miércoles, 23 septiembre, 2020
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Por Enrique Roldán (@enrolcan)

 

Cuando el siglo XIX alboreaba, Nicolás Vila decidió abrir una pulpería en la esquina de las actuales avenidas Rivadavia y Emilio Mitre de Buenos Aires. No lo supo en aquel momento, pero la decisión de colocar en su negocio una pequeña veleta con forma de caballo marcaría los designios de la zona; y es que aquella veleta que tomaba la forma de un Caballito terminó dando nombre al barrio que hoy se erige como centro geográfico de la inmensa Buenos Aires.

Fue allí donde unos 96 empleados del Ferro Carril Oeste (en su mayoría ingleses) decidieron fundar en 1904 uno de los clubs más relevantes de la historia del balompié argentino. Aquellos muchachos que comenzaron a dar sus primeras patadas al balón en los descampados cercanos a las vías del tren le dieron en un primer momento el nombre de Club Atlético Ferro Carril del Oeste de Buenos Aires, llegando a vestir una camiseta similar a la de River Plate e incluso otra inspirada en los colores del Aston Villa. Sin embargo, una mala racha durante la temporada 1911 llevó al dirigente Emilio Languasco a tomar la decisión de cambiar la indumentaria de inspiración inglesa por una nueva completamente verde. El equipo pasaba a ser reconocible, teniendo un color propio sin necesidad de reminiscencias de otros equipos nacionales o extranjeros. Las rosas que engalanaban al club ahora se vestirían de fiesta con su mejor color, el verde. El equipo consiguió el ascenso a Primera División vestido con los nuevos colores y desde aquel momento nadie pudo arrebatarle ese color hijo de la esperanza.

Algunos años más tarde se tomó de forma definitiva el nombre de Ferro Carril Oeste, sentándose irreversiblemente las bases de una pasión verdolaga que alcanzó sus más altas cotas en los años 80′ de la mano de un maestro del fútbol mundial, Carlos Timoteo Griguol.

Griguol sigue siendo un héroe en Caballito, y no es para menos. Conseguir dos Ligas partiendo prácticamente de la nada es una hazaña al alcance de muy pocos, y a día de hoy aquella gesta sigue siendo recordada tanto por las paredes del barrio como por aquellos vecinos que, sin ser tan mayores, ven cada vez más lejanos aquellos años. Dicen que un hombre macho no debe llorar, pero cada vez que Griguol aparece en el Ricardo Etcheverri, es imposible que la emoción no desborde a los allí congregados.

Aún tengo presente como si fuera ayer mi última vez en la cancha de Ferro. Había ido a muchos partidos a lo largo de la temporada, pero aquel era el último antes de volver a España. Recuerdo atravesar la puerta principal que da paso a los terrenos del club, dejar atrás un cartel que recordaba que en el predio debía llevarse “solo la verdolaga”, y finalmente, antes de llegar a los tornos de entrada, encontrarme con el maestro. Avejentado y vistiendo una gorra que hacía las veces de su mítica boina, entraba al estadio ayudado por familiares mientras todos a su alrededor aplaudían enfervorecidamente, tratando de devolverle con los aplausos al menos una mínima parte de lo que aquel hombre le había dado al club.

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Llegará un día, esperemos que lejano, en el que ni el sol de la mañana asome por la ventana de Griguol, pero al aficionado de Ferro debe quedarle claro que el entrenador que hizo lo imposible es consciente de ese cariño. Así lo demostró aquel día, con su sonrisa entrecortada y los ojos vidriosos mientras escuchaba la ovación que provenía de aquellos que le rodeaban.

Pero volvamos al fútbol. La historia de Ferro, al igual que la de la gran mayoría de equipos del fútbol argentino, es merecedora de ríos de tinta. Desde su fundación hasta los años 80′ el equipo se consolidó como una escuadra de mitad de tabla que en ocasiones se quemaba con el fuego de la B.

Sin embargo, la llegada de Griguol en 1979 supuso el inicio de la etapa más exitosa del club de Caballito. Cuando concluyó la temporada 1980/1981 Ferro alcanzó el segundo puesto tanto en el Campeonato Nacional como en el Metropolitano. Un “doble subcampeonato” que estuvo adornado por la hazaña del portero Carlos Barisio, quien dejó su portería a cero durante 1075 minutos, fijando un record que ningún portero del fútbol argentino ha podido batir hasta el día de hoy.

Pero la primera alegría de los verdolagas llegó en la temporada siguiente, cuando conquistó el Campeonato Nacional imponiéndose a Quilmes tras una campaña en la que la afición no hubo de llorar ni una sola derrota de su equipo. 22 partidos en los que jugadores como Saccardi, Rocchia, Cúper o Crocco hicieron las delicias de los viandantes de Rivadavia y en los que Griguol se erigió como un héroe del barrio, declarando que la victoria era la consecuencia directa de “un plan serio y responsable”. Desde el corazón de Buenos Aires se había dado un golpe sobre la mesa. El burlón mirar de las estrellas fue testigo de cómo ninguno de los grandes favoritos al título fue capaz de impedir la avalancha futbolística de Ferro, que consiguió que durante toda una temporada la ciudad al completo se convirtiera en territorio verdolaga.

