domingo, 22 mayo, 2022
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El ciclismo, un deporte de sacrificio, donde el aspecto mental y físico tienen la misma importancia. Si la cabeza te dice que no, no vas a poder escalar la ansiada montaña. Y eso lo sabe bien Robert Millar, uno de los grandes ciclistas que nos dejó la década de los 80´ y que, a día de hoy, conocemos como Philippa York. En 2003, se sometió a un cambio de sexo. Desde años se sentía atrapada en un cuerpo que no era el suyo, y decidió desaparecer de la esfera pública para darle un giro a su vida.

En los años 80´, Gran Bretaña no acostumbraba a destacar como pasaría en las siguientes décadas, pero Robert Millar fue uno de los pioneros en el ciclismo británico. Durante esa época, se convirtió en uno de los mejores corredores del momento, alcanzando numerosas victorias de etapa en las grandes vueltas. Eso sí, no consiguió llevarse en ninguna ocasión el maillot de campeón a pesar de quedarse muy cerca. Premio de la Montaña en el Tour de 1984 y protagonista en una inolvidable Vuelta en 1985, hoy contaremos la historia del famoso “escocés del pendiente”.

Nacido en Glasgow en 1958, Robert Millar empezaría destacando en el mundo del ciclismo de aficionados, primero a nivel escocés y luego británico. Su buen hacer en la categoría amateur le llevaría en 1980 a dar el paso al ciclismo profesional. Se centró en las etapas de montaña, y bajo el equipo francés de Peugeot (uno de los mejores de la historia), lograría su primera victoria de etapa en el Tour de Francia de 1983. Una edición después, el escocés daba un paso adelante quedando en la cuarta posición, logrando otra victoria de etapa y la clasificación de la montaña.

 

 

Rozando la gloria

Tras esas dos primeras experiencias, Robert decidió mirar al sur para competir en otra gran vuelta. La Vuelta de España se convirtió en su competición fetiche, quedando segundo tanto en 1985 como en 1986, pero su historia con esta carrera va más allá del buen rendimiento que mostró. Se quedó a 24 horas de convertirse en el primer británico en ganar una grande, pero no contó con el nacimiento de un mito para el ciclismo español, Pedro Delgado, “Perico”.

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Curiosamente, uno de los máximos favoritos era alguien cercano a Gran Bretaña, el irlandés Sean Kelly, que ganó tres etapas en esa edición, pero poco a poco fue el escalador Robert Millar quien se puso líder en la clasificación general. De hecho, tardó diez etapas en conseguirlo. Hasta entonces, un joven Miguel Induráin, que años más tarde se convertiría en uno de los mejores ciclistas de la historia, había sorprendido liderando la general en cuatro etapas (de la segunda a la quinta). Perico Delgado, tras ganar en los Lagos de Covadonga, tomaría el relevo, pero su compañero de equipo, Pello Ruiz Cabestany, le pasaría por encima.

Con los favoritos ya situados (también estaba Pacho Rodríguez, que en las etapas de Andorra dio un paso adelante), Robert Millar empezó a dominar esa Vuelta que había dado inicio en Valladolid y terminaba en Salamanca. Tras ocho días vistiendo el por entonces maillot amarillo (pasaría a ser rojo en 2010), a falta de solo dos etapas, todo se vino abajo para el escocés.

 

 

Una etapa fatídica

11 de mayo, Alcalá de Henares, Madrid. Ese día daba inicio una etapa donde Robert lo debía tener todo controlado, pero las cosas no tardaron en torcerse. Primero, una avería le dejó fuera del pelotón y su equipo tuvo que trabajar para reincorporarlo antes de una posible fuga de sus principales rivales. Tan solo fue José Recio quien decidió ir a la fuga, aunque Perico Delgado, que estaba a seis minutos de Robert, decidió acompañar al ciclista andaluz. No había porque temer, la distancia era grande, pero la lluvia y varios factores revolucionaron la carrera y, en consecuencia, el liderato. Tanto Recio como Delgado abrieron un hueco enorme y el segoviano acabó llegando a la meta tras recortar siete minutos.

Está claro que las condiciones climáticas ayudaron al desastre, ya que no permitían obtener mucha información de la carrera, pero se llegó a hablar incluso de complot contra el escocés desde el pelotón (era un hombre de pocos amigos) y hasta que las motos ayudaron a los dos fugados con el rebufo. Pero tantas teorías no servían de nada para un Robert Millar que llegó llorando a la meta. El escocés sabía que había perdido una gran oportunidad de llevarse la Vuelta, aunque eso sí, volvería a ser segundo al año siguiente. Esa vez fue Álvaro Pino quien impidió el triunfo al escocés.

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De todas formas, Robert lograría grandes resultados. Un segundo puesto en el Giro de 1987, además de victorias en varias carreras de prestigio, como la Dauphiné en 1990. También viviría un bache en su carrera tras dar positivo por testosterona en 1992, hecho que le causaría una sanción de tres meses. Decidía retirarse por la puerta grande tres años después, ganando el campeonato de Reino Unido en Ruta. A pesar de su retiro con 37 años, seguiría vinculado al ciclismo, pero poco a poco se le perdió la pista.

 

Philippa Yotk, la transición

En 2003 fue incluido en el Salón de la Fama del deporte escocés, pero Robert no acudió al acto. No se sabía nada del por entonces exciclista, y el escritor Richard Moore decidió repasar toda su biografía para así intentar conocer su paradero. Un libro, In Search of Robert Millar, que se adentraba en la historia del inaccesible Robert, y que se publicó en 2007, el mismo año que el mundo conoció su nueva identidad. Robert Millar era ahora Philippa York. Como contaría diez años después, en los 2000 empezó a someterse a una transición, pero en el fondo, no fue un cambio de un día para otro. “Supe que era diferente desde los cinco años”, declaró en ese entonces.

Detrás de todo este proceso, entre cirugías y hormonas, Philippa York pasó por mucho sufrimiento, por eso decidió desaparecer de la esfera pública, para protegerse a ella y a sus seres cercanos. Pero en su regreso se ha convertido en todo un ejemplo de valentía. “No tengo por qué esconder quien soy; puedo explicar mi historia y, si la gente aprende algo, ya está bien” comentó en el Sunday Times. De hecho, Philippa no reniega de su pasado, algo que le ayudó en su reaparición, ya que la respuesta pública fue muy positiva a pesar de su temor. Eso sí, los tiempos no permitieron hacerle ese cambio mucho antes, por suerte la sociedad avanza, y Philippa puede lucir su sonrisa.

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