viernes, 10 julio, 2020
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El pasado domingo, Éric Cantona cumplía cincuenta y cuatro años. Aunque su carrera futbolística acabase a una temprana edad porque no se sentía con ánimo de seguir siendo profesional –  dijo que quería disfrutar sin restricciones horarias de las cosas que le gustan de la vida –, su trayectoria no solo tuvo lugar sobre el césped. Aún le quedaba por conseguir un Mundial en la arena. 

A mediados de mayo de 1997, poco antes del día de su nacimiento, el presidente Martin Edwards y su entrenador Alex Ferguson anunciaban en rueda de prensa que era un día triste para el Manchester United. El marsellés, con el que habían conseguido títulos y titulares, se quitaba la camiseta roja con el cuello alzado, su signo distintivo. Sir Alex aún le recuerda así: 

“Si ha habido un futbolista, en algún lugar del mundo, hecho para el Manchester United ese fue Cantona. Sacó pecho, levantó la cabeza y observó a todos como si estuviera diciendo: Soy Cantona. ¿Tú quién eres?”.

Aquella primavera en Mónaco comenzó su idilio con el fútbol playa, del que dice seguir enamorado. Hacía unos años que había comenzado a propagarse la pasión por este deporte, y muchos antiguos futbolistas participaron en los Mundiales. Es una disciplina que ha ido creciendo. En otoño de 2019 la selección femenina de España ganaba el oro en Doha, mientras que la masculina de Portugal se coronó antes en una Copa del Mundo que se celebró en Paraguay. 

Cantona recuerda como a principios de la década del 2000 ni siquiera recibían un sueldo por jugar en aquellas selecciones. Fue en 2005 cuando la FIFA decidió participar en estos Mundiales que llevaban celebrándose desde hacía diez años en Brasil, y que siempre ganaba la Canarinha, a excepción del 2001 donde Portugal se hizo con la victoria. El primer año con FIFA el campeón cambió, y desde entonces Brasil ha vuelto a conseguir el oro en cinco ocasiones, Rusia y Portugal en otras dos. 

¿Con quién llegó la victoria de los galos? Con Cantona. Fue el jugador-entrenador de aquel combinado. Primeros campeones de un Mundial bajo la tutela de FIFA. Desde entonces, ha continuado vinculado a esta disciplina y ha dirigido en varias ocasiones a la selección patria. Se cumplieron quince años de aquel evento hace unos días, celebrado entre el 8 y el 15 de mayo en Copacabana.

Le hemos visto jugar también en los amistosos organizados en la Premier League con otras antiguas estrellas para recaudar dinero para UNICEF, ser miembro de Common Goal, y participar en otra serie de eventos benéficos. Siempre ha dicho que el fútbol tiene que ser un deporte “sostenible, positivo e integrador”. 

Por estas razones, la UEFA le entregó un premio simbólico el pasado verano, el de Presidente. El actual dirigente del organismo del fútbol europeo, Čeferin, le describió así en la ceremonia: “Un hombre que no se casa con nadie, que defiende sus valores, que dice lo que piensa y que pone todo su corazón y su alma para apoyar las causas en las que cree”.

Pero, sin duda, su discurso de agradecimiento fue el que captó la atención de todo el público. No es que Éric pudiera estar nervioso ante las cámaras. Ha estado rodeado de ellas casi toda su vida, para retransmitir el juego de sus pies, sus engaños al rival, y luego sus interpretaciones basadas en un guión. En el 1998 le llegó su primer papel en una gran producción. De los campos de césped ingleses a un drama sobre su corte. King Éric era el Monsieur de Foix en Elizabeth. 

Tuvo otros pequeños papeles y ganó la titularidad, como en el campo, antes de aparecer con Auteuil o Bellucci. Llegó a Cannes con Loach y Buscando a Eric (2009) donde hacía de sí mismo, y años más tarde junto a Mads Mikkelsen y Eva Green en el western The Salvation. Recientemente ha protagonizado un vídeo junto a Liam Gallagher – aunque sea Citizen, al final todo queda en Manchester –, y acaba de estrenar una serie con crítica social: Dérapages. 

No es de extrañar que en la ceremonia de la UEFA acabara recitando a Shakespeare. Desde su “cuando las gaviotas siguen al barco pesquero es porque piensan que habrá sardinas en el mar” que pronunció al hacerse pública su condena apartado del césped un tiempo y 120 horas de trabajo comunitario, por la patada que pegó al xenófobo en Selhurst Park, no había dejado al entorno futbolístico sin palabras hasta aquel sorteo de la Champions League 19/20. 

Reconoció que no lo tenía preparado, pero aquella mañana leyó un artículo sobre una exposición en París de Francis Bacon. Al pintor le gustaba aquella frase de Shakespeare. Algo ciertamente curioso cuando uno piensa en el empirista de mismo nombre y la teoría baconiana. Fue a finales de agosto, en Mónaco, el mismo lugar donde comenzó su pasión por el fútbol playa: 

“Somos para los dioses como las moscas para los muchachos: nos matan como pasatiempo”, se puede leer en El rey Lear y repitió el Rey Éric. “Pronto la ciencia será capaz de retrasar el envejecimiento de las células, serán capaces de devolverlas a su estado original y seremos eternos. Solo los accidentes, los crímenes y las guerras serán capaces de quitarnos la vida pero, desafortunadamente, los crímenes y las guerras se multiplicarán. Amo el fútbol”. 

No podíamos imaginar entonces que esa Liga de Campeones iba a estar detenida por una pandemia mundial. No sabemos si lo que dijo Cantona llegará a hacerse realidad, o si las plagas y enfermedades nos lo pondrán imposible. Lo que sí está claro es que él ha conseguido la eternidad. Con su Mundial de fútbol playa, su acción en Selhurst Park, sus interpretaciones como actor, su gran paso como profesional por los campos, y discursos que nadie olvidará.

También puedes leer:   La copa que nadie quería jugar
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Maria Valentina Vega
Traductora, redactora y entrenadora de fútbol Nivel 1

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