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El curso 1983/84 sirvió para que Ferro disputara por primera vez en su historia la Copa Libertadores, aunque su andadura no fue más allá de la fase de grupos, donde equipos como Colo-Colo o Estudiantes de la Plata acabaron con sus aspiraciones continentales. No obstante, la temporada en el Campeonato Nacional no fue mala, logrando alcanzar el tercer puesto y sentando las bases del nuevo triunfo que estaba por llegar: una nueva conquista del título liguero. Tras el paso por la Libertadores, Ferro aprendió todo lo bueno, aprendió todo lo malo, y aunque no logró concluir la temporada invicto, ganó la Liga tras derrotar a River Plate con un resultado global de 4 a 0, haciendo las delicias de todos aquellos aficionados que, banderas en ristre, ocuparon sus localidades en el Ricardo Etcheverri. El estadio más antiguo del fútbol argentino había vuelto a presenciar una conquista del campeonato liguero. ¡Qué falta de respeto, qué atropello a la razón! ¡Cualquiera es un señor!, debieron pensar bosteros, gallinas, cuervos y demás, pero Ferro había vuelto a conquistar el campeonato liguero ante la sorpresa de propios y extraños.

Cinco años después de la llegada de Griguol al banquillo había ocurrido lo impensable: el equipo que 80 años atrás había sido fundado por unos trabajadores ingleses del ferrocarril se había alzado en dos ocasiones con el Campeonato Nacional de Liga. Pero los cambios comenzaron a sucederse en el fútbol argentino, y con ellos llegó el declive del verde.

La inclusión de equipos del interior, la instauración de la nueva Nacional B o la creación de los Torneos Apertura y Clausura dibujaron un nuevo panorama en el fútbol argentino. Y Ferro, que vio como Carlos Griguol abandonó el barco para regresar en 1988 y mantenerse en el club hasta 1994, comenzó a entrar en una vorágine de decadencia que llevó al descenso del año 2.000.

Grandes jugadores como el Mono Burgos o Roberto Ayala hicieron las delicias del espectador europeo tras salir de Ferro en los años 90′, pero ni siquiera una cantera capaz de producir futbolistas de tal calidad pudo poner freno a la caída libre del club de Caballito. Los aficionados se encontraban con una nueva situación, temerosos del encuentro con el pasado que volvía a enfrentarse con sus vidas, pero siendo conscientes de que apretar los dientes y alentar como nunca era el único modo de ayudar al equipo.

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La crisis económica y el corralito hundieron al club, al igual que provocaron la quiebra de la gran mayoría de la sociedad argentina. En esta línea cabe destacarse que Ferro siempre había sido un equipo de clase media, el reflejo futbolístico del puente Cacho Saccardi, que a día de hoy sigue uniendo lazos las dos partes del barrio que quedan separadas por el paso del tren Sarmiento. Pero la clase media argentina se fue al traste, y con ella los verdolagas, que además de sufrir el descenso a la B Nacional tras una temporada en la que solo ganaron tres partidos, vivieron una nueva decepción; en esta ocasión hundiéndose en el barro de la Primera B Metropolitana.

De rodillas, temblorosos e hincados bajo el estadio deshojado en el que se convirtió Templo de madera, los aficionados de Ferro se encontraron con una situación que no habían soñado ni en sus peores pesadillas. La lucha ya no era por volver a pelear la Liga en la Bombonera, el Cilindro o el Monumental, sino por evitar la muerte del club.

Tras purgar sus pecados en los arrabales argentinos, Ferro volvió a la B Nacional dos años más tarde, con el pucho de la vida apretado entre los labios y luchando por salir de una crisis económica que, además de enviar al equipo a jugar en campos de polvareda, había provocado la intervención judicial del club, el cual no volvió a ser controlado por los socios hasta el año 2004.

Ferro volverá, probablemente con la sien plateada por las nieves del tiempo (sus 63 años en primera división así lo indican), pero es cuestión de tiempo que un nuevo Ricardo Etcheverri vuelva a erigirse sobre las cenizas de unas maderas que, más allá de recordar los triunfos de la década de los 80′, también reflotan memorias de los años de travesía en el desierto.

Ferro volverá a levantarse cerca de las vías del ferrocarril, y la veleta de Nicolás Vila será, como el farolito de la calle en que Gardel nació, centinela de sus promesas de amor, porque es cuestión de tiempo que Ferro vuelva al lugar que le corresponde. Solo le queda guiarse por su afición, aquella que señala el parpadeo de las luces que a lo lejos van marcando su retorno.

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le figaro 07/09/2020 at 07:01

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