sábado, 1 mayo, 2021
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Es sábado por la tarde y no sé qué hacer. Aún quedan unas horas hasta que el guarda del campo universitario se vaya y podamos quedar los amigos del barrio para echar un partido. Estamos al tanto de los turnos de trabajo y siempre nos reunimos todos: sabemos que jugar en césped no tiene comparación a hacerlo en esas pistas de cemento que te raspan hasta el alma cuando te caes. Entonces decido poner la televisión. Seguro que hay algo interesante que ver un sábado a las cinco y media de la tarde.

Tras hacer un poco de zapping, voy a parar en el canal de los deportes. Sabía que el Mundial de Clubes se estaba jugando esos días, aunque no estaba muy seguro si era la final o si el encuentro entre Real Madrid y San Lorenzo sería al día siguiente. Resultó ser un partido entre Cruz Azul y Auckland City. Yo ya era un niño apasionado por el fútbol, y probablemente fuese el único de mis amigos que supiese de la existencia de estos equipos antes de este torneo. Lo que era obvio es que nunca los había visto jugar y fue eso lo que me llamó atención. No veía razón para no quedarme a ver este partido.

Aunque no me puedo acordar con exactitud lo que pensé en su momento, viendo de nuevo el partido seis años más tarde me puedo hacer a la idea. Acostumbrado a ver fútbol europeo de más alto nivel, seguro que me pareció muy extraño ver a dos equipos jugar con esas ganas y esa calidad en un partido por el tercer puesto. En ese entonces, y aún hoy, había visto pocos partidos de consolación tomados tan en serio, como si fuesen realmente importantes y no un mero pasatiempo previo a la gran final.

El partido era ágil, vivaz. La pelota les quemaba en los pies a mexicanos y neozelandeses por igual. Las defensas no eran las mejores del planeta, por lo que el espectáculo y los atacantes se favorecían mientras que los corazones de los hinchas sufrían cada poco. Como espectador neutral era un regalo. Ambos parecían seguir la misma ruta, el mismo camino a seguir, y es por eso por lo que los comentaristas fueron sorprendidos por el gol del Auckland City justo al borde del descanso. Cuando comentaban lo igualada y entretenida que había sido la primera parte y cómo de emocionante iba a ser ese empate para el devenir del encuentro, un balón larguísimo de Emiliano Tade confió en la zancada de Ryan de Vries para correr y batir a Corona en el mano a mano.

Cruz Azul trató de sacar su orgullo, de demostrar por qué partían con la vitola de favoritos. Jacob Spoonley tuvo un papel destacadísimo en el devenir de los hechos, manteniendo al equipo oceánico dentro del partido con cuantiosas paradas de bella factura y/o eficacia. La única que no pudo atajar fue un remate a quemarropa de Joao Rojas, un disparo inapelable desde la línea del área pequeña que casi perfora la red.

Yo me encontraba expectante, pues no sabía si el encuentro requeriría de prórroga o se pasaría directamente a los penaltis. No me quería perder el desenlace ni tampoco dejar de jugar con mis amigos, así que cuando por fin me percaté que los 11 metros serían la vara de medir sentí un pequeño alivio.

Aquellas gradas casi vacías en el Stade de Marrakech iban a vivir un enfrentamiento a vida o muerte. Al final, tuvieron más serenidad y sangre fría los neozelandeses, que solo erraron un penalti y vencieron por un 2-4 global. Salieron corriendo los jugadores dirigidos por Ramón Tribulietx a celebrar, eufóricos, extasiados. Yo en ese momento no lo llegaba a entender. Ahora, años después, veo como esa alegría era por romper el sistema. Por superar las metas que cualquiera les hubiese puesto, por no ser la “cenicienta” que se suponía que iba a ser, por poner en el mapa a una región olvidada como Oceanía que siempre es relegada al último escalafón posible. Lo que para un simple espectador era un tibio tercer puesto, para ellos significaba un todo. Una vez más, se demostró que el fútbol te puede hacer sentir el rey del mundo aún sin ser campeón.

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2001. Iba para geógrafo, luego para político y me tuve que conformar con el fútbol. Amante del fútbol exótico y que trasciende más allá de dar patadas a un balón.

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