jueves, 28 mayo, 2020
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Boris Becker era una de las grandes apuestas de la federación alemana de tenis. Estos lo habían ayudado a consolidarse siendo un niño y lo animarían a seguir dando pasos. Guiado por el rumano Ion Tiriac y lleno de confianza en su juego, buscó consolidarse dentro del circuito ATP, llegando a disputar sus primeros encuentros ante jugadores top, como lo eran el estadounidense Gene Mayer (19) o el sueco Henrik Sundstrom (16). Si bien no pudo derrotarlos, sí que consiguió algunos puntos clave para lograr meterse en las clasificatorias para disputar el torneo madre de este deporte, Wimbledon. En la hierba británico no solo logró meterse en el cuadro principal, sino que también superó tanto a Blaine Willenborg como a Nduka Odizor para llegar a los 32avos de final. Allí esperaba el número 17 del ranking (aunque había alcanzado el noveno lugar meses atrás), el norteamericano Bill Scanlon. 

El germano, aunque quisiera, no podía disimular sus 16 años de edad. Si bien era alto (1.91 mts), su cara, siempre roja al igual que su cabello, rebosaba muchísima juventud. Era un colado en la fiesta de los grandes, pero, al fin y al cabo, él había logrado pasar por la puerta de entrada por mérito propio. No tenía edad legal para beber, pero si para competir en la cuna del tenis. Y no lo estaba haciendo nada mal. Scanlon estaba teniendo problemas para derrotar a aquel muchachito nacido en Leimen, Alemania Federal, un 22 de noviembre de 1967. El estadounidense estaba arriba tras un 6-2, 2-6, 7-6, aunque Becker iba 2-1 arriba en el cuarto. Parecía que el partido podría irse a un quinto set, pero un pinchazo en el tobillo lo obligó a parar. Su primer Wimbledon se acababa de manera trágica, aunque esta no sería la última vez que los británicos lo verían por allí. 

Pese a que su trayectoria comenzaba a ir en alza, tuvo que luchar ante sus padres, quienes querían que se dedicara al estudio. Encima la lesión llegaría en un momento inoportuno, no tanto por hacerlo perder en un Grand Slam, sino porque unas semanas antes había logrado convencer a sus progenitores –junto con Tiriac- de que lo dejaran probar dos años: si no lograba nada, se retiraría del circuito y retomaría el colegio donde lo había dejado.

Era una apuesta arriesgada, pero su confianza todo lo podía. “Los intentos de hacerme olvidar de mi carrera deportiva fueron muchos. Sentían que sus advertencias sobre posibles accidentes se habían visto justificadas, y hay que entenderlo, pero al menos aceptaron que debía recuperarme y ponerme en forma, por lo que retomé parcialmente mi carrera profesional” diría el tenista en “Boris Becker y Wimbledon. Mi vida y mi carrera en el All England Club”, su libro autobiográfico. 

Tras un par de meses en el dique seco, el germano occidental volvió a las canchas para disputar un torneo grande, en este caso el US Open juvenil. Si bien lenta, su recuperación había demostrado ser exitosa, ya que llegaría a la final, la cual perdería ante el australiano Mark Kratzmann -quién luego se destacaría como doblista. Pero la derrota no significó nada, porque había ganado algo mucho más importante: la batalla ante sus padres. Boris se quedó toda la tarde viendo tenis (se disputaron las semifinales masculinas y la final femenina entre Navratilova y Evert) y aquello lo maravilló tanto que no le importó nada más. Su vocación se selló a fuego en su alma.

En los meses siguientes volvería a insertarse en el circuito de los mayores, entrenando con Tiriac y el argentino Guillermo Vilas, perdiendo algunos duelos y ganando otros, aunque todavía no podía dar el salto. En su biografía, relató que hubo un momento clave antes de ganar Wimbledon en 1985, en un torneo disputado en noviembre en Sudáfrica. Allí no logró pasar la clasificación debido a un golpe de calor y la tristeza comenzaría a abrazarlo, a tal punto de querer largarlo todo e irse a su casa. El rumano, sabio, le manifestaría lo siguiente: “mira, hijo, te prometo, y si quieres lo firmo en papel, que si continúas entrenando así te puedo asegurar que estarás entre los mejores 50 del mundo en seis meses. Entrenas como un animal, nunca he visto a nadie entrenar así, lo das todo, te desangras y estás dispuesto a viajar hasta Sudáfrica. Entiendo tu frustración y entiendo que ahora estés emocionalmente perturbado pero, por favor, sigue así”

