y, en la actualidad, al colarse en las Euros del 2012 y 2016, llegando a octavos en esta última. Robbie y Roy Keane, Demian Duff, Shay Given, Kevin Kilbane o Aiden McGeady los nuevos nombres reconocidos internacionalmente. Irlanda, una vez despojada de su orgullo, siempre ha sido uno de esos rivales a los que nadie quiere enfrentar.

 

 

Fuentes: Cultura Redonda, Soccer Ireland, PaddyPower

 

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Juan Pablo Gatti
Me estaba por retirar del periodismo -no iba a ser una gran pérdida la verdad- pero TLB apareció para salvarme la vida. Escritor de corazón, podcastero amateur y contador de historias por vocación. Orgulloso del equipo que supimos formar y deseoso por seguir creciendo en este mundo tan competitivo.

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