martes, 17 septiembre, 2019
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La historia de Cassius Marcellus Clay Jr. con el boxeo comienza de forma, cuanto menos, peculiar. Cuando contaba con apenas 12 años se encontró un día persiguiendo a un ladrón que le había quitado su bicicleta. Furioso, sentía que debía descargarse con aquel amigo de lo ajeno a como fuera lugar. Pero este hecho, lejos de ser apenas una desagradable experiencia, terminaría por convertirse en el motor de su vida.

Un policía, llamado Joe Elsby Martin Sr., lo detuvo y le preguntó que estaba haciendo. El pequeño Cassius, con rabia en sus ojos, le dijo que le iba a propinar una paliza a aquel ladrón. Martin le expresó que primero debía aprender a pegarle a una bolsa de boxeo antes de aventurarse a golpear a alguien, lo cuál también ayudaría a calmar la sed de venganza de aquel niño. Pero, pronto, el policía comenzó a ver un gran potencial y se ofreció a entrenarlo. Clay no estaba interesado en el boxeo por aquel entonces, aunque, luego de ver el programa “Tomorrow´s Champions” (los campeones del mañana) decidió darle una oportunidad al deporte.

Cassius debutaría en 1954 como boxeador amateur, venciendo por decisión dividida a Ronnie O´Keefe. Este sería el inicio de una grandiosa historia. Como no rentado el joven de Kentucky lograría ganar 100 peleas -con apenas cinco derrotas- y si bien consiguió varios trofeos en esta etapa, como el Golden Globe en 1959 y 1960 por ser el mejor mediopesado del país, sentía que necesitaba algo más para terminar de mostrarse como una fuerza dominante. Los Juegos Olímpicos de Roma, en 1960, serían ese trampolín necesario.

 

 

Flotar como una mariposa

Cuando Cassius llegó a la Ciudad Eterna no era, precisamente, uno de los boxeadores más seguidos del momento. Si bien sus números eran excelentes, los ojeadores no se habían percatado de su presencia. Quiénes si lo harían serían los norteamericanos de la Villa Olímpica, los cuáles pudieron observar a un chico atento, con una sonrisa de oreja a oreja y que se encargaba no solo de estrecharle la mano a quien pasara, sino que también les hablaba de sus “batallas”.

Curiosamente, Clay (que ya contaba con 18 años) no sabría si viajaría a Italia a competir, ya que él no quería hacerlo en avión y fue el propio Martin el que tuvo que convencerlo luego de cuatro durísimas horas. Cassius aceptó, pero, por si acaso, realizó todo el viaje con un paracaídas en la mano.

Había dos grandes favoritos para llevarse la presea dorada en Roma. Uno era el polaco Zbigniew Pietrzykowski, quién había obtenido el bronce en la edición anterior en Australia y que era, además, tricampeón europeo. Pero también estaba el vigente oro olímpico, el soviético Gennady Shatkov y que, a su vez, había ganado un campeonato europeo. En total serían 19 boxeadores venidos de los cinco continentes, que competirían del 26 de agosto al 5 de septiembre en el coqueto Palazzo dello Sport.

Como había más de 16 participantes -pero menos de 32- seis boxeadores tuvieron que disputar una ronda previa. Cassius tuvo suerte y entró a competir directamente en los octavos de final, donde demolió al belga Yvon Becaus, venciéndolo por KOT2. Luego sería el campeón reinante, el comunista Shatkov, el que caería ante el hombre que flotaba como una mariposa y picaba como una abeja. En semifinales tampoco fue rival el australiano Tony Madigan, quien venía realizando un campeonato espléndido (por caso, había noqueado al rumano Gheorghe Negrea en la ronda previa) y en la final el que caería sería el mismísimo polaco Pietrzykowski -quién solo lo puso en aprietos en el primer asalto-, en una nueva exhibición del venido de Kentucky. Clay, emulando a Julio César, fue a Roma, vio y venció.

 

¿Qué pasó con su medalla?