Aquellas palabras tocaron las fibras más sensibles de Becker, quién volvió a encontrarse con el amor por el tenis y lo demostraría días después nada menos que en el Abierto de Australia (antes se jugaba a fin de año y no en enero). En la tierra de los canguros llegó nada menos que hasta los cuartos de final, cayendo ante Ben Testerman (38) en tres sets, pero derrotando en el proceso a Tim Mayotte (19) y a Guy Forget (44) entre otros. Aquello lo catapultó hasta el puesto 55 del ranking. Nadie lo sabía aún, pero el tren germano comenzaba un recorrido que lo dejaría en las puertas de la gloria.

El triunfador precoz

Becker, ya instalado en el circuito, comenzó a jugar torneos de forma más regular. Los triunfos ante los tops (Tomas Smid, Juan Aguilera, Vitas Gerulaitis, Stefan Edberg) comenzaron a llegar de manera regular. Si bien no avanzaba tanto en los certámenes, él se iba sintiendo cada vez más cómodo y suelto. Al fin y al cabo, apenas contaba con 17 vueltas al sol. ¿Se le podía exigir más?

En 1985, tras llegar a semifinales en Roma y caer en segunda ronda de Roland Garros llegaría su primer gran momento: Todd Nelson, Dan Cassidy, David Pate (23), Pat Cash (7), Paul McNamee y Johan Kriek (16) caerían casi sin resistencia –sólo perdería un set en todo el torneo-, dándole en Queen’s su primer trofeo, viniendo incluso desde la clasificación y habiendo jugado, incluso, un par de partidos de manera consecutiva debido al retraso por las lluvias. Kriek vaticinó que si jugaba así podía ganar Wimbledon, aunque lo tomaron por loco. Al final los locos terminarían siendo los periodistas.

 

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Sobre la mágica alfombra de Queen´s, Becker comenzó a estampar su nombre en la historia del tenis.

 

Tras el título Boris se mentalizó, quizás no con la idea de ser campeón, pero sí con la seria posibilidad de llegar bastante lejos. Aprovechó los días que transcurrieron entre un torneo y otro para entrenarse con varios jugadores top y ponerse a punto. Y es que jugar en el All England le hacía ilusión, era su certamen favorito y quería aprovechar la experiencia al máximo. 

Tras el título en Queen’s pasaría a ser el número 20 del ranking, aunque aquello no le serviría para ser un sembrado, ya que por aquellos momentos solo los 16 primeros lo eran, algo que lo dejaba en desventaja. Su primer partido se dio en el Court Central ante el estadounidense Henry Pfister (62). Los nervios le jugaron una mala pasada, dejando ir el primer set (4-6), aunque luego se recompuso para derrotarlo en los siguientes por 6-3, 6-2 y 6-4, teniendo que definir al siguiente día ya que habían comenzado su partido bastante tarde. Tras esto vino un cómodo triunfo ante Matt Anger (178) por 6-0, 6-1 y 6-3. Estaba exultante.

El tercer partido significó la bisagra en la carrera de Becker. Y es que enfrente tendría a Joakim Nystrom, número 8 y uno de los compañeros de entrenamiento de aquella semana previa. Era, sin lugar a dudas, un duelo de opuestos: el germano se caracterizaba por su juego potente y agresivo, mientras que el sueco buscaba el contragolpe y devolvía muy bien los saques. Iba a ser un encuentro largo y disputado. 3-6, 7-6, 6-1, 4-6 y 9-7 sería el resultado final de un maratónico partido. “No estaba tratando de asegurar mis tiros y rezar, iba a por todas una y otra vez” comentó en su autobiografía. Becker demostraba su rebeldía adolescente en el mejor momento y ante un gran rival.

