viernes, 7 junio, 2019
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La gimnasia es, tal vez, el deporte que más le permite a la mujer hacer gala de su feminidad. De entre sus disciplinas, la que más resulta propicia para ello es la gimnasia artística, pues, por su naturaleza, requiere que el cuerpo se libere según diversas rutinas, permitiéndoles escenificar movimientos tan atléticos como artísticos. La que mejor lo consiguió, en el marco histórico de la gimnasia artística, fue la rumana Nadia Comaneci, quien marcó un hito en las Olimpiadas de 1976 en Montreal, tras haber obtenido la primera calificación perfecta en uno de los aparatos.

Esa niña, de tan solo 14 años, salió al mundo exterior siendo muy joven, así como también lo hiciera –salvando las diferencias- Diana Prince en la última cinta de la Mujer Maravilla, y ambas, provenientes de tierras que podrían decirse “aisladas”, forjaron su historia a partir de sus circunstancias. El resultado: una conquistó al mundo, la otra lo salvó.

Comaneci nació en la ciudad de Oneşti, Rumania, el 12 de noviembre de 1961. Ya el telón de acero había caído sobre Europa, y el país quedó del lado este bajo la influencia soviética. Al igual que el resto de las naciones europeas orientales, quedaría aislada del resto del continente, salvo respecto a países de regímenes similares.

El comunista Nicolae Ceauşescu se haría con el poder político de Rumania seis años después del nacimiento de Comaneci, y perpetuaría así el sistema socialista por los próximos 22 años.

Ése fue el contexto en el que se formó Nadia como deportista, en un país aislado del mundo libre. Lo mismo vivió Diana en Themiscyra, con la diferencia de que su isla sí estaba literalmente aislada del resto del mundo. A la rumana la preparó su compatriota Béla Károlyi en su tierra natal, lo mismo que a Diana con su tía Antiope, quien la instruyó en el arte de la guerra. Siendo jóvenes, cada una debió enfrentarse a un mundo diferente al que conocían: una lo hizo por oportunidad y otra por necesidad.

Comaneci, con una breve experiencia en un campeonato europeo (Noruega), cruzó el Atlántico para hacer historia en Canadá, en tanto que Diana partió rumbo a Londres. Sus desempeños tomaron caminos diferenciados aunque sus resultados fueron igual de excepcionales. En tanto que la Mujer Maravilla entendió el actuar de los hombres en el contexto de la I Guerra Mundial, y batalló junto a ellos para salvar el mundo, el 18 de julio de 1976, en Montreal, las Olimpiadas presentaron sobre el escenario a una de las atletas que en lo inmediato ascendería al Olimpo.

Nadia Comaneci se subió a las barras asimétricas y tan solo 20 segundos le bastaron para detener el planeta. Logró la rutina más perfecta, más limpia y más artística en la historia de la gimnasia, exhibiendo un vigor en su cuerpo entero que contrastaba con una ligereza de ángel. Se paseó de una barra a otra como si hubiese aprendido a volar en ellas antes que a caminar, dejando claro que, aunque su cuerpo era terrenal, su espíritu era libre.

La consecuencia de su rutina fue nada menos que la primera calificación perfecta (“10”) en la historia de la disciplina en unos Juegos Olímpicos, y de inmediato engrandecería su logro consiguiendo otras seis calificaciones perfectas -no todas en el mismo aparato-. Siendo debutante en unos JJ.OO, también estrenó el número “1” en la pizarra de puntuaciones, pues el “10” era literalmente imposible de señalar. Esas marcas perfectas le sirvieron para llevarse el oro en las barras asimétricas y en la barra de equilibrio, la medalla de bronce en el suelo, la plata en la competencia por equipos y, finalmente, para coronarse con el oro como la mejor gimnasta de las Olimpiadas en la competencia individual que incluye todos los aparatos.

En total, conquistaría dos medallas más de oro y dos más de plata en los siguientes Juegos Olímpicos de Moscú en 1980. Además, se haría con cuatro medallas (2 de oro y 2 de plata) en los campeonatos mundiales de Estrasburgo (1978) y Fort Worth (1979), y con doce (9 de oro, 1 plata y 2 de bronce) en los Campeonatos Europeos de Skien (1975), Praga (1977) y Copenhague (1979).

Con todo ello se retiraría en 1981, y en los años siguientes se dedicaría a preparar a las jóvenes gimnastas de su país a través de la Federación Rumana. Su palmarés, no obstante, también fue aprovechado por el presidente Ceauşescu, pues pudo vanagloriarse de una nacional que dejó en alto el nombre del país. Comaneci se vio en la necesidad de huir de su tierra natal en noviembre de 1989 –aunque Ceauşescu sería depuesto y ejecutado el mes siguiente-, para terminar aterrizando en los Estados Unidos, donde fue “adoptada” por una sociedad que vio en ella una heroína, una “mujer maravilla”, producto de la enorme cantidad de condecoraciones que comenzaría a recibir, de entre las que destacan: la Orden Olímpica en par de ocasiones –fue la más joven en recibirla su primera vez-, su ingreso al Salón de la Fama de la Gimnasia Artística, y sus nombramientos como la atleta más importante de Rumania según una votación nacional, la atleta del siglo XX según el diario español Mundo Deportivo, y como la mejor gimnasta femenina del siglo XX según la Federación Internacional de Gimnasia.

Ello sella una carrera legendaria en el marco de la gimnasia, haciéndola una de sus más grandes exponentes y una de sus mujeres récord. Nadia conquistó al mundo por su desempeño sobre los aparatos de una disciplina que por naturaleza resalta la feminidad, así como Diana Prince, en la película de Patty Jenkins, terminó salvándolo, pero en condiciones totalmente distintas: en una guerra donde se negaba todo rastro posible de humanidad.

Ambas provienen de una tierra en su momento aislada y, para dejar su huella, ambas tuvieron que dar el salto al mundo exterior siendo muy jóvenes. El añadido para Nadia viene porque era apenas una niña cuando le enseñó al mundo que su cuerpo podía volar de la mano de su espíritu, estrenando así marcas que la distinguirán por siempre, como el haber completado la primera rutina perfecta en la historia de la gimnasia artística, y de mayor embergadura aún si se tiene en cuenta que lo connsiguió en el escenario del Olimpo. Es un hecho que, como ella, nadie maravilla.

Podrás encontrar más historias como esta en la The Lines 4

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Anderson Ayala
20. Venezolano, amante del cine, oxigenado por la música. Diagramo por vocación y escribo por un vínculo con el fútbol.

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