Clay se convirtió en toda una celebridad al ganar la medalla dorada, ya que comenzaría a mostrarse ante el público y los medios como un personaje charlatán, engreído y fanfarrón, todo para atraer a más personas a los estadios. De hecho fue por esta razón por la cuál los medios comenzaron a amar al boxeador, ya que sabían que cada palabra que decía era una mina de oro, una venta de portadas aseguradas.

Para Cassius esa medalla de campeón significaba la cima del boxeo. Tanto aprecio le tenía que la llevaba a todos lados, incluso hasta dormía con ella.

Clay ya sabía lo que era sufrir el racismo cuando era un niño. Su padre, Cassius Marcellous Sr., retrataba a hombres blancos y ricos, cosa que siempre le molestó al inquieto niño, ya que no lo consideraba como algo aceptable, más sabiendo como los trataban a ellos. Pero incluso con las vejaciones vividas se negaba a declarar mal ante medios extranjeros -sobre todo los comunistas- sobre la situación de su pueblo, ya que creía en que estos se solucionarían pronto.

Pero fueron justamente estas dos cuestiones las que terminarían generando uno de los grandes mitos de la historia del deporte, uno que, si bien terminaría por ser desmentido, se puede escuchar a día de hoy. En su autobiografía, “The Greatest: my own history“, Clay contaría lo siguiente:

“Volví a Louisville después de los Juegos Olímpicos con mi reluciente medalla de oro. Fui a una cafetería donde no servían a los negros. Pensé que podía ponerles en su lugar, me senté y pedí un menú. El campeón olímpico vistiendo su medalla, y ellos me dijeron: ‘No servimos a negros aquí’. Yo les contesté que no pasaba nada, que no me los comía, pero me pusieron de patitas en la calle. Así que me fui al río Ohio y tiré mi medalla allí”.

Pero, por más que la anécdota de la cafetería fuera cierta (que bien podía ser considerado como un hecho verídico, ya que, si bien se habla del apartheid en Sudáfrica, en los Estados Unidos los hechos se segregación racial eran bastante fuertes en varios estados), ¿por qué tiraría su bien más preciado así sin más?

Luego de varios años se supo que esta historia había sido inventada por el equipo de publicistas del propio Ali, para así darle más fuerza a un personaje que ya para el año en que salió la autobiografía (1975) se había no solo convertido al islam, sino que además era uno de los símbolos más potentes que tenías los negros en su lucha por la igualdad social. Decir que ser campeón olímpico no le había valido de nada -cuando él mismo había dicho lo contrario en su día- para acabar con el racismo era una gran estrategia de marketing, era ponerse al público a su favor.

El propio Ali desmintió incluso lo dicho por el periodista Richard Durham (que fue el que escribió aquel libro), diciendo que la medalla estaba perdida, pero que no sabía siquiera donde podía llegar a estar, dando a entender que se extravió por un descuido y no porque él no la quisiera tener consigo.

Lo único cierto en todo esto fue que la obtención del oro olímpico y la posterior pérdida de la presea marcaron un quiebre en la vida de Cassius, quien, renombrado como Muhammad Ali, terminaría por consagrarse como uno de los mejores púgiles de todos los tiempos.

Finalmente, Ali tuvo el que quizás sea uno de los mejores reconocimientos en su vida en los JJOO de Atlanta, en 1996, cuando, en una emotiva ceremonia pudo recibir nuevamente aquel trofeo tan valioso. Ese día ni el parkinson pudo ante la luz que emanaba de los ojos de un más que sonriente Muhammad. Ese día volvió a ser un niño nuevamente.

 

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Juan Pablo Gatti
Me estaba por retirar del periodismo -no iba a ser una gran pérdida la verdad- pero TLB apareció para salvarme la vida. Escritor de corazón, podcastero amateur y contador de historias por vocación. Orgulloso del equipo que supimos formar y deseoso por seguir creciendo en este mundo tan competitivo.

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