miércoles, 30 septiembre, 2020
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El Estadio Do Café en Londrina estaba a medio llenar. Había 14.000 aficionados de 30.000 sillas disponibles, y los hinchas locales, los de Brasil, habían ido única y exclusivamente a chiflar y hacerle la vida imposible a los suyos, con el peor insulto y la peor canallada que puede haber en el fútbol; apoyar al equipo rival. Y así fue, los fanáticos paranaenses se convirtieron por un momento en fervientes seguidores de la Selección Colombia Sub-23, y cuando salieron a la cancha, previo a los actos protocolarios, los aplausos eran dirigidos a los cafeteros que vestían de azul y en especial al volante creativo Mayer Candelo. Era un generación hecha para grandes cosas, incluso para clasificar a los Juegos Olímpicos de Sídney 2000, y la única manera de no poder concretar ese sueño era perdiendo aquella tarde por más de siete goles.

“Ya estaban clasificados”, pensaron los más incrédulos y/o realistas. Estaba hecho. Por un lado, los de Javier Álvarez (Colombia), jugaron ese Torneo Preolímpico como si de un baile de salsa caleña se tratara; se bailaron a todos sus rivales y esas nuevas promesas que hoy ya son veteranos retirados, parecían ir pidiendo pista en el conjunto nacional de mayores. Por su parte, los de Vanderlei Luxemburgo (Brasil), aún no encajaban en ese ADN carioca que es una obligación para los brasileros, pese a tener maravillas exóticas como Ronaldinho, Edú, Alex de Souza y Adriano. Era un partido de simple trámite entre primero y segundo, los dos que avanzan tradicionalmente a la siguiente ronda. Aun así, la selección de Chile imploraba por un milagro para colarse en los clasificados. Un milagro de siete goles de diferencia. Varios jugadores chilenos ya estaban en el aeropuerto, era de necio pensar en la siguiente fase.

La selección Colombia llegaba a ese partido habiéndole ganado 4-2 a Ecuador, empatando a un gol con Venezuela y goleando de paso a los chilenos por 5-1. Incluso, su DT, que dos meses después dejó de serlo, soltó una bocanada de fuego, orgulloso y creyente en su equipo de juveniles: “Al que encontremos mal parado, lo goleamos”. Pero los que se pararon mal en el último partido fueron los suyos, y cumpliendo con la premonición, pero esta vez en su contra; sí, fueron doblemente goleados y humillados. Brasil no llegaba tan mal, y es que tenía los mismos siete puntos de Colombia; 1-1 vs Chile, 2-0 vs Ecuador y 3-0 vs Venezuela. Fue la oportunidad para reivindicarse con sus adeptos, que exigían poesía y fútbol lírico sobre el campo.

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Nueve veces Brasil

Álvarez le dio descanso a varios de sus muchachos que tenían amarilla, todo esto, cuidándolos para lo que se venía en la fase final (esa misma que no hubo). No jugaron Jhon Viáfara, Edwin Rivas, ni tampoco David Montoya, tres de los baluartes en el equipo colombiano, entre otros que se pusieron el peto de suplente y que no habían salido de la titularidad. Fue diferente a lo que hizo la Verdeamarelha, alineando a sus mejores soldados y entrando al césped seco de ese estadio casi cayéndose como si se midieran ante Alemania en una final del mundo. Unos tenían pereza de jugar, con principiantes en el onceno de gala y con la mente en la fase dos; pero los otros se saboreaban mientras sonaban los himnos como si de una declaratoria de guerra se tratase.

Comenzó el partido y en tan solo 15 minutos el marcador ya mostraba un 2-0 a favor de los locales. Los dos de cabeza y con una mala salida del portero Róbinson Zapata que jugaba, hasta ese momento, como si hubiera sido obligado a pararse en el arco; Álvaro a centro de Álex sobre los 7’, y Ronaldinho a pase de Edú sobre los 15´. Todo normal hasta ese momento, no había mucho en disputa y como venían jugando los dos era utópico que el resultado superara los seis goles de diferencia. Tal vez Colombia se paró mal desde el puntapié, y Brasil comenzó con mucho ímpetu, que en condiciones normales se va apagando con el pasar de los minutos, más cuando ya hay una ventaja.