En octavos el rival fue Tim Mayotte, semifinalista tres años antes y número 18. El encuentro en la pista 14 sería todavía más duro. Becker conquistó el primer set por 6-3, pero luego cedió los dos siguientes (4-6 y 6-7) y en el inicio del cuarto iba 2-1 cuando otra vez se le torció el tobillo. Era la misma imagen del año anterior, aunque esta vez con un joven más enojado y frustrado, haciendo señas de que abandonaba. Por suerte para él, el árbitro no entendió qué era lo que estaba pidiendo y, tras escuchar a Tiriac en alemán diciéndole que pidiera un médico, este accedió. Tras ser tratado –todo aquello llevó sus buenos minutos- volvería a la acción, esta vez más enfocado. Y es que esa rabia se había ido disipando cuando se dio cuenta de lo que estaba pasando: seguía en pie, seguía vivo. Y eso se lo hizo saber a Mayotte: le ganaría por 7-6 en el cuarto y luego aprovechó el desmoronamiento del norteamericano para eliminarlo con un 6-2 final. 

Tocaban los cuartos y enfrente estaría el francés Henri Leconte, 26 del ranking, un gran jugador que todavía no había explotado (llegaría a la final de Roland Garros en 1988) y al cual conocía, ya que solían entrenar juntos. El galo era un estilista, aunque de mente más frágil, algo que Becker explotó. Tras un empate luego de dos sets (7-6 y 3-6) Boris comenzó a presionar a su amigo y este fue cediendo cada vez más. Con un 6-3 y 6-4 lograría un increíble pase a semifinales. Nadie podía creer lo que estaban viendo, más si se tiene en cuenta que los dos primeros (John McEnroe e Ivan Lendl) se habían quedado afuera y que era él, el adolescente de 17 años, el único no sembrado entre los tops. 

Su rival sería otro sueco, Anders Jarryd (6), quien estaba pasando por su mejor momento, ya que también era el número uno en dobles. Pero Becker estaba con el ánimo por las nubes, sentía que nadie podía ante él. Si bien recibió un baño de humildad en el primer set (2-6) y lo pasó muy duro para ganar el segundo (7-6), entendió como destrozar al escandinavo, y lo hizo sin piedad alguna, endosándole sendos 6-3 para meterse en la final ante Kevin Curren.

El estadounidense, número 9 y finalista de Australia el año pasado, era el candidato al título, ya que había eliminado a Edberg, McEnroe y Connors (a este último por un impresionante 6-2, 6-2 y 6-1). Además, era más veterano –le sacaba 10 años de diferencia a su rival-, por lo que, en teoría, debía tener más experiencia, si bien es cierto que esta era la primera final de un Grand Slam para ambos. El germano arrancó mejor la final, ganando 6-3 y mostrándose como un sólido sacador, además de devolver muy bien las bolas de un rival que todavía no había “entrado a la cancha”. Sin embargo, Curren arremetió con la concentración como bandera, ganando el segundo por 6-7. En el tercero se mantendría la paridad, aunque esta vez la moneda iba a caer del lado del europeo, quien se pondría 7-6 para estar 2-1 arriba. 

Becker, en el cuarto, lograría ponerse 5-4 y tener el saque, aunque según sus propias palabras aquí sí que comenzaría a sentir la presión que no tuvo durante todo el torneo. Aún cuando el marcador mostraba un 40-15, interiormente sentía que se derrumbaría si no ganaba allí mismo. Había llegado a la cima de la montaña, pero se le había dado por ver el precipicio, y tuvo miedo por primera vez. Perdería aquel saque, pero entonces decidió cerrar los ojos y pedirle a Dios (Becker es católico) que le diera solo una oportunidad, así que sacó y Kevin no pudo devolver completar la devolución, así que eso era todo. El alemán de 17 años había hecho historia, pisando fuerte en su torneo favorito. “Mientras caminé hacia la red sentí que mi vida había cambiado. Le di la mano (a Curren), era un nuevo comienzo, un sentimiento desconocido” expresó años más tarde.

Y es que, a partir de entonces, todo cambiaría en la vida del oriundo de Leimen. Lograría llevarse otros cinco torneos grandes –entre ellos, dos Wimbledon más, en 1986 y 1989-, dos Copa Davis, varios torneos dentro del circuito y hasta un oro en dobles junto a Michael Stich en los Juegos Olímpicos en 1992. Pero todo comenzó en aquel verano de 1985, en aquella hierba siempre verde e impoluta.

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Juan Pablo Gatti
Me estaba por retirar del periodismo -no iba a ser una gran pérdida la verdad- pero TLB apareció para salvarme la vida. Escritor de corazón, podcastero amateur y contador de historias por vocación. Orgulloso del equipo que supimos formar y deseoso por seguir creciendo en este mundo tan competitivo.

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