Brasil desconectó los frenos de su Ferrari Superfast y recurrió a irse de frente contra el alambrado sin miedos ni prevenciones. Cinco llegadas y cinco goles a los 41 minutos del primer tiempo. Edú caza un centro de Álex sobre el 21´ y pone el 3-0; Edú repite sobre el 36´ y pone el 4-0 a pase aéreo de Lucas, completando la manita con un rebote sobre el final que dejaba ver el desconcierto cafetalero. Los movimientos de cabeza que habían aportado un triplete al marcador antes de irse al vestuario eran repetidos por Javier Álvarez en el banco, con una sincronía coreográfica y maldiciéndose una y mil veces por estar a tan solo dos celebraciones de quedarse sin el sueño olímpico. 45 minutos catastróficos y que reconfirmaron ese viejo refrán futbolero: “Fútbol es fútbol”.

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Era pensar en un 7-0 para ser eliminados, pero a minutos de regresar al terreno de juego para la segunda mitad, esa cantidad estratosférica no se presentaba tan lejana como se había pensado. Ya los chilenos, quienes al principio ni interés tenían en el partido que los podía salvar, prendían velas a todos los santos y eran más brasileros que el mismo Pelé. La historia tomó un giro inesperado, la confianza y el triunfalismo se volvieron de repente en miedo escénico y fantasmas recorriendo las mentes colombianas, en Brasil y a través de las televisoras en Bogotá, Medellín y Cali. Era la previa del peor fiasco en la historia del fútbol colombiano, incluso comparándose con las eliminaciones tempranas en los últimos tres mundiales; Italia, Estados Unidos y Francia.

Y eso que el partido apenas tenía cinco goles y 45 minutos por disputarse. Disputarse y sufrirse.

Los once de Colombia estaban descompuestos. Había un margen de dos goles, pero el estado anímico era el principal obstáculo. Pases errados a menos de dos metros, superioridad numérica de Brasil en todos los cuadrantes del terreno y una hinchada que había vuelto a su estado natural y alentando por los que ahora regresaban a la carrera: “Chile, Chile, Chile”, gritaban los presentes, simultáneo a una estrategia errada y de emergencia que no había podido implementar Colombia cuando los de Luxemburgo se catapultaron sin límites tácticos.

Es posible que en lo único que estuviera pensando el orgulloso Javier Álvarez más allá del partido era en la catástrofe anímica de todo un país, ese mismo que volvió a ilusionarse luego de tantas caídas y tanta tragedia por culpa del narcotráfico y los conflictos armados. Era una obligación clasificar, incluso perdiendo 7-0, pero clasificando al fin y al cabo. Seguro en segunda ronda la tarea podría haber sido más sencilla, pero qué tan lejos estaba ese sueño, ya casi conseguido hace una hora del comienzo del partido.

Colombia se quedó con nueve jugadores antes de la estocada fatídica. Fabián Vargas (volante de primera línea) y Mayer Candelo (volante creativo) fueron expulsados, justamente, los dos de mejor nivel y con mayor proyección en ese momento del Torneo Preolímpico. La estructura quedó tambaleando y no pudo más con los golpes que le propinaba Brasil por todos los flancos. Era imposible contener tanto impulso, sin necesidad incluso, porque Brasil con un 1-0 ya estaba clasificado. Pero si hay campo para meter más goles, ¿Por qué frenar? Brasil es una selección de espectacularidades, y así lo demostró aquel día, mientras en el banco visitante pedían al árbitro el final del partido en el minuto 77´.

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Gol do Brasil (6-0)

Gol do Brasil (7-0)

Gol do Brasil (8-0)

Gol do Brasil (9-0)

No hubo más goles porque el tiempo se acabó, pero de seguro, si hubieran jugado 10 minutos más, el resultado habría superado los dos dígitos y un tercer expulsado. Cada anotación era un golpe de pecho en Colombia y una sonrisa burlesca en Brasil. Me pregunto cuantas personas en Colombia vieron el partido completo, y cuáles fueron las razones para enfrentar tal catástrofe. También me pregunto cómo Javier Álvarez fue capaz de quedarse parado sobre el área técnica delimitada con cal, sabiendo que su lengua lo había castigado y suponiendo que poco tiempo le quedaba en su cargo.

Finalmente, los dos clasificados de ese grupo A fueron los finalistas del torneo. También fueron los dos seleccionados que consiguieron el cupo a los Juegos Olímpicos de Sídney 2000. Colombia, por su parte, no clasificó, pero sirvió como psicólogo para chilenos y brasileros.

¿Quién no agarra un poco de ánimo, luego de ganar por nueve goles al mejor equipo, hasta ese momento, del campeonato? ¿Quién no recibe un espaldarazo cuando se clasifica en la última jornada con un resultado irreal en otra cancha?

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